La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 14 de 20

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La coartada

Capítulo 13

Llovía esa mañana como si el cielo hubiera decidido desplomarse sobre Madrid y Lilian, sentada en una silla junto a la mesa del juez y al lado de la que ocupaba el fiscal, desvió su mirada hacia el grisáceo panorama que se divisaba a través de los cristales de la ventana. Una inmensidad borrosa en blanco y negro bajo el aguacero, como si el día se resistiese a despuntar a aquellas horas tempranas y se aferrase a prolongar la oscuridad de la noche, que ya se batía en retirada.

Inquieta, consultó su reloj. Apenas habían trascurrido unos minutos desde que a requerimiento del agente judicial penetrara en el despacho del juez y tomara asiento en la silla que le habían ofrecido al otro lado de la mesa de este, y aguardaba a que la policía subiese de los calabozos a Mariví para ser interrogada sobre su intervención en el delito de homicidio de Gabriel García. Aunque comprobó, tras esa consulta, que solo habían transcurrido esos minutos desde que ocupara la silla destinada a la defensa, le pareció que el tiempo se había empeñado en detenerse esa mañana para que a ella se le acelerase el pulso y la angustia que sentía en su interior adquiriese proporciones alarmantes. El juez, un hombre bajito y rechoncho con un apacible rostro redondo y unas gafas sin montura sobre el puente de la nariz, comentaba algo con el fiscal, mientras Lilian permanecía inmóvil, sin llegar a oír lo que decían y con la expresión impasible que debe acompañar en toda circunstancia a una abogada con experiencia. La tenía sin duda. Había asistido en innumerables ocasiones a trámites similares, pero no recordaba haber experimentado anteriormente aquella desazón. Con los ojos fijos en la puerta del despacho esperaba la aparición de su amiga, mientras elevaba a las alturas una incoherente plegaria, pidiendo que Mariví

se atuviese a lo convenido y no contestase a las preguntas del juez con alguna inconveniencia que la llevase directamente a prisión.

Finalmente traspusieron el umbral de la habitación dos chicos jóvenes de uniforme, flanqueando a Mariví, como si temieran que pudiera echar a correr ella por el pasillo y se fugara.

En contra de lo que había supuesto, el semblante de su amiga era sereno. Al entrar en el despacho lo había recorrido visualmente, deteniendo su mirada en casa uno de los rincones del escenario en el que iba a tener lugar un hecho tan trascendental para ella, y terminó por posar sus ojos en Lilian, que no esbozó el menor gesto.

Los dos guardias civiles avanzaron con ella hasta situarse a la distancia de un metro de la mesa del juez y allí permanecieron en pie con el semblante sin expresión. Posiblemente estarían hartos y aburridos de realizar el mismo cometido durante todas las mañanas y de acompañar desde los calabozos del sótano al despacho del juez, que había estado de guardia el día que había sido cometido el delito, a cada uno de los detenidos que habían sido puestos a disposición judicial por la policía. Y también de presenciar, uno tras otro, un interrogatorio similar, de los que únicamente difería el desenlace.

El juez levantó su imperturbable mirada hacia Mariví. Pese a los dos días que había permanecido en el calabozo, el aspecto de esta era sumamente atractivo. Su cobriza melena le resbalaba ondulado sobre la espalda y le enmarcaba el rostro, en el que destacaban sus grandes ojos color violeta. Su expresión era ingenua, como la de una niña castigada injustamente.

—¿Cómo se llama usted?, —le preguntó el juez sin levantar la cabeza, tras consultar los papeles que tenía sobre la mesa, en los que constaba ese dato y las siguientes cuestiones que debía reseñar.

—María Victoria Díaz Merchán, —repuso la chica, aparentemente tranquila.

Contestó también sin titubear a las preguntas denominadas “las generales de la ley” y seguidamente se acodó el juez en la mesa para fijar la mirada en su rostro.

—Voy a exhortarla a que diga la verdad y a que conteste de una manera clara y precisa a las preguntas que voy a hacerle. ¿Sabe que podría acusársele del delito de homicidio como autora de la muerte de don Gabriel García Jiménez?

Meneó la chica afirmativamente la cabeza y su melena osciló cadenciosamente a su compás, cubriéndole parte del rostro. Se la retiró despacio, con un ademán aparentemente espontáneo, que Lilian sabía que esgrimía como arma ante el elemento masculino en las situaciones especiales y que solía producir unos resultados devastadores.

—Sí, señor. He sido informada por la policía.

—Bien, ¿qué tiene que decir a ese respecto? ¿Se declara culpable o inocente?

—Inocente, —replicó sin vacilar.

—De acuerdo, —aprobó. Revolvió seguidamente el cerro de papeles que tenía sobre la mesa y tomó un folio que consultó, levantando a continuación la mirada hacia el rostro de la chica—. Según el informe del forense, don Gabriel García murió, víctima del atropello de un vehículo, la noche del veintiocho de febrero último, —le comunicó—. ¿Puede referirme lo que sucedió el día de autos?

Asintió nuevamente Mariví, repitiendo el mismo gesto con su ondulante cabellera.

—Sí señor. Ese día había decidido yo abandonar a Gabriel. Llevábamos viviendo juntos cinco años y durante todo ese interminable tiempo me pegó casi a diario.

—¿Presentó usted la pertinente denuncia?

—No. Le tenía tanto miedo que no me atreví. El caso es que esa tarde vinieron a buscarle al piso dos hombres a los que les debía dinero. El que se presentó en primer lugar…

—¿Cómo se llama ese hombre?, —la interrumpió el juez—. ¿Conoce su nombre?

—Sí, se llama Juan González. Ignoro su segundo apellido.

—Continúe.

—Al parecer, le había prestado Juan a Gabriel dinero para que jugara en las carreras de caballos y este no había podido devolvérselo, porque no

acertó en las apuestas que efectuó. Juan se marchó furioso cuando le dije que el otro había salido y me aseguró que volvería más tarde a reclamárselo.

—¿Y volvió?

—No lo sé. Yo estaba harta. Me licencié en Derecho en su día, pero no llegué a empezar a ejercer esa profesión y me coloqué en una tienda de complementos de moda. Vendíamos bolsos y zapatos fundamentalmente.

Me despidieron enseguida de esa tienda y en todas las que me contrataron después, cuando me presentaba con la cara irreconocible por los golpes que me daba él. Conseguí pese a todo que me admitieran finalmente como limpiadora en un edificio de oficinas. Ganaba poco, pero cuando regresaba a casa a fin de mes con mi sueldo, me lo arrebataba a golpes Gabriel y se emborrachaba en una tasca cercana. Debíamos la renta del piso de varios meses al propietario del piso y si comíamos a diario, mal y poco, era gracias a que en el supermercado me fiaban.

Un lagrimón le resbaló por la mejilla. Su imagen era tan patética que incluso el imperturbable juez pareció humanizarse.

—¿Y pese a todo lo que está contando, no le denunció por malos tratos?

—No señor, no. Me hubiera matado.

—Está bien. Continúe.

—Esa tarde se presentó algo más tarde el dueño del piso. Es un hombre muy alto y muy fuerte y se enfureció también cuando le dije que Gabriel había salido. Venía a reclamarle el pago de la renta y me amenazó con ponernos a los dos de patitas en la calle y con…

—¿Con qué más la amenazó?

Vaciló Mariví consultando con los ojos a Lilian, que al igual que el fiscal, permanecía en silencio, dado que la presencia de ambos en ese trámite es puramente testimonial.

—No fue a mí. Amenazó con atizarle a Gabriel un puñetazo en el estómago.

—¿Y cómo se llama ese hombre?

—Se llama Iván Vasiliev, pero a pesar de ese nombrecito, es español, de Toledo.

Disimuló el juez una sonrisa ante su último comentario.

—Está bien, siga.

—Pues… esas dos visitas terminaron de decidirme, por lo que hice la maleta. La coloqué encima de la cama y estaba ultimándola cuando se presentó Gabriel. Venía como una cuba y me apresuré a preparar la cena.

Estábamos sentados a la mesa de la cocina tomando el primer plato, una crema de calabaza, cuando le dije que lo nuestro se había acabado y que me marchaba. Entonces se levantó como un energúmeno, arrojó la sopera contra la pared, estrelló los platos por el salón, por el pasillo, por el vestíbulo, por todas partes y luego me arrinconó a mí contra la lavadora. Me sacudió toda clase de bofetadas y trató luego de estrangularme, gritando que yo no iría a ninguna parte y que, antes de que le abandonara, me mataría.

Emitió un sollozo y el juez carraspeó, antes de animarla a continuar.

—¿Y qué ocurrió después?

—Que me arrastró por el suelo dándome patadas. Había un charco tremendo en el vestíbulo. Al estampar la sopera se había derramado su contenido, la crema de calabaza, y cuando resbaló en ese líquido tan pringoso, me soltó. Conseguí ponerme en pie y bajar corriendo la escalera, por la que me persiguió chillando como un loco con un cuchillo en la mano que debía de haber cogido de un cajón de la cocina, pero llegué al portal antes que él y cuando salí a la calle, crucé de acera. Lo intentó él también, pero un coche que bajaba en ese momento por la calle Malasaña le arrolló.

—¿Y qué hizo usted?

Se le escapó a Mariví otro sollozo que hizo un esfuerzo por reprimir. La voz se le quebró al responder:

—Estaba asustadísima. Estaba aterrorizada. Temí que se levantara del suelo y que se abalanzara nuevamente sobre mí para clavarme el cuchillo que llevaba en la mano, por lo que eché a correr. Creo que tropecé con su cuerpo, pero continué calle arriba creyendo que se me iba a parar el corazón del pánico que experimentaba.

—No intentó entonces auxiliarle, —dedujo el juez.

El expresivo semblante de la chica reflejó el terror más absoluto.

—¿Yo?, no. Solo pensé en escapar. Mejor dicho, no pensé en nada. Eché a correr instintivamente, temiendo que se pusiera en pie y pudiera alcanzarme.

Admiró Lilian el porte de su amiga, el patetismo con el que se expresaba y el miedo que era capaz de traslucir. Estaba siguiendo al pie de la letra sus instrucciones, mejorándolas incluso. Aunque el juez mantenía una expresión imperturbable, le pareció que Mariví le estaba causando una magnífica impresión.

—¿Tiene usted automóvil?

—No, no, ni tampoco carné de conducir.

—¿Y la víctima? ¿Tenía coche?

—No, claro que no. Lo vendió en cuanto empezó a perder las apuestas en las carreras de caballos. Decía que yo le daba mala suerte.

—Ya. Ha declarado que estaban cenando crema de calabaza. ¿Recuerda si la víctima llegó a tomársela antes de que arremetiera contra usted?

—Sí, rebañó incluso el plato sopero.

—¿Y puede precisar la hora en la que cenaron?

Se mordió Mariví los labios, indecisa.

—Pues… yo diría que serían más o menos las nueve y treinta.

Hizo el juez un gesto de asentimiento.

—Y después de presenciar el atropello de la víctima ¿no regresó esa noche a su casa?

—No, no me atreví. No sabía cuales podían ser las consecuencias que había sufrido. Gabriel tenía muy buena salud y era muy fuerte, por lo que pensé que probablemente le habría producido el accidente tan solo un par de chichones.

—¿Y a la mañana siguiente presentó una denuncia por malos tratos?

—Sí, eso es. Me lo aconsejó mi abogado, a la que fui a ver en cuanto me pareció que era la hora oportuna. Estudiamos juntas la carrera y habíamos sido muy amigas durante esos años. Aunque hacía tiempo que no nos habíamos visto, me ofreció su casa hasta que pudiéramos disponer de una de acogida.

—¿Y consiguió ver al conductor del coche?

—No. Me deslumbraron los faros y… ya le he dicho que eché a correr.

El juez consultó nuevamente los papeles que tenía sobre la mesa antes de hacerle una nueva pregunta.

—¿Puede explicarme cómo se manchó los pantalones y los zapatos que llevaba esa noche con la sangre de la víctima? Debió acercarse al cuerpo caído en el suelo en algún momento. ¿No le tocó?

De los ojazos de la chica se desprendieron unos gruesos lagrimones que rodaron por sus mejillas. Se los limpió con el dorso de la mano al tiempo que la voz se le quebraba lastimosamente.

—No, pero tropecé con su cuerpo, cuando eché a correr. Estuve a punto de caerme, pero logré recuperar el equilibrio a tiempo y huir con la única idea de escapar antes de que pudiera recuperarse del golpe.

Desvió la mirada el juez hacia el Secretario del Juzgado que estaba tomando nota de lo que la chica declaraba, como si diera por terminado el interrogatorio al que la estaba sometiendo, y después de que firmaron todos los presentes, al pie de la declaración que Mariví acababa de efectuar, a excepción de los dos guardias civiles, Lilian consideró que había llegado el momento de intervenir, por lo que se inclinó ligeramente hacia la mesa del magistrado.

—Con la venia, señor. Entiendo que ha quedado acreditado que no existen pruebas ni indicios de criminalidad que fundamenten la detención de mi defendida, por lo que solicito su inmediata puesta en libertad, sin cargos.

Parpadeó el juez al oírla, como si le extrañara comprobar que aquella muchacha delgada y silenciosa, que había permanecido inmóvil como una esfinge durante el interrogatorio, poseyera una voz clara y que la hubiera emitido de forma tan rotunda. Consultó luego al fiscal con la mirada y cuando este último hizo un gesto de asentimiento, se colocó las gafas sobre el puente de la nariz antes de dirigirse a Mariví.

—Doña Victoria Díaz Merchán queda en libertad sin cargos. Puede marcharse.

Pareció que la chica tardaba en entenderlo. Se le quedó mirando con la boca entreabierta y expresión de desconcierto, hasta que Lilian se puso en pie y la empujó por un codo, apartando suavemente a los dos guardias civiles que la custodiaban. El agente judicial anunciaba ya la llegada de otro detenido, que iba a entrar en el despacho del juez en ese momento con los

dos guardias civiles de rigor, y logró ella sortear a los presentes y salir al pasillo con la otra, que reaccionó de improviso abrazándola.

—Me han dejado en libertad, Lilian, —sollozó—. ¿Cómo podré agradecértelo?

—No tienes nada que agradecerme. No había otra prueba contra ti que las huellas de la sangre de Gabriel en tu pantalón y en tus zapatos y es obvio que pudiste mancharte con esa sangre de la forma que has declarado.

Lo has hecho muy bien.

Eufóricas abandonaron el edificio y se encaminaron a la calle donde Lilian había estacionado el coche. Muy nerviosa, Mariví hablaba sin cesar, llorando y riendo al mismo tiempo.

—Voy a buscar un trabajo ahora mismo, —le dijo cuando se introdujo en el vehículo y se acomodó en el asiento del copiloto—. Voy a comenzar una nueva vida sin miedo y voy a conseguir liberarme del complejo de inferioridad que Gabriel logró imbuirme. Me chillaba que todo lo hacía mal y llegué a creérmelo. ¿Cómo habré podido ser tan idiota?

Había girado la cabeza para mirar a través del cristal de la ventanilla el trayecto que iban recorriendo con los ojos fijos en la amplia avenida orillada de árboles que se agitaban al compás de la brisa invernal y murmuró:

—Voy a buscar también un piso con una renta asequible y me mudaré inmediatamente. Ya he abusado bastante de tu hospitalidad.

Al oírselo comentar, recordó Lilian la visita a su despacho de Iván y lo que este le había propuesto.

—Oye, anteayer vino a verme Iván Vasiliev, ya sabes, el propietario del piso en el que vivías con Gabriel. No sé si te gustaría volver allí, porque debes conservar muy malos recuerdos de ese escenario, pero en el caso de que quisieras ocuparlo nuevamente como inquilina, tienes derecho a subrogarte en el contrato de arrendamiento que formalizó él.

Le extrañó que Mariví no reaccionara en el acto oponiéndose a regresar a una vivienda en la que había padecido toda clase de vejaciones. Se había quedado callada como si estuviera considerando la posibilidad de recomenzar allí la nueva etapa de su vida que proyectaba ya y al fin comentó pensativamente:

—La renta era muy barata y el piso, aunque pequeño, sería muy apropiado para mí. ¿Qué tendría que hacer para recuperarlo?

—Tendrías que notificarle fehacientemente a Iván tu intención de subrogarte en el contrato y… —Se interrumpió al advertir que la otra no la estaba escuchando. Seguía mirando por la ventanilla con expresión ilusionada, como si ya estuviera planeando en qué iba a consistir su existencia en el futuro. Sin duda se sentía liberada, ahora que Gabriel no iba a poder agredirla cuando le viniese en gana.

—Ocúpate tú de todo, —manifestó resueltamente—. En cuanto lleguemos a tu casa buscaré en tu ordenador las ofertas de trabajo a las que me considere capacitada para optar y mañana mismo me trasladaré a mi casa. ¿Puedes prestarme el dinero para que pueda pagar una mensualidad del alquiler hasta que cobre el primer sueldo y… y algo más para sobrevivir durante ese lapso de tiempo?

—Naturalmente, pero te recuerdo que Gabriel dejó a deber la renta de nueve mensualidades y que si te subrogaras en su contrato de arrendamiento, asumirías esa deuda.

Se mordió Mariví los labios como si no hubiera caído en ese inconveniente.

—Hablaré con el propietario entonces. Le ofreceré pagársela poco a poco. ¿Crees que aceptará?

Se habían detenido en un semáforo en rojo y Lilian se volvió a contemplarla. También Mariví había girado la cabeza hacia ella, obligando a su melena a oscilar a su compás, logrando que le resbalase en ondas sobre medio rostro. Parecía un ademán espontáneo, pero Lilian estaba segura de que la chica lo había ensayado frente al espejo durante horas, llegando a conseguir un efecto irresistible sobre las personas del sexo contrario a las que pretendía engatusar.

—Seguro que sí, —afirmó, admirando interiormente el encanto que la otra derrochaba hasta en las ocasiones más intrascendentes, diciéndose que quizás también pudiera imitarla ella repitiendo ese cadencioso movimiento en su cuarto ante el espejo. Su melena era más corta y su color, castaño, con algún que otro mechón más claro, no podía parangonarse con el de su amiga, de colorido tan espectacular, pero tampoco estaba mal.

Comió con Mariví en su casa y regresó por la tarde al bufete, donde Anita la detuvo cuando pasó por delante de su mesa para entregarle su móvil.

—Ha venido a entregártelo un policía y, cuando le he dicho que no estabas, me ha hecho firmar a mí el recibo.

Sin duda había sido Fernando el que se había presentado en el despacho y el que había realizado ya todas las investigaciones que pretendía sobre su aparato, lo que le produjo un considerable alivio, por lo que lo guardó en su bolso con la sensación de haber recuperado a un viejo amigo.

A continuación la asedió Anita a preguntas y después Pablo, cuando minutos más tarde consiguió llegar hasta su despacho. Aún estaba refiriéndole los detalles del trámite que había tenido lugar esa mañana, cuando sonó el timbre del teléfono fijo que tenía sobre la mesa y oyó la voz de la secretaria.

—Es tu amiga la maltratada. Parece que está contentísima.

Solo le faltó a Anita preguntarle por el motivo de la euforia que manifestaba la otra, pero Lilian no le dio opción, porque se limitó a darle las gracias y a pulsar la tecla correspondiente del aparato que conectaba la línea con el exterior. La voz de su amiga traslucía la alegría que experimentaba.

—He encontrado trabajo, Lil, —le anunció victoriosamente—. De relaciones públicas en un hotel, ¿no es fantástico? Vuelvo ahora mismo de la entrevista y… No sabes lo feliz que me siento. Ya no podrán despedirme por aparecer con la cara irreconocible como consecuencia de los guantazos de un miserable. Y el sueldo no está nada mal.

La satisfacción que reflejaba se le contagió a Lilian, alicaída hasta ese momento sin una explicación razonable. El desenlace del trámite procesal de esa mañana no podía haber sido más favorable, Gabriel había desaparecido para siempre de sus vidas, por lo que no constituía ya una amenaza y Pablo se mostraba con ella cada vez más solícito. ¿Por qué entonces experimentaba la inquietante sensación de que algo que flotaba en el ambiente iba estrechando su cerco en torno a ella?

—¿Es tu amiga?, —le preguntó Pablo que había acudido a su despacho a recibir noticias de cómo le había ido en el juzgado y que intercalaba de

cuando en cuando alguna indirecta sobre el futuro de los dos.

—Sí, ha encontrado un trabajo estupendo y tiene intención de volver al piso en el que vivía, subrogándose en el contrato de arrendamiento de su expareja.

—Un final feliz para la desgraciada historia de esa chica, que te libera a ti también, —opinó sonriente—. No sé si ella será capaz de apreciar el esfuerzo que has tenido que realizar para sacarla a flote, arrostrando las amenazas del tipo que te enviaba los mensajes por el móvil, además de soportar heroicamente los interrogatorios y el registro de tu casa por la policía. ¿No te sientes liberada?

Se lo preguntó Lilian a sí misma sin acertar con la respuesta. Más que liberada, experimentaba una tristeza vaga que no se concretaba en nada tangible. Similar e igual de absurda a la que a la que sentía desde niña al término de los veranos, cuando sus días largos y soleados iban acortándose y comenzaban a desprenderse las hojas de los árboles, a la par que el firmamento, antes tan azul, se iba tiñendo de un color grisáceo. Tampoco entonces la melancolía que la invadía respondía a nada que pudiera definirse.

—Pues no lo sé, —repuso al fin—. Me encuentro un poco baja de forma.

—Es natural, —consideró comprensivamente—. Has tenido que hacer un gran esfuerzo en los últimos días y sobreponerte también a la desazón que te habrán producido las incomprensibles amenazas de ese tipo, al que espero que detenga la policía cuanto antes. Otra cualquiera que no tuviese tu carácter, habría sufrido un trastorno psicológico importante.

Pestañeó desconcertada al oírle. ¿También Pablo, al igual que Mariví, la consideraba inmune a experimentar ese sentimiento tan común denominado miedo?

—¿Me conceptúas como una chica en grado sumo?, —le preguntó aturdida.

—Sí, no he podido comprobar en los años que te conozco que te achiques ante ninguna dificultad. Creo que es una de las cualidades que más me gustan de ti, aunque desde luego no es la única.

El aviso de Anita por el teléfono interior, anunciándole a Pablo que acababa de llegar la visita que tenía citada esa tarde, interrumpió la pregunta largamente esperada que sin duda iba a hacerle a continuación.

Reprimió él un gesto de contrariedad, como si el aviso de la secretaria le hubiera cortado la inspiración, y se levantó de la butaca con aire cansino.

Desde la puerta del despacho se volvió hacia ella.

—¿A qué hora te vas a marchar? Podríamos tomar después algo en una cafetería cercana.

Desde la mesa tras la que estaba sentada, le envolvió ella en una mirada vaga.

—De acuerdo, pero no quiero llegar tarde a casa. Estoy muy cansada, aunque realmente no sé muy bien por qué.

Le sonrió él nuevamente, ya con la mano en el picaporte.

—Procura descansar, porque el sábado has quedado en venir a cenar a mi casa y no voy a permitir que me des plantón y me dejes con la cena preparada.

Le retuvo Lilian con un ademán.

—Es que estoy preocupada. Tengo la sensación de que esta historia no ha terminado todavía.

Se colocó con un dedo las gafas de concha sobre el puente de la nariz mientras se apoyaba preocupado contra la puerta.

—¿A qué te refieres?

—A Gabriel.

—¿A Gabriel García? ¿Al novio de tu amiga?, —se sorprendió enarcando las cejas—. ¿Qué piensas? ¿Que se confundió ella al reconocer su cuerpo y que aún sigue vivo?

Meneó Lilian negativamente la cabeza y, aunque no era esa su intención, logró al agitarla un efecto rítmico muy similar al de Mariví cuando jugaba con su melena.

—No, no es eso. Es que tengo la sensación de que el hombre que me enviaba los mensajes aún me está acechando y de que cada vez está más cerca. Lo que no entiendo es por qué me eligió a mí ni qué pretendía con ello.

La observó en silencio durante unos segundos con el ceño fruncido.

—Así que realmente eres humana y te asustas como todo el mundo.

—¿No te asustarías tú?, —protestó con ironía.

—Por supuesto que sí, pero es que yo sí soy humano.

Se echaron a reír al tiempo pero él recobró inmediatamente la seriedad.

—No sé, podríamos acudir a la policía para que vigile tu casa o podrías venirte a la mía hasta que den con él. —Consultó su reloj y se aprestó a tirar del picaporte de la puerta—. No puedo hacer esperar más a ese cliente. Lo hablamos luego, ¿te parece?

Salió al pasillo cerrándola a su espalda y Lilian pasó una mano por su frente preguntándose por el motivo por el que los que la rodeaban tenían un concepto de ella tan distinto a cómo se veía a sí misma. En todas las circunstancias, pero especialmente en la que se encontraba en ese momento, se consideraba un ser sumamente vulnerable, tanto física como psíquicamente. Se sobreponía con facilidad, eso era cierto, pero a costa de un tremendo esfuerzo de voluntad.

Pero no podía perder el tiempo en autocompadecerse por la incomprensión de los que la rodeaban, sobre todo por la de Pablo que era el que más le importaba y que debería captar lo que sentía, aunque consiguiese ella aparentar que estaba por encima del bien y del mal bajo una apariencia imperturbable. Cuando terminase de resolver los asuntos de Mariví y la dejase instalada en su piso, podría ocuparse de resolver sus propios problemas. Quizás para entonces el autor de los mensajes telefónicos que había recibido hubiese desaparecido definitivamente de su vida o hubiese sido detenido por la policía. En ese último caso iría a visitarle a la prisión donde habría sido recluido y le pediría que le explicase la intención que le había movido a elegirla como medio de las amenazas destinadas a Mariví.

¿Sería otro admirador de su amiga que no se atrevía a dar la cara y pretendía llamar la atención de esta con sus absurdas intimidaciones?

Como su sentido práctico predominaba sobre cualquier otra consideración, arrinconó sus elucubraciones en un rincón ignoto de su mente y se aprestó a llamar por teléfono a Iván para darle la respuesta de Mariví sobre su piso. Contestó él al primer timbrazo.

—Lilian, ¿eres tú?

—Sí, te llamo para decirte que le he comentado a Mariví tu propuesta y está de acuerdo en subrogarse en el contrato que formalizaste con Gabriel García. Sabe que este te dejó a deber varias mensualidades de renta y está dispuesta a satisfacerte esa deuda.

—¡Ah!, ¿sí?, —murmuró Iván con una voz que denotaba escaso o nulo interés por las intenciones de la chica en ese sentido.

—Sí, ya ha encontrado trabajo. La han contratado esta mañana en un hotel con un buen sueldo. No podrá pagarte inmediatamente toda la cantidad que te adeudaba él, pero en varios plazos mensuales sí estaría en condiciones de saldarla. Necesito saber si estás dispuesto a concederle una moratoria para hacerlo constar en el documento que suscribiréis, porque a ella le gustaría mudarse cuanto antes.

Volvió a darle la impresión de que a él le tenía sin cuidado lo que le estaba preguntando.

—Bueno… sí, lo que tú digas. Pero no creo que sea necesario que esa chica cargue con lo que Gabriel me dejó pendiente. Preferiría que se subrogase en el contrato de arrendamiento por las buenas y que no hagamos mención a nada más. ¿Qué te parece?

Se apartó Lilian el aparato de su oído sin querer creer en su buena suerte. Mejor dicho, en la buena suerte de Mariví, pero que en ese momento asumía como propia. ¿A qué obedecería el rapto de generosidad de Iván?

¿Le habría flechado su amiga y pretendería mantener algún tipo de relación con ella o…? No se le ocurrían más motivos que lo pudiesen justificar, por lo que se apresuró a darle una respuesta.

—No, no me parece bien. Tenemos que hacer constar que ella no te debe nada para que no puedas reclamárselo más tarde, ¿comprendes? ¿Pero lo has pensado bien?, ¿estás seguro?

—Absolutamente, —repuso él con la de guasa que le caracterizaba—.

¿Cuándo podrás tener redactado ese documento?

—Pues…

—¿Esta misma tarde?, —la interrumpió—. Si te viene bien, podría acercarme a tu casa dentro de un rato y lo firmaríamos allí tu amiga y yo.

Porque supongo que no estarás dispuesta a permitir que haga ella la mudanza sin que hayamos documentado antes todas esas paparruchas.

—Por supuesto que no, —admitió Lilian—. Ni tampoco que ocupe tu piso sin que hagamos constar por escrito que no te debe nada.

Ante su sorpresa, le pareció que la voz de él sonaba eufórica.

—Estupendo, —le oyó decir—. A cambio, espero que no me cobres mucho por tu trabajo.

—Puedes estar tranquilo, —repuso aún desconcertada—. Si le haces ese favor a Mariví, no te cobraré nada.

—Favor por favor, —resumió él en tono victorioso en cuyo fondo latía un matiz irónico—. Compruebo con satisfacción que eres una magnífica amiga de tus amigos. ¿Puedes incluirme a mí entre ellos?

Le pareció a Lilian que su desfachatez había alcanzado ya su cenit, por lo que fingió no haberle oído.

—Bien. Mañana tendré el documento preparado y podréis firmarlo los dos en este despacho. ¿Te vendría bien pasarte a esta hora? Así podría mudarse ella al día siguiente.

Hubo un silencio al otro lado del hilo, pero duró solo unos segundos.

—Ya te he dicho que me vendría mejor esta misma tarde. ¿Cuándo tienes previsto llegar a tu casa con ese papelote? Estoy libre, así que, cuando me digas puedo acercarme.

Aturdida, volvió a retirar el auricular de su oído para fijar en el aparato su mirada como si este pudiera darle una respuesta a su muda pregunta. ¿A qué podría obedecer el excesivo interés que manifestaba él por quedar esa misma noche con ella y con Mariví? No recordaba que en el albergue de Navacerrada hubiese demostrado el menor empeño en acercarse a su amiga, sino más bien al contrario. Había desaparecido de improviso cuando al regresar de la intempestiva excursión que habían realizado ambos, había pretendido ella que pasaran juntos al comedor donde se encontrarían con su amiga con toda probabilidad. E igualmente se había esfumado por la tarde, cuando apareció Mariví con Pablo en la sala de estar huyendo de la nevada que se había abatido sobre ellos mientras esquiaban.

Estaba cansada, por lo que desechó la idea de seguir barajando posibles motivos y se resignó a aceptar.

—De acuerdo. Podríamos quedar a eso de las nueve.

—No, no, tiene que ser antes, —protestó Iván.

Consultó Lilian su reloj de pulsera. Aún era temprano. En media hora podría tener listo el escrito, pero había quedado después en dar una vuelta con Pablo.

—¿Por qué tiene que ser antes? Estoy muy ocupada. Tengo muchísimo trabajo y por mucha prisa que tengas tú en reclutar un nuevo inquilino y Mariví por mudarse a tu piso, cosa que no entiendo porque gracias a Gabriel está asquerosito, tendréis que ateneros los dos a lo que disponga yo.

—Pues dispón lo que sea, pero date prisa, —bromeó él.

—Está bien, —se resignó, diciéndose que lo mejor sería ultimar ese asunto cuanto antes y olvidar a continuación todo lo que guardaba relación con él. Le dejaría una nota a Pablo posponiendo la cita para el día siguiente, decidió, disponiéndose a darle una respuesta a Iván—. Dentro de una hora estaré en mi casa, no te retrases.

—Descuida, —replicó en tono festivo—. Probablemente llegaré antes que tú. Hasta luego.

Cortó Iván la comunicación y Lilian le imitó experimentando una vaga sensación de incomodidad o quizás de frustración. Algo le había molestado aunque no alcanzara a precisarlo. Fastidiada ante la idea de estar siendo utilizada por él para tener oportunidad de acercarse a su amiga, puso en funcionamiento el ordenador y mientras veía desfilar por el monitor las sucesivas pantallas de iniciación se preguntó si entre Iván y Mariví habría algo más de lo que los dos aparentaban. ¿Sería él quizás el hombre con el que había mantenido una aventura en vida de Gabriel y el que le había atropellado con su coche?

Relegó ese pensamiento de su mente para otro momento y se aprestó a acometer la tarea de redactar el escrito. Ya lo había terminado y lo estaba imprimiendo cuando sonó su teléfono móvil. Reprimió un respingo y un estremecimiento la recorrió entera. ¿Sería él…? ¿Sería el desconocido que le enviaba mensajes amenazadores y que ahora había decidido cambiar de táctica y hablar directamente con ella?

Indecisa y con el corazón latiéndole desacompasadamente comprobó el número de teléfono de la persona que la llamaba y se relajó instantáneamente emitiendo un suspiro de alivio. Era Fernando Costa.

—Hola Fernando, soy Lilian.

—Ya, ya lo sé. La llamo para felicitarla a usted y a doña Victoria. Me alegro de que la hayan dejado en libertad. He sabido siempre que no era ella la autora del crimen, pero ya sabe que no llevo yo la investigación del caso.

—Pues muchas gracias, —repuso Lilian, contenta de oír su voz y de recibir sus parabienes—. Y gracias también por haberme devuelto mi teléfono móvil. Supongo que ya habrá llegado usted a la conclusión de que le había dicho la verdad y que habrán archivado este asunto.

Se produjo un corto silencio al otro lado del hilo.

—Pues no, no se ha archivado, —replicó él al fin—. Al contrario.

—¿No?, —se extrañó Lilian—. ¿Por qué no? ¿Es que han encontrado alguna pista que conduzca a la identificación del culpable?

En esa ocasión el lapso de tiempo en el que Fernando Costa permaneció en silencio fue algo más largo.

—No debería hablarlo con usted. Antes, mientras realizábamos la investigación de un asunto, no se comunicaba a la prensa los avances que realizábamos ni hacíamos el menor comentario sobre el curso de nuestras pesquisas, pero ahora los medios de comunicación lo publican a bombo y platillo. ¿No ha leído el periódico hoy ni ha visto el diario informativo en las noticias de la televisión?

Bastante había tenido Lilian esa mañana con asistir a Mariví en el juzgado y en tratar de resolverle esa tarde el tema de su subrogación en el contrato de arrendamiento de Gabriel. Meneó negativamente la cabeza, pero luego, al caer en la cuenta de que Fernando no podía verla, tradujo ese gesto en palabras.

—No, no he tenido tiempo, ¿qué es lo que dicen?

—Que hemos seguido el rastro del automóvil que atropelló a la víctima y que hemos dado con el parachoques delantero que podría pertenecer a ese coche. Se lo han cambiado a su dueño por uno nuevo en un taller mecánico, pues quedó destrozado como consecuencia del encontronazo que, según les dijo en ese taller, se había dado contra un árbol al fallarle los frenos.

—Sí, ¿y qué?

—Que con el luminol, la policía científica ha detectado huellas de sangre en ese parachoques y ahora la están analizando para comprobar si coincide con la de la víctima. Además, no había trazas en el parachoques de

la corteza de ese supuesto árbol y los frenos del coche funcionaban perfectamente, también en opinión del mecánico. Hemos encontrado ese parachoques de casualidad, después de inspeccionar infinidad de talleres de reparación. Lo habían tirado en un rincón de la nave y tenían previsto deshacerse de él el viernes próximo, ya que es ese el día de la semana en el que el chatarrero se la recoge.

Se quedó en suspenso Lilian. Por una parte deseaba que encontraran al culpable cuanto antes, ya que seguramente sería él el desconocido que la había mantenido en vilo enviándole los mensajes amenazadores a su móvil, pero por otro, cabía la posibilidad de que del resultado de las investigaciones quedara patente que Mariví había cometido el delito de encubrimiento al colaborar con el autor del crimen para ocultar el cadáver.

Con dificultad recuperó el uso de su voz.

—¿Y cree que tardarán mucho en realizar esos análisis?

—Espero que no, pero, ya que no tiene tiempo de enterarse por la prensa, si quiere, la mantendré informada.

—Se lo agradecería, Fernando, —murmuró, omitiendo ya su apellido, con la curiosa sensación de que conocía al policía desde muchos años atrás y que consecuentemente formaba parte de su círculo de amigos.

—Pues hasta pronto entonces.

Cortó Lilian la comunicación y se acodó en la mesa, preguntándose cuándo finalizaría la pesadilla que se había iniciado con la primera vista de Mariví a su despacho, diez días antes. El silencio que siguió al run run de la impresora la despertó de la especie de letargo en el que había quedado inmersa. La máquina había terminado ya su cometido, por lo que recopiló cuidadosamente los folios, los grapó y los guardó en su maletín, disponiéndose a salir.

—¿Te largas ya?, —le preguntó Anita cuando pasó por delante de su mesa, camino de la puerta del piso.

—Si —repuso Lilian sin detenerse—. He quedado en mi casa con Mariví y con el dueño de la casa donde vivía ella para que me firmen un documento. Dile a Pablo que no he tenido más remedio que marcharme.

—Se lo diré, —le aseguró la chica con una sonrisa pícara—. Pero se llevará un disgusto, —apuntó, esperando que Lilian demorase aunque fuese

por unos segundos su salida de la oficina para darle una explicación sobre el punto en el que se encontraba su relación con su compañero de despacho—.

Últimamente pasáis mucho tiempo juntos, ¿verdad?

Como no estaba dispuesta a satisfacer su curiosidad y se encontraba ya junto a la puerta, ni tan siquiera se volvió. Con un ademán de su mano a modo de despedida, salió al descansillo de la escalera y echó a correr escaleras abajo.

Cuando llegó a su casa media hora más tarde ya se encontraba el Rover rojo de Iván aparcado junto a la acera, lo que incrementó su recelo. Era excesivo su interés por conservar a Mariví como inquilina, porque, ¿qué ganaba él? Estaba dispuesto a renunciar al cobro de la deuda que Gabriel había dejado pendiente con tal de que ella continuara viviendo en ese piso y este era muy céntrico, por lo que podría encontrar otro arrendatario sin ninguna dificultad. ¿A qué obedecería su empeño en suscribir cuando antes el documento que llevaba ella en el maletín?

Barajando en su mente las posibles respuestas a su muda pregunta, estacionó su automóvil detrás del coche de él y se bajó del suyo para rodear el otro e inspeccionarlo. Sabía que lo había adquirido Iván varios años antes, pero la carrocería, aunque polvorienta, no ostentaba ni un solo rasguño. Tampoco el parachoques delantero parecía haber sufrido el menor percance. Pese al barro que lo cubría por los extremos, podían verse los números de la matrícula destacando nítidamente en negro sobre el fondo de color blanco. Claro que el autor del homicidio de Gabriel había cambiado el parachoques averiado por otro nuevo y abandonado el antiguo en el taller, se dijo, por lo que el reconocimiento que estaba efectuando carecía de efectividad.

Con un suspiro se introdujo nuevamente en su vehículo y con el mando automático abrió la puerta de coches del jardín para estacionarlo más tarde dentro del garaje, anexo al edificio. Desde allí, entró luego en la casa por la puerta de la cocina desde donde percibió ya distintamente las risas procedentes del salón, coreadas por los cortos ladridos de Peluche que salió al vestíbulo a recibirla, aprovechando que la puerta de cristales de dos hojas estaba entreabierta.

—Eres un cachorro loco, —le riñó, dejando en el suelo el maletín para cogerlo en brazos, cuando pretendió mancharle los pantalones brincando para elevarse sobre sus patas traseras—. ¿No comprendes que llevo el traje con el que voy a trabajar, que, por cierto, me costó carísimo?

El perro no debió de comprender que le reñían, porque, satisfechísimo, acertó al darle un lametón en la mejilla, que Lilian se limpió con el dorso de la mano, mientras lo sostenía con un brazo y con la otra mano recuperaba el maletín y se dirigía hacia la estancia que veía iluminada.

Iván y Mariví estaba sentados en el sofá riéndose a carcajadas, cuando ella entró en la estancia. Vio sobre la mesa delantera dos copas mediadas conteniendo un líquido transparente y una botella de ginebra, lo que le pareció que explicaba la hilaridad de los dos. Se detuvo en el umbral con aire reprobatorio e Iván se puso en pie en el acto observando su expresión con las cejas enarcadas. Vestía un pantalón azul marino y un jersey más claro del mismo color y con su revuelta pelambrera resbalándole hasta los ojos parecía más joven de lo que le recordaba. Al captar su gesto recriminatorio recuperó inmediatamente la seriedad. Por el contrario, Mariví, que fumaba un cigarrillo, expelió el humo y la recibió festivamente, sin darse cuenta de que el gesto de su amiga no invitaba precisamente a gastarle bromas.

—Hola Lil, ya te echábamos de menos. ¿Quieres una copita?

Aunque Iván le dirigió una mirada de advertencia, la chica no la recogió y siguió balbuceando simplezas.

—¿De verdad no quieres tomar una copa con nosotros? Te tengo dicho que eres demasiado puritana. Deberías olvidarte de cuando en cuando del trabajo y comportarte como una chica joven y divertida. —Levantó la mirada hacia él, que continuaba en pie como un poste. ¿No crees Iván que tengo razón? ¿No crees que debería celebrar con nosotros que el trago que he tenido que soportar esta mañana en el juzgado haya salido tan bien?

Meneaba coquetonamente la cabeza al decirlo, obligando a su melena a oscilar de un lado para otro, pero él no pareció darse cuenta de que brillaba con reflejos cobrizos y de que enmarcaba su atractivo semblante destacando el color de sus ojos. Claramente incómodo, miraba a Lilian como abochornado.

—Supongo que lo que deseas celebrar se lo debes a ella, —apuntó con una voz sin inflexiones.

—Por supuesto, —admitió Mariví apagando el cigarrillo en el cenicero

—. Lilian es un genio jurídico. Una persona en la que se puede confiar en todo caso, porque siempre te resolverá el problema, por difícil que sea. Pero ya lo hemos superado todo. Ya no tenemos de qué preocuparnos, así que tampoco viene a cuento el que te presentes en tu casa con esa cara de funeral para reñirnos, —apostilló dirigiéndose a ella—. ¿O es que has tenido algún percance en tu oficina?

Tomó asiento ella en la butaca frontera al sofá que ocupaba su amiga y se colocó sobre las rodillas el maletín sin contestarle. Iván se dejó caer en el borde de la otra, mientras Lilian extraía el escrito y le alargaba a él una copia intentando hacer lo mismo con Mariví. Esta no llegó a coger los folios que le entregaba.

—No, no tengo ninguna gana de ponerme ahora a leer los galimatías que escribes. Me basta con que lo hayas redactado tú. ¿Dónde tengo que firmar?

Le indicó Lilian el pie del escrito, donde ella se apresuró a estampar su firma y donde Iván hizo lo mismo más tarde, después de enterarse atentamente de su contenido. Luego le entregó un folio a él y guardó el otro en su maletín con aire de haber dado por terminada la reunión. Iván se puso en pie vacilante, mirando a Lilian.

—Bueno, ya me marcho. Noto que te he ocasionado un contratiempo al hacerte salir intempestivamente de tu despacho y que estás deseando que me vaya, así que…

Mariví intentó retenerle con un mohín picaresco, pero él continuó en pie.

—No seas tonto, que a Lil no le molestas en absoluto. Es que ella es así, se lo toma todo demasiado en serio.

—¿De veras?

—Y tan de veras. Ya en la facultad prefería subir a empollar a la biblioteca a participar en las carreras de coche que organizábamos por el campus. Nunca ha sabido divertirse. Anda, dame fuego.

Había cogido otro cigarrillo del paquete que había dejado sobre la mesa e Iván se inclinó hacia ella con su mechero encendido.

—¿Dónde has dejado el tuyo?, —le preguntó.

—¿A qué te refieres?

—A tu mechero. A uno que decías que era de oro y que te regaló Gabriel al poco de conoceros. Tenía un elefantito en relieve y grabados los nombres de los dos. ¿Qué ha sido de él?

También Lilian recordaba ese mechero y lo ilusionada que se lo enseñó Mariví cuando quedaron en una cafetería y su amiga le refirió cómo había conocido a Gabriel y el detalle que había tenido él al mandar grabar sus nombres en el encendedor.

—Pues no lo sé. Lo llevaba siempre en el bolso. Creía que era de oro, pero cuando las cosas se pusieron mal y lo llevé a la casa de empeño, me dijeron que no valía nada, que era de metal dorado. Pero me gustaba y como además fumo como una chimenea, lo utilizaba constantemente. Se me debió caer en mi casa, o sea, en la tuya, en la que voy a volver a vivir.

Levantó la cabeza para sonreírle a él, que aún continuaba en pie, junto al sofá.

—Debería dejar de fumar, ya lo sé. Tendría que imitar a Lilian que no fuma ni bebe ni hace otra cosa que trabajar.

Envolvió él a la aludida en una mirada de curiosidad.

—Quizás por esa razón sea ahora una profesional tan competente, —

murmuró con voz apenas audible.

Mariví tomó un sorbo de ginebra y cuando el alcohol se derramó por sus venas sus ojos relucieron como los de una gata.

—Sí que lo es. Y también es listísima. La considero capaz de descubrir cualquier embrollo y de dejar en mantillas a la policía.

Una chispita de algo que no supo Lilian interpretar cruzó por los claros ojos de Iván.

—Bien, repito que ya me voy. Gracias por la copa, Victoria, y a ti… a ti gracias por todo, —dijo dirigiéndose a Lilian.

Le acompañó esta a través del vestíbulo hasta la puerta de la casa, seguidos de Peluche que correteaba entre los dos. Ya con la mano en el picaporte esbozó Iván un gesto de disculpa.

—Lo siento. Siento haber entorpecido tu trabajo haciéndote venir antes de lo que tenías proyectado, pero es que había imaginado esta reunión de muy distinta forma.

Salió al porche y antes de bajar los escalones, le dijo adiós con la mano.

¿A qué se referiría?, se preguntó ella mientras le veía atravesar el pequeño jardín de la parte delantera de la casa, tenuemente iluminado por la farola de la calle. Había anochecido ya y no distinguió su silueta cuando salió a la calle, pero instantes más tarde oyó el bronco sonido del motor cuando el automóvil se puso en movimiento y se perdió calle abajo.

Cuando regresó al salón con Peluche en brazos, notó Mariví por primera vez la preocupación que traslucía el semblante de ella.

—¿Pasa algo, Lil? Te noto muy tensa. ¿Es porque he quedado con Iván aquí, en tu casa?

—No has quedado tú. He quedado yo, —la corrigió malhumorada—. Y

no es por eso, aunque no acabo de entender el motivo de que tengas que coquetear con todos los hombres que se te ponen a tiro. Hasta hace diez días tenías una aventura con otro por el que ibas a abandonar a Gabriel y al que has ayudado a ocultar el cadáver, pero al parecer no te basta con él. El fin de semana pasado te empleaste a fondo con Pablo sabiendo que estábamos saliendo y ahora…

La observó Mariví con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¿Estabas saliendo con Pablo?

—Sí, supongo que puede considerarse así. Más que citarnos para salir, nos veíamos en su despacho o en el mío y manteníamos largas conversaciones. Él se me ha insinuado en más de una ocasión.

El atractivo rostro de la otra se distendió en una mueca de sorpresa.

—¿Y por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté? Te pregunté si te interesaba Pablo y me dijiste que no, que te tenía sin cuidado.

—Porque me habíais dado un plantón esa mañana y estaba resentida, —

replicó ella rememorando el despecho que había experimentado cuando al levantarse había tenido conocimiento por el recepcionista de que los dos se habían marchado a esquiar sin ella—. Estuvo feísimo lo que hicisteis Pablo y tú —insistió rencorosamente—. Me dejasteis en tierra como si yo fuera la

incómoda carabina que os hubiera acompañado para velar por vuestra reputación, cuando el día anterior él había estado a punto de declarárseme.

—Ya no se dice así, —la rebatió desdeñosamente la otra—. Y lo siento, no lo sabía. Pero la culpa es tuya por no habérmelo advertido.

—O tuya, por ese empeño que tienes de acapararlos a todos.

Con la copa en la mano, lo consideró Mariví en silencio y con la vista baja.

—¿Y por qué no?, —murmuró al fin—. ¿Qué tiene de malo? Alguna vez encontraré a uno que merezca la pena. En cambio tú…

—¿Qué ibas a decir? Continúa.

—Que en cambio tú, con esa actitud tan rígida con la que te comportas será muy difícil que alguno se atreva a decirte algo, aunque llegue a desearlo. ¿Cuánto tiempo llevas saliendo con Pablo?

Entornó Lilian los ojos para calcularlo.

—Pues… pues no lo sé con seguridad. Desde que él terminó con la chica con la que vivía y yo con Alfonso. Aproximadamente dos años.

Se echó a reír sarcásticamente Mariví.

—Y puede que transcurran otros dos hasta que le animes a decidirse y él recoja la onda. O puede que no la recoja nunca. —Se apartó la melena de su rostro y continuó pensativamente—: En cuanto a Iván, todavía comprendo menos cómo has reaccionado al vernos a los dos tomando una copa. ¿Por qué te molesta que tontee un poco con él? Es un tipo sumamente atractivo y me hace sentir que aún soy joven y que estoy de buen ver.

Clavó la mirada Lilian en el rostro de su amiga con una sospecha vaga enroscándosele por dentro.

—¿Fue él el que atropelló a Gabriel?

Reprimió Mariví un imperceptible sobresalto.

—¿Iván?, no, ¿por qué me preguntas eso?

—Le conocías de antes, os relacionabais con él cuando vivías con Gabriel, ¿verdad?

—Sí, pero eso no tiene nada que ver.

—¿Estás segura?, —insistió Lilian—. Te lo pregunto, porque la policía ha encontrado una pista que puede conducirla hasta el autor del atropello.

En un taller mecánico de automóviles ha localizado el parachoques del coche con huellas de la sangre de alguien. La están analizando.

Por el semblante de Mariví cruzó una sombra que finalmente reflejó el miedo que la advertencia de Lilian le había provocado.

—¿Y tú crees que…?

—Que si la sangre es de Gabriel, pueden identificar por la matrícula al hombre que le mató.

—¿Y qué le ocurriría?

—Que le juzgarían por homicidio o quizás por asesinato, según estimen o no que concurren las agravantes de ensañamiento y de alevosía, ya que el conductor le atropelló primero y le remató después, pasando dos veces con el coche por encima de la víctima. Así, que dime, ¿fue Iván?

Meneó Mariví negativamente la cabeza, olvidando realizar la característica y estimulante oscilación de su melena.

—No, no te lo voy a decir. ¿Crees que le condenarían? Lo único que hizo él fue defenderme. De no haber aparecido a tiempo con su coche, Gabriel me habría matado. Le atropelló en legítima defensa. En este caso, me defendió legítimamente a mí.

Lilian levantó ambas manos con un ademán de impotencia.

—La jurisprudencia nuestra rara vez aprecia la legítima defensa como una eximente completa. Si acaso como una atenuante de la pena que, de otra forma, le sería impuesta al autor del delito.

—Pero eso no es justo, —protestó vehementemente la chica.

—Puede que no, pero es lo que hay.

Se quedó callada Mariví con la mirada fija en el fondo de su copa.

—Dime una cosa Lil, ¿le defenderías si la policía diera con él y le juzgaran por homicidio o por asesinato?

Lo consideró Lilian con el ceño fruncido.

—Si es lo que quieres y lo que me pidiera él, sí, pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

Se produjo un nuevo silencio. Mariví miraba fijamente el fondo de su copa como si le interesara de una forma especial y Lilian la observaba disimuladamente, preguntándose si le habría dicho la verdad en lo que se refería a Iván. Si fuera él el autor del atropello y mantuviera por

consiguiente una relación íntima con Mariví quedarían claras las dudas a las que aún no les encontraba explicación.

—Me marcharé a mi casa mañana a primera hora, —murmuró la chica levantando la mirada para clavarla en el rostro de Lilian—. Ya he abusado bastante de tu hospitalidad y debo adaptarme cuanto antes a mi nueva situación. La verdad es que dejamos el piso impresentable cuando escapé de él, perseguida por Gabriel. Tengo que empezar a trabajar el lunes próximo, por lo que aprovecharé los días que restan de esta semana para limpiarlo y ponerlo en orden.

—Le diré a Leocadia que vaya mañana contigo, —ofreció Lilian—. Os llevaré a las dos en el coche con tu equipaje y seguiré luego a mi despacho.

Pero no es necesario que te vayas tan pronto. Sabes que a mí no me molestas en absoluto.

Los ojos de Mariví se llenaron de lagrimones, pero hizo un esfuerzo por sonreír.

—Gracias, Lil. No sé qué habría hecho sin ti.

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