La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 10 de 20

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La coartada

Capítulo 9

El lunes siguiente acudieron las dos puntualmente a la comisaría a entrevistarse con Fernando Costa. A primera hora habían salido de la casa y se habían dirigido a la oficina de Lilian, donde Mariví había permanecido en la sala de espera hojeando revistas, en unión de otros visitantes que aguardaban ser recibidos por los compañeros del bufete de esta. Lilian se presentó en esa estancia a buscarla cinco minutos antes de la cita que tenían concertada, señalándole en silencio su reloj de pulsera, indicación que la otra captó en el acto. Parecía abatida desde que regresaran de la sierra la tarde anterior como si aún se sintiera culpable por haberse marchado a esquiar con Pablo el sábado dejándola en tierra y de haberle acaparado también cuando la tormenta les obligó a regresar al albergue. Se habían sentado con ella junto al fuego, pero sin que la chica depusiera su actitud posesiva hacia Pablo, con cuyo comportamiento había experimentado Lilian la molesta sensación de haberse convertido en la tercera en discordia de los otros dos. Y no porque Pablo secundara a Mariví. Parecía abstraído y le contestaba a la chica con monosílabos, de lo que esta terminó por percatarse. No obstante, para atraer su atención y probablemente para que la compadeciera, insistía una y otra vez en referirles los altercados más violentos que habían tenido lugar en las últimas semanas que había compartido con Gabriel. Sobre todo para que la compadeciese Pablo, al que se dirigía como si valorase su opinión en mayor grado que la de Lilian. Esta acabó por hartarse. Durante la cena habían compartido mesa con Ángeles y Amelia y en cuanto terminaron con el postre, les dijo que estaba cansada y que iba a subir a su cuarto a acostarse. Ya estaba dormida cuando la imitó Mariví y a la mañana siguiente no habían tenido tiempo ni ocasión de cambiar impresiones.

Tampoco los dos hombres que Lilian había conocido en el albergue habían vuelto a hacer acto de presencia desde que habían desaparecido de la sala de estar la tarde anterior, por lo que iniciaron el regreso sin que hubiera podido despedirse de ellos. No sintió ella dejar atrás la inmensidad nevada que divisaba a través del cristal de la ventanilla conforme avanzaban por la carretera, sino al contrario. Deseaba perderla de vista cuanto antes, así como llegar a su casa y olvidar el viajecito que estaban realizando, porque estaba soportando en esos momentos la última inconveniencia de Mariví.

Con la naturalidad que imprimía a sus ademanes, no lo había dudado esta y cuando las dos salieron del edificio y se encaminaron hacia el automóvil de Pablo, donde este las aguardaba, la chica se había introducido en el asiento del copiloto para dejar que Lilian ocupara el posterior. No reparó en la aviesa mirada de Pablo ni en la sorpresa de su amiga. Solo cayó en la cuenta a la mañana siguiente y, mientras desayunaban en la cocina, le había pedido perdón.

También ahora la siguió con la cabeza baja, cuando Lilian se acercó a la mesa de la secretaria que, en la antesala, escribía absorta en su ordenador.

No obstante, levantó la muchacha la cabeza al oírlas acercarse.

—Vamos a salir un momento, Anita, —le comunicó Lilian apoyándose ligeramente en su mesa—. No creo que tarde más de una hora en regresar, pero de todas formas, si llama algún cliente con un tema urgente, cítalo para esta tarde. Si es Beatriz, la procuradora, dile que la llamaré en cuanto vuelva.

Su interlocutora la envolvió en una mirada que traslucía curiosidad.

Luego la desvió hacia Mariví que permanecía a su espalda en una muda pregunta que Lilian fingió ignorar.

—De acuerdo, de acuerdo, —repuso al fin con una sonrisa de complicidad—. ¿Y si es el jefe el que pregunta por ti?

El jefe era el socio fundador del despacho, al que se habían ido adhiriendo los tres restantes. Un magnífico profesional, especializado en derecho mercantil, que se llamaba Eulogio Ródenas y que había rebasado ya los sesenta. Pese a su reducida estatura y a su semblante sonrosado, toda su persona emanaba autoridad y su presencia se imponía en el bufete en cuanto aparecía por la puerta del piso. Sus compañeros y ella misma le

llamaban “don Eulogio” y se dirigían a él con el respeto que merecía por su prestigio.

Esbozó Lilian un gesto evasivo.

—Si me llama don Eulogio, dile lo mismo, que no tardaré. Ya le puse en su momento en antecedentes del caso, así que no se extrañará.

—Vale, vale —admitió Anita tecleando nuevamente en el ordenador—.

Vete tranquila y que os divirtáis. Ya me enseñareis después lo que os hayáis comprado.

Resultaba palpable que se lo decía con la esperanza de que le aclararan alguna de las dos el motivo al que obedecía su salida del despacho, pero Lilian no picó el anzuelo y se limitó a despedirse con la mano y a encaminarse hacia la puerta, seguida de Mariví, que ya en el descansillo de la escalera bajó hacia ella su preocupada mirada.

—Oye, no te estaré ocasionando un problema con tu jefe, ¿verdad? Si es así, dímelo, porque puedo ir a ver a ese policía yo sola. No voy a consentir que, encima de todo lo que estás haciendo por mí…

Se apresuró Lilian a tranquilizarla.

—No me ocasiona ningún problema esta salida ni ninguna otra. Don Eulogio tiene un genio endemoniado y se enfada una barbaridad cuando nos encomienda un tema complicado y piensa que Pablo, Tarsicio o yo no estamos a la altura de lo que espera de nosotros, pero en estos momentos no llevo ningún asunto que me haya llegado por su conducto. Está especializado él en derecho mercantil y me endosa sistemáticamente los asuntos penales que le encargan al despacho y también los civiles que considera de poca monta. Además, conmigo se comporta con una especial condescendencia, quizás porque me tomo muy en serio mi trabajo y no le he fallado nunca. No te preocupes.

—Y ese otro compañero tuyo que anda por los cincuenta y que tiene cara de funeral, ¿a qué se dedica?

—¿Tarsicio?

—No sé cómo se llama, ¡pero vaya nombrecito!

Se echó a reír Lilian con ganas.

—Sí, la verdad es que sus padres le hicieron un flaco favor al inscribirle en el Registro Civil. Es una magnífica persona, aunque no sea precisamente

optimista. Lleva exclusivamente derecho tributario y también es muy bueno en lo suyo.

Vaciló imperceptiblemente Mariví.

—¿Y Pablo?

—¿Que en qué está especializado?

—Sí, eso es.

—En civil, aunque las separaciones y los divorcios me los cede en el acto.

—Así que la única que llevas penal en el despacho eres tú, —dedujo pensativamente la chica.

—Sí, ¿por qué? No siempre resulta agradable tratar con delincuentes y es poco rentable además, pero a mí me gusta.

—¿Y eres buena?

Algo parecido le había preguntado Iván en el albergue el sábado anterior, cuando le conoció mientras desayunaba. Riendo le dio a su amiga la misma respuesta.

—Sí, yo creo que soy estupenda.

Al semblante de Mariví afloró una sonrisa tímida, que ella no le había visto nunca en sus años de estudiante. Le recordó a la expresión de inseguridad que manifestaba cuando se presentó en su despacho ocho días antes con el semblante desfigurado. Lilian pensó entonces que la relación que había mantenido con Gabriel la había privado de la confianza en sí misma que derrochaba antes de conocerle. Día a día desde entonces, desde que convivía con ella, había ido recuperando su personalidad a la par que su fisonomía, pero en esos instantes le pareció que su amiga retrocedía en el tiempo para revivir las experiencias más amargas que había padecido junto a él y dejarlas aflorar a su semblante.

La tomó del brazo por ese motivo cuando llegaron a la comisaría y un policía jovencito las acompañó hasta un despacho donde segundos más tarde se presentó Fernando Costa. Parecía preocupado. Al menos no les sonrió ni les dedicó el menor gesto de simpatía. Con su cuadrado semblante sin expresión, las invitó a sentarse al otro lado de la mesa metálica, de color gris, como todos los muebles de la estancia y luego, tras clavar sus ojos

castaños en Lilian durante unos segundos, los desvió hacia Mariví, a la que envolvió en un gesto que pretendió ser comprensivo.

—Quería hablar con usted, —empezó, dirigiéndose a esta—. Con ustedes dos, —se corrigió—. Necesito hacerle algunas preguntas, porque su caso nos tiene algo desorientados.

—¿Desorientados?, —musitó la chica con un hilo de voz.

—Sí, pero en primer lugar, dígame, ¿cómo se encuentra?

Intercambió Mariví una mirada con Lilian, como si necesitara saber cuál debería ser su respuesta. Esta permaneció impasible, con la misma expresión imperturbable que adoptaba al asistir a la declaración de un detenido en una comisaría o a la de un encausado en un juzgado.

—Bien, estoy bien, —repuso al fin en un susurro—. No he vuelto a verle, aunque a Lilian le ha enviado varios mensajes amenazadores a su móvil y…

—Ya, los hemos detectado y hemos rastreado la zona donde se encontraba en ese preciso momento, pero en todas las ocasiones hemos llegado tarde —la interrumpió él—. Este fin de semana lo han pasado ustedes en Navacerrada y él las ha seguido hasta el pueblo desde donde le ha enviado el primero de los dos SMS a la señorita Valero.

Se apresuró Lilian a intervenir.

—Si, estaba yo en ese momento dentro de un torreón ruinoso, donde me había refugiado de la ventisca. Me decía que él estaba cerca y que lleváramos cuidado de no resbalar por un precipicio.

Reprimió Mariví un asustado respingo, al tiempo que Fernando Costa hacía un gesto de asentimiento.

—Sí, pero no se acercó después a ninguna de las dos, ¿no es cierto?

—No, no se nos acercó, —reconoció Mariví tras unos instantes de vacilación y de consultar nuevamente a Lilian con la mirada—. Al menos, yo no le vi, aunque seguramente andaría cerca, vigilándome mientras esquiaba.

Tabaleó el policía con un bolígrafo sobre la mesa antes de levantar nuevamente los ojos hacia ella.

—Así que estuvo esquiando.

—Sí, es mi deporte preferido.

—¿Y tenía usted miedo?, —le preguntó, inclinándose hacia ella sobre la mesa.

—Claro, ¿cómo no iba a tenerlo? Usted no le conoce, pero…

—Y si tenía miedo, ¿por qué se marchó del albergue y tomó el telesilla?, —la interrumpió—. Practicando ese deporte por la Bola del Mundo era más que probable que ese tipo aprovechara cualquier momento en el que se encontrara sola para agredirla. Se ha arriesgado tontamente, dándole la oportunidad de que pudiera empujarla por un precipicio, tal y como le anunció en su mensaje a la señorita Valero.

Tragó saliva Mariví como si esa posibilidad no se le hubiera ocurrido y su semblante se contrajo en una expresión de pánico.

—Bueno… sí, pero es que yo no sabía que él nos había seguido hasta la sierra. Lil no sabe esquiar y además a ella no le gusta. Por esa razón un amigo suyo, que también es abogado y que ha pasado con nosotras el fin de semana, subió conmigo hasta la Bola del Mundo. Lil se quedó en el albergue y se fue a visitar ese torreón con otro excursionista al que conoció esa mañana. Por esa razón no me enteré yo de que Gabriel le había enviado el mensaje hasta que nos reencontramos las dos a la hora de comer,

¿comprende? Además, no fui sola. Me acompañaba el amigo abogado de Lilian, al que también le entusiasma esquiar.

Hizo el policía un gesto de asentimiento.

—Sí, todo eso ya lo sabemos. Detectamos todos sus movimientos por la pulsera que le entregamos para su protección, —le aclaró señalándole la muñeca en la que la llevaba—. Sabemos por medio de esa pulsera que tomó el telesilla a las nueve y treinta, que estuvo esquiando toda la mañana y que no regresó al albergue hasta las trece horas. ¿Correcto?

—Sí, sí.

Sonrió el policía ante su expresión compungida. Sin duda había removido nuevamente los remordimientos de la chica, que se consideraba culpable por haber dejado a Lilian en la estacada, porque le dirigió disimuladamente una mirada con la que parecía pretender una vez más pedirle perdón.

—Pero yo quería hablar con ustedes dos por otro motivo, —les comentó Fernando, tabaleando otra vez con el bolígrafo sobre la mesa—. Este asunto

se sale de lo corriente y hay además varios temas que no parecen tener explicación. Lo habitual es que el maltratador intente acercarse a su víctima, no que se limite a mantenerse a distancia y que le mande mensajes al móvil de la amiga de su expareja.

Había en el tono de su voz algo que Lilian no consiguió interpretar, pero que le produjo un vago malestar.

—Es que yo no tengo móvil, —adujo Mariví a modo de explicación.

—Ya, ya, eso ya me lo dijo cuando presentó la denuncia contra ese hombre. Pero también me dijo que Gabriel García no tiene automóvil ni medios económicos.

—Sí y es cierto. Tuvo que vender el Porsche que poseía cuando le conocí, porque perdió todo lo que había ganado jugando a las carreras de caballos en una apuesta arriesgada. No creo que haya trabajado en su vida, pero entonces parecía nadar en la opulencia. Nos gastamos todo ese dinero cuando me fui a vivir con él y entonces empezó a beber. Decía que yo le daba mala suerte, por lo que se desahogaba pegándome en cuanto regresaba a casa, —terminó con un hipido.

El policía cortó la previsible llantina de la chica con un ademán conciliador.

—Vamos, vamos, tranquilícese. También nos dijo que entonces tenía él una cuenta corriente en una entidad bancaria y nos dio el número de esa cuenta.

—Sí, ¿por qué?

—Cuando usted le dejó, esa cuenta estaba en números rojos y continúa estándolo.

Le observó Mariví con sus grandes ojos color violeta como si no entendiera lo que le estaba diciendo.

—Claro. Yo dejé de trabajar entonces. Limpiaba unas oficinas y era la única que aportaba ingresos a esa cuenta. Una miseria, según él, que no nos duraba más de una semana, porque se la gastaba en alcohol y no sé si en algo más. Me refiero a alguna droga barata por lo adulterada. Es natural por tanto que continúe en números rojos. ¿Por qué lo dice?

Tardó el policía en contestar y cuando lo hizo articuló lentamente las palabras con la vista fija en el semblante de la chica, como si estuviera

analizando su expresión.

—Porque no es fácil entender que sobreviva sin dinero y sin un techo bajo el que cobijarse. Usted nos dijo que no tenía familia ni amigos íntimos.

Al piso en el que vivían ustedes no ha vuelto. Lo sabemos porque lo mantenemos vigilado. ¿Dónde se aloja ese hombre y de qué vive? Además, este fin de semana se ha permitido el lujo de hacer dos viajes en coche a Navacerrada para amenazar por el móvil a la señorita Valero, pese a que no tiene coche y a que está en la indigencia. Por lo que hemos tenido conocimiento, en el pueblo de Navacerrada no permaneció la primera vez más que unos minutos. Los imprescindibles para enviarle ese mensaje a las doce cuarenta y cinco desde un bar del pueblo. A continuación y también en coche, regresó a Madrid, donde en la Moncloa apagó el móvil.

—Sí, ¿y qué?

—Que después, a eso de las quince treinta, regresó al lugar donde se enclava el albergue en el que se alojaban ustedes para decirle a su amiga, igualmente por el móvil, que había vuelto, pero tampoco se aproximó a ninguna de las dos. A unos metros de ese albergue apagó nuevamente su aparato telefónico y se esfumó.

—Sí, ¿y qué?, —repitió esta vez Lilian.

En el cuadrado semblante de Fernando Costa se pintó un gesto de irritada incomprensión, como si no entendiera que lo que para él resultaba obvio no se lo hubieran ellas ni tan siquiera planteado.

—Que no es el comportamiento que le cuadra a un tipo violento que no tiene un euro, ¿no lo entienden? Los mensajes podía haberlos enviado desde cualquier calle de Madrid sin necesidad de tomarse tantas molestias, máxime cuando no se dispone de automóvil.

Había en sus palabras un fondo de acritud, como si las culpase de no haber avanzado en absoluto en la investigación del caso. Mariví le escuchaba intimidada. Sin duda se había acostumbrado junto a Gabriel a constituirse en el blanco de sus iras, pero Lilian no, al contrario. Sin saber por qué se sintió transportada a la sala de la Audiencia Provincial mientras su defendido era acusado por el fiscal de todos los agravantes que concurrían en el delito de homicidio para elevarlo al grado de asesinato,

cuando ni tan siquiera merecía ser calificado de homicidio simple.

Consecuentemente levantó retadoramente la barbilla.

—No sé por qué pretende achacarnos la culpa de que ese tipo no actúe siguiendo el patrón habitual del maltratador. Ustedes son la policía, no nosotras, y tienen la obligación de defendernos de ese delincuente. Nosotras somos sus víctimas. Y conste, que me incluyo con Mariví en el papel de víctima, porque también me amenaza a mí, supongo que por haber cooperado a que ella le dejara, pero que este sea un asunto un tanto inexplicable no le da derecho a recriminarnos por no haber conseguido detenerle aún. Le hemos dicho la verdad y todo lo que sabemos.

Acusó el policía su iracundo alegato y recogió velas inmediatamente.

—Perdone si le he dado esa impresión. Por supuesto que usted no tiene la culpa de nada y…

—Ni Mariví tampoco, —le interrumpió.

Dudó él durante una décima de segundo, pero terminó por asentir.

—No, tampoco doña Victoria tiene toda la culpa, aunque debió denunciarle cuando recibió la primera bofetada. Después de esa primera suele producirse una segunda y muchas veces acaba la cosa en un funeral.

—Corrigió su tono al advertir que la chica esbozada un puchero, y pasó a adoptar una expresión paternal, pese a que no contaría mucha más edad que ellas mismas—. Bueno, bueno. Solo quería hablar con ustedes dos por si podían aportar alguna idea o añadir algo a la declaración que formuló en su momento la señorita Díaz que pudiera aclararnos el extraño comportamiento de ese hombre.

—¿Añadir algo?, —musitó Mariví con los ojos bajos—. No sé qué podría añadir. Tampoco comprendo yo su comportamiento ni qué es lo que pretende. Amargarme la vida, supongo y…

En su semblante se reflejó nuevamente el inicio de un puchero y tanto el policía como Lilian se rebulleron inquietos en sus respectivos asientos al percatarse de que estaba a punto de echarse a llorar. Fernando hizo intención de levantarse y Lilian le imitó para, una vez en pie, pasar un brazo sobre los hombros de la otra, indicándole al mismo tiempo que debían marcharse ya, indirecta que la chica recogió en el acto. Le aventajaba a ella

más de un palmo en estatura, por lo que retiró su brazo en cuanto la chica se levantó. Luego se volvió hacia el policía.

—Perdone si he sido demasiado brusca. Es la deformación profesional que padezco, pero no he querido ser descortés. Siento el mayor respeto por la policía y estoy segura de que pronto llevarán este asunto a buen término.

Quiero pedirle que me mantenga informada de los avances que consigan en la investigación y de que nos llame para resolver cualquier duda que pueda ayudar a que ese hombre reciba su merecido.

Fernando Costa las acompañó hasta la puerta. No parecía estar muy satisfecho de la entrevista que habían mantenido, pero desfrunció el ceño al despedirlas y consiguió con un esfuerzo que su semblante se distendiera en una sonrisa.

—Son ustedes las que tienen que perdonarme a mí. El trato con indeseables me ha convertido en un ser bastante irascible, no me lo tengan en cuenta.

Volvió a sonreírles a modo de despedida mientras se alejaban por el pasillo en dirección a la puerta de la calle y, cuando la traspusieron y se alejaron del edificio lo suficiente para que no pudiera oírselas, se inclinó Mariví al oído de Lilian.

—¿Por qué estaba ese policía tan receloso? Me ha dado la impresión de que pensaba que todo lo que está ocurriendo nos lo habíamos inventado y…

¡Ojalá hubiera sido así! Daría algo por no haberle conocido.

—¿A Gabriel?

—Sí, claro.

Se mordió los labios pensativa, antes de hacerle la pregunta.

—Oye Lil, ¿crees tú que me merezco lo que me ha sucedido? Me refiero a mi desgraciadísima experiencia con Gabriel. A la decepción tan inmensa que sentí al darme cuenta de cómo era él en realidad cuando ya no tenía remedio, a la miseria que padecí a su lado mientras vivimos juntos y a las tundas con las que me obsequiaba día tras día a la primera oportunidad, aunque no le diese motivo. ¿Crees que todo eso me lo gané a pulso por tonta?

Aunque Lilian consideraba que una chica que utilizase la cabeza no lo habría consentido ni habría permanecido conviviendo con el maltratador

durante tantos años, buscó una respuesta evasiva para no herirla.

—No lo sé. Dicen que el amor es ciego y al parecer también en ocasiones puede convertir a la pareja en sorda y en muda. No me he visto en el caso, así que no me atrevo a opinar.

—Pero tú no habrías permanecido ni un segundo al lado de un tipo así,

—dedujo Mariví como si hablara consigo misma—. Tú le habrías denunciado a la primera bofetada y le habrías metido en chirona minutos después. ¿A que sí? No cabe duda de que elegiste la carrera que te cuadra y de que estudiaste Derecho por vocación.

—También la estudiaste tú, —le recordó Lilian a media voz.

—Sí, pero…

—Sacabas buenas notas y te interesaba mucho el derecho penal. Si no te hubieran ofrecido aquel trabajo en la tienda de bolsos y te hubieras conformado como yo con trabajar como pasante durante un tiempo, quizás te hubieras decidido a ejercer la profesión y fueras ahora una brillante abogado.

Lo consideró la chica con los ojos entrecerrados mientras caminaban por la calle Miguel Ángel en dirección al despacho de Lilian. Un sol pálido caldeaba el ambiente invernal filtrándose entre las ramas desnudas de los árboles de la acera para deslumbrarlas con sus rayos. Mariví se vio obligada guiñar sus grandes ojos color violeta mientras murmuraba:

—Sí, quizás si no hubiera conocido a Gabriel hubiera terminado por imitarte, —musitó—. Habría sido todo tan distinto…

Sus palabras seguían flotando en el aire como un eco nostálgico cuando se despidieron al llegar al portalón del edificio, grande y oscuro, donde Lilian trabajaba. Olía a antiguo, como muchos otros inmuebles de la calle Miguel Ángel que rezumaban la melancolía de otras épocas y Lilian aguardó a que su amiga tomase un taxi que la llevase hasta su casa. Solo cuando se cercioró de que el coche arrancaba y de que en la calle no había ningún transeúnte sospechoso que pareciese estar vigilándolas a ninguna de las dos, se decidió a tomar el ascensor para subir hasta la primera planta.

Anita la recibió con la curiosidad reflejada en su pecoso semblante.

—¿Qué?, ¿cómo ha ido todo?

—Bien, todo bien, —repuso evasivamente, haciendo intención de seguir ruta hacia su despacho, al que se accedía por el pasillo que comenzaba frente a la mesa de la secretaria. La primera puerta de ese corredor correspondía al despacho de don Eulogio, la segunda al de Tarsicio, la tercera al de Pablo y la del fondo a ella, que se había incorporado al bufete en último término y por ello ocupaba también el de menor nivel.

Anita no estaba dispuesta a permitir que se marchara sin satisfacer su curiosidad e intentó retenerla.

—Pero cuéntame. ¿Dónde habéis ido las dos?, ¿al juzgado, a la comisaría, a dónde? Porque ella era tu amiga, la maltratada, ¿a qué sí? La he reconocido, aunque no parece la misma. Ahora que tiene una cara normal y no recuerda ya a un boxeador al término de un combate en el que le han dejado KO, resulta que es una chica guapa. Más que guapa, espectacular. ¿No crees que es espectacular? Tan alta, con el pelo tan cobrizo, con los ojos tan claros. ¿Por qué le pegaba ese subnormal con el que vivía?

Esbozó Lilian un gesto ambiguo.

—Por eso precisamente, porque es un subnormal.

Se acodó Anita sobre la mesa y apoyó el rostro entre las manos observándola fijamente, con la admiración reflejada en su semblante.

—Pero tú no vas a permitir que ese tipo vuelva a acercársele, ¿verdad?

Parecía creer que ella era omnipotente, pero no quiso desilusionarla y repuso en tono neutro:

—Es el juez el que no va a permitirlo. En cuanto presentamos la denuncia, como medida cautelar dictó Orden de Alejamiento, prohibiéndole a ese hombre acercarse a ella a menos de quinientos metros.

Lo consideró la secretaria con el ceño fruncido y no debió parecerle suficiente la medida, porque adujo:

—¿Y si ese tipo hace una pajarita de papel con la Orden, se le acerca y le sacude dos tortas, qué sucede entonces?

Sonrió Lilian a su pesar por la forma de expresarse de la secretaria.

—Que a él se le detiene y se le ingresa provisionalmente en la cárcel o se decreta por el juez arresto domiciliario, depende. Luego se le juzga.

—¿Y por qué no se le juzga primero y se le enchirona o se le arresta después?

Levantó ella ambas manos, como si no fuera capaz de expresar en palabras la respuesta.

—Eso mismo me he preguntado yo muchas veces. Porque los jueces no dan abasto y porque tienen primero que instruir el sumario.

—¿Y le han detenido ya?

—No, porque aún no le han encontrado. No ha vuelto al domicilio que compartían desde que ella le dejó y nadie sabe dónde se esconde. —Al darse cuenta de que la chica pretendía continuar formulándole preguntas, la interrumpió—. No me has dicho qué ha sucedido en mi ausencia. ¿Me ha llamado algún cliente?

—Sí, te he apuntado todas las incidencias en un papel que te he dejado sobre la mesa de tu despacho. Don Eulogio no te ha llamado ni se ha interesado por ti. Pablo en cambio ha venido a preguntarme varias veces si te había sucedido algo. Parecía muy nervioso, lo que es muy raro en él, así que creo que deberías acercarte a su despacho para tranquilizarle. Su última visita de la mañana acaba de marcharse, así que es todo tuyo.

Se lo decía con guasa para darle a entender que conocía la clase de relación que les unía y que no era necesario que fingiese con ella, pero aún le escocía a Lilian el comportamiento de él durante el fin de semana, por lo que no estaba dispuesta a dar el primer paso para reconducirla a la que había sido. Consecuentemente con la postura que pretendía mantener, se encogió de hombros con indiferencia.

—Ahora no tengo tiempo. Y tampoco voy a comer con vosotros dos, porque tengo una cita, así que díselo cuando le veas.

—Pero…

—¿Pero qué?

—Me parece que aún no te he advertido de que tienes citada una visita para esta tarde a las cuatro en punto. Ha llamado esta mañana y…

—Si ha llamado esta mañana, ¿por qué le has dado esa cita tan precipitada? Te tengo dicho que…

—Es que me ha metido mucha prisa, —la interrumpió Anita—. Me ha repetido que era un asunto muy urgente. Ha insistido mucho y he pensado

que a ti te daría lo mismo, porque sueles quedarte a comer con Pablo, con Tarsicio y conmigo.

—Vale, vale, —refunfuño ella—. Tendré que marcharme entonces un poco antes para que me dé tiempo a volver a tiempo de recibirla. ¿Es un hombre o una mujer?

—Un hombre y tiene una voz preciosa.

—Ya.

Bajó la mirada la chica ante la expresión malhumorada de Lilian. Luego le sugirió sin atreverse a levantar la vista hacia ella.

—¿Y por qué no cancelas esa cita y te quedas a comer con nosotros?

Así se le desfrunciría el ceño a Pablo y dejaría de asemejarse a un oso furibundo.

Lo último que estaba dispuesta a hacer ella era darle facilidades, como si no hubiera pasado nada en el fin de semana.

—Me tiene sin cuidado Pablo y su parecido con un oso, —masculló Lilian en tono bajo para que su voz no pudiese llegar hasta el tercer despacho del pasillo.

La observó Anita con curiosidad.

—¿Os habéis peleado?

—No, claro que no.

—Entonces…

—Entonces tengo mucho trabajo, así que… perdona.

Se sintió analizada por Anita, pero no le dio ocasión a que insistiera sobre el tema y se encaminó hacia su despacho, seguida por la mirada de la chica que sin duda se estaría preguntando a qué obedecería su cambio de actitud respecto a Pablo. Al pasar frente a la puerta del despacho de él, caminó de puntillas y ya en el suyo cerró silenciosamente la puerta a su espalda. Su despacho era una estancia alargada, con un techo alto, ornamentado como todo el piso con una trabajada escayola, y una ventana en la pared del fondo, que daba a la calle Miguel Ángel. En los dos paños laterales se amontonaban libros jurídicos en las librerías de nogal, de la misma madera que la mesa, que estaba cubierta desordenadamente por los papeles que no había tenido tiempo de recoger al salir para la comisaría.

Sobre el cerro formado por las fotocopias de los autos de un delito de robo,

de un contrato privado de compraventa y de una demanda civil que debía contestar, localizó la nota que le había dejado Anita, en la que esta había apuntado con su letra grande y picuda las visitas que debía recibir esa tarde.

La primera, la del dueño de la voz preciosa que había citado para las cuatro de la tarde, no le dijo nada. En la nota figuraba solamente el apellido. Se llamaba Vasiliev, de lo que dedujo que debía ser ruso o de la Europa del Este y llegó a la conclusión de que no le conocía y de que se trataba de un cliente nuevo.

En ese momento sonó el teléfono fijo que tenía sobre la mesa y rodeó esta para tomar asiento en la butaca antes de descolgar el auricular y llevárselo al oído.

—Diga.

Al no oír el menor sonido a través del hilo, insistió.

—Diga, ¿quién llama?

Le pareció percibir el casi imperceptible rumor de la respiración de su interlocutor, que inmediatamente cortó la comunicación. Aún con el auricular en la mano enarcó las cejas sorprendida y luego lo depositó en su lugar encogiéndose de hombros, pensando que se trataría de algún despistado que se había equivocado de número.

Instantes más tarde sonaros unos golpecitos en la puerta que alguien propinaba con los nudillos y a continuación entró Pablo con el aspecto de siempre, con el que acudía a diario a trabajar y con el que aparentaba ser un hombre sesudo y diferente al que había pasado el fin de semana en la sierra con Mariví y con ella. Vestía un traje gris oscuro y una inmaculada camisa blanca bajo una corbata de rayas azules y rojas. Cubría sus ojos con sus acostumbradas gafas de concha y la expresión de su rostro era seria, como si acudiese preparado a recibir un cúmulo de recriminaciones de Lilian.

Esta se limitó a levantar la mirada hacia su visitante en la que intentó traslucir toda la indiferencia hacia él que fue capaz de aparentar.

—Hola, ¿querías algo?, —le preguntó, bajándola nuevamente para fijarla en el cerro de papeles de su mesa.

Se había dejado caer Pablo en una de las butacas de los clientes esbozando una sonrisa.

—¿Cómo que si quería algo? Venga a saludarte y a excusarme nuevamente por no haberme comportado debidamente este fin de semana.

¿Estás enfadada?

Se lo preguntó a sí misma en ese momento. Más que enfadada estaba decepcionada, dolida, pero su orgullo no le permitía reconocerlo, por lo que le sonrió a su vez, meneando enérgicamente la cabeza en sentido negativo y con ella su melena.

—¿Enfadada? No, claro que no. ¿Por qué había de estarlo?

—Pues…

—Lo que estoy es muy nerviosa, —continuó apresuradamente ella para no dejarle intervenir—. Tengo tantísimo trabajo que no me queda tiempo para nada y para colmo Anita me ha citado para esta tarde una visita con la que no contaba y ya había quedado para comer hoy, así que tendré que marcharme pronto para poder regresar a tiempo al despacho.

Aunque él continuó impasible, notó Lilian que le había molestado lo que acababa de comentarle.

—¿Has quedado para comer?

Hizo ella un gesto afirmativo con expresión inocente, consultando su reloj de pulsera.

—Sí, dentro de un rato. Ni siquiera voy a poder tomarme tranquilamente con él el café.

Frunció Pablo el ceño y las gafas de concha le resbalaron por la nariz.

Con un dedo volvió a colocarlas en su sitio.

—¿Con él?

—Sí, con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Y todo porque el visitante de las cuatro tiene una voz preciosa, según Anita, que no ha sido capaz de posponer su cita para la semana que viene. Debe ser ruso y por lo visto ha insistido en que le recibiera inmediatamente, porque su caso era muy urgente.

—¿Y es muy urgente?

—No lo sé. No le conozco ni sé cuál es su problema.

—Ya, —masculló él en voz baja, aunque el monosílabo resonó como un trallazo—. ¿Y puedo preguntarte quién es ese “él”?

Aunque Lilian había deducido con toda claridad a quién se refería, logró dar a su rostro la oportuna expresión de ingenuidad.

—¿Él? ¿Te refieres al de la voz preciosa?

—No, me refiero al tipo con el que has quedado para comer.

Se encogió ella de hombros con vaguedad para ganar tiempo y poder inventar una respuesta que sonase verosímil, porque no tenía intención de referirle la única historia real de su pasado, la de Alfonso, ni su desastroso final.

—No le conoces, —articuló con dificultad, improvisando sobre la marcha—. Es un compañero de facultad con el que salí después de terminar la carrera. Precisamente cuando Mariví se enrolló con el maltratador.

Mantuvimos una relación muy especial, —murmuró, cruzando los dedos de una mano bajo el tablero de la mesa y colocando atolondradamente con la otra el contrato sobre las fotocopias de la demanda.

—Ya, —repitió él por todo comentario.

Como no parecía dispuesto a decir nada más, pensó Lilian que debía continuar con su relato para darle a entender que se trataba de un admirador y obtener así una reivindicación de la autoestima que había perdido durante el fin de semana.

—Luego tuvo que marcharse, —balbuceó.

—¿A dónde?

¿Dónde podría haberse marchado el inexistente compañero de facultad con el que había mantenido la supuesta relación?, se preguntó mientras su mente trabajaba a toda velocidad y colocaba nuevamente las fotocopias de la demanda sobre el cerro de papeles, cubriendo con estas el contrato.

—A Londres, se marchó a Londres. Tenía que aprender inglés porque necesitaba conocer ese idioma por su profesión.

La tormentosa expresión de Pablo se acentuó.

—¿No me acabas de decir que es abogado? Los abogados necesitamos saber español y quizás algo de latín para impresionar a los clientes, pero inglés…

—Es que él trabajaba en una empresa multinacional, —replicó Lilian apresuradamente, notando que empezaba a sudar de puro nerviosismo—. Y

ahora ha vuelto y por eso me ha llamado y hemos quedado citados para comer.

Le pareció que él analizaba su semblante cada vez más enfadado.

—¿Por qué ha vuelto? ¿Ya sabe inglés? Por lo que me dices y puedo calcular, ha debido pasar cinco años en Londres. Me parecen muchos para aprender un idioma. ¿Es que es duro de mollera?

Inquieta, se rebulló en la butaca. Había podido comprobar que en las vistas de los procedimientos judiciales en los que había colaborado con él, poseía este una rapidez mental extraordinaria, que manifestaba embarullando a la parte contraria y a los testigos en los interrogatorios y a ella le estaba haciendo pasar un rato infame en ese momento. Pero también poseía una mente muy ágil y era capaz de contraatacar, por lo que se acodó en la mesa olvidándose de los desordenados montículos de papeles que revolvía para levantar su mirada hacia él.

—¿Y cómo sabes que Mariví se enrolló con su maltratador hace cinco años? ¿Te lo he dicho yo?

La impasible expresión de él no experimentó el menor cambio.

—No, me lo ha dicho ella. Habla como una cotorra y el sábado se explayó a gusto cuando subimos a esquiar. Me contó su vida y milagros y muchas cosas de ti, que no sabía.

—¿Cómo qué?

—Como que eras una empollona.

—¿Y qué más?

Esbozó Pablo un gesto indefinible.

—Muchas cosas más, pero no me comentó nada sobre ese noviete que tuviste y que de improviso se marchó a Londres. ¿O no fue de improviso?

Notó en el tono de su voz un sarcasmo que parecía indicar que no se creía una palabra de lo que acababa de referirle y ese descubrimiento le produjo una sorda irritación.

—No pudo aludir a esa cuestión, porque por aquel entonces habíamos dejado de vernos casi por completo, —le aclaró muy digna, volviendo a cruzar los dedos por debajo de la mesa—. Cuando me llamaba por teléfono, hablaba ella casi exclusivamente para cantarme las alabanzas de Gabriel, que ya era su pareja. Luego, cuando empezó a recibir guantazos, no se

atrevió a confesármelo y no volví a saber de su existencia hasta que la semana pasada, el lunes, día veintinueve, apareció en mi despacho con la cara como un mapamundi. Por eso no sabe nada de…

¿Cómo debería llamarse su inexistente noviete?, se preguntó. No Alfonso, desde luego, al que no quería aludir ni tan siquiera para vengarse de Pablo. Era esa una etapa de su vida que deseaba olvidar como si nunca hubiera existido él. Repasó en su mente a toda velocidad los nombres más corrientes del santoral y al fin dio con uno que le sonaba bien.

—… de Alejandro.

—¿Se llama Alejandro?

—Sí.

—¿Y qué más?

—¿Cómo que y qué más?

—Que cómo se llama de apellido.

Estaba ya más que harta del aquel absurdo interrogatorio y el fastidio que sentía le ayudó a fingir que le molestaba que invadiera su intimidad con el cuestionario al que la estaba sometiendo.

—¿Y a ti que te importa cómo se llama? Se llama Martínez, Alejandro Martínez, ¿por qué?

Al ver que se enfadaba recogió velas, ajustándose al cuello la corbata y colocando sus gafas sobre el puente de la nariz.

—No, por nada. Me extrañaba simplemente que nunca me hubieras hablado de él.

Se repantigó Lilian en la butaca para dirigirle una mirada iracunda.

—¿Acaso me has hecho tú una relación de las novias o de las amigas especiales que has tenido?

Le pareció que empezaba a sentirse incómodo y corroboró que esa impresión era acertada cuando él aludió como de pasada a la chica con la que había convivido tiempo atrás y se apresuró a cambiar de conversación.

—Ya sabes que rompí con mi pareja hace cosa de dos años, pero vamos a dejar de ensartar majaderías, —empezó tras unos segundos de vacilación

—. Anita me ha dicho que habías salido del despacho con tu amiga y he venido a preguntarte si necesitabas algo de mí. Supongo que habrás ido con ella a la comisaría a ver al policía que le han asignado. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí, ya te dije el sábado que habíamos quedado con él esta mañana.

—¿Y qué os ha dicho?

—Que no habían avanzado en la investigación, porque a ese hombre parece que se lo traga la tierra en cuanto me envía sus encantadores mensajes por su móvil. Detectó la policía los dos que me mandó a la sierra, el primero desde el pueblo de Navacerrada y el segundo desde el aparcamiento del albergue, pero lo que le extraña a Fernando Costa es que en ninguna ocasión haya hecho intención de acercársenos a Mariví ni a mí, que no haya vuelto en ninguna ocasión al piso que compartía con ella y que sobreviva, al parecer sin ayuda de nadie, aunque tiene la cuenta corriente en números rojos.

Se acarició Pablo pensativamente sus bien rasuradas mejillas.

—Quizás haya encontrado un trabajo y se haya alojado en una pensión.

Puede que se contente con asustaros enviándote mensajes para que se los transmitas a tu amiga, sin mayores aspiraciones.

Desvió Lilian la mirada del semblante de su interlocutor para fijarla en un rayito de sol que, cargado de polvillo, entraba por la ventana e iba a posarse en el brazo de la butaca gemela a la que Pablo ocupaba.

—¿Un trabajo de qué?, —objetó—. Por lo que me ha dicho Mariví, no tiene ninguna clase de preparación ni está cualificado para realizar ningún oficio.

—Para descargar sacos no es necesario haber aprendido nada, ni siquiera inglés, como ese abogado con el que vas a comer, —apuntó con sorna—. Basta con ser joven y fuerte, porque supongo que al tratarse de un trabajo esporádico ni tan siquiera le harían firmar un contrato. Quizás en el mercado de abastos…

—¿Y tampoco le exigirían que firmase en el libro registro de esa hipotética pensión donde podría haberse alojado ni que le mostrara al recepcionista su documento nacional de identidad? En España no es como en otros países. Aquí te obligan a presentar tu documentación en todas partes y, por supuesto, en los establecimientos hoteleros de todas las categorías. Además, lo primero que hace la policía cuando alguien desaparece y ha sido declarado por el juez en busca y captura es ponerlo en conocimiento de esos locales de hospedaje.

Le pareció que Pablo lo consideraba, antes de terminar por darle la razón.

—Sí, es cierto. Entonces… ¿No tiene la policía ninguna pista?

—No, de momento no, aunque me ha dado la impresión de que Fernando Costa no nos ha dicho todo lo que sabía. Incluso se ha permitido el lujo de recriminarnos por no colaborar suficientemente con él.

La observó ahora con fijeza.

—¿Por no colaborar con él? ¿Qué más quiere que hagáis? Imagino que con el mal genio que tienes te habrás puesto como un basilisco.

Al oír como calificaba su carácter, estuvo Lilian a punto de obsequiarlo con un exabrupto, pero recordó a tiempo la indignación que había experimentado y su brusca reacción ante el tono acusatorio del hombre por lo que, a su pesar, se echó a reír.

—No tengo mal genio, pero sí me he puesto como un basilisco. Le he dicho que él era el policía, no nosotras, y que la obligación de encontrar a Gabriel le incumbía exclusivamente a él. Que nosotras, o más bien yo, bastante tenía que padecer con leer sus mensajes en el móvil.

—¿Y qué ha dicho entonces?

—Se ha ablandado instantáneamente y me ha dado la razón.

—¿Y tu amiga ha añadido algo?

—Sí, un par de hipidos y unos cuantos pucheros. Le tiene terror a Gabriel, aunque cuando se olvida de él vuelve a ser la de siempre, la que era durante los años en los que fuimos estudiantes.

—Ella te admira profundamente y te tiene en alta estima, —murmuró Pablo como para sí con la mirada fija en la ventana, a través de la cual se veía la soleada calle y los árboles que crecían en la acera con sus ramas desnudas de follaje—. Parece considerar que serías capaz de sacarla de cualquier atolladero.

De nuevo se echó Lilian a reír, aunque su risa sonó a sarcasmo más que a otra cosa.

—¿Y por qué lo considera así? Yo era mejor estudiante que ella entonces, pero Mariví lograba sin proponérselo convertirse en el centro de todas las reuniones y de todas las pandillas, tanto en la facultad como fuera de ella. Nunca necesitó mi ayuda para nada, porque incluso, cuando no se

sabía la asignatura y copiaba en los exámenes, el profesor que nos vigilaba hacía la vista gorda. Se bastaba y se sobraba para resolver sus problemas porque físicamente es espectacular. ¿No te parece espectacular?

Entrecerró Pablo los ojos como si estuviera evocando su aspecto y se estuviera forjando una opinión a ese respecto. Luego se encogió leve y desganadamente de hombros.

—Puede que sí, pero resulta cansada.

—¿Cansada?

—Sí, habla demasiado, se ríe demasiado y esquía demasiado. Tiene una personalidad que agota.

Parecía pretender darle a entender que la chica no le interesaba en absoluto y que estaba intentando, además de disculparse, retomar la relación que había mantenido con ella con anterioridad, por lo que se preguntó si no debería dejar de fingir ya y olvidarse de la displicencia con la que le había recibido y que había adoptado en su presencia. Iba a olvidarse de revolver sus papeles y a mirarle con franqueza, cuando sonó el teléfono fijo que tenía sobre la mesa y descolgó el auricular llevándoselo al oído.

—Diga.

El silencio más absoluto fue la única contestación, por lo que Lilian insistió con algo de impaciencia.

—Diga, ¿quién llama?

Al no obtener respuesta, lo apartó de su rostro para clavar extrañada sus ojos en el auricular.

—¿Funciona bien el teléfono de tu despacho?, —le preguntó depositando nuevamente el auricular en su base—. Es la segunda vez que suena el timbre y que no contesta nadie.

—Al mío no le ocurre nada, —replicó él frunciendo el ceño—. ¿No será que ese tipo…?

Se interrumpió, pensando sin duda que había hablado de más y que en ningún caso debía hacer conjeturas que pudieran inquietarla más de lo que ya estaba, pero Lilian insistió.

—¿A qué tipo te refieres?, ¿a Gabriel? ¿Piensas que ha podido averiguar el número de teléfono de este despacho? Verdaderamente no es

muy difícil.

Se dio cuenta de que Pablo estaba buscando una respuesta que pudiera tranquilizarla, pero que no acababa de encontrarla, por lo que se mesó inquieta su melena y continuó:

—Le habría bastado con llamar al Colegio de Abogados y pedir los dos números de este despacho, —continuó ella como para sí misma—. El conectado a la centralita que maneja Anita y este que atiendo yo directamente. Pero si es él, ¿qué pretende conseguir? Se limita a escuchar mi voz sin pronunciar palabra.

Notó que Pablo se debatía entre las posibles opciones que debía ponderar al contestarle y que al fin se decidía por decirle la verdad.

—Si es él, podría estar llamándote desde un teléfono fijo para que no le localice la policía con tanta facilidad.

—Sí, —admitió pensativa—. Pero en ese caso debería decirme algo,

¿no te parece? Lo natural sería que me amenazara.

En silencio, hizo él un gesto evasivo.

—O no, —dijo al fin—. Hay pocas cosas más inquietantes que las llamadas telefónicas mudas. Creo que, en cualquier caso, deberías comunicárselo al policía que le han asignado a Mariví para que intervengan esta línea. Y quizás también la de tu casa.

—Y escuchen así las confidencias que me hacen mis clientes, —

masculló Lilian con mordacidad. Lo consideró con el ceño fruncido y finalmente pareció ir asimilando lo que Pablo acababa de sugerirle, porque su expresión fue aclarándose—. Puede que tengas razón, —admitió finalmente—. Puede que pinchándome el teléfono les facilite la tarea y consigan localizar a ese tipo que nos tiene amargadas a las dos. Aunque Mariví opine que no hay nada que a mí se me ponga por delante, está completamente equivocada. Me manejo bien en el mundo del Derecho, pero lo que concierne a Gabriel no entra dentro de ese mundo. Aunque no le conozco, por lo que me ha comentado ella, ese hombre habrá tenido una infancia difícil y reacciona violentamente ahora que ya es adulto. He visto otros casos parecidos cuando he defendido a mujeres maltratadas. Por esa razón deberían ingresarle en un manicomio con una buena camisa de fuerza

hasta que se olvide de la existencia de Mariví y… y también de la mía. A mí me asustan los locos, tanto como al resto de los mortales.

Sonrió Pablo envolviéndola en una mirada comprensiva.

—Ya lo supongo y… espero que tu amiga sea consciente de lo que estás haciendo por ella y que consecuentemente te lo agradezca.

No estaba Lilian muy segura de ello, pero se apresuró a afirmar lo contrario.

—Claro, ¿por qué lo dices?

—Porque a mí me da la impresión de que es un poquitín frívola y de que no valora en su justa medida lo que te estás arriesgando por ponerla a salvo de ese hombre. ¿Me equivoco?

Rememoró Lilian el pánico que había experimentado en el torreón de Navacerrada al recibir el mensaje de Gabriel en su móvil, mientras el viento se filtraba con un silbido agudo por los resquicios de los pedruscos con los que había sido construido siglos atrás y ella tiritaba de frío, pero sobre todo de miedo. En esos momentos Mariví estaría esquiando con Pablo, ajena por completo a todo lo que no fuera disfrutar del momento que vivía. Tenía razón este al considerarla así, pero no podía reconocérselo, porque en su opinión cometería una deslealtad con su amiga. Para no tener que contestarle, le dirigió una rápida mirada a su reloj de pulsera.

—Perdona, pero tengo que marcharme ya.

—¿Te vas a comer?

—Sí, ya te he dicho que tengo una visita esta tarde a las cuatro.

¿Vendrás luego?

Hizo él un gesto negativo con la cabeza.

—No, esta tarde voy al notario con un cliente a firmar una escritura. ¿Te acordarás de llamar al policía de tu amiga?

—Sí, claro.

—No lo olvides, que es importante. Nos veremos mañana.

Se levantó Pablo y se dirigió hacia la puerta sin volver la cabeza, mientras Lilian hacía un último y desesperado intento por ordenar los papeles de su mesa. En cuanto oyó cerrarse la puerta del despacho de él, descolgó el teléfono fijo que tenía sobre la mesa y marcó el número de Fernando. Este contestó casi en el acto.

—Buenos días señorita Valero, ¿quería comentarme algo?

Que hubiera localizado tan rápidamente su identidad, antes de que hubiera emitido una sola palabra, la descolocó momentáneamente, pero se rehízo al instante.

—Sí, sí. ¿Cómo ha sabido que era yo quien le llamaba?

Oyó la risa de él con un tonillo indulgente.

—A lo mejor, porque soy policía, pero dígame.

Se repantingó Lilian en la butaca e intentó adoptar una postura digna para causarle la impresión, aunque él no pudiera verla, de que era una profesional con experiencia en asuntos similares.

—Quería comunicarle que estoy preocupada. Esta mañana me han llamado dos veces a este teléfono y no han pronunciado una sola palabra cuando he descolgado el auricular. He pensado que podría tratarse de Gabriel García que haya cambiado de táctica.

—¿Para asustarla sin que podamos localizar el lugar desde donde efectúa la llamada?

—Sí, eso es. Puede que fuera útil que intervinieran este número de teléfono y quizás también el de mi casa.

Volvió a reír él, con más condescendencia si cabe que antes.

—Le repito que no se preocupe, porque se lo “pinchamos” hace días. En cuanto el juez que lleva este asunto nos autorizó. Probablemente esta misma tarde podré decirle desde donde se han realizado esas llamadas. ¿Va a estar en su despacho o prefiere que la llame a su móvil?

Vaciló Lilian, desconcertada por la rapidez con la que la policía había adoptado esas medidas.

—Pues… donde usted quiera y… gracias.

—De nada, de nada, replicó Fernando en el mismo tonillo indulgente.

Es nuestro trabajo. Hasta luego.

Cortó la comunicación y durante unos segundos permaneció ella inmóvil, contemplando el aparato telefónico con algo menos de aprensión.

En contra de lo que había supuesto y lamentado, la policía se había tomado en serio el caso de Mariví y estaría cerrando el cerco en torno a Gabriel.

Más animada se puso en pie y salió sigilosamente del despacho, caminando de puntillas hacia la antesala para que no la oyera Pablo. Anita

levantó la mirada de la pantalla del ordenador para clavarla interrogativamente en su rostro.

—¿Te vas?

—Sí, ya te he comentado antes que he quedado a comer con un amigo y tengo que estar de vuelta a las cuatro.

Consultó la chica su reloj y luego volvió a mirarla con curiosidad.

—Pero es demasiado temprano, Lil. ¿Has llamado a ese… a ese amigo para anticipar la hora de la cita?

Se preguntó ella en ese momento si no debería darle un toque de atención a la secretaria, que claramente pecaba de entrometida. Estaba segura de cuando la chica bajara a comer con Tarsicio y con Pablo media hora más tarde, les comentaría a estos todo lo que pudiese sonsacarle a ella y que incluso añadiría algo más de su cosecha. Por esa razón repuso muy seria:

—Naturalmente. Alejandro tenía una reunión importante esta mañana.

Trabaja en una multinacional y… se trata de un Consejo de Administración, ya sabes. Me ha asegurado que, si la cosa se alargaba, les dejaría con la palabra en la boca. Así que…

Anita se acodó en la mesa para apoyar la mejilla en una mano.

—Vale, pues que te diviertas. Esta tarde estaremos las dos solas. Don Eulogio va al médico, porque tiene una bronquitis de mucho cuidado.

Tarsicio ha quedado en la sede de una sociedad para recabar los datos que necesita para realizar la declaración por el correspondiente impuesto y…

—Y Pablo tiene que de presentarse con su cliente en una notaría, —la interrumpió—. Como solo me has citado al tipo de la voz preciosa para esta tarde, aprovecharé para estudiar los asuntos que tengo pendientes en cuanto se marche.

Continuó de largo hacia la puerta del piso, sintiéndose seguida por la mirada de Anita, y en cuanto alcanzó el rellano de la escalera se lanzó escalones abajo hasta que recaló en el portal, un piso más abajo. Dado que el despacho se ubicaba en la primera planta, nunca tomaba el ascensor, que respondía a la época señorial en la que había sido construido el edificio y discurría parsimoniosamente por el hueco de la escalera, con su cabina de madera de nogal entre una estructura metálica de color dorado. Ya en la

calle, volvió la cabeza en todas direcciones, estudiando cautelosamente los rostros de los transeúntes con los que se cruzaba y, en cuanto comprobó que no veía a nadie conocido, se decidió por subir por la calle García de Paredes hasta la de Zurbano, donde recordaba haber visto una tasca con unos monumentales pinchos de tortilla de patata en la barra. A Pablo no le gustaban las tascas ni los bares de poco nivel, por lo que pensó que era el local adecuado para no tropezárselo cuando poco después bajara él también a comer con Anita y con Tarsicio. Imaginó el bochorno que sentiría ella de coincidir con los tres y que constataran así que el amigo de la facultad con el que se había citado no existía. Tarsicio se quedaría impasible. Era un hombre de unos cincuenta años, de mediana estatura y muy enjuto, que rara vez manifestaba sus emociones. Pablo trasluciría sorpresa y quizás algo de alivio, pero Anita la miraría con sorna y son toda seguridad la haría sentirse en ridículo. Y no porque la chica no la apreciara, pero quizás porque la admiraba demasiado, disfrutaba en las escasas ocasiones en las que podía comprobar que era tan vulnerable como cualquier otra y capaz incluso de ponerse en evidencia.

En la tasca no se encontró con nadie conocido o eso pensó en un primer momento. Era un local estrecho y largo, iluminado tan solo por la grisácea claridad de la mañana invernal, que penetraba por la cristalera que daba a la calle. Como estaba ella de espaldas a la puerta, no advirtió que segundos más tarde de acercarse a la barra, entraba un hombre que se dirigió hacia el fondo del local Se había encaramado Lilian a una banqueta y había pedido un pincho de tortilla de patata, lo mismo que los dos pintores de brocha gorda que se habían sentado a su lado y que sin duda habían hecho un alto en su trabajo, ya que ostentaban manchas de todos los colores en sus monos azules. Mientras aguardaba a que el único camarero le sirviese lo que había pedido, desvió su mirada hacia el fondo del local, envuelto en sombras, y en la semipenumbra vio dos mesas. La primera estaba vacía, pero en la última se sentaba un hombre al que apenas distinguía, pero cuyo aspecto le pareció familiar, por lo que le observó con disimulo. Vestía una cazadora de cuero negra y tenía el cabello muy oscuro. Eso era todo lo que alcanzaba a divisar, aunque la inclinación de sus hombros y la postura que mantenía le recordó a alguien. Frunció el ceño intentando concentrarse. Sin duda se trataba de una

persona a la que había conocido recientemente. ¿Pero quién era y donde le había visto antes?

Debió notar el hombre la mirada que ella clavaba en su espalda, porque de improviso se volvió. Tuvo el tiempo justo Lilian de girarse en la banqueta hacia la barra. Los dos pintores de brocha gorda comían con gran apetito, acompañando con cerveza sus pinchos de tortilla de patata, y ella atacó también el que tenía en el plato, intentando no atragantarse. Sentía la mirada de aquel tipo fija en su figura como un hierro candente. ¿Sería…?

De puro nerviosismo se le cayó el tenedor de la mano, que rebotó en el suelo con un sonido metálico, similar al de un trallazo, Al menos fue como ella lo percibió, como un estruendo en un silencio denso, aunque los pintores hablaban en tono exageradamente alto con el camarero, al que debían conocer por frecuentar el bar. Hizo intención de bajarse de la banqueta para recogerlo, pero se le adelantó el pintor que tenía más cerca y también el hombre de la chaqueta de cuero, que se levantó de la mesa y se acercó apresuradamente. Los dos se agacharon a la vez y se enderezaron al mismo tiempo, el pintor con el tenedor en la mano y el desconocido con una sonrisa.

—¡Hola!, ¡qué casualidad encontrarte aquí!, —se alegró este último. La miraba con la satisfacción reflejada en su moreno semblante, como si la hubiera encontrado al fin, después de haberla estado buscando durante largo tiempo.

Le reconoció Lilian en el acto, aunque con la indumentaria que vestía en ese momento parecía otro. Era el tipo que en el bar del albergue había pretendido invitarla a tomar un café, cuando ella había salido del comedor para comunicarle a Fernando Costa que Gabriel le había enviado un nuevo mensaje a su móvil y el mismo que por la tarde, en la sala de estar y frente a la chimenea, les había referido a Iván y a ella una historia interminable que ninguno de los dos había escuchado.

Por la expresión de él, dedujo Lilian que se estaba preguntando si le recordaría ella.

—Me llamo Juan. ¿Te acuerdas de mí o no?

—Claro, claro que sí, —articuló apenas, aún desconcertada por la sorpresa de haberse encontrado con aquel desconocido al día siguiente de

haber regresado a Madrid, lo que era sumamente infrecuente en una ciudad tan grande—. ¡Qué casualidad! ¿Vives por aquí cerca?

Meneó él negativamente la cabeza.

—No, que va. Trabajo en esta calle, en una agencia de viajes.

—¿En una agencia?

—Sí, organizamos circuitos por Europa, pero también nacionales, —

repuso él encaramándose a la banqueta que quedaba libre entre Lilian y los pintores—. Tenemos la suerte los empleados de que nos regalan algún que otro viaje de cuando en cuando, por lo que aproveché el fin de semana pasado para ir gratis a la sierra. El albergue donde me alojé y donde te conocí es uno de los establecimientos con los que trabajamos. ¿No te pareció muy pintoresco? Si en adelante necesitas que te organicemos unas buenas vacaciones, cuenta conmigo.

Asintió ella atolondradamente, aún desconcertada por la sorpresa de habérselo encontrado allí.

—De acuerdo, lo tendré en cuenta.

Volvió él la cabeza hacia la mesa que había ocupado y se bajó de un salto de la banqueta para regresar instantes más tarde con un plato en la mano que contenía tortilla de patata y tomar nuevamente asiento a su lado.

—¿Y tú?, —le preguntó evidentemente interesado—. ¿Vives en este barrio o…?

—No, —le interrumpió ella—. Trabajo también a pocos pasos de aquí, en la calle Miguel Ángel.

—¿Y qué profesión tienes? Déjame adivinarlo.

Había entrecerrado sus oscurísimos ojos, pero los abrió casi inmediatamente para clavarlos en su rostro con expresión de haber dado en el clavo.

—Ya sé, eres modelo.

A su pesar, Lilian se echó a reír.

—¿Modelo?, ¿cómo puedes imaginar semejante tontería? Soy muy bajita para ser modelo. Modelo podría ser…

—¿Tu amiga?, —la interrumpió—. La verdad es una chica muy alta, demasiado alta.

Eso mismo había comentado Pablo de Mariví, pero Lilian estaba acostumbrada a que su amiga llamara la atención por dondequiera que fuese y a que se la considerase sumamente atractiva, por lo que le preguntó:

—¿La recuerdas bien?

Una sombra cruzó fugazmente por el moreno semblante de él. Sin la indumentaria que vestía en la sierra, que ocultaba su cabello, sus ojos y en parte el resto de sus facciones, se dio cuenta ella de que era un hombre muy bien parecido.

—Por supuesto, —replicó lacónicamente.

—¿Y te pareció demasiado alta? Mide cerca de un metro con ochenta centímetros, pero para ser modelo se requiere tener esa estatura, porque así lucen más la ropa de diseño de los modistos. ¿Comprendes?

No llegó a saber si había entendido lo que acababa de explicarle, porque no parecía haber escuchado sus palabras. La miraba con una fijeza un tanto excesiva, como si Mariví y las modelos de alta costura le tuvieran sin cuidado.

—¿Y cuánto mides tú?, —le preguntó, apoyando un codo en la barra e inclinándose hacia ella.

—¿Yo? Un metro sesenta y cinco centímetros.

La observó en silencio unos instantes.

—Pues no eres bajita.

Lo consideró Lilian, preguntándose por qué habría dado siempre por hecho que era ella la bajita en lugar de conceptuar de excesiva la estatura de Mariví, pero en su lugar se encogió de hombros.

—Bueno, puede que no. Estoy por encima de la media, pero no doy la talla para ser modelo. Soy abogado.

La envolvió él en una mirada que no supo interpretar.

—Sí, ya.

—¿Ya lo sabías?

Se apresuró su interlocutor a negarlo.

—No, claro que no. ¿Cómo lo iba a saber?

—Pues me ha parecido… ¿Hemos coincidido con anterioridad en un juzgado o en alguna otra parte?, —inquirió recelosamente.

Sin contestar a su pregunta, se apresuró Juan a cambiar de conversación formulando otra pregunta.

—¿Y eres muy buena?

—Pues… sí, creo que sí, —repuso riéndose, porque el autobombo siempre le había parecido ridículo. En broma continuó—: Gano la mayoría de los juicios. ¿Por qué? ¿Tienes algún problema jurídico?

—No, que va. Soy un hombre feliz sin problemas de ninguna clase. Al menos, es así como me siento en este momento.

La alusión le iba claramente dirigida y pretendía sin duda halagarla, pero a Lilian le produjo exactamente el efecto contrario. Le recordó demasiado a Alfonso, a sus frases estudiadas que prodigaba entre el elemento femenino. Ya le había dado esa impresión en la sierra, pero, al acabar de constatarla, le calificó de inmediato como un ligón y se rebulló incómoda en su banqueta. Deseando poner término a la conversación que mantenían, consultó su reloj de pulsera e hizo intención de llamar al camarero.

—Perdona, pero tengo que marcharme ya.

—¿Tan pronto?

—Sí, tengo citada una visita a las cuatro y…

—Pero si no son más que las tres treinta, —objetó él intentando retenerla.

—Pero he que preparar la respuesta que debo darle. Va a consultarme un tema complicado y esta mañana no he tenido tiempo de estudiarlo.

—Aún podemos tomar un café, —protestó Juan con el ceño fruncido—.

En el albergue no me dejaste invitarte. Saliste corriendo del bar en cuanto te lo propuse como si te persiguiera el mismísimo diablo dejando mi autoestima por los suelos. Y por la tarde, cuando estábamos cómodamente sentados en la sala de estar frente a la chimenea, nos dejaste plantados al otro que estaba con nosotros y a mí en cuanto aparecieron tus amigos. Creo que deberías reparar el desaire que nos hiciste.

—Estoy segura de que a tu autoestima no le ocurre nada y que te repusiste en el acto de ese supuesto desaire, —replicó Lilian, preguntándose cómo podría conducir hábilmente la conversación para averiguar el motivo por el que los dos habían desaparecido de repente en cuanto entraron Pablo

y Mariví en la estancia—. Pero estoy segura de que no os dejé plantados yo,

—empezó—. Tenía que darles a mis amigos un aviso y por esa razón corrí a su encuentro en cuanto entraron en la sala de estar. Cuando hice intención de volver a sentarme con vosotros ya os habíais marchado.

Al no oír su respuesta, le dirigió una mirada de soslayo. Con el ceño fruncido parecía observar fijamente un plato de calamares a la romana que había en la barra dentro de un expositor.

—No sé por qué se largó el otro, —murmuró sin apartar la vista de esa vitrina—. Yo me fui al bar a tomar una copa. A él no volví a verle.

Sin saber por qué le pareció a Lilian que no le estaba diciendo la verdad, pero desistió de insistir en el tema y decidió que había llegado el momento de despedirse, por lo que le comentó:

—Si trabajas por aquí cerca, es posible que nos encontremos otro día.

Porque me has dicho que tu agencia está en esta calle, ¿no?

—Sí, en la próxima esquina.

—Pues ya nos veremos, —murmuró ella, al tiempo que depositaba unas monedas sobre la barra y descendía de un salto de la banqueta. Le notó a su lado cuando alcanzó la puerta de cristales del bar.

—Me dejarás al menos que te acompañe a tu oficina, —le pidió con aire contrito—. No sé qué es lo que te he dicho que te ha molestado, pero, si me lo aclaras, procuraré que no vuelva a ocurrir.

Parecía un niño contrariado por una regañina que no entendía y de la que no sentía merecedor y Lilian se arrepintió en el acto de haberse comportado con él de una forma tan brusca. Después de todo, el chico que llevaba a su lado en ese momento no era responsable de haberle traído a la memoria a Alfonso.

—Vale, acompáñame. Y no has tenido la culpa de nada. Es que de pronto me has recordado a una persona con la que rompí hace tiempo.

—¿A un novio?

—Sí, podría considerársela así.

—¿Y qué fue lo que pasó?

—Que terminamos.

—¿Y no le has vuelto a ver?

—No.

Desvió Lilian nostálgicamente su mirada hacia la calle Miguel Ángel que se divisaba al pie de la cuesta que descendían y por la que tantas tardes había paseado con él. Trabajaban juntos en los procedimientos judiciales en los que intervenía ella y Alfonso se presentaba a menudo en su despacho para hacerle entrega de los autos y de las sentencias del juzgado, antes de recogerla para llevarla al piso que compartían. Había pasado mucho tiempo, pero aún le dolía como si fuera ayer.

Se quedó callado él como si estuviera reflexionando y luego le hizo en voz baja la pregunta:

—¿Y yo te lo he recordado cuando te he dicho que comiendo tortilla de patata a tu lado me sentía feliz?

—Pues sí, algo parecido hubiera dicho él de haberse encontrado en la barra del bar, sentado en la banqueta en la que estabas tú.

Le pareció a Lilian que le costaba entenderlo, porque a continuación objetó:

—Pero es que me sentía feliz. ¿Hubieras preferido que mascullase alguna imprecación, que me quejara del frío que hace hoy o del dinero que nos han cobrado por la tortilla? No lo comprendo.

Habían llegado a la calle Miguel Ángel y al enfilarla vio Lilian salir del portal del edificio donde se ubicaba su despacho a Pablo con Tarsicio y con Anita. Evidentemente se encaminaban hacia la cafetería donde acostumbraban a comer y venían a su encuentro, por lo que era inevitable que coincidiesen en la acera dentro de unos segundos. Inquietísima buscó apresuradamente en su mente un motivo que explicase que regresaba a la oficina tan temprano. No lo había encontrado aun cuando estuvieron a punto de tropezar los unos con los otros al llegar a la esquina y la secretaria, al verles, se adelantó para saludarles.

—¿Ya vuelves al redil, chica? Sí que habéis comido deprisa. Me llamo Anita, —le dijo a Juan, presentándose con la desenvoltura que la caracterizaba—. Lil me ha hablado mucho de ti.

—¡Ah!, ¿sí?, —se extrañó Juan, que no tenía noticias de quién pudiera ser ella.

—Claro, porque somos muy amigas. Me ha comentado a menudo los años que pasasteis en la facultad.

—¡Ah!, ¿sí?, —repitió él, enarcando sus oscuras cejas en un gesto de incomprensión—. ¿En qué facultad?

—En la de Derecho, naturalmente, —repuso Pablo que también se les había aproximado y que miraba al otro con cara de pocos amigos. Se presentó a su vez como un compañero de despacho y luego le preguntó—:

¿En qué materia te has especializado?

Fue clavando Juan sus oscurísimos ojos en los rostros de cada uno de ellos con expresión de desconcierto, sin imaginar ni por lo más remoto que le habían identificado como el amigo de Lilian, compañero suyo de facultad que acababa de regresar de Londres, y al fin repuso:

—No sabría decirte. De todo un poco.

—¿En Derecho Internacional, quizás?, —insistió Pablo ceñudo—. El inglés es muy necesario para desenvolverse en ese ámbito.

Asintió muy serio el muchacho.

—Desde luego, desde luego. El inglés es necesario hoy día para casi todo y en mi trabajo resulta ineludible, porque cada vez vienen más turistas extranjeros a nuestro país. Yo lo aprendí por correspondencia.

Frunció Pablo el ceño con extrañeza.

—¿Por correspondencia? ¿No has ido entonces a Londres?

El nerviosismo de Lilian había ido en aumento desde que se habían encontrado con sus compañeros de despacho y se habían detenido a saludarles y notó que Juan también empezaba a sentirse incómodo.

—Sí, claro que he estado allí. Una semana la primavera pasada, invitado por la agencia.

Probablemente Pablo habría dado por hecho que la agencia a la que había aludido Juan era algún organismo internacional, pero antes de que este pudiera responderle y aclarara el error en el que habían incurrido los otros, se despidió Lilian de ellos:

—Perdonad, pero tenemos prisa. Ya nos veremos.

Continuó caminando hacia el portal del edificio con Juan corriendo detrás de ella y cuando la alcanzó se volvió Lilian para asegurarse de que sus tres compañeros se habían alejado lo bastante para que no pudieran oírla. Entonces se lo explicó.

—Es que te han confundido con otro. Por eso te han hecho tantas preguntas que no venían al caso.

—Ya, —dijo él en tono indefinible—. Han creído que yo era un compañero tuyo de facultad, ¿no es eso?

—Sí, creo que sí.

Desvió Juan la mirada hacia el final de la calle, hacia la plaza de Rubén Darío que desde el lugar en el que se hallaban apenas podía divisarse y murmuró pensativo:

—Pero la que estudió la carrera de Derecho contigo fue tu amiga, no yo.

¿Por qué no se lo has explicado?

Su comentario, a media voz y como si hablara consigo mismo, le produjo a Lilian un repentino sobresalto. ¿Cómo lo sabría Juan? No recordaba que durante el fin de semana hubieran intercambiado más que un par de frases relativas a la posibilidad de tomar un café juntos y estaba segura de que él no había contactado en ningún momento con Mariví ni con Pablo. La prueba era que este último había demostrado al encontrárselos cuando salían a comer que para él era un completo desconocido. Le miró recelosamente y se lo preguntó:

—¿Y eso cómo lo sabes?

—¿A qué te refieres?

—A lo que acabas de decir sobre Mariví. ¿Cómo sabes que estudió la carrera de Derecho conmigo?

Vaciló Juan ostensiblemente. Se acarició luego la mejilla derecha con la mano y terminó por encogerse evasivamente de hombros.

—Bueno, tu amiga es muy vistosa, habla mucho y en tono muy alto. En el albergue de Navacerrada bajó al bar con ese compañero tuyo cuando yo tomaba una copa con dos chicas que suelen subir a esquiar a la sierra los fines de semana y lo estuvieron comentando.

—¿Quiénes?

—Tu amiga y ese compañero tuyo, el de las gafas de concha.

—¿Y qué comentaban?

Esbozó Juan un gesto vago.

—Pues eso, ya te lo he dicho. Que fuisteis juntas a la facultad, que tú eras una empollona y que en el presente eras una magnífica abogado. El de

las gafas estuvo de acuerdo.

El recelo de Lilian fue en aumento y se le quedó mirando acusadoramente.

—Así que sabías que era abogado cuando te sentaste conmigo en la barra y estuviste fingiendo que especulabas sobre cuál podría ser mi profesión para acabar apuntando que podría ser la de modelo. ¿Y todo eso por qué o para qué?

Se echó Juan la mano al cuello de la camisa como si le estuviera asfixiando.

—Para nada. Me ha parecido que era una forma como otra cualquiera de entablar conversación contigo. ¿Por qué te enfadas ahora? No creo que tenga ninguna importancia.

El semblante de ella expresó contrariedad y Juan cambió de tema.

—Podrías enseñarme tu despacho. Aún tengo media hora por delante antes de reanudar mi trabajo en la agencia y… Me parece una ocasión apropiada para subir contigo sin molestar ni que nos molesten, ya que acaban de marcharse esos compañeros tan raritos que tienes. Y por cierto,

—empezó riéndose— el de las gafas no me ha reconocido.

No era extraño, porque con las distintas indumentarias que vestían en las dos ocasiones parecían personas diferentes Aunque el tono de su voz era normal al proponerle acompañarla a su oficina y sonreía con aparente despreocupación, dio ella instintivamente un paso atrás.

—No me parece oportuno. Tengo mucho trabajo.

Habían llegado al portal del edificio de la oficina y él insistió.

—¿Por qué eres tan arisca? No te molestaré y…

No le dio tiempo a terminar la frase.

—No, adiós.

Sin detenerse ni volver la cabeza, cruzó el oscuro portal y echó a correr escaleras arriba hasta que alcanzó el rellano de la primera planta. Con la llave que extrajo de su bolso abrió la puerta y entró en el piso, extrañamente desierto y silencioso. No recordaba que en ninguna otra ocasión le hubiera producido el lugar donde trabajaba a diario aquella sensación de soledad.

Habitualmente el ordenador que manejaba Anita en la antesala y el monótono rumor de los clientes en la sala de espera rompían aquel silencio

tan denso, tan opresivo. ¿O sería que ella tenía los nervios desquiciados desde que Mariví había reaparecido al cabo de los años en ese mismo escenario? Desde entonces vivía en continuo sobresalto y creía identificar al desconocido Gabriel en todos los hombres que se le acercaban. Incluso en el muchacho que se había encontrado en el bar y al que había dejado con la palabra en la boca por el único motivo de haber manifestado que sabía de antemano que ella era abogado.

Asiéndose a la mesa de Anita, inspiró hondo. Ella no era miedosa, se dijo, y además no tenía nada que temer entre aquellas paredes. Dentro de unos minutos regresaría la secretaria y ella recibiría al cliente de la voz preciosa, con lo que se rompería aquella sensación tan inquietante que reinaba en derredor suyo y que estaba padeciendo desde que abriera la puerta del piso.

Con un esfuerzo, se apartó de la mesa de la secretaria y se encaminó hacia su despacho por un pasillo alargado y oscuro, en el que la tarima con la que estaba pavimentado rechinaba siniestramente bajo sus pies. Al menos y, quizás por el miedo que sentía, le pareció a ella que rechinaba. Pasó por delante de la puerta del despacho de don Eulogio y apretó el paso al dejar atrás la que daba acceso al de Tarsicio. La de Pablo la atravesó corriendo y se precipitó dentro del suyo, tenuemente iluminado por la luz del atardecer, pese a que aún no eran las cuatro de la tarde.

Tampoco hasta allí llegaba el menor sonido de la calle. Los dobles cristales de la ventana impedían que el ruido de los coches por la calzada y el de los transeúntes por la acera rompieran el silencioso ambiente de la estancia, que atravesó para, bordeando la mesa, tomar asiento tras ella en su butaca. Intentó ordenar el cerro de papeles que se amontonaban sobre su superficie sin conseguir otra cosa que desparramarlos, con unas manos tan inquietas que llegó a preguntarse si no sería preferible olvidarse de ellos y dejarlos como estaban hasta el día siguiente, en el que probablemente se habría serenado. Puso luego en funcionamiento el ordenador y procuró abismarse durante un rato en la consulta de una sentencia que buscó previamente en el Aranzadi, sin conseguir entender lo que decía. De improviso tuvo una idea. ¿Y si llamara a Fernando Costa? Probablemente podría informarla de alguna novedad que aplacara sus nervios. Iba ya a

descolgar el auricular cuando oyó el sonido de la puerta del piso al abrirse.

En aquel silencio tan absoluto cualquier sonido se amplificaba y aguardó encogida sobre sí misma a que se produjese otro que indicase que se trataba de la secretaria. El pasillo era muy largo y la antesala se encontraba a bastante distancia, por lo que se levantó de la butaca y se encaminó de puntillas hacia la puerta del despacho, entreabriéndola ligeramente. Un segundo más tarde sonó el timbre de la puerta del piso. Debía ser el cliente de la voz preciosa, por lo que volvió a cerrarla y retrocedió sobre sus pasos apresuradamente para sentarse en la butaca y tomar un bolígrafo y un folio para aparentar que estaba trabajando cuando entrase en el despacho su visitante. Unos minutos después, Anita propinó unos suaves golpecitos en la puerta y la abrió asomando la cabeza por la abertura.

—Doña Lilian, ha llegado el señor Vasiliev, al que tenía citado esta tarde a las cuatro.

Aunque la tuteaba con toda confianza cuando se encontraban a solas, siempre se dirigía a ella con la misma solemnidad en presencia de los extraños, por lo que aceptó el tratamiento con naturalidad y se limitó a asentir con la cabeza.

—Gracias Anita. Hazle pasar.

La chica se apartó a un lado y un hombre entró en el despacho. Llevaba un abrigo gris sobre un traje del mismo color y una corbata azul marino con puntitos blancos. El cabello oscuro, algo revuelto le resbalaba sobre la frente y sus ojos, brillantes y de un claro color verde, se clavaron en ella con una chispita de algo que no supo interpretar. Se parecía a alguien, pero de momento no acertó a identificarle. Solo cuando se sentó frente a ella en uno de los sillones de los clientes y se arrellanó cómodamente cayó en la cuenta de quien se trataba. Era Iván.

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