La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 36 de 72

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La bóveda

Capítulo 35

 

Los monitores del puesto de guardia del vestíbulo del edificio Boerst estaban delante del mostrador, así que Stacy se había situado a un lado, de espaldas a los ascensores. Su estrategia de utilizar el plano de la agencia de alquiler de coches para preguntar direcciones había funcionado a la perfección. El guardia, un muchacho delgado y rubio que parecía recién salido del instituto, era de los que disfrutan ayudando y ella tenía razón. Por su experiencia sabía que a los hombres les gustaba tener un problema que resolver, así que se había inventado un aprieto lo más complicado posible, equivocándose adrede con el alemán para completar la faena. El guardia no había mirado ni una vez los monitores.

Hasta que el estrépito del coche al estrellarse resonó en todo el edificio. El guardia estaba mirando el plano y Stacy el monitor cuando el BMW cayó al fondo del garaje. Temió que a Tyler le hubiera sucedido lo peor hasta que vio su conocida silueta asomada al borde del abismo. Algo había salido muy mal y lo único que ella podía hacer era entretener al guardia el tiempo suficiente para que Tyler huyera.

El guardia levantó la cabeza al oír el ruido. Stacy lo asió del brazo y señaló la calle.

—¿Has visto eso? —dijo, arrastrando frenéticamente al joven a la puerta, sin darle tiempo a que mirase los monitores.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el chico.

—Me ha parecido ver que se estrellaba un coche contra el edificio de al lado.

Mientras miraban la calle en busca del accidente, sonó su teléfono. El mensaje de texto de Grant decía:

Dos hombres de Cavano acaban de pasar por tu lado. No te vuelvas.

Stacy se puso rígida. No esperaba que bajaran tan pronto.

—No veo nada —dijo el guardia.

—Era un coche azul —inventó Stacy, con el corazón a cien por hora a causa del peligro que los acechaba a todos—. Lo vi pasar a gran velocidad. Puede que haya chocado con otro coche a la vuelta de la esquina. Deberíamos ir a ver.

El guardia se volvió hacia el mostrador de recepción.

—Pero no puedo abandonar el edificio…

—¿Has visto el coche?

Vacilaba entre irse y quedarse cuando oyó el ascensor. Por el rabillo del ojo vio a Cavano, inconfundible con su larga melena negra. Iba con uno de sus guardaespaldas. Si la reconocía, se lanzarían sobre ella al momento.

Cavano y su tío cachas se dirigieron a la puerta del garaje.

Stacy se mantuvo cogida al brazo del guardia y siguió acosándolo a preguntas para tenerlo entretenido todo el tiempo posible. En el momento en que volviera a su puesto, se descubriría el pastel.

 

La plataforma vacía ya había reemplazado a la que llevaba el Ferrari y Tyler vio que su oportunidad para recuperar el geolabio se iba hacia la salida. Sus planes de bajar a la plaza del Ferrari, cogerlo y salir por una de las puertas de servicio se habían desvanecido.

Tenía que alcanzar el Ferrari antes de que llegase a la plataforma de salida. Corrió por delante de los otros coches sin preocuparse ya de las cámaras. Si el vigilante miraba el monitor, haría sonar la alarma al ver los restos aplastados del BMW.

El Ferrari se detuvo al fondo mientras el sistema operaba para elevar la plataforma. Tyler estaba aún a tres coches del final. Apretó el botón de la llave electrónica que abría el Ferrari, la que le había quitado a Pietro.

La plataforma ascendió. Tyler dio un par de saltos sobre la capota de los dos últimos coches y chocó contra la pared. Cuando el Ferrari llegó al nivel inferior al suyo, saltó.

Sus pies apenas cabían en el borde de la plataforma y se asió con fuerza a la parte trasera del Ferrari. No tenía tiempo de mirar en el maletero delantero, el otro lugar donde podía estar el geolabio. Abrió la portezuela del conductor y se coló dentro, cerrando de golpe. Se acurrucó en el asiento del copiloto mientras el Ferrari se detenía y esperaba a que el suelo de la zona de salida se corriese y la plataforma subiera.

Marcó el número de Grant.

—Sí —respondió su amigo.

—¿Está Stacy contigo? —preguntó Tyler.

—No, sigue en el vestíbulo. Si Cavano vuelve a entrar, seguro que lave.

—Dile que salga en quince segundos.

—De acuerdo.

Grant y él se conocían demasiado para perder el tiempo haciendo preguntas.

—Y veas lo que veas, quédate donde estás.

—Pero Cavano…

A Grant no le gustó la orden, pero Tyler colgó antes de que pudiera protestar.

El Ferrari comenzó a elevarse de nuevo y se detuvo en la zona de salida. Cuando se abrió la puerta, se enderezó en el asiento y puso el coche en marcha.

Delante de él estaban los tres guardaespaldas y Cavano, mirándolo con incredulidad.

Cuando Sal fue a averiguar cuál era la sorpresa, Cavano sospechó que la intención de Pietro era que lo relevaran de su puesto. Pero Sal llamó a los pocos minutos para decir que el BMW no aparecía y que no podía ponerse en contacto con Pietro. Cavano se preguntó si su guardaespaldas habría abandonado su puesto para irse a dar una vuelta con el BMW, pero luego se dio cuenta de que no podía haber salido del garaje solo. Para sacar el coche había que estar fuera. Puede que el sistema robótico hubiera dirigido la plataforma a una plaza indebida, pero el instinto le decía que algo iba mal, así que ordenó a Sal que recuperara el Ferrari para asegurarse de que seguía allí.

 

Mientras Cavano corría desde el ascensor a la puerta del garaje, vio al vigilante hablando con una mujer en la puerta delantera, de espaldas a ella.

Estaba frente a la plataforma, junto a Sal y los otros dos guardaespaldas, cuando llegó el Ferrari, al parecer intacto. Pero en el momento en que se abrió la puerta, se quedó atónita al ver a Tyler Locke sentado en su coche y poniéndolo en marcha.

Antes de que pudiera reaccionar, Locke pisó el acelerador y salió a toda pastilla, obligándolos a apartarse para no ser atropellados.

Hasta aquel momento, Cavano había creído que todo el asunto con Locke había sido algo secundario. Pero entonces se dio cuenta de que aquel chisme tenía que ser muy importante si ese tipo estaba dispuesto a correr tantos riesgos para recuperarlo.

Una vez que volvió a ponerse en pie, Cavano juró que Orr y Locke no iban a llegar antes que ella al tesoro de Midas. Corrió hacia la calle y vio que el Ferrari se detenía con un chirrido. La mujer que había visto hablando con el vigilante salió corriendo hacia el coche.

—Sube —gritó Locke por la ventanilla del copiloto.

Ya en la portezuela del Ferrari, Stacy Benedict se dio la vuelta y miró a Cavano, que en aquel momento estaba paralizada de ira.

Entonces subió y el Ferrari reanudó la marcha.

En el edificio Boerst comenzó a sonar una alarma, pero Cavano la ignoró. Tenía que recuperar su coche, y el BMW no aparecía por ninguna parte.

Aunque podía apropiarse de cualquier coche que pasara, no sería capaz de alcanzar al Ferrari. Entonces se acordó del concesionario de vehículos exóticos, el mismo en el que había comprado el Ferrari.

Miró a su alrededor y vio el camión que transportaba coches para el concesionario. Ya había dejado dos en la calle, un Lamborghini Gallardo amarillo y un Pagani Zonda negro. Los dos eran supercoches, comparables a su 458 Italia.

Cavano llamó la atención de sus hombres y los señaló.

—¡Vamos! —gritó.

Un vendedor del concesionario estaba inspeccionando los vehículos. Cavano corrió a la portezuela del conductor del Zonda y la abrió.

El vendedor se puso a gritar en alemán.

—¿Qué hace?

Sal subió al asiento del copiloto del Zonda mientras los otros dos se apoderaban del Lamborghini. Las llaves estaban puestas en ambos coches.

El Lamborghini salió en pos de Locke. El vendedor siguió gritando.

Cavano encendió el Zonda e hizo rugir el motor de doce cilindros.

—Dile a tu jefe que Gia Cavano acaba de comprar estos coches —dijo al vendedor por la ventanilla, en alemán.

El vendedor se puso a farfullar con cara de indignación, pero ella no esperó a oír su respuesta. Arrancó el Zonda y dejó en el suelo una huella de caucho de veinte metros de largo.