La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 26 de 72

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La bóveda

Capítulo 25

 

—No pienso montar en una de esas trampas mortales —dijo Tyler.

Seguía vigilando la puerta de las cuadras mientras Stacy ensillaba sin pérdida de tiempo a otro caballo. Por el rabillo del ojo vio que Tyler, nervioso, cambiaba la pistola de mano, y se dio cuenta de que estaba más asustado que ella. Se había maravillado al ver con qué calma había desactivado un explosivo y cómo se había enfrentado a Orr. Y hasta había despachado a un pistolero sin inmutarse. Ahora era ella quien intentaba tranquilizarlo.

—Vamos, niño grande —se burló—. Sólo es un caballo. ¿Cómo, si no, vamos a escapar de aquí?

Cavano y sus hombres los descubrirían en cualquier momento.

—Ve tú. Yo intentaré llegar al coche.

—No seas tonto. Harás que te maten. No me digas que nunca has montado a caballo.

—Sí, hace veinticinco años. Por eso prefiero jugármela con Cavano —replicó, sin atreverse a mirar a Stacy.

Ya habían tenido en cuenta todas las opciones, y no había ninguna. Era imposible intentar apoderarse de alguno de los coches aparcados delante de la casa sin ser capturados. Llamar a la policía no serviría de nada. Cavano podría decir que ellos habían atacado a su guardaespaldas y causado daños en su propiedad. Y entonces los encerrarían en un calabozo, poniendo en peligro toda posibilidad de reunirse con Orr en Nápoles el domingo.

Uno de los recuerdos más queridos de Stacy era montar en su caballo Chanter. Enseñarle a dar saltos había ocupado gran parte de su infancia, por no hablar de perseguir conejos por el campo después de la cosecha. No había tenido oportunidad de hacerlo últimamente, pero al ensillar los caballos se había acordado. La tecnología progresaba, pero el equipo de montar no había cambiado mucho en cientos de años, así que terminó de preparar los caballos en un santiamén.

—Estamos listos —anunció—. ¿Vas a venir o no?

—No.

—¿Conduces una moto, pero te niegas a montar en caballo?

—Una moto va donde yo quiero.

Ahora lo entendía. Tyler era producto de la era mecánica y no le gustaba que un caballo tuviera mente propia. Algo debía de haber causado aquel miedo irracional, pero ahora no tenía tiempo de averiguarlo.

Se acercó a él y le asió los brazos.

—Vas a montar ese maldito caballo y nos vamos a largar de aquí a toda pastilla, ¿entiendes?

Una lluvia de balas rebotó en la puerta y los dos se arrojaron al suelo. Por la ranura de la puerta entreabierta Stacy vio a cuatro hombres corriendo hacia ellos, disparando sus pistolas.

—Muy bien —gruñó Tyler poniéndose en pie—. Lo haremos a tu manera.

Stacy se levantó de un salto y alargó las riendas a Tyler, que las aceptó como si le dieran un pañuelo de papel usado. Miró al caballo, pero otra ráfaga le hizo ponerse en acción. Apoyó el pie en el estribo y, con los movimientos más torpes que Stacy había visto en un jinete, subió a la silla. La palpó varias veces.

—¿Dónde está eso que parece un cuerno?

Se refería al arzón de las sillas de las películas del Oeste.

Stacy montó en el otro caballo.

—Es una silla inglesa, no tiene cuerno. Limítate a tener los pies dentro de los estribos y no sueltes las riendas. Sígueme. El caballo hará el resto.

Stacy trotó hacia la gran puerta del otro lado de las cuadras. Con un golpe de talón, el caballo se lanzó al galope.

Vio por encima del hombro que el caballo de Tyler iba al trote y el hombre subía y bajaba como una pelota en una paleta de pádelbol.

—¡Di «al galope»! —gritó.

—¡Al galope, maldita sea! —exclamó Tyler, y su caballo echó a correr, con él manteniéndose encima a duras penas. Se sentía como un idiota, pero se estaba moviendo.

Habían recorrido cincuenta metros cuando los hombres de Cavano salieron de las cuadras. Uno levantó la pistola para disparar, pero la italiana apareció corriendo, le dio un empujón y desvió el tiro.

—Valen más que tú —gritó en italiano, lo bastante alto para que la oyeran a distancia. Stacy no supo si se refería a ellos o a los caballos.

Dos Range Rover llegaron a toda velocidad y se detuvieron para que Cavano y sus hombres subieran. No iban a rendirse. La mujer sólo quería acercarse para no herir a sus preciosos caballos. Los Range Rovers se pusieron en marcha levantando polvo y gravilla con las cuatro ruedas.

Stacy dobló hacia una arboleda que quedaba a la derecha. Si Tyler y ella conseguían atravesarla, tendrían un respiro mientras Cavano y sus hombres daban un rodeo por el camino más largo.

Tyler la miraba a ella y al caballo, al caballo y a ella. No parecía asustado, pero tampoco muy contento.

Stacy redujo la velocidad al trote para cruzar entre los robles y los arbustos. Se abrieron camino mientras Tyler maldecía las ramas que lo golpeaban.

—¿Estás bien?

—Estoy estupendo —respondió. Pero no lo parecía.

A los pocos segundos estaban en otro prado. Stacy espoleó al caballo y lo atravesaron al galope. Para ella era algo totalmente natural, pero Tyler se aferraba a la silla de montar en lugar de mantenerse medio sentado, apoyándose en los estribos, como suele hacerse cuando se galopa. Stacy apenas podía imaginar el dolor que debía de sentir en la entrepierna en aquella postura. Por su mueca, habría jurado que bastante.

Pusieron unos cuantos centenares de metros entre ellos y Cavano, aunque los Range Rovers avanzaban a gran velocidad. En cualquier momento volverían a disparar, sin importarles los caballos.

Un poco más allá, Stacy vio una salvación potencial. Un río de más de diez metros de anchura dividía el campo. El único paso visible era una pasarela de madera tan estrecha que sólo podían recorrerla las ovejas que pastaban al otro lado. Sería arriesgado, pero los caballos podían cruzar si iban con cuidado.

—¡Ve hacia el puente! —gritó.

—¿Estás loca? —exclamó Tyler.

—¡No quiero morir!

—¡Yo tampoco!

A pesar de sus protestas, Stacy no se detuvo, sino que redujo la carrera al trote y esperó a que el caballo de Tyler la alcanzara.

Encaminó el caballo hacia la pasarela. Sólo tenían una oportunidad.

El caballo de Stacy pisó la base de la pasarela. La mujer lo espoleó y el animal salió disparado. La madera crujió bajo su peso, pero el puente resistió. Estaba casi al otro lado cuando oyó una salpicadura tras ella.

Cuando llegó al otro lado, dio media vuelta y vio que Tyler había caído al agua. El caballo había debido de perder pie y había saltado al río. No se había caído, ya que Tyler seguía montado, aunque ahora estaba empapado.

El animal salió del río como pudo. Se dirigieron hacia el rebaño de ovejas que había en la colina y se detuvieron al ver que un seto les cortaba el paso.

—¿Has visto? —gritó Tyler—. ¡Por eso detesto montar a caballo!

—No eres John Wayne, eso seguro.

—Ni este caballo es Seabiscuit.

El rugido de motores que se aproximaban puso fin a la discusión. Como estaban fuera del alcance de las pistolas, se quedaron mirando a uno de los Range Rover que viró bruscamente para evitar el río, deteniéndose en la misma orilla.

El otro Range Rover decidió seguir adelante, pero la pasarela era demasiado estrecha y cayó al agua salpicándolo todo, enterrando el morro en el barro y deteniéndose. Los hombres salieron por las ventanillas y volvieron nadando a la orilla.

Se abrió la puerta del conductor del otro Range Rover y apareció Cavano, que se quedó mirando a Stacy y a Tyler con las manos en las caderas. Esta vez no sonreía, sino que los miraba con auténtico odio.

Stacy apretó las piernas para poner en movimiento a su montura y cabalgaron a lo largo del seto hasta encontrar una abertura y se alejaron de allí.

—¿Y ahora adónde? —preguntó Stacy. Estaba completamente perdida.

Tyler señaló a la izquierda.

—Cuando íbamos a casa de Cavano, pasamos junto a una población que estaba a un par de kilómetros por ese lado. Quizá consigamos un coche allí.

Cabalgaron, temiendo que la italiana encontrara la forma de cortarles el paso o interceptarlos en la ciudad.

Cuando llegaron al pintoresco pueblo, los peatones no se fijaron en ellos, como si fuera normal ver jinetes a caballo por la calle principal.

El pitido de un tren indicó algo mejor aún que un coche de alquiler. Recorrieron dos manzanas más y encontraron la estación. Después de entregar los caballos a dos adolescentes atónitos, Stacy y Tyler subieron al tren en el momento preciso en que se ponía en marcha.

Ella le preguntó a un pasajero hacia dónde se dirigían. Con una mirada desdeñosa al empapado Tyler, el interpelado dijo que llegarían a la estación Victoria en poco más de una hora. Cuando Cavano encontrara sus caballos y dedujera su destino, ya estarían en Londres.

Stacy se sintió mucho mejor ahora que estaban fuera de peligro. Sonrió a Tyler y lo cogió de la mano para tirar de él, como si fueran una pareja de novios en medio de unas vacaciones estropeadas. Mientras avanzaban por el pasillo, le dijo:

—No ha estado tan mal el paseo, ¿verdad?

Tyler la fulminó con la mirada y guardó silencio. Buscó un asiento y se dejó caer. Durante el resto del viaje sólo abrió la boca para preguntar al revisor dónde podía encontrar una bolsa de hielo para sentarse encima.