La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 6 de 20

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La coartada

Capítulo 5

Se lo comentó a Pablo horas más tarde, después de que se marchara del despacho la señora que había citado a las nueve. La escuchó en silencio él con aire taciturno y se la quedó mirando inexpresivamente cuando terminó de referirle lo sucedido durante la noche y el plan que le había propuesto Mariví para el próximo fin de semana.

—Supongo que consideras que es tu obligación acoger a esa chica en tu casa, —manifestó al fin con una voz sin inflexiones. Apoltronado en el sillón que la visitante acababa de abandonar, parecía preocupado. Como siempre, vestía un impecable traje gris oscuro con una camisa blanca y llevaba una corbata de rayas azules y blancas. Su imagen respondía a la que cualquier cliente asociaría con la de un abogado prestigioso. Con su indumentaria perfectamente planchada, el liso cabello castaño, más largo que corto retirado de la frente y sus ojos, también castaños, cubiertos por las gafas de concha de las que nunca se desprendía, le pareció a Lilian el prototipo del profesional erudito que disfrutara especialmente cuando se veía rodeado de legajos y papeles.

—No… sí, bueno, sí —tartamudeó lamentablemente Lilian al sentir que la conceptuaba como una tonta, aunque él no había esbozado el menor gesto que indicara que pensaba que era ese el calificativo que le cuadraba—. Ha sido mi mejor amiga durante muchos años y no tiene a nadie.

—¿A nadie?

—A nadie dispuesto a ofrecerle hospitalidad, —puntualizó nerviosa—.

Eso es lo que me ha dicho. Y no creas que me gusta pasar miedo. Esta noche pasada… bueno, he creído que se me iba a parar el corazón del susto que me he llevado al leer el mensaje de Gabriel en mi móvil. Además, mi casa es tan grande, tan silenciosa y estaba tan oscura…

La observó Pablo con aire recriminatorio, mientras con un dedo se sujetaba las gafas de concha sobre el puente de la nariz.

—¿Y por qué te la has comprado si es tan grande, tan silenciosa y tan oscura?

Se rebulló inquieta en su butaca, tras la mesa de despacho, pensando que se estaba riendo de ella.

—¿Que por qué? Cuando fui a verla con la empleada de la agencia, brillaba el sol y no me lo pareció. La chica hablaba y hablaba todo el rato, ensalzando sus muchas ventajas y su dueño necesitaba el dinero con urgencia, por lo que la vendía baratísima. Además, necesitaba yo una casa con jardín, porque un compañero del despacho en el que trabajo me había regalado un cachorro, —terminó acusadoramente.

No pareció Pablo acusar el impacto, porque continuó repanchingado en la butaca con la misma sonrisa irónica en la comisura de sus labios.

—¡Vaya!, así que ahora va a resultar que tengo yo la culpa de que te compraras esa casa, a la que, a decir verdad, no has tenido a bien invitarme a cenar aún.

Solía hacer Pablo a menudo insinuaciones similares que ella simulaba no haber oído porque no sabía cómo interpretarlas y en esa ocasión fingió también no haber recogido la indirecta.

—No tienes la culpa. Me encantó tu regalo y adoro a Peluche. Lo que sucede es que anoche… bueno, seguramente habría pasado menos miedo en un piso, rodeada de vecinos, oyendo el griterío de sus niños y el de la televisión de sus casas. ¿No te parece?

Enarcó las cejas él y la observó en silencio durante unos instantes como si quisiera averiguar lo que realmente pasaba por su mente.

—Lo que me parece es que, aunque ella sea tu amiga, no estás obligada a representar el papel de la heroína en esta historia. Búscale una casa de acogida y visítala a menudo, pero no te arriesgues tontamente a correr su misma suerte.

Sobresaltada, se inclinó hacia él sobre la mesa.

—¿Quieres decir que estás seguro de que el animal de su expareja la va a liquidar en cuanto se descuide?

Se encogió de hombros con vaguedad.

—Seguro no estoy, ¿cómo iba a estarlo? Pero desgraciadamente no sería el primer caso. De todas formas, la suerte de tu amiga no es tu responsabilidad. Por lo que me has dicho, se dejó engatusar por un tipo despreciable que únicamente tenía a su favor un físico atrayente y sin meditarlo ni conocerle a fondo se fue a vivir con él. ¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que recibió la primera bofetada?

Levantó indignada la barbilla.

—Lo dices como si Mariví fuera una idiota.

—No sé si es idiota, pero seguramente sí es una inconsciente. ¿No crees que es una inconsciente?

Por supuesto que Lilian la había conceptuado así desde que la conociera años atrás y había podido constatar que esa opinión era certera cuando había acudido a su despacho, irreconocible, cuatro días antes, pero no estaba dispuesta a admitirlo, porque a su modo de ver hubiera sido una deslealtad.

—Lo que sucede es que es una chica muy romántica, que ha leído muchas novelas rosas y seguramente pensó cuando conoció a Gabriel que su caso era el mismo que el de la protagonista de esas novelas.

El semblante de él se contrajo en una mueca desdeñosa dedicada a Mariví.

—Es posible, pero te estás arriesgando por una chica que probablemente no se lo merece.

Lo consideró Lilian en silencio durante unos segundos. ¿Sería cierto que había adoptado tontamente el papel de la heroína en su relación con Mariví?

Rememoró el pánico que experimentó al leer el mensaje de Gabriel la noche anterior y cómo le temblaban las rodillas mientras bajaba la escalera buscando a Peluche. No se consideraba una heroína, sino más bien al contrario.

—¿Qué habrías hecho tú en mi caso?, —le preguntó, deseando que corroborara que la decisión que había adoptado ella había sido la correcta.

—¿Yo?, pues no lo sé, pero creo que no es lo mismo.

—¿Qué no es lo mismo?, ¿por qué no es lo mismo?, —se enfadó.

Permaneció serio él, sin el menor atisbo de sonrisa.

—No te imagino defendiéndote de ese tipo. ¿Qué podrías hacer?

También se lo preguntó ella y un escalofrío la recorrió entera. Se vio a sí misma recorriendo a oscuras la galería de la planta superior que circundaba el vestíbulo con la única compañía de Peluche, que probablemente hubiera saludado alegremente al maltratador de su amiga en el caso de que este hubiera logrado entrar en la vivienda.

—Ha sido una solución transitoria, —alegó a media voz—. Hasta que la policía detenga a ese tipo. Después buscará Mariví un trabajo y un piso en alquiler que pueda pagar.

Le observó en silencio durante unos segundos preguntándose cual habría sido la reacción de él la noche anterior de haberse encontrado en su caso, al recibir el mensaje de Gabriel anunciándole que se hallaba en el jardín. Debió seguir Pablo el curso de sus pensamientos, porque contestó a su muda pregunta.

—Yo hubiera llamado inmediatamente a la policía y, en el supuesto de haber sufrido un encontronazo con ese desgraciado antes de que los agentes llegaran, probablemente hubiera repelido su agresión, porque hago bastante deporte y estoy en forma.

Le escuchó incrédulamente, preguntándose qué habría de verdad en lo que acababa de asegurarle. Nunca le había visto sin chaqueta ni con ropa deportiva. Ni siquiera sin corbata. Desde que le conocía, su indumentaria respondía a la de un abogado siempre dispuesto a presentarse ante un tribunal ante el que inopinadamente fuera llamado para defender a su cliente. Incluso algún día de fiesta en el que había acudido al despacho por la urgencia de redactar una demanda, cuyo plazo le vencía, y se lo había encontrado allí por un motivo similar, vestía él con idéntico formalismo.

Había supuesto por esa razón que aprovechaba las vacaciones para consultar compendios jurídicos o para leer aburridísimos ensayos literarios, pero nunca se le hubiera ocurrido que fuera aficionado a ese tipo de ejercicio.

—¿Cuándo haces deporte?, —insistió con curiosidad—. Las mañanas las sueles pasar en los tribunales o aquí, en el despacho si no tienes señalada ninguna vista ese día y por las tardes recibes a tus clientes. ¿Cuándo dispones de tiempo libre?

—¿Para hacer ejercicio?

—Sí, ¿no me has dicho que podrías enfrentarte a ese hipotético maltratador?

—Pues en invierno voy a esquiar los fines de semana, cuando la nieve lo permite, o a la sierra a montar en bicicleta o a hacer senderismo, y en verano suelo acercarme a un pantano a nadar. ¿Y tú?

—¿Yo, qué?

—¿Que qué deporte practicas? Me temo que ninguno.

—Estás muy equivocado, —replicó muy digna—. También me gusta nadar y en cuanto pueda permitírmelo mandaré construir una piscina en el jardín de mi casa. Una piscina climatizada para poder utilizarla durante todo el año.

—¡Ah!, me parece una excelente idea. Espero que me invites.

Podríamos nadar primero en la piscina, tumbarnos después al sol como dos lagartos y por la noche, cenar, porque soy un estupendo cocinero.

Como de costumbre optó Lilian por fingir que no le había oído y añadió:

—En cambio, no me gustan en absoluto los deportes de invierno. No sé esquiar ni tengo ningún interés en aprender.

—Podría enseñarte, —sugirió él. Frunció el ceño como si se le hubiera ocurrido repentinamente una idea y se inclinó hacia ella en el sillón—.

Podría unirme a vuestro tándem el fin de semana próximo y aprovechar para explicarte lo más elemental. No es tan difícil.

Dudó ella en aceptar su propuesta por miedo a la competencia que en ese terreno podía hacerle Mariví.

—No, no. Ya te he dicho que no me gusta ese deporte y te aburrirías con nosotras dos.

Se quedó mirándola con una fijeza excesiva y terminó por menear negativamente la cabeza.

—No lo creo, —murmuró.

Al oírle, volvió a rebullirse inquieta en su butaca sin acertar con las palabras oportunas.

—No lo has pensado bien. Cargar con dos mujeres es un latazo y en nuestro caso también supone cierto riesgo. Nadie puede asegurarnos que Gabriel no nos siga hasta Navacerrada y que nos dé un susto de muerte en

el albergue, en el telesilla o por alguna de las pistas de esquí. Yo de ti, me lo pensaría dos veces.

—Ya lo he pensado, —replicó muy serio.

—¿Y…?

—Que me apetece mucho acompañaros. Podemos reservar tres habitaciones por Internet y…

—Dos habitaciones, —le corrigió—. Mariví no tiene un duro y compartiremos una ella y yo para que nos salga más barato. Tú ocuparías la otra.

—De acuerdo, de acuerdo. Os recogeré a las dos en mi coche. Tengo cadenas para las ruedas y…

No pudo terminar la frase, porque Anita les interrumpió llamando con los nudillos a la puerta.

—Ha llegado tu cliente, —le dijo a Pablo—. Le he hecho pasar a la sala de espera.

Disimuló él su contrariedad consultando su reloj.

—¿Ha llegado ya? ¡Vaya por Dios, qué puntual!, —rezongó por lo bajo mientras se ponía en pie. Luego se volvió hacia Lilian—. No olvides que hemos quedado en ir a esquiar este fin de semana. Cuando se marche mi visita reservaré las habitaciones y… Supongo que tendrás equipo para subir a la sierra. Los esquíes se pueden alquilar allí.

No estaba muy segura de en qué debería consistir ese equipo, pero como era ese un tema que podría consultarle a Mariví, se apresuró a afirmar.

—Claro que sí. Tengo ropa adecuada para todas las ocasiones.

Se dirigió Pablo hacia la puerta del despacho. Anita seguía allí, asida al quicio y la empujó suavemente antes de detenerse él en el dintel para volverse hacia Lilian.

—Se me olvidaba. Llama al policía que le han asignado a tu amiga para comunicarle nuestro plan para que adopte las medidas oportunas en relación con la Unidad Central de la UPAP. Como has dicho antes, ese maltratador tan pesado puede haber decidido hacer deporte también durante el fin de semana y estamos obligados a impedir que tu amiga corra ningún riesgo.

A la mañana siguiente tenía señalada Lilian la vista de un recurso de casación ante el Tribunal Supremo, en las Salesas, por lo que se arregló apresuradamente, temiendo llegar tarde, aunque le sobraban más de dos horas. Pese a los años que llevaba ejerciendo, aun se ponía nerviosa los días en los que debía asistir a la vista de un juicio, aunque trató de disimularlo con Mariví, cuando al bajar a desayunar la encontró en la cocina. Estaba esta sentada frente a la mesa untando mantequilla en una tostada, pero al oírla entrar se levantó en el acto.

—¿Qué quieres que te prepare?, —le preguntó.

Parecía querer corresponder a la hospitalidad de su amiga realizando las faenas domésticas que esta hubiera tenido que efectuar de seguir viviendo sola, pero Lilian no deseaba que se sintiera agradecida por haberla acogido en su casa y no se lo permitió.

—Nada, solo quiero una infusión. De tila, por ejemplo. Me voy a preparar una infusión de tila.

—¿De tila? ¿Y por qué quieres tomar tila? Debe de estar malísima.

Lilian hizo un gesto vago, a la par que la empujaba para que volviera a tomar asiento en la silla de la que se acababa de levantar.

—Muy buena no está. No me gustan las tisanas, pero…

Mariví la interrumpió preocupada.

—¿Estás nerviosa?

—Pues sí, un poco.

—¿Por lo de anteanoche?

—También por lo de anteanoche. Además tengo una vista dentro de un par de horas y…

Su amiga volvió a interrumpirla.

—¿Y la has preparado?

—Sí, claro.

—Entonces, si la has preparado, ¿por qué estás nerviosa?

La observó en silencio Lilian sin acertar a explicárselo y luego levantó ambas manos en un ademán de impotencia.

—¿Qué por qué? No sabría decirte el motivo. Supongo que es a lo que se le denomina miedo escénico. Me preocupa expresarme bien, que se me entienda y no tartamudear. ¡Ah! y también no perder el hilo de lo que tengo

que exponer. Ante el Supremo no se pueden leer los argumentos con los que impugnas la sentencia, porque te llaman la atención tocando la campanilla.

La contempló Mariví con los ojos muy abiertos en los que podía leerse la incomprensión más absoluta. Aunque desaliñada, con la vieja bata que se había echado sobre el pijama y la lacia melena cobriza revuelta, nadie hubiera sospechado al verla que unos días antes su rostro estaba completamente desfigurado. Sus facciones iban reafirmándose día tras día, recuperando sus líneas y su expresión. Con algo de maquillaje que disimulara el tono verdoso que aún teñía sus mejillas en los lugares donde anteriormente ostentaba moratones y gafas oscuras que ocultaran la hinchazón de sus párpados, podría pasar desapercibida sin que los transeúntes con los que se cruzara por la calle se volvieran a mirarla sorprendidos.

—Creía que te sentías segura en tu profesión, —manifestó al fin meneando dubitativamente la cabeza—. Si en los tribunales pasas tan malos ratos, deberías dedicarte a otra cosa.

—¡Qué cosas dices!, —protestó Lilian—. Me encanta el ejercicio de la abogacía, pero no puedo evitar que se me acelere el pulso cuando entro en la sala de plenos del Supremo. Es una sala enorme y muy larga que no sé por qué motivo está llena de cordones que acotan distintos espacios. Supone toda una proeza llegar hasta el estrado en el que tienes que sentarte sin que se te enreden los pies en los cordones.

Mariví se echó a reír.

—¿Y por qué no los retiran?

—No lo sé ni creo que lo sepa nadie. Para colmo, en el pasillo central, por el que tienes que encaminarte para ocupar tu sitio en el estrado, en el lateral derecho del tribunal, el pavimento es de rejilla y a mí se me ha enganchado en ella el tacón del zapato más de una vez. Resulta de lo más ridículo quedarte allí atascada. Yo creo que, más que por lo que debemos informar en un recurso de casación, lo que verdaderamente nos preocupa a los abogados es conseguir subirnos al estrado sin enredarnos en los cordones ni quedarnos encasquillados con un tacón incrustado en la rejilla del pasillo.

En esa ocasión no se rio su amiga. La contempló en silencio durante unos segundos, antes de desviar la mirada hacia la ventana. Desde allí podía ver el jardín de la parte posterior de la casa con los dos chopos de los que pendía la ropa tendida y más allá el cerezo, con sus ramas desnudas de follaje zarandeadas por el viento.

—Oye, Lil —murmuró al fin con voz insegura—. ¿Crees que él puede estarnos vigilando?

Siguió esta la dirección de su mirada y a duras penas reprimió un estremecimiento. A esas tempranas horas de la mañana invernal no había amanecido aún. El sol no había despuntado todavía ni la luz del día se había abierto paso, disipando las sombras de la noche. Si Gabriel se había agazapado tras el tronco de alguno de los chopos, probablemente no conseguirían distinguirlo ninguna de las dos.

—No lo sé, —repuso al fin con una voz que a ella misma le sonó extraña—. Pero no creo que se atreva. Anteanoche no tardó la policía en presentarse cuando me mandó el mensaje a mi móvil. Le localizó en el acto.

Esbozó Mariví un gesto de atemorizado asentimiento.

—Sí, pero supón que apagase el móvil. ¿Qué sucedería entonces?

Con un esfuerzo, consiguió ella que a su semblante no aflorara lo que estaba sintiendo.

—Pues… que tendríamos que avisarla, claro. —Frunció el ceño dándole vueltas en la mente a una idea que la mantenía preocupada y al fin se decidió a exponerla en voz alta—. Hay algo que no entiendo, —manifestó llevándose cavilosamente un dedo a la barbilla.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—No entiendo el motivo de que me mande a mí sus mensajes. ¿Por qué trata de asustarme? Debería ser a ti a quien se dirigiera directamente para amenazarte con las penas del infierno si no vuelves con él para obligarte a tomar una decisión en ese sentido. ¿No te parece?

Mariví se encogió de hombros y se quedó después en la misma postura, doblada sobre sí misma, como si le faltaran las fuerzas para recuperar la posición vertical.

—No tengo móvil, —musitó en apenas un susurro—. En uno de sus arrebatos me lo quitó y lo tiró por la ventana. Afortunadamente era de

noche y no le dio a ningún transeúnte, porque la calle estaba desierta.

Lilian se la quedó mirando, aparentemente impasible.

—Ya, —murmuró escuetamente—. Está claro entonces.

Volvió Mariví a encogerse desalentadamente de hombros antes de levantar la mirada hacia ella.

—Pensarás que soy una idiota, ¿verdad?

Sí lo pensaba, pero se apresuró a negarlo.

—No, no me he encontrado en un caso parecido y no me atrevo a juzgarte. Supongo que por miedo se es capaz de hacer cualquier estupidez.

Hasta la más impensable.

Se quedaron las dos calladas durante un instante como si no tuvieran ya nada más que decir. Lo rompió Mariví con cierta timidez.

—Oye Lil, ¿sería un disparate que te acompañara esta mañana a las Salesas? Me gustaría ver cómo te desenvuelves en una sala de vistas, aunque esté llena de cordones. Así podré hacerme una idea de lo que me he perdido al no ejercer la abogacía cuando terminamos la carrera. Además estoy deseando salir a la calle y que me dé el aire. ¿Crees que correría un riesgo mayor acompañándote que quedándome encerrada en esta casa?

Después de todo, Gabriel sabe que estoy aquí.

Lo consideró Lilian mientras introducía en el microondas una taza con agua, donde, cuando estuviera bien caliente, tenía previsto dejar caer el sobrecito de tila. Luego se volvió hacia ella.

—Pues… no lo sé. ¿Intentó en alguna ocasión agredirte con un arma?

En el apagado semblante de Mariví se pintó una expresión de alarma.

—¿Quieres decir que si alguna vez me amenazó con un cuchillo?

Pues… pues sí, una vez al menos que yo recuerde, aunque por lo general me pegaba o me agarraba por el cuello hasta asfixiarme. Me soltaba siempre cuando ya no podía respirar.

Al menear la cabeza con un ademán afirmativo, le resbaló la corta melena sobre los ojos y Lilian se la retiró con un gesto de impaciencia.

—Arréglate entonces y vente conmigo. No puedes pasar el resto de tu vida encerrada entre cuatro paredes y no creo que por la calle se atreva a acercársete. ¿Has estado alguna vez en las Salesas?

—No, ¿por qué?

—Porque merece la pena visitar el edificio. En sus orígenes fue un palacio que la reina, Bárbara de Braganza, mandó construir para que constituyera su residencia en el caso de que el rey, Fernando VI, muriera antes que ella. Como no tuvieron hijos, pensó que la echarían del palacio de Oriente en cuanto se quedara viuda, En contra de sus previsiones, el rey la sobrevivió, pues ella falleció poco después de su edificación. Unos años más tarde se destinó a Palacio de Justicia, aunque en el presente es sede únicamente del Tribunal Supremo.

—¿Y por dentro sigue pareciendo un palacio?

—Sí, es realmente majestuoso. —Se le acercó por detrás para retirarle el plato que tenía sobre la mesa y la apremió—. Venga, deja de comer tostadas con mantequilla y vístete.

Una hora más tarde y tras despedirse de Leocadia que se había presentado puntualmente en la casa, salían las dos del garaje en el coche de Lilian y en cuanto recorrió este el corto camino enlosado del jardín, enfiló la calle que estaba desierta. Soplaba un viento helado y los pocos transeúntes con los que se cruzaron poco después caminaban deprisa con el cuello de sus abrigos o chaquetones subido. Lilian analizó aprensivamente los rostros de todos los hombres altos que caminaban por la acera y aunque no le comunicó a Mariví la inquietud que experimentaba, observó que esta hacia lo mismo. Cualquiera de ellos podría ser Gabriel y darles un susto de muerte. Aunque no parecía probable que pudiera alcanzarlas yendo ellas en el vehículo con las ventanillas cerradas y él a pie, Lilian dejó escapar un suspiro de alivio cuando llegaron a la plaza de la Villa de París, donde se ubicaba el palacio de justicia, al comprobar que ningún coche las había seguido, por lo que, más tranquilizada, estacionó el coche en el aparcamiento subterráneo.

A causa del frío reinante, la plaza estaba desierta cuando salieron al exterior. En primavera los jardines de esa plaza solían estar muy concurridos. La ubicación en las proximidades de la misma del Tribunal Superior de Justicia y de la Audiencia Nacional motivaba que constituyera punto de reunión de juristas y demás personal dedicado al mundo del Derecho. Acostumbraban estos a reunirse bajo los árboles que la sombreaban, a la par que las mamás que habitaban en las cercanías

vigilaban a sus niños sentadas en los bancos, pero a principios de marzo apenas si se cruzaron con dos o tres ateridos viandantes que se dirigían apresuradamente hacia la calle Génova.

Mariví parecía otra muy distinta que la que se presentara en su despacho días atrás e incluso de la chica con la que desayunara esa mañana en la cocina. Se había lavado la rojiza melena y con el secador había conseguido que le resbalara ondulado a ambos lados del rostro, que, bien maquillado, parecía haber recuperado su color natural, sin rastro de moratones. Pese a que el día estaba muy nublado, llevaba gafas oscuras que ocultaban los últimos vestigios de la hinchazón de sus ojos. Vestía los pantalones ceñidos y el chaquetón ajustado con un cinturón que le había comprado Lilian el mismo día que se presentó en su despacho y, atravesando la plaza, caminaba a su lado sobre los altos tacones de los zapatos que había elegido también ese día. Lilian, por miedo a quedar atascada en la rejilla del pasillo central del pavimento del salón de plenos del tribunal supremo, llevaba unos zapatos de tacón ancho, por lo que Mariví le sacaba más de una cuarta de estatura. Sin extrañarse demasiado, notó que se volvían a mirar a su amiga todas las personas con las que se cruzaron, tanto los hombres como las mujeres, igual que antaño. Le pareció de improviso que habían retrocedido a los tiempos de la facultad y que volvían a ser las dos estudiantes de entonces, una altamente llamativa y la otra insignificante a su lado, aunque en solitario llamara la atención su agraciado semblante y su figura esbelta y bien proporcionada. Le molestó comprobar que no había llegado a superar el sentimiento de despecho que entonces experimentaba, pero procuró acallarlo diciéndose que, pese a esa circunstancia, era ella la afortunada, ya que, había demostrado ser la única de las dos que poseía cerebro. Por atractiva que fuese Mariví, en el presente no era más que una pobre chica perseguida por un lunático que la había maltratado cuando vivían juntos y que volvería a hacerlo si se le presentaba la ocasión.

Juntas entraron en el suntuoso edificio, sede del Tribunal Supremo, y cuando comenzaron a subir la escalera de mármol por la que se ascendía a la segunda planta, comprobó Lilian que todos los compañeros que la bajaban se volvían a mirar a su amiga. También el encargado de la sala de togas la observó disimuladamente mientras le entregaba a Lilian una de su

medida y poco después los abogados que aguardaban su turno frente a la puerta del salón de plenos la saludaron a ella, pero con los ojos fijos en la otra. Lo notó con toda claridad mientras intentaba silenciar su móvil con dedos torpes y sintió la mano de Mariví sobre su brazo.

—Tranquila, —le oyó decir en un susurro—. Lo vas a hacer muy bien y no vas a tropezar con los cordones. ¿Se puede aplaudir cuando termines?

Se lo decía en broma y Lilian se echó a reír.

—No se puede ni tan siquiera rechistar. Siéntate en los bancos del público y escúchame con atención. Cuando salgamos, me felicitas, tanto si te ha gustado mi discursito como si no.

Uno de los que esperaban en la puerta, un abogado bajito y rechoncho, que llevaba una toga que le estaba grande, se aproximó a Mariví con la evidente intención de entablar conversación y los dos se apartaron hacia el fondo del pasillo, mientras ella repasaba el guion que había preparado y que llevaba escrito en los folios que guardaba en la cartera. Poco después salía de la sala el agente judicial y la avisaba de que el recurso siguiente era el suyo, por lo que le siguió dentro del salón de plenos, inmenso, ostentoso y en semipenumbra. Por el pasillo central llegó con su flotante toga hasta el estrado donde debía tomar asiento y cuando el tribunal le dio la palabra procedió a manifestar con voz clara los motivos de impugnación de la sentencia que recurría.

Solo cuando terminó su exposición y el fiscal, sentado frente a ella, pasó a realizar la pertinente oposición a la argumentación que había formulado, se dio cuenta de que Mariví no se encontraba en la sala, en los bancos del fondo reservados al público. En la primera fila de esos bancos vio a dos chicos jóvenes que escuchaban con suma atención y que sin duda acababan de obtener el título de abogados y habían acudido con la intención de aprender la mecánica de los recursos de casación. En una fila más allá, otra abogada con toga bostezaba, esperando que le llegase su turno y en la última distinguió en la semioscuridad a un hombre con gafas oscuras y una barba espesa y negrísima. Aunque estaba sentado, pudo apreciar que era alto y fornido y que parecía mantener la mirada fija en ella. Lo último no lo hubiera podido asegurar, dado que los cristales de sus lentes no le permitían ver sus ojos, pero algo en la actitud que mantenía la inquietó. ¿Sería

Gabriel? Parecía estar al acecho, como si, impaciente, estuviera esperando a que el fiscal terminase su exposición y el tribunal diese el acto por finalizado para aproximársele. No consiguió por ello entender lo que aquel estaba diciendo. Hablaba y hablaba citando artículos del código penal y la doctrina legal existente sobre el caso, sin percatarse de que la abogada que tenía enfrente se rebullía inquieta en el duro asiento de madera del estrado, que semejaba pincharle con alfileres. Tampoco el tribunal parecía advertirlo. Escuchaba al fiscal atentamente sin mirarla a ella ni al tipo de la última fila de bancos. ¿Es que no se iba a terminar nunca aquella vista?

Al cabo de un lapso de tiempo interminable, que se desgranó lentamente en miles de minutos y de segundos, el fiscal hizo una pausa efectista y muy teatral, antes de rematar su exposición y solicitar la confirmación de la sentencia que Lilian había impugnado. Esta pudo emitir un imperceptible suspiro de alivio. Al fin.

Por su gusto hubiera echado a correr por el pasillo central para alcanzar la puerta de la sala e impedir así que el tipo de la barba pudiera alcanzarla en la amplia galería que le daba acceso, pero tuvo que limitarse a descender del estrado y a caminar despacio y dignamente hacia la salida, sin enredarse con los vuelos de la toga ni tropezar con los cordones que apenas si distinguía en la semioscuridad. En cuanto traspuso el umbral y desembocó en el iluminado corredor, parpadeó deslumbrada y buscó a Mariví con los ojos. Unos metros más allá, seguía en animada conversación con el abogado bajito, pero al verla salir al pasillo dejó al hombre con la palabra en la boca y se le acercó apresuradamente.

—No he podido entrar a verte, ¿sabes?, —le dijo a modo de disculpa—.

Estaba hablando con ese compañero tuyo, —le explicó señalándole al chico bajito que la había seguido— y no me he enterado de que el agente judicial te había llamado. Luego ha cerrado la puerta y no me ha dejado pasar.

¿Cómo te ha ido?

Lilian no le contestó. Se había girado hacia esa puerta, esperando y temiendo ver aparecer al tipo barbudo y tomó a su amiga del brazo empujándola en dirección a la escalera.

—Vámonos, —le susurró con voz apenas audible.

—¿Pero por qué?, —protestó Mariví, que al parecer pretendía continuar charlando con el abogado bajito—. ¿Por qué tienes tanta prisa?

Sin responderle, siguió Lilian obligándola a caminar por la galería hacia la sala de togas y, solo cuando ya en esa estancia se despojó de la prenda y se la entregó al encargado, se decidió a comunicarle sus aprensiones inclinándose a su oído.

—Creo que… creo que Gabriel estaba en el salón de plenos sentado en los bancos del público. ¿Es un hombre alto, fuerte y con una barbaza negra?

Aunque no podía ver sus ojos tras las gafas oscuras, adivinó que Mariví se la había quedado mirando de hito en hito.

—¿Estaba dentro de la sala?, —inquirió con una voz en la que latían trémolos histéricos.

—No lo sé. Me ha parecido que podía ser él. Por eso te pregunto si lleva barba y si es un hombre muy moreno.

Tardó Mariví en responder. Parecía estar asimilando su pregunta con dificultad.

—Sí, es muy moreno y tiene unos ojos verdes clarísimos.

—No he podido verle los ojos, porque llevaba gafas de sol. ¿Podría ser él?

—No lo sé. Antes no llevaba barba, pero es posible que no se haya afeitado desde que le dejé para no ser reconocido por la policía. ¿Y dices que estaba sentado entre el público? ¿Cómo ha podido enterarse de que esta mañana tenías una vista aquí, en las Salesas?

Lo consideró Lilian con el ceño fruncido.

—Puede que haya estado vigilando mi casa y nos haya seguido cuando hemos salido a la calle en el coche. Tenemos que marcharnos antes de que se nos aproxime y te amenace o… o algo peor, porque ya ha demostrado que no tiene intención de obedecer la Orden de Alejamiento.

Habían desembocado nuevamente en el pasillo y las dos se encaminaron a toda prisa hacia la escalera después de mirar aprensivamente en todas direcciones. En ese momento la subían varios abogados con toga y e iniciaban el ascenso un par de chicas con la misma indumentaria, pero del tipo sospechoso no había ni rastro. Pese a ello descendieron los peldaños de dos en dos y no se detuvieron hasta que salieron a la plaza y dejaron el

edificio a su espalda. Se hallaba desierta y barrida por un viento gélido que se ensañaba con las ramas desnudas de los árboles como si se empeñase en arrancarlas de cuajo, por lo que la atravesaron apresuradamente para dirigirse hacia la entrada del estacionamiento subterráneo. Después de comprobar que el tipo de las gafas oscuras que tanto la había inquietado no se encontraba por las inmediaciones, Lilian se detuvo un instante junto a un banco, extrayendo el móvil de su bolso.

—Espera un momento. He silenciado este trasto antes de entrar en la sala y tengo que ponerlo nuevamente en funcionamiento.

—Pero… —empezó a objetar Mariví. Se había quitado las gafas para distinguir mejor los rincones más alejados del lugar en el que se encontraban. A la incierta luz de aquella mañana tan nublada Lilian pudo comprobar que tenía los ojos rodeados por un círculo violáceo y dilatados por el miedo.

—Será solo un instante. Puede que me hayan llamado del despacho y que Anita me haya dejado algún recado urgente, —le explicó.

Pulsó el botón del registro de mensajes y se quedó mirando la pequeña pantalla como hipnotizada, al reconocer el número que figuraba en ella y que terminaba en tres doses.

—¿Qué pasa?, ¿es algo importante?, —trató de averiguar Mariví quitándole el móvil de la mano.

Con unos dedos que temblaban ostensiblemente abrió la chica el mensaje y lo leyó antes de devolvérselo a Lilian que lo tomó a su vez y que deletreó dificultosamente su texto:

“Enhorabuena, has estado espléndida, pero te queda poco tiempo para seguir pavoneándote en el estrado de las salas de vistas si te empeñas en impedir que Victoria vuelva conmigo”.

Levantó Lilian la mirada hacia la otra que permanecía en silencio a su lado con el semblante demudado. Le pareció que bajo el maquillaje resurgían en su rostro los vestigios de los moratones que había logrado disimular esa mañana con la pintura y que a sus párpados afloraban nuevamente las secuelas de los golpes que había sufrido días antes.

—Vámonos, —articuló a duras penas tomándola del brazo.

—¿A dónde? ¿A tu casa?

—Sí, desde allí llamaremos a Fernando Costa y no te dejaré sola hasta que hable con él.

En ese instante oyeron distintamente la alarma de un coche de policía que se iba aproximando.

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