La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 9 de 20

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La coartada

Capítulo 8

Se quedó muy quieta, sentada en el pedrusco, y doblada sobre sí misma para amortiguar la sensación de pánico que experimentaba. ¿Estaría Gabriel aguardándola a las afueras de la torre?

Sin moverse, aguzó el oído, intentando percibir algún sonido que en el exterior pudiera indicar la proximidad de un ser humano, pero únicamente logró apreciar el agudo sonido del viento al filtrarse por los resquicios que el paso de los años había horadado en los sillares con los que la torre había sido construida.

La angustia que la oprimía por dentro la obligó paradójicamente a olvidarse de que instantes antes había estado a punto de echarse a llorar. No podía perder el tiempo con ese tipo de desahogos. Tenía que llamar inmediatamente a Fernando Costa para comunicarle que había recibido un nuevo mensaje amenazador y para pedirle ayuda. Mariví estaría probablemente deslizándose montaña abajo sobre la nieve sin imaginar siquiera que a pocos pasos la acechaba el indeseable con el que había tenido la desgraciada ocurrencia de entablar una relación sentimental seria. ¿O se encontraría Gabriel en las inmediaciones del torreón en el que se acababa de refugiarse ella de la tormenta?

A duras penas logró reprimir el castañeteo de sus dientes mientras buscaba en la agenda de su móvil el número del policía. Pero no era solo por el frío. Aunque no se consideraba especialmente miedosa, tampoco anteriormente se había encontrado en una situación similar a la que se veía obligada a afrontar en esos momentos: perdida en plena montaña entre una espantosa ventisca y con un maleante rondando por las cercanías que aguardaba su oportunidad para vengarse de ella.

Estornudó dos veces antes de dar con el número que buscaba y tiritando se llevó el aparato al oído. El sonido que indicaba que la línea estaba ocupada le repercutió por todo su cuerpo como si hubiese escuchado el tañido de una campana gigante que tocase a réquiem. ¿Por qué ese hombre se habría puesto a hablar precisamente ahora, cuando ella le necesitaba tanto? Volvería a intentarlo unos segundos más tarde.

Nuevamente se arrebujó bajo los dos jerséis y el anorak que vestía y con los que pretendía inútilmente mitigar el frío helador y dirigió una inquieta mirada a su alrededor. Tenía que salir de aquella maloliente ruina y encontrar el camino de vuelta al albergue, aunque arreciase la tormenta y los relámpagos se fundieran estruendosamente en uno solo e interminable.

Vagamente se recriminó por haberse arriesgado a acompañar a Iván a visitar el torreón en una mañana tan desapacible, en lugar de haberse quedado en la sala de estar del albergue jugando a las cartas. Era previsible que la ventisca alcanzase las proporciones que los dos habían tenido que padecer durante la absurda excursión que habían decidido realizar esa mañana.

Al llegar a ese punto frunció el ceño reflexionando. ¿A qué obedecería el interés que había manifestado él por enseñarle el ruinoso vestigio del pasado en el que se encontraba en esos momentos, acurrucada en el pedrusco y aterida? Se había empeñado además en que lo visitaran en solitario. Evocó a las dos chicas que había conocido horas antes frente a la chimenea encendida, la obstinación de estas en acompañarles en esa excursión y los mil pretextos que había ideado él para hacerlas desistir.

Estaba claro que lo había planeado la noche anterior, ya que, como le había reconocido, llevaba en la mochila unos bocadillos de tortilla de patata que había pedido en el bar nada más levantarse con el propósito de compartirlos con ella dentro de la torre o quizás en algún lugar romántico. Luego le había bastado con convencerla de que merecía la pena desafiar el temporal y que un copo de nieve más o menos no era razón suficiente para renunciar a la posibilidad de extasiarse ante los mohosos pedruscos que sus remotos antepasados habían erigido en círculo al pie de las montañas.

¿Y por qué?, se preguntó. ¿Le habría flechado repentinamente, pese a que su figura, con los dos jerséis y el anorak, distaba mucho de ser estilizada, de que su nariz estaba enrojecida por el frío y de que le

lagrimeaban los ojos por el mismo motivo, como si hubiera enganchado un buen catarro? Amalia y Ángeles le habían comentado que era un don Juan.

¿Habría tenido la intención de tontear con ella como con tantas otras, en plena montaña? Al parecer y por lo que le había comentado, se había fijado en ella la noche anterior, mientras cenaba en el comedor con Mariví y con Pablo. ¿Habría dado por hecho que el torreón, por lo solitario, era el lugar adecuado para que intimaran sin testigos molestos? ¿O sería porque quería utilizarla para conocer a Mariví?

Al llegar a ese punto interrumpió las divagaciones que elucubraba. El viento parecía haber amainado y no emitía ya el silbido con el que gemía al luchar por introducirse dentro del recinto circular en el que se hallaba. Al alejarse había dejado un silencio denso en torno suyo. Tan denso, que, tras cubrir sus ojos con las gafas, abandonó su improvisado asiento para aproximarse al portalón, que permanecía cerrado, a escuchar lo que pudiera estar ocurriendo fuera. Con suma precaución entreabrió la puerta, que chirrió sobre sus goznes, y asomó a medias la cabeza. No se oía ni el piar de un pájaro. La tormenta parecía haberse alejado hacia las montañas y podía divisar ahora el grisáceo firmamento, raso, sin nubes, del mismo color que la inmensa superficie blanca que se extendía uniformemente en todas direcciones ante sus ojos. Había dejado de nevar. Podía ya intentar encontrar el camino del albergue con un panorama despejado y regresar sin perderse al local donde se hospedaba.

Recogió el móvil que había dejado sobre el pedrusco y se lo guardó en el bolsillo antes de hacer intención de salir del recinto en el que se hallaba.

Fue entonces cuando oyó algo que la alertó y que finalmente la obligó a retroceder. Había percibido el rumor de unos pasos que se acercaban. En aquel silencio el sonido de esas pisadas se amplificaba hasta límites insospechados y sintió que se le erizaba el vello de los brazos. ¿Sería Gabriel que venía a cumplir el designio con el que la había amenazado por el móvil?

Le pareció que el corazón le había dejado de latir y que de improviso volvía a ponerse desacompasadamente en marcha. Le funcionaba en ese instante como una maquinaria descompuesta, mientras intentaba localizar la procedencia de los pasos que se acercaban. Un segundo más tarde oyó unas

voces femeninas que reconoció en el acto. Pertenecían a Amalia y a Ángeles y le respondían algo a otra masculina que reconoció igualmente.

Era la de Iván y todas sonaban asustadas. La estaban buscando y les oyó preguntarse si habría resbalado en la nieve por algún precipicio y que por ese motivo no había regresado al albergue.

Aliviadísima, terminó de empujar el portón y salió al exterior. Los tres venían en su dirección por el sendero que conducía a la torre y que había desaparecido bajo la nieve y al divisarla echaron a correr a su encuentro.

Amalia llegó la primera y le estampó dos besos en cuanto la alcanzó.

Ángeles la abrazó, limpiándose unos lagrimones de emoción que le resbalaban por las mejillas e Iván, que llegó el último y que jadeaba ostensiblemente, se quedó inmóvil frente a ella con el semblante sin expresión. Supuso que la estaba mirando fijamente con aquellos ojos tan verdes, pero no pudo comprobarlo, ya que, las gafas con los que los cubría le impidieron distinguirlos.

—¿Se puede saber dónde te habías metido?, —le riñó Amalia, con la misma expresión que habría adoptado su madre en similares circunstancias

—. Hace un rato ha regresado Iván al albergue sin ti. Se ha asustado al darse cuenta de que no habías vuelto y hemos salido los tres a buscarte.

Estaba preocupadísimo y con razón. ¿Cómo se te ha ocurrido venir sola a buscar la torre? Podías haberte perdido.

—O haberte encontrado con un oso y que te diera un buen susto, —

apuntó Ángeles, mientras se sacudía la nieve del anorak.

—¿Es que hay osos por aquí?, —se preocupó Lilian, oteando los alrededores y sumamente gratificada por el interés que le demostraban las dos chicas.

—Pues… pues no lo sé, —reconoció Ángeles—. Yo no he visto ninguno por las inmediaciones, pero es posible que entre tanta nieve pueda aparecer alguno, ¿no os parece? Tengo entendido que a los osos les gusta mucho la nieve.

—Te estás confundiendo con los osos polares, —la corrigió Amalia con suficiencia—. Y no estamos en el polo, aunque haga un frío muy similar.

¿A que tengo razón, Iván? ¿A que en la sierra de Madrid no hay osos?

Este hizo un gesto de asentimiento sin apartar la vista de Lilian. Al menos fue la impresión que le dio a ella. Luego se volvió hacia la chica.

—Claro que tienes razón. No hay osos por aquí. Únicamente lobos y zorros, pero lo verdaderamente peligrosos son los aludes de nieve y… sí, hay que llevar cuidado con no perderse. —Se giró nuevamente hacia ella con el ceño fruncido—. ¿Por qué has echado a correr en dirección contraria? Te he perdido de vista en cuanto la nevada ha arreciado hasta el extremo de que no permitía distinguir nada a un palmo de distancia, pero he supuesto que te encaminarías hacia el albergue, no que seguirías ruta hacia la torre. ¿Tanta ilusión te hacía visitarla?

Estudió ella su expresión con detenimiento. Parecía haberse alarmado seriamente con su desaparición, pero no se decidió a reconocerle que se había desorientado y que por esa razón había llegado hasta el lugar en el que se hallaban en ese momento ni que la maldita ruina la tenía sin cuidado.

Consecuentemente se encogió de hombros.

—Bueno, me ha parecido que la torre era un buen refugio donde podía guarecerme hasta que amainara la ventisca, —mintió.

En ese momento recordó el mensaje que instantes antes había recibido en su móvil y se giró en redondo, para atisbar las inmediaciones por miedo a descubrir la silueta de un hombre que pudiera ser Gabriel. Desconocía su aspecto, pero por la fotografía que le había mostrado Mariví sabía que era alto y de complexión fuerte, así como que era muy moreno y con los ojos de un verde clarísimo. Al no distinguir a su alrededor otra cosa que una blanca inmensidad ausente de todo ser humano, dejó escapar un suspiro de alivio antes de iniciar el regreso.

—Tengo muchísima hambre, —les comunicó a los tres que la seguían, relegando el miedo que había experimentado instantes antes a un lugar ignoto de su mente para aparentar animación—. Estoy deseando llegar al albergue para comer.

—¿Y para reunirte con tus amigos?, —le preguntó Ángeles con gesto adusto como si temiera que las abandonara al encontrarlos nuevamente.

—Bueno… sí, también.

—Pues creo que no se lo merecen, —insistió la chica.

—¿Por qué dices eso? ¿Porque se han marchado esta mañana sin mí?

Saben que no sé esquiar.

Ángeles se mordió los labios como si no acabara de decidirse a manifestar lo que estaba pensando. Una ráfaga de viento agitó las ramas de un blanco abeto cuando pasaron por su lado y el aire diseminó en copos minúsculos su carga esparciéndola en todas direcciones. Mientras se limpiaba con la manga de su anorak sus gafas empañados, Lilian insistió:

—¿Por qué lo dices?

—Porque a mí me ha parecido que se han portado desconsideradamente contigo. Si yo hubiera dejado a Amalia en tierra en alguna ocasión en la que hemos venido a la sierra juntas, estoy segura de que me habría retirado la palabra. ¿A que sí, Amalia?

La aludida hizo un gesto de asentimiento. Caminaba al otro lado de Iván con la cabeza baja para defenderse del viento que empezaba a soplar de nuevo.

—Ten por seguro que sí, pero quizás ellos…

—¿Es que les conocéis?, se extrañó Lilian.

Intercambiaron las dos una mirada de complicidad o al menos eso fue lo que le pareció a Lilian, ya que con las gafas con las que cubrían sus ojos no podía distinguirlos.

—Bueno, a ella sí, pero venía con otro hombre.

—¿Entonces…?

—Fue anoche, —empezó Ángeles con precaución—. Os vimos en el comedor del albergue durante la cena. Cuando terminasteis, tú subiste a tu habitación y ellos dos se quedaron en la sala de estar.

—¿Se quedaron?

—Sí, parecían tener muchas cosas que contarse y…

Empezó Lilian a atar cabos mientras caminaban pisoteando la nieve con sus botas. Mariví la había animado a que subiera a acostarse, asegurándole que ella la imitaría instantes más tarde en cuanto se fumara un cigarrillo.

Probablemente se habría quedado en la sala de estar con Pablo más tiempo del que había previsto, porque, aunque ella había tardado en dormirse, no la había oído entrar en la habitación.

Aunque se dijo que la cosa no tenía importancia, sintió una irritación sorda. Su amiga seguía siendo como siempre, incapaz de desaprovechar la oportunidad de desplegar sus dotes de seducción con cualquier elemento del sexo masculino que se le pusiese a tiro, le interesase o no. ¿Pero y él?

Ciertamente no había contraído con ella ningún compromiso anterior, pero sí se le había insinuado en innumerables ocasiones. Al parecer, le había bastado con que les acompañase Mariví y esta tontease un ratito con él, según su costumbre, para olvidarse de que anteriormente había pretendido que la relación que mantenía con ella se transformase en algo más serio.

Se preguntó en ese instante cuál debería ser su actitud cuando se los encontrara. A lo lejos se distinguía ya el albergue al que se dirigían y el humo que salía por la chimenea flotando en volutas contra el firmamento parecía invitar a refugiarse en su interior. Al menos eso debió ser lo que experimentaron sus acompañantes, que inconscientemente apretaron el paso, a la par que iba considerando ella si debería enfadarse, haciéndoles ver que su comportamiento era incalificable o si, por el contrario, debería darles a entender que no les necesitaba para divertirse y que había hecho esa mañana nuevas amistades con las que lo había pasado mucho mejor que si les hubiera acompañado.

Se decidió por esta última posibilidad mirando de soslayo a Iván. Era verdaderamente un hombre muy atractivo, por lo que podía imaginar sin realizar ningún esfuerzo la mirada de envidia de Mariví, cuando se diera cuenta de que había pasado con él la mañana.

¿Habrían vuelto ya?, se preguntó, cuando se aproximaron al albergue.

Pasar revista a los vehículos estacionados en el aparcamiento para comprobar si entre ellos se encontraba el de Pablo, fue lo primero que hizo, con un nerviosismo creciente. Lo distinguió casi inmediatamente cubierto de nieve y consiguió que a su semblante aflorase una alegre expresión cuando entraron en el vestíbulo. En ese momento ni se acordaba de Gabriel.

Probablemente correrían ahora a su encuentro y se disculparían por haberse marchado bien temprano sin esperar a que se despertara. Tenía que aparentar que no les había echado de menos en absoluto, por lo que le dirigió a Iván una sonrisa resplandeciente, dedicada a Pablo y a Mariví cuando se dirigían hacia el comedor, pero aquel no pareció advertirlo.

—¿Buscamos los cuatro una mesa para comer?, —les propuso Lilian con esa intención.

Ante su sorpresa, demostró tener él una prisa incomprensible e hizo intención de despedirse.

—No, yo no. Comed vosotras, que yo tengo una cosa urgente que hacer.

Desapareció por la puerta frontera a la del comedor, por la que se accedía a las habitaciones de la planta baja y las tres intercambiaron una mirada de incredulidad.

—¿Qué mosca le ha picado ahora a Iván?, —refunfuñó Amalia—. Ha salido corriendo como si temiera encontrarse con alguien en el comedor ¿no os parece?

—Puede que haya visto ahí dentro a alguno de sus antiguos ligues, —

apuntó Ángeles riéndose—. Ya sabéis que los colecciona.

Fastidiada, le siguió Lilian con la vista. ¿Por qué se habría marchado ahora, cuando le necesitaba para darles a los otros dos en las narices?

Amalia había empujado ya la puerta de cristales del comedor y traspusieron el umbral, por lo que solo tuvo tiempo de echarse a reír como si las chicas hubiesen comentado algo divertido.

Había distinguido de una sola ojeada a Pablo y a Mariví en una de las de las mesas del rincón y se dirigió a su encuentro seguida de Amalia y de Ángeles. Al verla, su amiga dejó escapar un suspiro de alivio, pero luego frunció las cejas al advertir que venía acompañada.

—¿Pero dónde te has metido?, —le riñó—. El recepcionista nos ha dicho que te habías marchado de paseo con uno de los huéspedes del albergue. Nosotros hemos vuelto a buscarte en cuanto ha empezado a tronar y…

O sea, habían regresado dos horas antes más o menos, calculó Lilian.

Era indignante que encima se atreviera la tonta de su amiga a reconocerlo.

Comprobó que, por el contrario, Pablo estaba serio y que la miraba como disculpándose, lo que ella fingió no ver y se apresuró a presentarles a las chicas que la acompañaban y que tomaron asiento en la mesa.

—Lo hemos pasado en grande, —les comunicó a los dos con aire desenvuelto—. Hemos dado un paseo hasta un torreón, que no está muy lejos y donde nos hemos refugiado mientras ha durado la tormenta —les

explicó como si la excursión hubiera colmado todas sus apetencias—. ¿A que ha sido una mañana estupenda?, —les preguntó a las chicas esperando que confirmaran lo que estaba diciendo.

—Bueno, sí… —empezó a admitir Amalia algo confusa.

—Pues Iván se ha asustado mucho, —la interrumpió Ángeles—.

Cuando ha llegado al albergue sin ti y no te ha encontrado aquí, se ha puesto pálido y ha echado a correr por el sendero por el que había venido.

Nos ha costado alcanzarle.

Notó Lilian la mirada de Pablo fija en ella y se echó a reír forzadamente.

—Es que Iván corre mucho.

—No, —la contradijo Amalia—, es que estaba verdaderamente asustado. Ha creído que te había pasado algo.

—¿Y qué me iba a pasar?, —objetó volublemente—. Esa torre no está muy lejos. Simplemente he esperado un ratito a que amainase la ventisca.

Como él estaba muerto de hambre se ha empeñado en regresar.

Enarcó Amalia las cejas sorprendida.

—¿Iván estaba muerto de hambre? Le he oído decir que llevaba en la mochila unos bocadillos de tortilla de patata que os ibais a tomar en la torre.

¿Por qué dices que…?

Lilian se apresuró a interrumpirla de nuevo.

—Porque sí, porque de pronto ha pensado que lo que quería era tomar una sopa muy caliente. Es que hacía un frío de mil demonios.

—Pero… —intentó objetar Ángeles.

Girando alternativamente la cabeza hacia cada una de ella, Pablo, que las escuchaba en silencio, se decidió a intervenir.

—¿Iván? ¿Y quién es Iván?

Abrió ella la boca para darle su versión, pero se le adelantó Ángeles.

—Es un chico guapísimo que se ha colado por Lilian, nada más verla esta mañana. Imagina que le ha propuesto visitar esa torre y que a Amalia y a mí no nos ha permitido acompañarles.

Notó ella que a Pablo no le hacía ninguna gracia su explicación. La miraba ahora con gesto adusto, como si le molestara profundamente que ella no se hubiera quedado en al albergue llorando por su ausencia. Mariví

en cambio se echó a reír y Lilian se dio cuenta de que parecía otra. No llevaba ya el gorro de punto y su melena cobriza le resbalaba por la espalda.

Con las mejillas bastante maquilladas y arreboladas por el frío, parecía haber retrocedido a los años de estudiante, en los que sin proponérselo alborotaba por doquier al elemento masculino.

—Me alegro de que lo hayas pasado tan bien, dormilona, —le dijo alegremente, echándole un brazo sobre los hombros desde la silla contigua que ocupaba—. Dormías como un ceporro cuando me he despertado esta mañana y no he querido interrumpir tu sueño. Veo que no has perdido el tiempo y que has estado bien acompañada.

Pablo, sin embargo, no participaba de la euforia de la chica, sino que, por el contrario, a duras penas lograba disimular su malhumor. En un instante en el que Mariví intercambiaba unos comentarios con las dos chicas, se inclinó hacia ella para susurrarle unas palabras a modo de excusa.

—Me he encontrado a tu amiga aquí esta mañana cuando estaba desayunando y me ha dicho que no te despertarías hasta media mañana, por lo que podríamos subir a estrenar los esquís mientras tanto. No sabía yo que se te pegaran tanto las sábanas.

Se lo decía con el ceño fruncido, como si fuera consciente de que a causa de la otra le había hecho un feo a ella y lo lamentara y, aunque se sintió reivindicada en parte, decidió demostrarle que lo que hubieran decidido hacer Mariví y él esa mañana le tenía sin cuidado.

—¡Bah!, no te preocupes, —replicó con fingida ligereza—. No sé de donde se ha sacado Mariví que duermo tanto, porque, como habrás podido comprobar, me presento bien temprano en el despacho todos los días, pero es igual. Mientras vosotros dos os helabais tontamente bajo la nevada que estaba cayendo, he estado explorando los alrededores. No tiene importancia.

—Pero yo sentiría que pensaras… —insistió él.

—No pienso nada y me parece estupendo que os hayáis ido a esquiar sin mí, porque no practico ese deporte y además no me gusta, —le interrumpió

—. Y ya te he dicho que lo he pasado muy bien con Iván. Es un magnífico conversador y un hombre muy agradable. También estas dos chicas son estupendas.

Aquello era totalmente falso. Había pasado más frío y más miedo por haberse perdido y por la proximidad de Gabriel que otra cosa, pero como deseaba fastidiarle, se lo aseguró constatando con satisfacción que el semblante de él se ensombrecía.

—Vaya, pues me alegro —manifestó en un tono hosco que significaba todo lo contrario—. A lo mejor te hemos estropeado la diversión regresando tan pronto.

Lilian se despojó del gorro de punto y agitó exageradamente su melena con un ademán con el que pretendía quitarle importancia a lo sucedido, fingiendo además que no había captado el matiz sarcástico con el que se había expresado.

—No, no te preocupes, que no me habéis estropeado nada. Hemos quedado Iván, Amalia y Ángeles en jugar a las cartas esta tarde. A los tres les gusta mucho esquiar, pero como yo no sé, han optado por sacrificarse y quedarse en el albergue, frente al fuego, ya que prefieren mi compañía.

—¿Prefieren tu compañía?

—Sí, dicen que no han tenido ni que planteárselo.

—Pero…

—Mariví y tú podéis volver a tomar el telesilla esta tarde, —le interrumpió—. Podéis aprovechar, ya que ha dejado de nevar, —le sugirió con toda la mala intención que fue capaz de acumular.

La observó con la cabeza ladeada y un pliegue hondo en la frente.

—¿Y no podemos acompañaros tu amiga y yo y jugar a las cartas esta tarde o a lo que os apetezca? Precisamente hemos vuelto a buscarte para que nos acompañaras el resto de la mañana y de no haber sido porque la he creído cuando me ha asegurado que deberíamos dejarte dormir, no nos habríamos marchado sin ti.

Parecía lamentar profundamente lo ocurrido, lo que la llenó de íntima satisfacción, pero le sobraba orgullo, y como temía además que Pablo acabara comportándose como todos los demás con los que se habían relacionado las dos anteriormente y manifestara finalmente su preferencia por Mariví, se encogió de hombros.

—Como quieras, pero dudo que a ella y a ti no os suponga yo un lastre y no siento el menor deseo de aguaros la fiesta. Dudo mucho que no

acabarais lamentando haberos quedado en tierra por mi causa, así que…

Algo del resquemor que trataba de ocultar debió de escapársele en el tono de su voz, porque él frunció nuevamente el ceño y se la quedó mirando fijamente.

—Te encuentro muy rara esta mañana.

—¿Muy rara?

—Sí, como si estuvieras molesta. ¿Por qué estás molesta? ¿Te ha sentado mal que nos hayamos marchado sin ti? Ya te he dicho que…

—Y yo ya te he contestado que no me ha importado lo más mínimo, —

le interrumpió—. Aunque no sé esquiar, he estado de acuerdo en venir a la sierra para alejarnos de Gabriel, pensando que hasta aquí no nos seguiría.

Al mencionarle, le pareció que regresaba a la torre y que volvía a experimentar el pánico que había sentido al leer su mensaje en la pantalla de su móvil.

—Y por cierto, he vuelto a tener noticias suyas esta mañana.

—¿Esta mañana?

—Sí.

—¿Te ha enviado otro de sus recaditos? ¿Y por qué te los envía a ti en lugar de a tu amiga?

—Porque Mariví no tiene móvil. Ese imbécil lo tiró por la ventana de la casa en la que vivían en uno de sus arrebatos de furia y por esa razón me llama él a mí para amenazarme por impedir que vuelva con él, pero…

—¿Y has llamado a la policía?

—No, aún no.

El semblante de Pablo dejó traslucir una sombra de alarma.

—¿Y a qué estás esperando? Llámala ahora mismo que si se acerca el camarero a esta mesa ya le pediré yo lo que quieras comer. ¿Qué quieres comer?

Lilian se encogió de hombros.

—Algo caliente. Una sopa, por ejemplo.

—¿Y qué más? Creo que hay cordero.

—Pues cordero, pero que esté caliente.

—De acuerdo, de acuerdo.

Se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta del comedor, sintiéndose seguida por la mirada de él. Mariví en cambio ni se enteró o, si se dio cuenta, no demostró curiosidad alguna pues siguió hablando con Amalia de algo que ella no había llegado a oír. El chico progre cabeceaba tras el mostrador de recepción cuando atravesó la estancia y al oír risas procedentes de la sala de estar se desvió hacia el bar, contiguo a esta y con acceso al exterior, que a esas horas estaba desierto. De una ojeada recorrió las escasas dimensiones del local. Respondía a lo que cualquier turista esperaría encontrar en esa clase de establecimientos en una estación de esquí. Gruesas vigas de madera oscura en el techo. El mismo material en la barra, así como en las paredes y en el pavimento. La luz grisácea que se filtraba a través de los dos ventanales que se abrían a la fachada lo iluminaba tenue y tristonamente, difuminando los perfiles de la estancia como si aún no hubiese amanecido por completo y estuviese envuelta en una bruma espesa.

Solo vio a un hombre sentado en la barra, de espaldas a ella, por lo que se retiró hasta el rincón opuesto y marcó inmediatamente el número de Fernando Costa en la agenda de su móvil. No tardó más de un par de segundos en contestar este a su llamada.

—Fernando, soy Lilian Valero.

La voz de él, sonora y bien timbrada, llegó distintamente a su oído.

—Ya, ya lo sé. La estaba esperando. Sé que ha recibido un mensaje de Gabriel García hace un par de horas. ¿Va todo bien?

Se encogió ella evasivamente de hombros, pero, al caer en la cuenta de que el policía no podía verla, se apresuró a traducir sus impresiones en palabras.

—Pues… no sé qué decirle. En este momento estamos Mariví y yo dentro del albergue rodeadas de los huéspedes, que en su mayoría están en el comedor lo mismo que nosotras, pero ese tipo anda rondando por las inmediaciones y no con la intención de hacernos un homenaje a ninguna de las dos. Yo… estoy un poco asustada.

El tono de él, pausado y monocorde, sonó tranquilizador.

—No se preocupe, que está todo controlado.

—¿Qué es lo que está controlado?, —se inquietó Lilian—. Estaba yo sola, a un kilómetro más o menos del lugar donde nos alojamos, cuando me ha mandado el mensaje en cuestión y la verdad es que me ha dado un buen susto. ¿Han localizado el lugar desde donde me lo ha enviado?

—Sí, ese hombre estaba en el pueblo de Navacerrada.

—¿En el pueblo?, —inquirió ella con los ojos agrandados por la sorpresa.

—Sí, en un bar que se llama “La cuchara”. ¿Lo conoce?

—No, no he estado nunca en ese pueblo. ¿Y le han detenido?

—No, cuando hemos llegado ya se había marchado y el empleado del establecimiento no ha sabido darnos ninguna clase de información, porque el local estaba atestado de excursionistas que tomaban el aperitivo, pero…

—¿Pero qué?, —se impacientó ella—. ¿Cómo puede decirme que está todo controlado si ese cretino sigue suelto merodeando por aquí? Estará todo controlado cuando le detengan, no antes.

Por el tono de su respuesta le imaginó sentado cachazudamente detrás de su mesa de despacho, quizás con la barbilla apoyada en una de sus manos, grandes y cuadradas.

—No anda merodeando por los alrededores del albergue en el que se alojan, —afirmó con rotundidad.

—¿No? ¿Cómo lo sabe?

Dejó escapar él una risita de suficiencia.

—El medio es lo de menos. Hemos detectado la localización del móvil en ese bar en cuanto le ha enviado el mensaje y le hemos seguido después.

Unos segundos más tarde ha regresado a Madrid por la carretera y en la Moncloa ha apagado el aparato.

—¿Por la carretera?

—Sí.

—¿En coche?

—Eso es.

Se apartó Lilian la melena de su rostro como si ese ademán pudiera servirle también para ordenar sus ideas.

—Pero si no tiene coche. Tuvo que venderlo cuando se quedó sin blanca.

—Sí, ya lo sé.

—No lo entiendo. No entiendo nada. ¿Ha venido al pueblo de Navacerrada a enviarme el mensaje y seguidamente ha vuelto a Madrid sin acercársenos ni tan siquiera?

—Eso parece.

—¿Y por qué?

Se produjo un silencio al otro lado de la línea telefónica. Le pareció que el policía vacilaba antes de contestarle.

—Aún no lo sabemos, pero hay algo raro en todo esto.

—¿Algo raro? ¿Solo le parece raro que un hombre que no tiene coche recorra un montón de kilómetros para enviarme un mensaje desde un bar del pueblo de Navacerrada y que a continuación regrese a Madrid, también en coche? Es completamente absurdo.

—Sí, a mí también me lo parece.

—¿Y no tienen ninguna pista?, —insistió Lilian levantando algo la voz.

Notó que en ese momento el hombre que estaba de espaldas sentado en la barra giraba a medias la cabeza hacia ella. Como la mayoría de los excursionistas, llevaba un anorak de color negro, un gorro en la cabeza y una bufanda al cuello. Parecía joven, pero no resultaba sencillo distinguir con claridad su rostro. Por precaución bajó ella la voz, apartándose hacia la puerta y repitió la pregunta—: ¿Qué es lo que piensa?, ¿qué ha hecho autostop para venir hasta este pueblo o qué?

Notó que Fernando Costa vacilaba nuevamente.

—Le he dicho que aún no lo sabemos. Cabe también la posibilidad de que algún amigo le haya llevado hasta el pueblo, de que haya alquilado el coche o incluso que lo haya robado.

—Sí, claro, —musitó aturdida.

—Oiga, señorita Valero, me gustaría hablar con ustedes dos en cuanto regresen a Madrid. ¿Cuándo tienen previsto volver?

—Mañana domingo. Tengo que trabajar el lunes como todo el mundo.

—¿Y su amiga?

—También, como es natural, porque vive conmigo como usted sabe.

¿Dónde quiere que nos veamos? No tengo citado a ningún cliente el lunes

por la mañana, así que, si le viene bien, podríamos acercarnos Mariví y yo a su comisaría a eso de las once.

—De acuerdo, las estaré esperando.

Cortó Lilian la comunicación y en ese preciso instante el hombre que estaba en la barra se bajó de la banqueta y se dio la vuelta dirigiéndose hacia ella. Era alto y, aunque se cubría la cabeza con el gorro, la barba de dos o tres días que le asomaba al rostro y que era muy oscura hacía presumir que también lo sería su cabello.

Había dejado unas monedas sobre la barra y se le aproximó en un par de zancadas.

—¿Te apetece un café?, —le preguntó sonriente—. Me llamo Juan.

Aunque su sonrisa era agradable y no había nada de aterrorizante en su aspecto, dio ella instintivamente un paso atrás.

—Yo… no… no puedo —tartamudeó—. Aún no he terminado de comer.

—¿Y cuándo termines?

—No… no. Estoy con unos amigos.

La observó con la cabeza ladeada antes de insistir.

—¿Y tus amigos no toman café después de comer? Pueden venir también.

Analizó ella aprensivamente su semblante, tostado por el sol en el que campeaban unos ojos oscurísimos. Recordaba que los de Gabriel eran verdes, según le había comentado Mariví, pero no podía evitar inquietarse ante la idea de que cualquiera de los desconocidos que se le acercaban pudiese ser él, incluyendo a aquel chico que tenía delante en ese momento.

Entraba dentro de lo posible que utilizase lentillas oscuras para ocultar el color de sus ojos y aunque Fernando Costa acababa de decirle que el acosador de Mariví había regresado a Madrid en cuanto le había enviado el mensaje a ella, nadie le aseguraba que no hubiera cambiado de idea al llegar a la Moncloa y hubiera decidido regresar nuevamente a Navacerrada.

Él la miraba como si fuese capaz de seguir el curso de sus pensamientos.

—¿Qué?, ¿no te animas? Esperaré aquí en el bar a que termines de comer y te invitaré a un café. ¿Vas a subir esta tarde a esquiar? Tendrás que

darte prisa, porque el telesilla cierra a las cinco.

Meneó ella negativamente la cabeza.

—No, voy a jugar a las cartas.

Esbozó él un gesto de extrañeza.

—¿A las cartas? ¿Has venido hasta aquí para jugar a las cartas?

—No… bueno, sí, —se embarulló—. No sé esquiar.

—Pero hay una pista especial para principiantes y te puedo enseñar.

¿Qué te parece?

Buscó Lilian desesperadamente en su cabeza una negativa que sonase razonable. ¿Por qué todos los hombres que conocía últimamente se empeñarían en enseñarle a esquiar?

—No… bueno, no sé qué querrán hacer mis amigos, así que… así que adiós, —objetó empujando la puerta por la que se salía a la recepción.

Mientras cruzaba el vestíbulo de recepción oyó su voz intentando retenerla:

—Pero oye…

Apresuradamente cruzó la estancia, seguida por la mirada del recepcionista que parecía haberse despertado de repente, y entró en el comedor. Desde la puerta distinguió a Mariví que se reía de algo que había dicho Ángeles y que coreaba Amalia. Pablo por el contrario estaba serio y le pareció a ella que también molesto. Se levantó de la mesa en cuanto la vio aparecer y se dirigió a su encuentro para intercambiar unas palabras con disimulo.

—¿Has hablado con el policía?

—Sí.

—¿Y qué te ha dicho? ¿Han localizado el lugar desde donde te ha enviado el mensaje?

—Si, desde un bar del pueblo de Navacerrada.

—¿Del pueblo? Es curioso.

La miraba fijamente con la preocupación reflejada en su semblante, lo que la gratificó en grado sumo. Aunque se hubiera marchado bien temprano esa mañana con la otra, parecía estar verdaderamente intranquilo por lo que pudiera sucederle a ella.

—Sí, es curioso, porque lo más extraño es que, sin intentar acercársenos a ninguna de las dos, ha regresado a Madrid y que los dos trayectos los ha realizado en automóvil. Recordarás que te dije que no tiene coche, porque lo vendió.

Se mesó Pablo su pelo castaño y liso, que le resbalaba por el cogote.

—Eso es lo de menos, ¿pero qué opina el policía?

Esbozó Lilian un gesto ambiguo.

—Dice que todo es muy raro y nos ha citado a las dos el lunes en su comisaría. Supongo que querrá hacerle unas preguntas a Mariví y quiere que yo esté presente.

—¿Tú?, ¿por qué?

Meneó ella la cabeza agitando su corta melena, con lo que imitó inconscientemente un gesto que caracterizaba a su amiga.

—No lo sé. Seguramente porque…

—Porque eres mucho más lista que ella, —la interrumpió Pablo.

Estudió Lilian su expresión tratando de averiguar qué había querido decir.

—¿Te ha parecido tonta?

Tardó él en contestar. Se acariciaba ahora la mejilla como si el gesto pudiera ayudarle a encontrar la respuesta oportuna.

—No sé si es tonta, pero estoy seguro de que nunca se hará merecedora al premio Nobel. Esquía bien y es una compañía agradable para un ratito corto, pero agita demasiado el pelo, hace demasiados mohínes y, sobre todo, es demasiado alta.

Estuvo a punto Lilian de dejar escapar un suspiro de alivio al oír los desfavorables calificativos que le dedicaba a su amiga, pero en su lugar se echó a reír con ganas.

—¿Demasiado alta? Tiene aproximadamente tu misma estatura.

—Demasiado alta para ser una chica, —puntualizó.

Las tres muchachas que les esperaban sentadas en la mesa ya se habían fijado en ellos y les miraban extrañadas de que cuchichearan por lo bajo junto a la puerta del comedor, por lo que Lilian le indicó a él que deberían reunirse con ellas. Mariví les acogió con una sonrisa deslumbradora.

—¿Os estabais confesando?, —les preguntó con picardía.

Pablo le contestó algo distraídamente y Lilian captó la incomodidad que sintió él en ese momento y durante toda la comida ante las bromas y las veladas alusiones que le prodigó su amiga. Cuando terminaron el postre, esta le propuso a ella que la acompañara a la habitación que compartían, con la intención de recoger sus prendas de abrigo para salir seguidamente a esquiar y, en cuanto entraron en la estancia y cerró la puerta tras las dos, le preguntó ansiosamente:

—Hablabais de Gabriel ¿verdad Lil? Cuando has vuelto a entrar en el comedor y Pablo se ha levantado y se ha reunido contigo junto a la puerta hablabais de él, ¿a que sí? ¿Es que ha sucedido algo? ¿Te ha llamado o… o qué?

—Me ha enviado un mensaje, sí, —repuso ella, luchando porque a su semblante no asomase la inquietud que experimentaba—. Me decía que él también había venido a esquiar y que lleváramos cuidado las dos porque podríamos resbalar y caernos por un precipicio.

—Muy gracioso, —musitó Mariví como si hablara consigo misma. Se había cubierto el rostro con unas manos que le temblaban ostensiblemente, pero las dejó caer seguidamente a lo largo de su cuerpo como si el agotamiento que le había producido la noticia le impidiese soportar su peso

—. ¿Crees que estará cerca de este albergue y que andará vigilándonos?, —

inquirió con el semblante crispado.

—No. Ya he hablado con Fernando Costa y me dicho que el mensaje me lo ha enviado desde el pueblo de Navacerrada y que a continuación se ha marchado a Madrid en coche, donde le han perdido el rastro, porque ha debido de apagar su móvil. Tú me dijiste que no tenía coche.

—No, no lo tiene, porque se vio obligado a venderlo para poder subsistir.

—¿Y recuerdas a algún amigo suyo que se haya podido prestar a traerle hasta el pueblo?

Frunció pensativamente el ceño Mariví, pero terminó denegando con la cabeza.

—No, es un hombre raro y muy solitario. Cuando le conocí no tenía familia ni amigos.

Se quedó callada, en pie frente a ella, y Lilian terminó por sentarse a los pies de la cama.

—Oye Lil…, —empezó la chica.

Levantó ella la cabeza hacia su rostro esperando a que terminara la frase, pero no debió la otra encontrar las palabras oportunas porque continuó callada, vacilante. Por esa razón la animó a continuar.

—¿Qué?, ¿qué es lo que quieres decirme?

Se mordió los labios Mariví y esbozó algo que se asemejaba a un puchero.

—Quiero disculparme por lo de esta mañana. Siento haberme marchado a esquiar y haberte dejado en tierra. Me he comportado de una forma incalificable, como si fuera una niña pequeña absolutamente irresponsable y encima he forzado a Pablo a acompañarme, —continuó sonrojándose, como si le avergonzara recordarlo—. Le he encontrado en el comedor desayunando y le he animado a hacer un poco de ejercicio hasta que te despertaras.

—Y el poco ejercicio que teníais proyectado se ha prolongado durante toda la mañana, —terminó Lilian por ella—. Imagino que practicando tu deporte favorito se te ha ido el santo al cielo.

La chica se ruborizó aún más.

—Sí, ya sé que no tengo disculpa de ninguna clase. Pablo ha insistido varias veces en que deberíamos volver a buscarte, pero… —Se mordió los labios de nuevo y le dirigió una mirada tímida—. No sé cómo explicártelo.

Lo he pasado tan mal con Gabriel que, de pronto, en lo alto de la montaña y con la nieve a mi alrededor cubriéndolo todo… he sentido algo muy grande.

Como si Gabriel nunca hubiera existido y yo fuera libre, sin miedo a él ni a nada. ¿Comprendes? Por eso me he resistido a volver.

Había agachado la cabeza y parecía estar reprimiendo las lágrimas, por lo que Lilian se levantó para darle unas palmaditas en la espalda.

—Bueno, es igual, déjalo ya.

—Pero es que quiero pedirte perdón. Te hago venir a la sierra sabiendo que no te gusta y nada más levantarme me largo sin decirte nada y me llevo a tu compañero de despacho. Y por cierto, ¿tienes algún interés por él?

Por supuesto que lo tenía, pero no estaba dispuesta a reconocerlo en ese momento, en el que aún le escocía que se hubieran marchado sin ella a esquiar.

—Compartimos la misma profesión y el mismo bufete, —replicó con voz clara.

El atractivo semblante de Mariví se iluminó con una sonrisa.

—¿No te interesa entonces? Te lo pregunto porque a mí me parece muy agradable y… y si no te importa… pues…

—Pues en ese caso puedes emplearte a fondo con él. ¿No es eso lo que ibas a decirme?, —terminó Lilian, sintiendo que su malestar iba en aumento. Pensó que debería aclararle que le molestaba profundamente que coqueteara con él, pero su amiga no le dio tiempo. Volublemente se estaba poniendo el anorak y luego se encasquetó el gorro en la cabeza delante del espejo.

—¿No te vistes?, —la apremió—. Esta tarde vas a venir con nosotros y te enseñaremos a deslizarte por una pista facilita.

Su forma de expresarse le molestó más todavía. Le pareció que Mariví daba por hecho que ella era la carabina de los dos, por lo que volvió a dejarse caer a los pies de la cama.

—¿Habéis quedado Pablo y tú en esquiar esta tarde?

Hizo su amiga un gesto afirmativo.

—Sí, Pablo ha dado por hecho que nos acompañarías.

—¿Qué yo os acompañaría a vosotros dos?, —trató de puntualizar con una irritación creciente, sintiéndose postergada al papel secundario de la tercera en discordia del tándem que formaban.

—Claro, ¿a qué si no hemos venido a una estación de esquí?

Estuvo por contestarle con acritud, pero en su lugar le sonrió con expresión inocente.

—Pues mira, no, porque tengo un plan mejor para esta tarde. He conocido a un hombre estupendo mientras desayunaba. Muy alto, muy guapo y encantador. Hemos quedado en la sala de estar dentro de un rato.

No estaba muy segura de que él apareciese en esa estancia ni en ninguna otra esa tarde, porque al regresar al albergue, después de encontrarla en los alrededores del torreón, había desaparecido de repente sin despedirse, pero

no estaba dispuesta a secundar los planes de la otra, que ya se había adjudicado el papel de protagonista.

—¿Me estás hablando de ese tal Iván?, —le preguntó con interés.

—Eso es.

—Dicen Amalia y Ángeles que es un conquistador y que está imponente. ¿Por qué no me lo presentas?

Se estaba mirando en el espejo, ya con el gorro de punto en la cabeza, mientras le hacía esa sugerencia y Lilian estuvo a punto de dedicarle un bufido.

—Porque tú te vas a ir a esquiar con Pablo ahora mismo, —replicó abatiendo los párpados para que no pudiera advertir cómo le centelleaban los ojos de indignación—. Tú te vas a ir con Pablo a la Bola del Mundo y yo con Iván a la sala de estar, frente a la chimenea. No puedes estar en dos sitios al mismo tiempo ni acaparar a todos los hombres del albergue. ¿Lo entiendes o no?

Por primera vez captó Mariví lo desabrido de su tono y se volvió sorprendida hacia ella.

—Me parece, Lil, que estás molesta conmigo y… ya te he pedido perdón, pero si no quieres que vaya a esquiar con Pablo… no iré. Me quedaré contigo donde tú quieras.

Parecía estar otra vez a punto de llorar, por lo que intentó ella dar marcha atrás.

—No, no, perdóname tú. Es que estoy nerviosa desde que Gabriel me ha enviado el mensaje. Y por cierto, no te he dicho que Fernando Costa quiere hablar con nosotras y que hemos quedado en acercarnos a su comisaría el lunes a las once.

Por su atractivo semblante cruzó una sombra de alarma.

—¿Y qué es lo que quiere? ¿Tiene alguna idea de dónde puede encontrarse él?

—No, necesita hacernos algunas preguntas. Dice que hay algo muy raro en todo esto.

—¿Muy raro? ¿A qué se refería?

—A que este asunto se sale del patrón habitual. ¿Te parece normal a ti que recorra un montón de kilómetros para mandarme un mensaje desde el

pueblo de Navacerrada amenazándonos a las dos y que luego regrese inmediatamente a Madrid? No ha hecho el menor intento de acercársenos.

Lo consideró Mariví con el ceño fruncido.

—Porque el juez dictó una Orden de Alejamiento y no se atreve.

—Con esa Orden tiene prohibido acercársete a ti, no a mí y para enviar un mensaje a través del móvil no hace falta desplazarse fuera de Madrid.

Cuando lo he recibido, estaba yo en un torreón medio derruido que se encuentra en plena naturaleza y en un lugar muy solitario. Me he llevado un susto imponente imaginando que pudiera haberme seguido hasta allí, donde no había nadie que pudiera echarme una mano.

Sonrió Mariví con gesto de sorpresa, como si acabara de oír algo inusitado y en su semblante, arrebolado por el frío bajo el maquillaje, se marcaron dos hoyuelos.

—¿Tú asustada? No me lo puedo creer. Desde que te conozco no he podido comprobar en ninguna ocasión que tuvieras miedo a nada. Y hace bastantes años que te conozco.

Parpadeó Lilian desconcertada ante la aseveración de la chica. ¿Acaso daba la imagen de una mujer valerosa que no se amedrentaba en ninguna circunstancia? Rememoró todas y cada una de las recientes ocasiones en las que había creído tener cerca a Gabriel y cómo le habían temblado las rodillas mientras esperaba ver cómo iba tomando forma su silueta en la oscuridad del jardín de su casa, en la plaza donde se ubicaba el edificio del Tribunal Supremo y esa misma mañana en el torreón que tanto le entusiasmaba a Iván.

—Estás equivocada, —replicó poniéndose en pie y acercándose al espejo para atusarse la melena—. Tengo tanto miedo a Gabriel como tú, porque también a mí me ha convertido en el blanco de sus iras. Por eso te recomendaría que no te apartaras de Pablo cuando esquíes y que lleves cuidado.

Se encaminaba ya Mariví hacia la puerta de la habitación, pero se dio la vuelta al oírla.

—¿Pero no me has dicho que ha regresado a Madrid después de enviarte el mensaje? ¿No es eso lo que te ha explicado el policía? No recuerdo nunca como se llama.

—Se llama Fernando Costa, —le aclaró Lilian pacientemente—. Y

debería interesarte su nombre y todo lo que se refiere a él, ya que te lo han asignado para tu protección.

—Ya lo sé, —refunfuñó la chica, asiendo el pomo de la puerta—. Y no creas que soy una desagradecida. Es solo que a ratos intento olvidarme de Gabriel y del peligro que supone. No sé si lo entiendes.

La acompañó Lilian hasta la puerta para decirle adiós desde el umbral de la habitación. Aunque aún no eran las cuatro de la tarde, la luz que penetraba por la ventana del fondo del corredor, grisácea y macilenta, apenas si bastaba para disipar las sombras de un atardecer anticipado que se había adueñado ya de la planta en la que se ubicaba la mayor parte de las habitaciones de los huéspedes. Un sonido casi imperceptible que no supieron identificar les obligó a dar un respingo a las dos.

—¿Qué ha sido eso?, —susurró Mariví con un hilo de voz, girándose sobre sí misma en esa dirección—. Me ha parecido…

También Lilian reprimió un estremecimiento, pero hizo un esfuerzo porque no lo denotase su voz.

—Se ha cerrado una puerta al final del pasillo. No ha sido nada.

—¿Estás segura?, —inquirió Mariví en un susurro, con sus claros ojos color violeta desmesuradamente abiertos—. Yo aseguraría…

Desde el quicio de la puerta trató Lilian de deslindar en el fondo del pasillo lo que pudieran ser sombras del crepúsculo de la silueta de algún ser humano, pero no logró distinguir más que trazos oscuros sin formas ni perfiles definidos.

—Anda, márchate, —le dijo disimulando nuevamente el miedo que sentía—. Pablo te estará esperando.

—¿Pero es que no vas a venir con nosotros?

—No, ya te he dicho que he quedado con Iván abajo, dentro de media hora, —inventó sobre la marcha—. Voy a aprovechar esa media hora para acostarme un rato a descansar.

—Pero es que Pablo se va a enfadar, —insistió la chica como si ese fuese un argumento decisivo.

—¿Tú crees?, —replicó sarcásticamente—. Me parece a mí que con los esquíes en los pies y rodeado de nieve no se acuerda ni de la fecha en la que

nació.

—Pero es que…

—Que te marches ya, —le ordenó empujándola hacia la escalera—. Ya le he dicho a él que he quedado con otro esta tarde, así que no se extrañará.

Que os divirtáis.

Aún permaneció Mariví indecisa unos segundos frente a la puerta de la habitación, por lo que Lilian optó por cerrarla de un empujón. Luego, apoyada contra la hoja, oyó como la otra se alejaba hacia la escalera y entonces echó el pestillo para ir a tumbarse a continuación sobre su cama, completamente vestida con su grueso pantalón oscuro y los dos jerséis.

Acostada boca arriba y con la mirada fija en una gruesa viga de madera que, en unión de otras muchas, soportaba el techo de la habitación, rumió el despecho que sentía. De Mariví no le extrañaba que hubiera optado por prescindir de ella, porque sabía que en ninguna circunstancia se hubiera resignado a permanecer en el albergue en su compañía, si podía subir hasta la pista de esquí con un hombre de su gusto con el que podía practicar su deporte favorito, pero de Pablo sí. Él debería haberse negado a marcharse a tomar el telesilla con la otra, debería…

Un tenue sonido en el pasillo interrumpió sus pensamientos. El pavimento era de madera y había oído el crujido de la tarima bajo los pies de alguien que se aproximaba a la puerta de su habitación. Se incorporó para observarla con los ojos desmesuradamente abiertos. Era de estilo castellano, con gruesos casetones y disponía de un picaporte de hierro negro a juego con el pestillo que acababa de cerrar antes de echarse sobre la cama.

Una ráfaga de aire se filtró por los resquicios de madera de la ventana y recorrió la habitación aventando la colcha que cubría el lecho, a la par que un copo de nieve se estampaba contra el cristal, donde se quedó aplastado, antes de comenzar a licuarse, enturbiándolo. El silencio era ahora absoluto.

Quienquiera que fuese se había detenido en el pasillo frente a la puerta. Era alguien que sin duda llevaba botas, porque había oído el chirrido de la tarima bajo sus pies segundos antes. Notó que el sudor le corría por la frente y se incorporó para echar mano al bolsillo y extraer su móvil. Tenía que llamar a Pablo. Quizás no se hubiera marchado todavía y podría acudir

inmediatamente en su ayuda en cuanto le dijese que había alguien en el pasillo.

En el preciso instante en el que iba a marcar su número, el tintineo que indicaba que le enviaban un mensaje se dejó oír en el aparato y sobresaltada terminó de sentarse en la cama para mirar el visor iluminado. Un estremecimiento la recorrió entera al comprobar el número que correspondía al móvil desde el que se lo habían enviado y que terminaba en tres doses. Dudó entre abrirlo o echar a correr escaleras abajo para reunirse con sus amigos en el vestíbulo, pero percibió ahora con toda claridad la presencia de la persona que se encontraba en el corredor al otro lado de la hoja de madera. Seguramente había subido corriendo la escalera y estaría esperando fuera a que ella saliera al pasillo.

Pasó una mano por su frente, retirándola húmeda de sudor. No podía abrir la puerta ahora para bajar a la recepción. Podía ser Gabriel el que la aguardaba, apostado en el corredor, y el que le había enviado el mensaje para anunciarle su llegada. Tenía que salir de dudas, decidió, mientras trasteaba en las teclas del adminículo que mantenía en la mano. Inspiró luego aire profundamente y leyó el texto. Contenía solo dos palabras:

“He vuelto”.

Lo releyó incrédulamente con los ojos desmesuradamente abiertos por el pánico. Luego se quedó inmóvil con los nervios en tensión, aguzando el oído y sin apartar la mirada de la puerta. En ese preciso instante oyó los golpecitos que esa persona propinaba en la hoja de madera y escuchó su voz. Era Iván.

—Lilian, ¿estás ahí? He subido a buscarte después de preguntarle al recepcionista cual era tu habitación. ¿Por qué no me abres?

Se levantó de la cama con un inmenso suspiro de alivio y se dirigió hacia la puerta descorriendo seguidamente el pestillo. Pese a la oscuridad reinante en el corredor, distinguió la sonrisa de bienvenida que le dedicó él.

Una sonrisa espontánea con un puntito de ansiedad, como si después de perderla de vista la hubiera reencontrado al término de un largo viaje.

—He visto salir a tus amigos y le he preguntado al recepcionista cuál era tu habitación, —repitió a modo de disculpa. No estarías durmiendo,

¿verdad?

—No, no. Claro que no.

—¿Y tampoco has quedado en reunirte con ellos?

Había en el tono con el que se lo preguntaba algo que le extrañó.

Examinaba fijamente su semblante con sus brillantes y clarísimos ojos y esperaba su respuesta con un interés extraño.

—No, se han marchado a esquiar. Ya te he dicho esta mañana que no sé y no he querido ser una carga, —replicó mientras a su vez analizaba su expresión. A la escasa luz del pasillo pudo ver que vestía el mismo jersey blanco de cuello alto que llevaba por la mañana sobre el pantalón oscuro.

Sin el gorro con el que se cubría la cabeza durante la excursión, su cabello oscuro, algo revuelto, le resbalaba por la frente y se lo retiró impaciente con los dedos. Aparentemente le satisfizo su respuesta, porque por su rostro cruzó otra sonrisa que podía interpretarse como de absoluta satisfacción.

—Pues entonces tenemos por delante una tarde magnífica, siempre que no hayas quedado con nadie. ¿Has quedado con alguien?

Meneó ella negativamente la cabeza.

—No, solo con Amalia y con Ángeles para jugar a las cartas.

Se encogió él desdeñosamente de hombros.

—¡Bah!, por ellas no te preocupes, porque ya han encontrado a dos excursionistas a los que han convencido para organizar una timba y están en la sala de estar jugándose las pestañas. ¿Conoces el pueblo de Navacerrada?

Es muy pintoresco y he pensado que podíamos acercarnos a dar una vuelta por allí.

Se volvió Lilian para mirar a través de la ventana, que tenía a su espalda, junto a la cama donde había dormido ella. Desde su habitación podía verse una inmensidad blanca salpicada de abetos del mismo color y, más allá, los picachos nevados de las montañas elevándose hacia un firmamento plomizo.

—¿Ha mejorado el tiempo?

—Pues no sé qué decirte. Cae algún que otro copo de cuando en cuando, pero cómo vamos a ir en mi coche, si arrecia el temporal nos

meteremos en alguna cafetería hasta que escampe. ¿Te animas?

Palpó ella el móvil que llevaba en el bolsillo dudando entre las posibles determinaciones a adoptar. Tenía que avisar antes a Pablo y a Mariví de que Gabriel merodeaba por las cercanías para alertarles y que tomaran alguna decisión al respecto. Quizás lo más aconsejable sería regresar inmediatamente a Madrid y encerrarse dentro de su casa. Allí estarían las dos más seguras.

Iván aguardaba expectante su respuesta, por lo que le indicó con la mano el final del corredor, donde comenzaba la escalera.

—No lo sé. Espérame abajo, en la sala de estar, que tengo que hacer antes unas llamadas. No tardaré.

—Pero… si es que quieres hablar con tus amigos, se han marchado ya.

Sin escucharle, le empujó suavemente para apartarle del umbral y cerró la puerta a su espalda. Oyó como se alejaban sus pasos hacia el inicio del corredor y apresuradamente retrocedió dentro de la habitación para tomar asiento en la butaca de cretona floreada después de retirar las prendas que Mariví había dejado allí tiradas. Seguidamente extrajo el móvil de su bolsillo y llamó a Pablo. Casi inmediatamente oyó la voz impersonal de la operadora.

“El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”.

Incrédulamente lo retiró de su oído, preguntándose cómo podría ser él tan inconsciente. Conociendo el peligro que corría Mariví y que la policía podía necesitar avisarla urgentemente de cualquier eventualidad sobre Gabriel, se le había ocurrido subir a esquiar a la Bola del Mundo, donde probablemente no llegarían los adelantos de la técnica ni por ende la conexión vía satélite a los teléfonos móviles. Desde que le conoció lo había conceptuado como un hombre parsimonioso, tranquilón, que rara vez se alteraba y había sido una de las cualidades que más había admirado de su personalidad, pero en ese momento le hubiera gritado por estúpido de haberle tenido cerca para desahogar sus nervios.

Inquietísima desvió su mirada hacia la ventana. La luz del día había comenzado a apagarse ya bajo un cielo grisáceo que a lo lejos parecía fundirse con la nieve que lo teñía todo de blanco. Preludiaba un atardecer anticipado que pronto cubriría de oscuridad el panorama que alcanzaba a distinguir y en el que Gabriel podría encontrarse en su elemento para agredirles a los dos. La idea aceleró los latidos de su corazón a la par que notaba como si una mano de hierro la atenazase por dentro. Y no solo por lo que pudiera sucederle a Mariví. Imaginó a aquel hombre, cuya fisonomía desconocía, oculto tras un montículo nevado, reapareciendo de pronto en la pista de esquí para abalanzarse sobre Pablo y rodearle el cuello con las manos o, en un descuido de este, situarse a su espalda para empujarle por un barranco. Y a la tonta de Mariví gritando sin que nadie la oyera en aquella inmensidad tan blanca y también tan solitaria a causa del mal tiempo. ¿Qué podía hacer ella para impedirlo?

Un copo de nieve se estrelló contra el cristal, al tiempo que un relámpago rasgaba el firmamento, seguido de un trueno ensordecedor que, como si hubiera sido una señal, comenzó a arrojar su blanda carga sobre el manto que había caído ya sobre la tierra. La visión de la tormenta que se avecinaba la decidió. Cogió el anorak que había tirado sobre la cama, el gorro de punto, la bufanda y las gafas y salió corriendo de la habitación para recorrer el pasillo y lanzarse escaleras abajo, saltando los peldaños de dos en dos. Iván la esperaba apoyado en el mostrador de recepción charlando con el chico progre, como si hubiera temido que se escapara sin él del albergue si perdía de vista el portón de entrada. Le acompañaba también el joven que la había invitado a un café en el bar cuando había entrado en el local a llamar por el móvil a Fernando Costa, el que le había dicho que se llamaba Juan. Los tres levantaron a la vez la mirada hacia ella al oírla bajar como una tromba.

—¡Vaya!, —se sorprendió este último— ¿dónde vas con esas prisas?

—A dar un paseo conmigo, —replicó Iván adelantándose al otro—.

Vamos al pueblo de Navacerrada a dar una vuelta.

Intentó ella no dejar traslucir la angustia que sentía al menear negativamente la cabeza, a la par que remataba el descenso y se aproximaba a los dos.

—No, no, me va a ser imposible. Necesito subir urgentemente a la Bola del Mundo a buscar a mis amigos. Me han llamado por teléfono y… y tengo que darles una noticia.

—¿Buena o mala?, —le preguntó Juan como si se tratase de un chiste.

Se encogió Lilian de hombros sin decidirse a decirles la verdad. Al fin optó por eludir la verdadera respuesta.

—Según se mire, pero necesito verles ahora mismo.

Los dos hombres se volvieron para contemplar a través de la ventana del vestíbulo la tupida cortina de nieve que caía en ese momento y que no invitaba precisamente a arriesgarse a salir al exterior.

—No me parece que sea una buena idea, —objetó Iván—. Ni siquiera lo sería dar ese paseo por el pueblo que te había propuesto, pero podemos sentarnos en la sala de estar junto al fuego a contarnos nuestra vida hasta que escampe. A mí me interesa mucho la tuya.

Se lo decía a Lilian, pero Juan se creyó incluido en el plan y se apresuró a aceptarlo.

—Excelente sugerencia, —aprobó muy satisfecho haciendo intención de dirigirse hacia la puerta de cristales que daba acceso a esa estancia.

Sin moverse del mostrador y con los ojos fijos en su espalda, Iván le dedicó una mirada aviesa.

—No entraba en mis cálculos escuchar las historias de ese tipo, —

masculló por lo bajo.

—¿Le conoces?, —le preguntó Lilian sin apartar su mirada del portón del albergue, por donde podía aparecer Gabriel en cualquier momento.

—Sí, nos hemos encontrado aquí en varias ocasiones.

—Pues yo necesito tomar el telesilla, —insistió tozuda—. ¿Te importaría acercarme con tu coche? Es que queda de aquí bastante lejos.

Al preguntárselo, escrutó su moreno semblante en el que destacaban aquellos ojos tan verdes y tan brillantes que le produjeron una incomprensible desazón.

—Sí me importaría y no te voy a llevar. Es un disparate que te empeñes en subir ahora al Alto de las Guarramillas con este temporal.

—¿Y eso del Alto de las Guarramillas qué es?, —trató de averiguar ella

—. Donde yo quiero subir es a…

—Sí, a la Bola del Mundo, también se llama así, —la interrumpió—.

Tus amigos pueden esperar a que les des esa noticia tan fabulosa, porque están a punto de regresar, ya que, el telesilla presta su último servicio a las cinco. En cualquier caso no creo que se merecieran que te arriesgases a salir con este tiempo, dado lo mucho que se han preocupado por ti desde que habéis llegado. ¿O crees tú que sí?

El tono con el que se le preguntaba era sarcástico y se vio obligada a reconocer en su interior que tenía razón. Como contrapartida al comportamiento de Pablo desde que este había conocido a Mariví, se había propuesto fingir en adelante que él le inspiraba la más absoluta indiferencia, pero ante la amenaza que representaba Gabriel prevalecía el deseo de ponerles a salvo a los dos sobre su orgullo herido. Sabía que no se perdonaría si por dejarse llevar por el despecho no les alertaba a tiempo y les ocurría algo irreparable.

En ese preciso instante y a través de los cristales de la ventana del vestíbulo vio llegar el coche de él, por lo que reprimió un suspiro de alivio.

Pasó precisamente por delante del portón para dirigirse al cercano estacionamiento del albergue. Sin duda la tormenta les había hecho desistir de su intención de practicar el deporte que tanto les gustaba y habían regresado al establecimiento en el que se alojaban para guarecerse de la nevada que arreciaba por momentos. Tuvo que contenerse para no salir corriendo del albergue a reencontrarse con los dos y avisarles de que Gabriel se escondía por las cercanías. Inmediatamente adoptarían la decisión más oportuna al respecto que quizás fuera la de regresar inmediatamente a Madrid.

Aguardó impaciente a que sus siluetas se perfilaran en el umbral del portón que tenía enfrente. ¿Por qué tardarían tanto? Iván le comentaba algo que no llegó a escuchar y Juan les hacía señas desde la puerta de cristales de la sala de estar en las que tampoco reparó. Imaginó a Pablo y a Mariví dentro del coche de él, ya aparcado en el estacionamiento del albergue, atisbando a través de los cristales la intensidad de la nevada. Solo deberían correr unos metros para refugiarse bajo techado, por lo que no podía ser esa la causa de su demora. ¿Les habría asaltado Gabriel al bajarse del automóvil?

Incapaz de seguir soportando ni un segundo más una espera que se estaba convirtiendo en interminable, se dirigió apresuradamente hacia el portón con la intención de salir a buscarles, dejando a Iván con la palabra en la boca. No llegó a asir el pomo de la puerta porque a través de la ventana les vio aproximándose a pie hacia el edificio. Venían riéndose y la despreocupada imagen que ofrecían la soliviantó. No se merecían la angustia que estaba padeciendo por miedo a que Gabriel hubiera reaparecido de improviso detrás de alguno de los vehículos aparcados y les hubiera agredido. Tampoco se merecía ella la pesadilla que estaba viviendo desde el fatídico veintinueve de febrero en el que Mariví se presentara en su despacho, seis días antes. Experimentó una rabia sorda y el imperioso deseo de resarcirse de las humillaciones de que había sido objeto por parte de los dos. Debería hacerles creer que efectivamente había pasado la tarde con ese inexistente “otro” con el que les había hecho creer que había quedado, por lo que regresó junto a Iván, que podía servirle para dar verosimilitud a la historieta que había inventado. Siguiendo el guion que había forjado en su mente le sonrió a este, que, ignorante por completo de lo que pasaba por su cabeza en ese momento, parpadeó desconcertado.

—Tienes razón, —le dijo siguiendo el hilo de lo anterior—. Es un disparate salir con este tiempo, así que vamos a la sala de estar a calentarnos frente a la chimenea y, como has dicho, a contarnos nuestra vida. ¿Es muy interesante la tuya?

Con la cabeza ladeada, observó recelosamente él su repentino cambio de actitud.

—Pues… creo que no, así que empezaremos por la tuya.

Juan les esperaba junto a la puerta de cristales y entraron los tres para buscar un asiento confortable y próximo a la chimenea. Por fortuna, la mayor parte de los huéspedes habían subido a esquiar y regresaban ahora, dirigiéndose a sus respectivas habitaciones para cambiarse la ropa que traían cubierta de nieve por otra seca, por lo que pudieron acomodarse los tres en un sofá junto al fuego. En medio de los dos esperó ella con impaciencia a que se presentaran en la sala Pablo y Mariví. Transcurrieron unos minutos que se le antojaron siglos sin que aparecieran, por lo que se rebulló inquieta en el sofá consultando disimuladamente su reloj. Juan

hablaba y hablaba de algo que no escuchaba ella ni tampoco Iván. Este disimulaba a duras penas su impaciencia sin que el otro lo advirtiera. Creía haber encontrado unos oyentes inigualables y les relataba con desesperante lentitud las peripecias que había sufrido en la montaña durante una ventisca de similar intensidad a la que se desencadenaba fuera en esos instantes.

Al fin entraron en la estancia los dos que esperaba Lilian. Venían ya sin sus respectivos anoraks, ella delante, con su ondulante melena resbalándole por los hombros y su rostro distendido en una sonrisa y unos pasos más atrás, Pablo, muy serio, podría decirse incluso que malhumorado.

Se dijo Lilian que debía disimular la impaciencia que sentía y permanecer sentada en el sofá para que la vieran departiendo con sus dos acompañantes, lo que la elevaría en la estimación de Mariví en ese terreno y probablemente provocaría en Pablo la reacción que deseaba. De esto último no estaba ya tan segura, aunque no llegó a comprobarlo. Pese a los propósitos que se había planteado, no consiguió controlarse, por lo que se levantó de un salto para correr a su encuentro y abordar a Mariví que le precedía a él. Asiendo sus manos le susurró casi sin voz:

—Está aquí. Ha vuelto.

Intuyendo sin duda a quien se refería, la sonrisa se le heló a la chica en el rostro.

—¿Ha vuelto? ¿Cómo lo sabes?

—Me ha enviado otro mensaje cuando ya os habíais marchado. He intentado comunicároslo llamando al móvil de Pablo.

El aludido reapareció tras la espalda de Mariví con expresión tormentosa para aproximársele, apartando a la chica. Lilian no consiguió discernir si su semblante traslucía ira contenida ante la noticia que acababa de recibir o si, por el contrario, obedecía a alguna otra contrariedad.

—¿Me has llamado? No ha sonado mi teléfono o al menos no lo he oído. Habríamos regresado inmediatamente a buscarte, aunque ya me ha dicho tu amiga que habías quedado con otro y que te incomodaría nuestra presencia.

Había aludido a ese “otro” como si mordiera la palabra, por lo que llegó a la conclusión Lilian de que era ella la causante de su enfado y se alegró.

—Tu móvil no estaba operativo, —le explicó, señalándole el bolsillo del pantalón donde suponía que lo llevaba—. Me he asustado tanto al imaginar el peligro que corríais en la montaña con este temporal y con ese hombre acechándoos, que he pensado incluso tomar el telesilla para alertaros, pero no he encontrado a ningún voluntario dispuesto a acercarme con su coche.

La expresión de Pablo se dulcificó un tanto y Mariví le sonrió enternecida.

—Gracias por todo Lil, nunca podré agradecerte lo que estás haciendo por mí ni que esta tarde estuvieras dispuesta a salir a buscarnos con la nevada que está cayendo. ¿Pero y ese chico con el que has quedado?

¿Tampoco has conseguido convencerle a él?

Se volvió Lilian hacia el sofá en el que había estado sentada e hizo intención de señalarles a los dos hombres con los que conversaba hasta unos segundos antes. Se quedó con la mano en el aire al constatar que en el sofá no había nadie ya. Tanto Iván como Juan habían desaparecido.

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