La coartada
Capítulo 12
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Fernando Costa la recibió en cuanto llegó a la comisaría con la puntualidad que la caracterizaba, y la hizo pasar al mismo despacho donde las había recibido a Mariví a y a ella el día anterior. A Lilian le pareció que estaba tenso o al menos la expresión de su semblante distaba mucho de traslucir la cordialidad de que había hecho gala en otras ocasiones. Le indicó que tomara asiento al otro lado de la mesa y él hizo lo propio enfrente de ella, en una butaca giratoria que chirriaba a cada movimiento rotativo que efectuaba sobre su eje. Le dio a ella la impresión de que buscaba cuidadosamente las palabras precisas cuando levantó la cabeza y fijó en su semblante sus ojos castaños.
—Necesito hacerle unas cuantas preguntas y me gustaría que me contestase la verdad, sin subterfugios de ninguna clase.
—¿Sin subterfugios?
—Si, sin acudir a las tretas de que se valen ustedes, los abogados, para eludir reconocer la verdad, por clara que esta sea. Quiero que me puntualice con la mayor exactitud donde se encontraba usted en todos y cada uno de los momentos en los que recibió un mensaje en su móvil de un desconocido al que creímos identificar como el hombre que convivía con doña Victoria, ya que es obvio que no pudo ser él.
Hizo Lilian un gesto de asentimiento.
—Efectivamente, porque, al parecer, ya había muerto cuando recibí el primero de esos mensajes. ¿Tienen ustedes alguna idea de quién puede ser esa persona? Quizás algún bromista con un sentido del humor bastante extraño.
—O quizás podría tratarse de que alguien ha fingido recibirlos.
Desconcertada, se le quedó mirando Lilian con sus grandes ojos muy abiertos y expresión de no haberle entendido.
—¿Quiere decir…? Ya me ha dado la impresión en alguna ocasión anterior que me observaba usted con recelo. ¿Pero por qué habría de habérmelos enviado yo a mí misma? No estoy chiflada ni sufro un desdoblamiento de personalidad ni siento la menor empatía hacia los maltratadores de mujeres.
—Por supuesto que no, —repitió él, que mantenía la cabeza baja como si no fuera capaz de sostener su mirada y la superficie de su mesa le interesara de una forma especial.
—¿Entonces…?
—Usted es una buena abogado, ¿no es cierto?, —le preguntó sin responder a su pregunta.
—Pues… sí, creo que sí.
—Y defiende a sus clientes hasta sus últimas consecuencias.
Enarcó ella las cejas, empezando a irritarse.
—Les defiendo dentro de los límites que me marca la ley. No la he sobrepasado nunca. —Se inclinó hacia adelante sobre sí misma para estudiar mejor la impenetrable expresión de él—. ¿A qué vienen esos últimos comentarios? Creía que me había citado para que le aportara algún dato que pudiera ayudar a identificar al autor de los mensajes. Si, por el contrario, pretende interrogarme como sospechosa de algo que no se me alcanza, tendrá que informarme primero de mis derechos, aunque me los sé de memoria, y a continuación decirme de qué se me acusa. Puedo defenderme a mí misma, pero también podría llamar a un compañero para que me asista en mi declaración. Estoy segura de que no ignora todo lo que le estoy diciendo.
Acusó él el impacto y sonrió a su pesar.
—Tiene usted muy mal genio.
—No lo crea, —replicó con acritud—. Me sorprende que pudiera usted imaginar que me iban a dejar indiferente sus indirectas.
Levantó Fernando una mano como si estuviera pidiendo una tregua.
—De acuerdo, tiene toda la razón. No la estoy acusando de nada y la he hecho venir tan solo para que me aclare algunos extremos que no están muy
claros y que me tienen bastante confundido. ¿Puede hacerme ese resumen sobre el lugar y la situación en la que se encontraba usted cuando recibió cada uno de esos mensajes?
—Pues… sí, creo que sí, —admitió Lilian más aplacada—. El primero me lo enviaron el día 3 de marzo por la mañana, cuando estaba en mi despacho. Habían transcurrido tres días desde que Mariví hubiera abandonado a Gabriel y se presentara ella en mi despacho a pedirme ayuda.
Me encontraba yo con un compañero que se llama Pablo Duarte y que también es abogado. En su mensaje ese tipo me decía que sabía dónde vivía yo, así como que Mariví estaba conmigo. Me aconsejaba que me metiera en mis asuntos, ya que de otra forma tendría que atenerme a las consecuencias.
—¿Y dice que se hallaba con ese compañero de despacho?
—Sí, estábamos comentando el problema de mi amiga para tratar de conseguirle una casa de acogida. No lo logramos, porque en esos momentos no había ninguna disponible.
Hizo Fernando un gesto de asentimiento, pero con la misma expresión adusta.
—Supongo que ese compañero suyo podrá corroborar lo que me está diciendo.
—¿Pablo? Sí, desde luego que sí.
—Está bien, continúe.
—El segundo mensaje me lo envió esa misma noche a mi casa, cuando Mariví y yo ya estábamos durmiendo. Pretendía que saliera Mariví al jardín a entrevistarse con él y me amenazaba, si no accedía ella, a entrar en la casa a arreglarnos las cuentas a las dos.
—¿Y en esa ocasión había alguien con usted cuando recibió ese mensaje?
—No, claro que no. Ya le he dicho que estábamos las dos durmiendo.
Tengo un cachorro que, con ese instinto especial de que gozan los animales, vino a mi cuarto muy inquieto. Debió notar la presencia de alguien en el jardín o… no sé. El caso que segundos más tarde sonó el móvil.
—Así que estaba usted sola antes y después.
—Sí, ¿por qué? Como le he comentado, estaba durmiendo y duermo sola, —puntualizó con algo de sarcasmo.
Debió captar él su tono hiriente, porque hizo un esfuerzo por sonreír, aunque no llegó a conseguir que los músculos de su rostro se distendiesen.
—De acuerdo, siga.
—Al día siguiente, 4 de marzo, tenía señalada yo la vista de un recurso de casación ante el Tribunal Supremo que, como supongo que sabrá, tiene su sede en la plaza de la Villa de París. Mariví se sentía enclaustrada en mi casa y quiso acompañarme. No llegó a entrar en la sala, porque se distrajo hablando con un compañero que aguardaba su turno en el pasillo y el agente judicial no le permitió entrar cuando ya había comenzado la vista. El caso es que, al finalizar esta, cuando ya habíamos salimos del edificio y nos encaminábamos a pie hacia el aparcamiento subterráneo de esa plaza, donde había estacionado yo el coche, sonó el móvil y era él. Bueno, era un mensaje de él. Me daba irónicamente la enhorabuena por mi actuación en el recurso y me amenazaba para el caso de que siguiera impidiendo que Mariví volviera con él. Estaba con ella en la plaza cuando sucedió lo que le estoy refiriendo, así que podrá corroborarlo.
—¿Su amiga?
—Sí.
—Claro, claro, —rezongó Fernando como para sí mismo.
—¿Decía usted algo?
—No, nada, continúe.
—El cuarto mensaje me lo envió el sábado pasado, 6 de marzo, cuando me encontraba en una torre semiderruida en la sierra de Navacerrada. No sé esquiar, pero decidimos pasar allí el fin de semana con la intención de alejarnos lo más posible de Gabriel y de que este no pudiera localizarnos.
Mariví y Pablo habían subido ya a la Bola del Mundo en el telesilla cuando me desperté y mientras desayunaba conocí a un huésped que se alojaba también en el albergue y que me propuso dar un paseo hasta esa torre.
Comenzó a nevar de pronto, a la par que arreciaba el viento y el caso es que le perdí de vista.
—¿A ese huésped?
—Sí. Intenté volver al albergue, pero debí de correr en dirección contraria, porque de improviso vi el torreón y me refugié dentro para guarecerme del temporal. Entonces fue cuando sonó mi móvil. Me decía ese
tipo que él también se encontraba en la sierra y que lleváramos mucho cuidado las dos porque podríamos resbalarnos y caernos por un precipicio.
—¿Se asustaría usted muchísimo, verdad?, —murmuró Fernando a media voz. Pero no le sonó a Lilian como una pregunta. Lo percibió más bien como un sarcasmo que la obligó a rebullirse inquieta en su butaca.
—Por supuesto que sí. Puede que usted no se asuste nunca y además dispone de un arma con la que defenderse en caso de necesidad, pero yo estaba completamente sola, perdida en la nieve y helada de frío. A lo mejor piensa que debería haberme puesto a dar saltos de alegría ante tal cúmulo de bendiciones, —terminó con sorna.
Por primera vez clavó en ella sus ojos y sostuvo su mirada.
—También estaba sola, claro.
—Sí, ya se lo he dicho. Ya le he explicado que eché a correr en dirección contraria a la del albergue, porque la nevada no permitía distinguir a un metro de distancia. Perdí de vista a ese huésped que había conocido durante el desayuno. Se llama Iván Vasiliev, pero no es ruso, es de Toledo, —terminó incongruentemente.
Se acarició el policía una mejilla examinando su expresión.
—Sí, ya lo sabemos. Así que no estaba él con usted cuando recibió el mensaje, de modo que no podrá atestiguarlo, ¿verdad?
—No, no podrá, porque ni siquiera se lo comenté cuando reapareció instantes después con dos chicas que se alojaban también en el mismo albergue.
—Y el último mensaje lo recibió pocas horas más tarde, después de comer, ¿no es así?
—Sí. Había subido a mi habitación a echarme un rato.
—O sea, que también estaba sola.
—Sí, ¿por qué?
Sin responder, Fernando esbozó una mueca.
—Y entonces ese hombre le comunicó que había vuelto a la sierra.
—Sí.
—Y desde entonces no ha vuelto a tener noticias de esa persona.
—No, afortunadamente, no.
Se le quedó mirando esperando algún comentario suyo que le permitiera deducir lo que pudiera estar pensando y a qué conclusión había llegado después del interrogatorio al que la había sometido, pero el rostro de él seguía siendo inescrutable cuando le dijo:
—Lo siento, pero tendrá que entregarme su móvil.
—¿Mi móvil?, —se inquietó—. ¿Para qué quiere mi móvil? Yo lo necesito para todo, pero sobre todo por mi trabajo. Muchos clientes me llaman cuando tienen que comunicarme algo urgente fuera de las horas de oficina. Me ocasionaría usted un serio trastorno.
—Procuraré devolvérselo lo antes posible, —repuso él en tono apaciguador—. Es posible que solucionemos este asunto en unos pocos días. Cuando eso ocurra, se lo devolveré.
—¿Quiere decir que espera detener en breve plazo a la persona que ha matado a Gabriel García?
Tardó él en contestar. Nuevamente había fijado sus ojos en la superficie de la mesa, metálica y de color gris, y no los levantó al decirle:
—Sí, espero que sí.
Dudó Lilian en hacerle la pregunta, pero finalmente pudo más la curiosidad que su sentido de la prudencia.
—¿Y puede decirme de qué ha muerto?
Hizo él un ademán de asentimiento.
—Sí, ha muerto atropellado por un coche.
Se acomodó Lilian en su butaca con un suspiro de alivio.
—Así que puede tratarse de un homicidio, no de un asesinato, y probablemente se trate de un homicidio culposo.
Meneó Fernando negativamente la cabeza.
—No. En opinión del forense, la persona que conducía ese coche le atropelló intencionadamente, ya que le pasó dos veces por encima. Se trata de un asesinato, cometido probablemente por una persona próxima al fallecido. ¿Puede decirme qué clase de vehículo conduce su amiga?
Se quedó sin habla. Tardó en entender lo que el policía le estaba preguntando y cuando sus palabras llegaron a hacerse inteligibles aún le costó comprender su significado.
—¿Mariví? No tiene coche. Ni tampoco carné de conducir. ¿Acaso piensa que cuando se cansó de recibir los mamporros que le sacudía ese tipo decidió ella enviarle al otro mundo, atropellándole por la calle con un automóvil que no tiene?
Esperó impaciente que le aclarara ese extremo, pero al darse cuenta de que no parecía dispuesto a darle una respuesta, insistió:
—¿No me había dicho usted que le habían encontrado en el jardín de una casa abandonada, en Ciudad Lineal? ¿Cómo es que de pronto han llegado a la conclusión de que le mataron en la calle y con un coche?
Se encogió él evasivamente de hombros.
—Eso pregúnteselo al forense. Al parecer le trasladaron después de muerto a ese jardín, donde ha permanecido desde entonces, ya que, como sabe, esa casa lleva abandonada mucho tiempo. Han sido los vecinos los que avisaron, alertados por el olor.
Si en esa ocasión esperaba él verla hacer el gesto de aprensión o de asco que no había asomado a su semblante en el Instituto Anatómico Forense, se llevó un chasco, porque ni tan siquiera pestañeó.
—Ya. Pues entonces deben empezar a investigar a alguien que pertenezca a su sexo en el entorno de ese tipo. Tengo entendido que Gabriel García era alto y corpulento, por lo que considero muy difícil que una mujer pudiera cargar con él para arrojarle por encima de la valla de esa casa. Se tratará sin duda de un hombre.
—¿Y cómo sabe que le arrojaron por encima de la valla?, —le preguntó inquisitivamente.
—No lo sé, lo supongo. Sé de qué casa me habla porque he pasado por delante de su verja muchas veces cuando volvía a la mía. La cancela es de hierro y la he visto siempre cerrada a cal y canto. Por eso imagino que quienquiera que le atropellara y tratara después de ocultar su cuerpo lo arrojaría por encima de la valla. ¿No fue así?
—Aún no lo sabemos.
—Y creo que sería imposible que una mujer pudiera hacerlo, salvo que fuera la mujer barbuda de una atracción circense, —terminó con sorna—. Y
ahora, si no tiene más preguntas que hacerme, debo volver a mi despacho a trabajar. Tome mi móvil y ya sabe que estoy dispuesta a contestar a todas
las preguntas que quiera hacerme e incluso a darle un paseo con mi coche,
—terminó sarcásticamente—. O si lo prefiere, a traérselo para que lo examine.
Se había puesto en pie y él la imitó, precediéndola después hasta la puerta del despacho. Ni tan siquiera le sonrió cuando Lilian, con un último ademán de despedida, echó a andar por el pasillo en dirección a la salida.
Caminó deprisa cuando alcanzó esta, encaminándose hacia el edificio de su oficina con la mente sumida en un mar de confusiones, preguntándose cómo podría Fernando Costa haber llegado a pensar que Mariví podía ser la culpable del homicidio de Gabriel y ella su cómplice. Era tan absurdo…
Intentó imaginarla defendiéndose de las bofetadas de ese hombre. Sin duda lloraría como una Magdalena y echaría a correr a la primera oportunidad. Si, como le había referido, Gabriel había llegado al piso en el que vivían muy borracho, en ese estado sus movimientos serían torpes, por lo que no lograría alcanzarla cuando salió a la calle persiguiéndola.
Recordaba con toda claridad los zapatones anchos de tacón bajo con los que ella se había presentado en su despacho a la mañana siguiente, cuando huyó de su casa con lo puesto. Probablemente esos zapatones la ayudaron a escapar y a desaparecer de su vista en la oscuridad de la noche. Él seguiría corriendo, dando tropezones, y en ese estado un coche le arrolló. Al llegar a ese punto parpadeó confusa. En su mente no había llegado a vislumbrar más que la sombra sin contornos definidos de ese automóvil, que por azar transitaba por la calle en ese preciso instante y se lo había llevado por delante. ¿Pero por qué había retrocedido después para rematar al hombre que yacía en el suelo? Esa acción denotaba una clara intencionalidad y elevaba el delito de homicidio a la categoría de asesinato. ¿Y quién podía desear la muerte de Gabriel, exceptuando a su amiga?
Sintió una punzada de pánico en su interior que se trocó después en algo que parecía atenazarla como si una mano de hierro la oprimiese. ¿Habría sido capaz Mariví en su desesperación de realizar una acción así? Por un instante sintió que le fallaba el aliento y estuvo a punto de agarrarse a una farola que encontró a su paso, pero se limitó a detenerse para inspirar aire y para decirse que tenía que haber otra explicación. Su amiga no sabía conducir, no tenía coche y no hubiera podido, aunque se lo hubiera
propuesto, levantar a Gabriel del suelo, cargar con él y arrojarle por encima de la valla del jardín de la casa abandonada de su calle.
Se sintió mejor al llegar a esa conclusión y salvó con paso rápido los escasos metros que la separaban del portal del edificio al que se dirigía.
Anita estaba sentada tras su mesa y levantó la cabeza al oírla entrar con una expresión inusual en su expresivo semblante. Parecía como si temiera una regañina por su parte.
—Lo siento, Lil, pero no he conseguido echarle. Se ha empeñado en verte y… está en la sala de espera.
—¿De quién me estás hablando?
—Del ruso. Se ha presentado a las cuatro sin previo aviso y aunque le he advertido que tenía que pedir con anterioridad cita por teléfono para que le recibieras, no me ha hecho el menor caso y se ha empeñado en que necesitaba ineludiblemente verte esta tarde.
Se giró Lilian a medias en esa dirección. La puerta de cristal esmerilado de esa estancia estaba cerrada y no traslucía su interior la silueta de su incómodo visitante.
—¿Está ahí dentro?, —le preguntó en un susurro a la secretaria.
—Sí, ¿qué hago?
Se mordió los labios indecisa. Había llegado a sospechar que Gabriel e Iván pudieran ser la misma persona, pero al aparecer el cuerpo sin vida de aquel esas sospechas carecían ya de sentido. Aún quedaba por averiguar la relación que había mantenido con el muerto en los últimos tiempos en los que le reclamaba la renta que le adeudaba y si había tenido algo que ver con su atropello. Se mesó pensativa su melena diciéndose que seguía sin estar claro su excesivo y repentino interés por ella. Abogados había muchos. ¿Por qué entonces el empeño que manifestaba en encargarle precisamente a ella el desahucio del piso que le había alquilado a Gabriel?
Rápidamente tomó una decisión y se volvió hacia la chica.
—Hazle pasar a mi despacho dentro de un minuto. Es el tiempo que necesito para quitarme el chaquetón y sentarme detrás de mi mesa.
Adoptaré después una expresión circunspecta para intimidarle y hacerle comprender que no se puede presentar en esta oficina cuando le dé la gana.
¿Me has entendido?
Debía esperar Anita una reprimenda de mayor consideración, porque sonrió aliviada.
—De acuerdo, de acuerdo. Ve a tu despacho que cumpliré tus instrucciones al pie de la letra.
Apenas si tuvo tiempo Lilian de ocupar su butaca tras la mesa y conseguir que a su rostro asomase la debida reprobación por la intempestiva aparición de él, porque unos segundos más tarde y antes de que Anita le anunciase su llegada, abrió Iván la puerta y empujó a la chica que trataba de precederle, entrando en el despacho como una tromba. Pese al frío invernal, no traía abrigo. Vestía un pantalón oscuro y una chaqueta de cuero marrón sobre un jersey blanco y su oscuro cabello parecía más revuelto que de costumbre, como si hubiera salido corriendo de su casa olvidando peinarse.
Sin captar la fría mirada de Lilian ni el gesto de disculpa de Anita dirigido a esta, se dejó caer sin aliento, frente a ella, en el borde de una de las dos butacas destinadas a los clientes.
—Perdona si he aparecido así, sin avisar, —le dijo entrecortadamente
—. Es que lo he leído en el periódico y…
Enarcó Lilian las cejas.
—¿Qué es lo que has leído en el periódico? En cualquier caso, lo que hayas podido leer no justifica que te presentes en este despacho cuando te dé la gana. Tienes que pedir cita como todo el mundo y…
La interrumpió sin permitirle que terminara de reñirle.
—Me he enterado de que ha aparecido el cadáver de ese hombre, de mi inquilino.
—Sí, ¿y qué?
—Que al parecer y por lo que dice el periódico, le han asesinado y… ya te comenté que era mi inquilino.
—Sí, ¿y qué?, —repitió ceñuda.
—Pues eso. He venido a consultarte, porque estoy preocupado. Por lo que dice el periódico, he llegado a la conclusión de que debí presentarme en su casa la misma tarde en la que parece que le mandaron al otro barrio.
Supongo que no tardará en averiguarlo la policía, porque la portera de ese edificio es una especie de cotorra chismosa y… bueno, no sé. He venido a
pedirte consejo, porque quizás la policía sospeche que yo haya podido tener algo que ver con su muerte.
Interpretó mal el gesto de sorpresa de Lilian y añadió:
—Por supuesto te pagaré la consulta y…
Dejó traslucir ella un gesto de impaciencia.
—¿Me has dicho que estuviste en su casa el mismo día en el que le mataron? ¿Y qué pasó?, ¿discutisteis?
Negó él con la cabeza y se retiró el mechón oscuro que le resbaló sobre la frente, peinándoselo con los dedos.
—No, no llegué a verle, porque se encontraba ausente en ese momento.
—¿No le viste?
—No. Me abrió la puerta la chica con la que vivía. Una chica muy alta, pelirroja y muy vistosa que es amiga tuya. La conocí a ella también hace años, al tiempo que a él.
—Ya.
—El caso es que regresé a ese piso un par de horas más tarde, pero, aunque llamé al timbre repetidas veces y aporreé la puerta con los nudillos, no me abrió nadie, por lo que supuse que ella le había advertido de mi anterior visita y Gabriel García había decidido dar la callada por respuesta.
Dedujo Lilian que Iván había regresado al piso cuando Mariví le había abandonado ya, por lo que empezó a intrigarle lo que le estaba refiriendo, aunque no permitió que esos pensamientos aflorasen a su rostro y consiguió permanecer absolutamente inexpresiva.
—Sí, ¿y qué más?
—Que curiosamente la reencontré a ella en el albergue de la sierra donde hemos pasado el fin de semana. La verdad es que me costó reconocerla, porque parecía otra. La identifiqué por su voz, que es inconfundible. Habla en tono excesivamente alto y con un matiz muy agudo. Estabais en el comedor cenando y me extrañó que fuese acompañada de otro hombre.
—¿Nos viste a los tres en el comedor?
—Sí. Pensé que era una magnífica oportunidad para que me condujera hasta mi inquilino, ya que llevaba tiempo él esquivándome para no
pagarme. Por esa razón le envié varios burofaxes sin obtener respuesta, como ya te he comentado.
Se apoyó Lilian sobre la mesa y apoyó la mejilla en una mano para estudiarle atentamente.
—¿Y por qué no te acercaste a Mariví en el albergue y le preguntaste por el paradero de Gabriel?
—Porque como iba con otro hombre, pensé que habría cambiado de pareja y que probablemente no sería oportuno.
—¿De pareja? Pablo no es su pareja. Es un compañero mío de este despacho y a ella ni siquiera la conocía, —le aclaró hosca.
—¡Ah!, ¿si?, pues me equivoqué entonces. De todas formas, me dio la impresión de que tú eras más asequible. A la mañana siguiente te vi sola y por eso me acerqué.
—Ya, —murmuró escuetamente Lilian. Estaba claro que el interés que había manifestado por ella desde el primer momento obedecía a que pretendía utilizarla como medio para acercarse a la otra e indagar de esa manera dónde se ocultaba su inquilino—. Pensaste que…
—Pensé que por tu intermediación podría averiguar donde se escondía Gabriel para reclamarle su deuda y exigirle que se largara de mi casa, —la atajó.
—¿Y por esa razón te empeñaste en que fuéramos a visitar un torreón ruinoso, pese al temporal que se avecinaba?
Se acarició la barbilla sin responder. Luego se peinó furiosamente con los dedos los mechones de cabello que le caían sobre la frente y finalmente esbozó un gesto de embarazo.
—Bueno, no exactamente.
—¿Qué quieres decir?
—Lo del torreón fue la excusa que se me ocurrió para pasar la mañana con una chica guapa, o sea, contigo. No creo que sea ningún crimen.
Amelia y la otra son bastante pesadas y se nos habían pegado a los pantalones como dos lapas, por lo que pensé que proponiéndote esa excursión nos las quitaríamos de encima, como así fue. Por desgracia, de repente empezó a nevar y echaste a correr como una loca en no sé qué dirección, porque te perdí de vista enseguida. No se distinguía nada a medio
metro de distancia y después de correr bajo el temporal buscándote durante un buen rato, supuse que habrías vuelto al albergue. ¿Ha quedado claro?, —
le preguntó con algo de ironía.
Había aceptado el cumplido Lilian absolutamente impasible y no movió tampoco un solo músculo del rostro al replicar:
—Clarísimo. Y ahora vienes a consultarme qué debes contestarle a la policía cuando te pregunte a qué fuiste al piso del que eres propietario ¿no es eso?
—Sí, eso es.
—Por lo que acabas de manifestar, no llegaste a ver a Gabriel.
—No. Ya te he dicho que la primera vez me abrió la puerta tu amiga y que la segunda no parecía haber nadie dentro de esa casa.
—¿Qué hora sería cuando te presentaste en ese piso la segunda vez?
—Pues… yo diría que alrededor de las diez de la noche. Entre las dos visitas estuve en un bar cercano con Juan, el pelmazo que en el albergue se empeñó en contarnos su vida. Trabaja en una agencia de viajes y quería reclamarle a Gabriel García una deuda que este había contraído con él apostando a las carreras de caballos.
En esa ocasión no fue capaz Lilian de disimular su desconcierto.
—¿Me estás hablando del hombre que se sentó con nosotros dos en la sala de estar del albergue?
Hizo Iván un gesto de asentimiento.
—Sí, Juan González. Habíamos coincidido en otras ocasiones en ese mismo establecimiento en el que nos conocimos tú y yo. Es barato y pintoresco y a los dos nos gusta esquiar, por lo que solíamos frecuentarlo.
Cuando entré en el bar con la intención de hacer tiempo, le vi sentado en la barra y me acerqué a él. Nos tomamos unas copas hasta que pensé que ese tipo, Gabriel García, habría regresado ya a su casa y volví al piso, tal y como te he comentado, sin conseguir que me abrieran la puerta.
Aunque Lilian disfrutaba de una magnífica memoria y no necesitaba tomar notas, apuntó unos cuantos datos en el primer folio en blanco que encontró a mano.
—¿Y ella tenía una cara normal cuando te abrió la primera vez?, —le preguntó.
Parpadeó Iván sin comprender.
—¿Cómo que si tenía una cara normal? Me pareció que sí, aunque iba muy desarreglada. No parecía la misma que la del albergue de este fin de semana. Creo recordar que llevaba el pelo muy mal recogido en una coleta en la nuca y una especie de delantal de flores sobre la ropa. Me recordó a las mujeres desharrapadas de las películas del realismo italiano de los años cincuenta, porque presentaba el mismo aspecto.
Inspiró aire Lilian para intentar controlar sus nervios y acumular paciencia.
—O sea, que estaba sin pintar, sin peinar y mal vestida, pero todo eso no hace al caso, Lo que estoy tratando de averiguar es si tenía ella moratones en la cara cuando te abrió la puerta. Si te pareció que acababa de recibir una paliza.
Enarcó las cejas Iván como si la pregunta la resultase insólita, pero terminó haciendo un ademán negativo.
—No, yo diría que no, aunque no me fijé mucho en ella.
Tomó Lilian el bolígrafo que descansaba sobre el cerro de papeles que se apilaban sobre la mesa y comenzó a tabalear sobre esta, para desahogar la inquietud que experimentaba y que iba en aumento.
—Voy a contestar a tu pregunta y no te voy a cobrar nada por esa consulta. A la policía le debes decir la verdad, que fuiste a ese piso a ver a tu inquilino y que Mariví te dijo que había salido, por lo que regresaste algo más tarde sin que te abrieran y a continuación te marchaste a tu casa. —Se inclinó hacia él sobre la mesa para preguntarle—: ¿Te fuiste a tu casa?
—Sí, creo que sí.
—No, no me vale esa respuesta. ¿Te fuiste a tu casa o no te fuiste?
—Sí, sí. Recuerdo ahora que había un partido de futbol en la televisión y que quería verlo.
—¿Vives con alguien?
—No, ahora no.
—Ahora no, ¿desde cuándo vives solo?
—Hará un año ya. Irina y yo terminamos por entonces.
—¿También es rusa ella?
Pestañeó nuevamente, extrañado de la pregunta.
—¿Rusa? No, también es de Toledo. Vivía allí conmigo y se vino a Madrid cuando me trasladó aquí mi empresa. Alquilamos un piso en la calle Bailén y todo fue bien hasta que el verano pasado tuvimos una gresca monumental. Ella volvió entonces a Toledo.
Hizo Lilian un ademán displicente con el que parecía querer darle a entender que esos detalles no hacían al caso.
—Lo que necesito saber es si alguien puede corroborar que esa noche estuviste en tu casa viendo la televisión desde… ¿desde las diez y treinta de la noche?
—Sí, más o menos sería esa hora. Pero no. Ya te he dicho que vivo solo y en el edificio no tenemos portero.
Dudó Lilian en hacerle la pregunta, pero al fin se decidió.
—¿Y qué coche tienes?
—¿Yo? Un Rover. Un Rover rojo, ¿por qué? —Escudriñó atentamente su expresión y su semblante reflejó la sorpresa más absoluta—. ¿Estás pensando que pude ser yo el que atropellara a ese tipo con mi coche? ¿Y
por qué habría de realizar yo semejante cosa?
Se encogió ella de hombros.
—No lo sé. Estoy intentando pensar como lo hará la policía cuando se entere de que fuiste a visitar a Gabriel dos veces el mismo día en que murió.
¿Dónde lo estacionaste esa noche?
—¿Yo?, en un aparcamiento subterráneo cercano, porque en la calle Bailén es imposible aparcar. Por esa razón concerté un abono mensual. El vigilante de ese aparcamiento me vio, pero no estoy seguro de que lo recuerde, porque han transcurrido ya varios días. Nueve, para ser exactos.
Cruzó las manos y bajó la cabeza como si necesitara contemplarlas para ordenar las ideas que bullían en su mente. Cuando levantó la mirada de nuevo y clavó sus ojos en ella, pudo esta advertir la inquietud que experimentaba al preguntarle:
—¿Puedo llamarte para que me acompañes a la comisaría, si me interroga la policía?
—Puedes llamarme si quieres y estaré presente si es lo que deseas, pero únicamente sería obligatoria mi asistencia como abogado en el caso de que se te interrogase como detenido. ¿Eres sospechoso?
Inesperadamente se echó a reír Iván.
—Claro que no, aunque no sé. Este apellido ruso que tengo me ha jugado a veces muy malas pasadas. Incluso he llegado a pensar en alguna ocasión en cambiármelo por otro español más corrientito, tal como Pérez o Sánchez.
La risa de Iván era contagiosa y ella le coreó.
—¿No crees que le darías un disgusto a tu bisabuelo? Puede que se revolviera indignado en su tumba.
Hizo él un gesto displicente.
—No le conocí, pero si viviera ahora me daría la razón. Es muy posible que la policía sospeche de mí por ese absurdo apellido con el que he cargado desde que nací y por la circunstancia de haber ido a buscarle a su casa el mismo día en que murió para que me pagara o se largara de mi casa de una vez, ¿no crees?
Desvió los ojos hacia la ventana a través de la cual se distinguía el espeso tráfico y vaciló ostensiblemente al hacerle la pregunta.
—¿En caso de necesidad… en caso de necesidad me defenderías?
—¿Quieres decir, si te inculparan por el homicidio o el asesinato de Gabriel García?
—Sí, eso es. ¿Me defenderías?
Le hizo gracia a Lilian su expresión angustiada y se echó a reír.
—Por supuesto que sí. —Y con sorna, añadió—: Tanto si eres culpable o como si eres inocente, te defenderé.
—¿En cualquiera de los dos casos?
—Desde luego.
La contempló con los ojos guiñados, deslumbrado por el sol que penetraba a través de los cristales, como si pretendiera catalogarla dentro de una especie que le era desconocida.
—¿Te daría lo mismo?
—No, preferiría que fueses inocente, pero en nuestro sistema judicial y creo que en el de todos los países civilizados, están bien definidos los papeles de los que intervienen en un juicio. El fiscal acusa, el abogado defiende y el juez, o el tribunal colegiado, juzga. Y todos los hombres tienen derecho a una defensa. Pero tranquilízate, —añadió al ver su gesto de
preocupación—. Por la sola circunstancia de que te apellides Vasiliev no te van a acusar de ese delito, te lo puedo asegurar. Te voy a devolver los documentos que me trajiste, dado que obviamente ya no va a ser necesario desahuciar a Gabriel de tu piso, —le dijo entregándole el sobre color manila, después de introducir dentro los papeles—. Y ahora, si me haces el favor, tengo muchísimo trabajo.
Se había puesto en pie detrás de su mesa y él la imitó con aire apesadumbrado.
—Perdona
otra
vez
por
haberme
presentado
aquí
tan
intempestivamente. Pensarás que soy un pelmazo.
Sí lo había pensado Lilian, pero al oírselo decir cambió de opinión.
Parecía tan abatido en esos momentos y tan angustiado que experimentó una súbita simpatía por él.
—¡Bah!, no te preocupes. No tiene importancia.
Le acompañó hasta la puerta del piso, seguida por la curiosa mirada de Anita, que pretendió averiguar el motivo de la visita de él en cuanto la puerta se cerró a su espalda.
—¿Qué le pasaba? Me ha dado la impresión de que estaba preocupadísimo.
Se encogió ella de hombros sin detenerse y siguió camino hacia su despacho, donde entró apresuradamente con la intención de acometer los múltiples asuntos que tenía pendientes, pero no llegó a bordear su mesa y a tomar asiento en su butaca, ya que la detuvo antes de llegar el sonido del teléfono que tenía sobre la mesa. La llamaban desde el aparato fijo de su casa, lo que pudo comprobar por el visor de aquel, por lo que dio por supuesto que se trataba de Mariví. A través del hilo le llegó su voz angustiada.
—Tienes que venir inmediatamente, Lil. Está aquí la policía.
Desconcertada por la noticia, se asió a la esquina de la mesa, luchando por mantenerse erguida.
—¿Aquí? ¿Dónde?, —le preguntó tontamente, porque era evidente que su amiga la estaba llamando desde su casa.
—Aquí, dice que trae una orden de registro y… —se le quebró la voz y dejó escapar un sollozo—. Necesito que vengas, ¿no lo entiendes?
—Claro, claro que lo entiendo y salgo ahora mismo para allá. Pásales al salón y diles que me esperen. Que no se les ocurra ponerse a revolver nada sin que yo esté presente, ¿me has entendido?
Otro sollozo fue la única contestación.
—No te pongas a lloriquear ahora, —la riñó impaciente—. ¿Por qué lloras siempre en los momentos cruciales en los que es preciso adoptar decisiones importantes?
—Porque… —No pudo continuar porque un hipido se lo impidió—…
porque estoy asustada. Estoy…
—No sé de qué te asustas, —la recriminó duramente—. Y no permitas que esos hombres salgan del salón hasta que aparezca yo, porque es inexcusable que esté presente. No tardaré.
No llegó a oír lo que la chica le contestaba. Cortó en seco la llamada, se puso el chaquetón descolgándolo del perchero, cogió su bolso y salió apresuradamente del despacho. Ni siquiera se detuvo cuando Anita pretendió averiguar a donde iba. La dejó con la palabra en la boca y cerró de golpe la puerta del piso, echando a correr escaleras abajo.
Afortunadamente Mariví parecía haberla entendido, porque cuando llegó a su casa y entró en el vestíbulo oyó el rumor de conversación en el salón, donde entró en el acto, impasible en apariencia. Dos policías vestidos de uniforme y un señor bajito y regordete, al que identificó como el secretario judicial, se hallaban sentados en el sofá con Mariví frente a ellos en una butaca. El policía de mayor edad era alto y corpulento y ostentaba un enorme bigote sobre el labio superior. El otro en cambio era jovencito, muy delgado y parecía sentirse sumamente incómodo. Peluche correteaba por la estancia emitiendo cortos ladridos, evidentemente encantado de recibir a tantos visitantes y ella se dirigió directamente al secretario que le tendió inmediatamente un papel.
—Aquí tiene la orden judicial de registro, —le dijo antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra—. Usted es abogado en ejercicio,