La bóveda

Boyd Morrison · Capítulo 30 de 72

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La bóveda

Viernes

La camorrista

Capítulo 29

 

Ocupando un asiento en el vagón de clase preferente del Eurostar de alta velocidad, Gia Cavano tomaba un desayuno ligero mientras sus tres guardaespaldas vigilaban a los demás pasajeros. La campiña francesa pasaba por la ventanilla a trescientos kilómetros por hora mientras ella giraba de tanto en tanto los botones del ingenio que Tyler Locke había guardado en su coche. Los discos giraban aleatoriamente; no se le ocurría para qué podía servir el aparato.

Por su diseño y por su construcción, era una hermosa pieza de ingeniería. Quizá Locke la había construido. Cuando se hiciera con el tesoro de Midas, lo localizaría para preguntárselo antes de matarlo.

Cavano había pensado en volar a Múnich directamente desde Londres, pero su nuevo juguete era demasiado tentador. Desde el momento en que había adquirido el Ferrari 458 Italia a un comprador alemán que estaba muy por delante de ella en la lista de espera, tenía unas ganas locas de conducirlo por las autopistas de la RFA, la única red de autopistas del mundo donde no había límite de velocidad. Una de las características del Ferrari era que alcanzaba los trescientos veinticinco kilómetros por hora, y ella pensaba alcanzarlos.

Como castigo por haber dejado escapar a Tyler Locke y a Stacy Benedict, había relevado a Pietro de sus obligaciones y lo había enviado a conducir hasta Bruselas, por la noche, el camión cargado con el Ferrari y un BMW M5. Pietro se desplazaría con los otros tres en el BMW y la seguiría en el trayecto a Múnich, cuya duración era normalmente de siete horas. Si tardaban más de cuatro, sería por culpa del tráfico.

Sorprendió mirándola a un empresario entrado en años que quizá deseaba animar la mañana del jueves con una conversación sobre el extraño objeto que la mujer tenía delante, pero que no se atrevía a acercarse al verla en compañía de sus primos. Era una de las ventajas de tener una familia que intimidaba. Evitaba los deplorables avances de los ejecutivos barrigudos como aquél.

Por otra parte, Tyler Locke era la clase de hombre que la excitaba. Duro, atractivo, inteligente y resuelto. Un deplorable jinete, pero eso se podía corregir. No había muchos hombres que se enfrentaran a ella como él lo había hecho; era una cualidad difícil de encontrar para una mujer de su posición.

Durante seis años había sido la jefa de la familia Cavano. Había empezado teniendo un pequeño papel en la Camorra napolitana y había ascendido. Pocas mujeres, y menos aún treintañeras, encabezaban familias de la Camorra. La Mafia tenía acusadas tendencias machistas y pocas veces lo consentía, pero ella había mantenido su posición mediante la astucia, utilizando la brutalidad si era necesario. Su difunto marido, Antonio, había sido asesinado por el capo de la familia rival, los Mezzotta, por no cumplir el acuerdo que tenían sobre el suministro de hormigón. En respuesta, Gia Cavano ordenó asesinar a todos los miembros del clan Mezzotta y, como resultado de su concienzudo plan, casi todos ellos se pudrían ahora en un vertedero de las afueras de San Marco. Los demás cadáveres estaban enterrados en puntos estratégicos para demostrar que ahora era ella quien tenía la sartén por el mango.

Incapaz de tener hijos tras una serie de abortos, había animado a sus primos a fundar familias propias, prometiéndoles riquezas mientras fueran leales a ella. Se mantenían a su lado porque ella cumplía sus promesas, y algunos habían entroncado con clanes de Albania, Libia e Inglaterra, para diversificar el negocio e invertir en armas, drogas y en el sector financiero. Gia había fundado empresas legales para que ella y su familia pudieran mantener un estilo de vida mucho más elevado que el de sus rivales, que tenían que esconderse en Secondigliano, el barrio-fortaleza de Nápoles. No obstante, la reciente reducción de los beneficios había empezado a poner en peligro su posición.

Ahora se enfrentaba a nuevos retos con la expansión de los negocios. Las bandas chinas y rusas estaban suministrando armas y hombres a otras familias. Si la situación no cambiaba radicalmente, pronto se convertiría en un personaje secundario de la Camorra.

Pero poseía algo que no tenía ninguna de las demás familias: el secreto para encontrar la bóveda de Midas, un tesoro tan vasto que le permitiría ascender en Nápoles y convertirse en la nueva «jefa de jefes».

Y eso es lo que le iba a facilitar aquel viaje a Múnich.

Hans Rödel, vicepresidente de Propiedades e Inversiones Boerst, estaba gestionando la compra del edificio de la plaza Cavour que tanto tiempo había estado fuera de su alcance. Gia utilizaba una compañía alemana de intermediaria para que las autoridades italianas no supieran que el nuevo propietario era un miembro de la Camorra. Había intentado comprar el edificio del Ministerio de Sanidad durante seis años y finalmente había conseguido cerrar el trato, lo que le permitiría destruir los cimientos y acceder al túnel que Orr y ella habían encontrado de niños.

Rödel la ayudaría a vender el oro en el mercado cuando comenzara a recuperarlo. Tenía que hacerse discretamente, para que el Gobierno italiano no se hiciera con la propiedad, declarándola patrimonio nacional. Antes la muerte que permitir que ocurriera algo parecido.

Cavano guardó el aparato de bronce en la caja y meditó qué iba a hacer con Locke y Benedict, y con Grant Westfield, cuya identidad le había revelado Oswald Lumley. Orr había elegido muy bien a su equipo de investigación, aunque era obvio que no le había dicho a Locke que la conocía. El ingeniero parecía demasiado inteligente para presentarse en su casa de un modo tan oportuno. Locke, Benedict y Westfield representaban una amenaza mortal. Si ayudaban a Orr a encontrar el tesoro de Midas antes que ella, podían arruinarla.

Eso significaba que tenía que encontrarlos y convencerlos de que le dijeran cómo dar con Orr. Si no les arrancaba la información, tendría que matarlos, contrarrestando así los esfuerzos de su primo por llevarse lo que le pertenecía a ella por derecho.

La red de informadores que Cavano tenía entre las fuerzas de policía europeas equivalía a un sistema general de ojos y oídos pendientes de cualquier señal de vida que diera Locke. Lo único que tenía que hacer era derrotar a Orr antes de que acabase la semana. La demolición del edificio comenzaría el lunes y calculaba que bastarían dos días para encontrar la entrada del túnel. Una vez que tuviera el oro seguro, la carrera habría terminado y no importaría dónde se escondieran Orr y sus amigos. Tendría fondos ilimitados para gastarlos en la venganza y escupiría sobre la tumba de cada uno.

La sangre de sus enemigos muertos demostraría que nadie podía traicionar impunemente a Gia Cavano.