La coartada
Capítulo 16
Cuatro días más tarde fue a visitarle Lilian a la cárcel. El juez que instruía el sumario había decretado la prisión provisional sin fianza de Pablo tras asistir a su declaración, por lo que aguardó ella impaciente en el locutorio a que compareciera al otro lado del cristal que se interponía entre los reclusos y sus visitantes.
Llevaba Pablo la misma indumentaria que vestía la noche en la que había sido detenido, un pantalón vaquero y una camisa de cuadros bajo un grueso jersey azul marino y su expresión traslucía un absoluto desánimo, pese a lo cual sonrió al verla, descolgando el auricular del teléfono intercomunicador y llevándoselo al oído.
—¡Hola!, ¿cómo va todo?
¿Qué debería contestarle?, se preguntó Lilian, ¿la verdad? No creía que mereciera él que le angustiase más de lo que ya estaba, por lo que eludió la respuesta fingiendo que no funcionaba bien el aparato que les permitía comunicarse.
—Quiero comentarte en primer lugar que don Eulogio se ha ofrecido a buscarte el mejor abogado del mundo, el que tú prefieras, y Tarsicio también, —empezó animadamente—. Los dos son buenos y tienen mucha más experiencia que yo, pero no llevan penal. El jefe es un experto en mercantil y Tarsicio en tributario, por lo que siempre me han endilgado a mí los asuntos penales que les encargaban. De todas formas, si sabes de algún compañero que te inspire confianza no tienes más que decírmelo.
Meneó él negativamente la cabeza.
—No, prefiero que me defiendas tú. Sé que te estudiarás el Aranzadi de cabo a rabo para encontrar alguna sentencia que pueda ayudarme y que removerás el cielo y la tierra para conseguir el pronunciamiento judicial
más favorable posible. He visto el interés que pones siempre en defender a tus clientes, por lo que espero que no hagas una excepción en este caso.
Notó Lilian que aunque pretendía bromear, la inquietud le asomaba a los ojos. Pese a que no tenía demasiada experiencia en derecho penal, sabía Pablo cómo solía enjuiciarse el delito del que había sido acusado y conocía asimismo la doctrina legal consolidada del Tribunal Supremo en asuntos similares. Había clavado la mirada en su rostro como si esperase por parte de ella algún comentario alentador y finalmente se decidió a preguntarle:
—¿Has hablado con el fiscal?
—Sí.
—¿Y qué te ha dicho?
Se encogió Lilian evasivamente de hombros.
—Que aún se está instruyendo el sumario. Que espere, que es demasiado pronto.
—¿Pero no te ha adelantado nada?
—No, claro que no.
Había cruzado los dedos antes de responderle, segura de que obraba correctamente al ocultárselo. ¿Para qué decirle que probablemente le acusarían del asesinato de Gabriel García por entender que en el homicidio de este habían concurrido las agravantes de ensañamiento y de alevosía, puesto que Pablo había dado marcha atrás a su automóvil para rematarle en el suelo, atropellándole por segunda vez, cuando ya se encontraba la víctima sin posibilidad de defenderse?
—Quiero comentar contigo algunas cosas, —siguió diciendo ella para eludir la respuesta, caso de que él insistiera—. He pensado que deberíamos dejar a Mariví al margen de lo que sucedió.
—¿Qué quieres decir?
—Que si declaras en el juicio que mantenías una relación con ella y que te ayudó a introducir el cuerpo de Gabriel en la maleta de tu coche para esconderlo en el jardín de la casa abandonada, como así hicisteis, la acusarán de encubrimiento y a ti no te beneficiará en nada.
—Opinas entonces que debo decir que transitaba con mi coche por la calle Malasaña y que se dio la circunstancia de que vi salir de un portal a
una mujer corriendo como una loca, perseguida por un hombre que esgrimía un cuchillo, —dedujo él.
—Creo que sí, que sería lo mejor. Afortunadamente nuestro ordenamiento jurídico no es como el americano. Como sabes, en nuestro país, el acusado no jura decir la verdad antes de ser interrogado en el juicio ni está obligado a atenerse a lo que verdaderamente sucedió. La ley le faculta, por el contrario, a declarar lo que más le favorezca. Implicar a Mariví no te reportaría beneficio alguno y sí la incriminaría a ella. ¿No estás de acuerdo?
—Sí, si lo estoy. ¿Qué vas a aconsejarle a Victoria que responda cuando le pregunten qué sucedió después de que mi coche atropellara a Gabriel?
—Que no vio nada, que, como estaba aterrorizada, echó a correr por la calle Malasaña en dirección a la de San Bernardo, temiendo que, cuando se recuperara Gabriel del golpe que había recibido, la perseguiría nuevamente para apuñalarla. Que no se arriesgó, por tanto, a regresar a su piso y pasó la noche en el portal de una casa en el que consiguió entrar, al tiempo que una pareja que regresaba a su vivienda y que le abrió. Y que a la mañana siguiente, como no tenía a donde ir, se acordó de mí y se presentó en mi despacho pidiéndome ayuda. Tú tienes que decir que la perdiste de vista cuando tu automóvil arrolló a Gabriel por segunda vez.
Con el ceño fruncido, esbozó un gesto de aprobación.
—De acuerdo, pero no es eso lo que me preocupa. He estado dándole vueltas al asunto y no se me ocurre nada que pueda declarar que justifique lo que hice con el cadáver. Supongo que la policía científica habrá encontrado huellas de la sangre de Gabriel en el maletero de mi coche, aunque lo limpié a conciencia.
—Sí, yo también lo supongo, porque el luminol resiste el lavado de cualquier detergente, —corroboró ella—. Pero eso no tiene demasiada importancia. Hay infinidad de sentencias que consideran que hacer desaparecer el cuerpo del delito tras un homicidio o asesinato, forma parte de la dinámica comisiva de esos delitos y que se aplica en esos casos el principio de absorción al delito más grave.
—O sea, que no se tiene en cuenta.
—Eso es, pero en cualquier caso, lo dejaremos para más adelante, para cuando me den traslado de los autos y conozcamos el informe de la policía.
Ahora voy a concentrarme en recurrir el Auto de prisión sin fianza que ha dictado el juez, para pedir tu libertad.
—Dudo mucho de que el juez lo estime ¿tú no?
No quiso Lilian desanimarle más de lo que ya estaba, por lo que le sonrió con una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
—Esperemos que comprenda que no eres un peligro para la sociedad y que no entra en tus cálculos fugarte. Y que además nos sale muy caro a los contribuyentes darte de comer en prisión, —añadió intentando bromear—.
Don Eulogio y Tarsicio van a venir a verte y a Mariví la he convencido para que ni siquiera lo intente. Me he opuesto, porque lo que tenéis que aparentar es que no os conocéis. Que la libraste de Gabriel porque la viste en peligro inminente.
—Sí, sí, dile que ni se le ocurra aparecer por aquí. Y… gracias por todo Lilian.
Notó ella un escozor molesto en los ojos y aprovechó el aviso del funcionario, que le anunciaba que había terminado ya el tiempo de comunicación con el recluso, para depositar el teléfono intercomunicador en su base y ponerse en pie. Pablo hizo lo mismo al otro lado del cristal y ambos permanecieron mirándose durante unos segundos como si él necesitara prolongar ese momento y Lilian se resistiera a dejarle abandonado en aquel inhóspito lugar.
Salió ella de la prisión con un peso abrumador sobre sus hombros, preguntándose que cómo era posible que por impedir la muerte segura de una chica, en ese caso de Mariví, se acusara de asesinato al hombre que la había salvado la vida. Un sarcasmo. Absolutamente absurdo que, como premio por el acto heroico que había realizado, le hubieran recluido indefinidamente en una cárcel sin fecha fijada para el juicio. Dependía de cuánto tiempo se empleara en instruir el sumario y de que se dispusiera de una fecha que señalar para la vista. Ciertamente concurrían en el caso dos circunstancias agravantes, pero en su opinión debería prevalecer la eximente de legítima defensa. De no haber intervenido Pablo a tiempo, sería Mariví la víctima a manos del malnacido de Gabriel y sin embargo su
conducta se calificaba como un delito por el que podría condenársele a una pena de muchos años.
Cuando llegó al despacho una hora más tarde, salieron a la antesala a recibirla Tarsicio y don Eulogio. Ambos se adelantaron al rosario de preguntas con el que Anita pretendía atosigarla y tuvo que contentarse la chica con escuchar lo que les contestaba a sus dos jefes. El primero, pálido y ojeroso como siempre, manifestaba una preocupación en su semblante, poco acorde con la impasibilidad que le caracterizaba, de la que participaba también don Eulogio. Fue este el que le preguntó:
—¿Le has visto?, ¿cómo le has encontrado?
—Como cabía esperar. No es un recluso cualquiera al que se pueda engañar con un cuento chino para levantarle el ánimo.
—No, claro, —convino su jefe—. ¿Le has dicho que vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos por sacarle con bien de la acusación que pesa sobre él?
—Sí, sí, se lo he dicho.
—¿Y le has dicho también que tanto Tarsicio como yo estamos dispuestos a conseguirle el mejor abogado penalista para que asuma su defensa?
—Sí, sí.
—¿Y qué te ha contestado?
—Que os lo agradece muchísimo, pero que de momento se contenta con que me ocupe yo. Como es natural, está muy bajo de forma.
—No es para menos, —corroboró Tarsicio—. Es un desgraciadísimo asunto con un final imprevisible.
En los meses que siguieron llegó Lilian a la conclusión de que no era tan imprevisible ese final. Como había temido ella, el fiscal acusó a Pablo en su escrito de calificación de un delito de asesinato por la concurrencia de las dos agravantes en cuestión y ella, después de estudiar innumerables sentencias recaídas en casos similares, fundamentó el suyo en la legítima defensa que debería apreciarse al haber impedido él la muerte segura de una mujer con el único medio de que disponía, el automóvil que conducía, que era proporcional al peligro creado por la agresión ilegítima, ya que la víctima esgrimía un cuchillo.
Un día en el que se encontraba ella en su despacho contemplando ensimismada cómo se abatía la lluvia sobre los transeúntes que deambulaban por la calle, se encendió la lucecita roja del teléfono que tenía sobre la mesa y, cuando se llevó el auricular al oído, oyó la voz de Anita:
—Lil, acaba de llegar tu visita de las siete. Te la paso inmediatamente.
No recordaba a quién había citado la secretaria a esa hora.
Desganadamente volvió a girar la cabeza hacia la ventana para observar el incansable tintineo de las gotitas de agua sobre los cristales. Se deslizaban como si lloraran. Un día oscuro, con un firmamento plomizo, que se cernía como un negro presagio sobre lo que podía distinguir de la calle desde su mesa. Aunque el mes de mayo había ido arrancando inexorablemente las hojas del calendario, no se presentía aún el comienzo de la primavera.
Aunque próxima, no acababa de despuntar para arrumbar los rigores del invierno ni su ambiente tan tristón, acorde con su estado de ánimo. Estaba tan cansada… Apenas si conseguía concentrarse en los asuntos que tenía pendientes y que se le acumulaban sobre la mesa, porque una y otra vez veía la expresión angustiada de Pablo, con la mirada fija en ella desde el otro lado del cristal del locutorio de la prisión, esperando una frase alentadora. Iba a verle casi todas las tardes, nada más comer, para estar de vuelta en el despacho a la hora en que empezaban a visitarla sus clientes, pero el agotamiento que experimentaba no obedecía al exceso de trabajo.
Residía en que, pese a las horas que dedicaba a diario al estudio de los posibles argumentos en que fundamentar la defensa de aquel, no era capaz de encontrar uno decisivo en el que basar su solicitud de absolución. Si llegaba a conseguir que el tribunal estimase la legítima defensa como una eximente incompleta, la pena de veinte años que correspondía al delito de asesinato podría serle rebajada en uno o dos grados, pero eso era todo.
Pablo seguiría recluido en prisión durante los años venideros y cuando al fin se le concediera el tercer grado penitenciario habría dejado atrás su juventud, habría perdido el prestigio que había alcanzado en el ejercicio de su profesión, a la mayoría de sus amigos e incluso su propia autoestima.
Los golpecitos que propinaba Anita en la puerta del despacho la obligaron a regresar al presente con un cansado suspiro y desvió la mirada de la ventana para fijarla en el lugar por donde esperaba ver aparecer a la
tediosa visita. Un instante más tarde la chica abrió la puerta, apartándose a un lado para cederle el paso a Iván. Lilian parpadeó sorprendida y él se detuvo indeciso en el centro de la habitación como si el desconcierto que había dejado entrever ella se le hubiera contagiado. Venía correctamente vestido con chaqueta y corbata e incluso se había repeinado el oscuro cabello retirándolo de su frente. Parecía como si hubiera tratado de producirle a ella la mejor impresión, por lo que acabó por sonreírle indicándole una de las butacas ubicadas frente a su mesa, donde Iván tomó asiento, estirando sus largas piernas.
—He venido a verte porque…
Se interrumpió sin saber cómo continuar y Lilian comprobó extrañada que se alegraba de su visita. Incluso durante unos segundos olvidó a Pablo y el problema de su difícil defensa para atender interesada a la cuestión que él pudiera plantearle.
—Sí, ¿qué es lo que te sucede? ¿No te paga la renta Mariví o…?
—No, no es eso, —la interrumpió—. Victoria es una inquilina excelente y el piso que le alquilé ahora parece otro.
—¿Entonces…?
Hizo él un gesto ambiguo con las manos, antes de levantar sus ojos, de color uva, hacia su rosto.
—Es que no sabía qué excusa inventar para volver a verte. Cuando te llamaba por teléfono, me colgabas. Cuando me presenté en tu casa hace meses, estuvimos un buen rato forcejeando los dos con la puerta, tú para impedirme que entrara en el vestíbulo y yo para que no pudieras cerrarla antes de que escucharas lo que quería decirte. Eres muy difícil.
A su pesar, se echó a reír ella. Recordaba ahora aquella escena como algo tan cómico… Cada uno empujando la hoja de madera por su lado y cuando al final ella había desistido de su empeño y se había apartado, había irrumpido Iván como una tromba en el vestíbulo arrollándolo todo a su paso para acabar aterrizando sobre la alfombra.
—Bueno, sí, es que entonces no sabía cómo conceptuarte, —reconoció
—. Empecé sospechando que eras el propio Gabriel y que te habías alojado en el mismo albergue que nosotros con el propósito de vengarte de Mariví y… posiblemente también de mí.
Arqueó él las cejas, sorprendido.
—¡Ah!, ¿sí? ¿Y por qué?
—Porque ella me había dicho que Gabriel tenía los ojos verdes y que era muy moreno.
—¿Y por ese motivo lo pensaste?, —se extrañó—. Ya te comenté que era moreno de piel por herencia de mi bisabuela sevillana y que el color de los ojos lo heredé de mi bisabuelo, ¿no me escuchaste entonces?
—Sí, pero es que además tenía otras razones para sospechar.
—¿Cuáles?
—Que te parecías muchísimo al espía ruso de una película que había visto recientemente.
Esbozó Iván una sonrisa irónica.
—¡Ah!, ¿sí? Me parece una razón de peso. Algún otro motivo tendrías.
Entrecerró Lilian los ojos para concentrarse mejor en la respuesta que debería darle.
—Pues… desde el primer momento manifestaste un interés excesivo por conocerme y por acompañarme a un lugar solitario. Demostraste un empeño bastante tanto absurdo en que visitáramos esa torre ruinosa que parecía estar a punto de derrumbarse.
—¿Y eso te parece raro?
—¿A ti no?
—No. ¿Tiene algo de raro que me gustaras? Fue un flechazo a primera vista.
Se había quedado mirándola sin pestañear, por lo que se rebulló inquieta en su butaca sin acertar a discernir si le estaba diciendo lo que verdaderamente pensaba o si se trataría solamente de una galantería. Para aparentar que estaba acostumbrada a escuchar frases similares sin tomarlas en serio, sonrió displicentemente y añadió:
—Que eras el propio Gabriel fue lo que temí al principio. Después, llegué a pensar que eras el autor de su muerte y que me perseguías por alguna razón oculta.
Perplejo, la contempló con la cabeza ladeada.
—¿Una razón oculta?, ¿cómo qué?
No podía Lilian hacerle partícipe de los mensajes que recibía en su móvil, porque había quedado con Pablo en silenciar esos episodios que en nada beneficiarían a su defensa, por lo que terminó por encogerse de hombros.
—No sé. Por Fernando, el policía que le asignaron a Mariví para su protección, supe también que eras tú el que me llamabas a este teléfono que tengo sobre la mesa y no pronunciabas una sola palabra cuando descolgaba yo el auricular. Pensé entonces que querías asustarme. —Se acodó sobre la mesa y apoyó una mano en su mejilla para preguntarle con curiosidad—:
¿Qué pretendías con ello?
Se acarició la barbilla, algo confuso.
—No pretendía nada.
—¿Nada?
—Nada, solo oír tu voz.
Pestañeó aturdida.
—¿Oír mi voz?
—Sí, quería verte y como no estabas dispuesta a permitir que te invitara a cenar, procuraba contentarme oyéndote.
—Pero…
—Sí, igual que si fuera yo un chico de instituto que intentara inútilmente ligar con una niña que no le hacía caso, pese a que ya soy mayorcito.
La fijeza con la que la miraba la azaró y en un vano intento de disimularlo se abalanzó sobre los papeles de su mesa derribando el montón que Anita había construido tan laboriosamente.
—Y tampoco había ninguna razón oculta para que me comportara en Navacerrada como me comporté, —continuó él—. Simplemente me intrigó que el acompañante con el que Victoria y tú fuisteis a la sierra la prefiriera a ella. Eso me descolocó del todo, sobre todo cuando se largaron los dos a esquiar dejándote sola en el albergue. Después, por el periódico, me he enterado de que está en prisión preventiva, acusado del asesinato de Gabriel García. Eso lo explica todo.
—¿Qué es lo que explica?
—Debían de tener una aventura, cuando aún vivía ese tipo. Les vi en varias ocasiones en las que tú no estabas presente muy amartelados en la sala de estar del albergue.
—¡Ah!, ¿sí?
—Sí, explica que Pablo Duarte saliera en defensa de Victoria y se cargara al otro. —Al reparar en la expresión de desagrado de ella intentó corregir su forma de expresarse—. Me parece que he dicho una inconveniencia. Le representas tú, ¿verdad?
—No.
—¿No le representas?
—No, le defiendo, que no es lo mismo. Es en Estados Unidos donde el abogado defensor asume la representación del acusado. En España le representa el procurador.
Esbozó él un gesto de contrariedad como si le pareciese demasiado complicado lo que le estaba explicando.
—En resumen, que le defiendes tú, ¿no?
—Sí.
—¿Y no crees que sería más razonable que asumiera su defensa un extraño? Debe ser duro ver sentado en el banquillo a un hombre que es importante para ti. —Se interrumpió para escrutar su semblante y luego le preguntó con interés—: ¿Es importante para ti?
—Claro, es un compañero de despacho.
—¿Nada más?
Melancólicamente se dijo ella que la irrupción de la policía en el piso de él aquella noche había impedido que llegaran a ser lo que tanto había deseado entonces. O quizás no lo deseaba ya cuando se presentaron a detenerle, se dijo pensativa. Algo se le había roto por dentro instantes antes, al conocer cómo la habían utilizado Mariví y él, sin preguntarse siquiera si podrían perjudicarla. Había sentido una decepción tan absoluta, tan inconmensurable, que aún ahora, al cabo de los meses, no había conseguido recomponer sus sentimientos ni analizar si quedaba en su interior algún rescoldo de los que le había inspirado él.
Iván parecía seguir el hilo de sus pensamientos porque esbozó un gesto de comprensión.
—Tienes que estar pasándolo fatal.
—Sí, —admitió a media voz.
—Repito que deberías renunciar a su defensa, —insistió él—. Hay miles de abogados para los que el caso de ese hombre sería uno más.
Meneó ella la cabeza obligando a su melena a oscilar a su compás, como había visto hacer a Mariví.
—No puedo darle la venia a otro compañero, porque él confía en mí, —
replicó sencillamente.
—Sí, claro, —refunfuñó Iván—. También confiaría yo, ¿pero se ha planteado el coste anímico que puede suponer para ti? Seguro que ni siquiera le ha pasado por la cabeza.
También Lilian estaba convencida de que Pablo no se había detenido a meditarlo, como no se le había ocurrido tampoco preguntarse por las consecuencias que podría tener para ella que la utilizaran para su coartada.
Debía considerarla indestructible, por encima de cualquier debilidad humana. Como un mástil sobresaliendo sobre el oleaje de una tempestad, así la había definido. Se hubiera echado a reír de haber tenido ganas, pero como no las tenía, se limitó a cambiar de conversación.
—Aún no me has dicho a qué obedece tu visita.
—Sí te lo he dicho, quería verte y no se me ha ocurrido otro medio.
Quería ofrecerme también para todo lo que necesites en estos momentos tan difíciles para ti.
Sus palabras le calaron hondo. Le llegaron a lo más profundo como si de un bálsamo se tratase. Era el único que, al conocer el papel que representaba en el proceso judicial de Pablo, se había preocupado por ella, porque todos, incluso este, habían dado por supuesto que como era su profesión debía afrontar sin una queja todos los sinsabores que conllevaba.
Estaba ella de acuerdo en que debía ser así, pero suponía que le ocurriría lo mismo a un médico que se viera obligado a operar a su novia o a su hijo.
Pablo ni tan siquiera era su pareja. En realidad no les unía explícitamente ningún lazo afectivo, pero creía que había faltado solo la ocasión para que esa relación hubiera llegado a producirse.
—Gracias, Iván, —le dijo en un susurro—. En circunstancias como esta es cuando se llega a conocer a las personas.
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