La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 11 de 20

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La coartada

Capítulo 10

Se quedó mirándole como atontada y él se echó a reír.

—¿No me has reconocido o es que te habías olvidado ya de mi existencia?

Buscó ella una respuesta que explicase el sobresalto que había experimentado al verle y que resultase acorde con lo que cabía esperar de una abogada con la suficiente experiencia, como para no alterarse al recibir a los clientes más insólitos.

—Sí, te he reconocido, pero es que no esperaba que mi visitante de las cuatro fueses tú. Desapareciste de pronto de la sala de estar del albergue sin despedirte y… No sabía que eras ruso u oriundo de alguno de esos países del Este.

Él se echó a reír de nuevo.

—Soy español, de Toledo para ser más exacto. Fue mi bisabuelo el que nació en Rusia. Era director de orquesta y se casó con una sevillana cuando vino a España y la conoció.

—¿A qué vino? ¿A dar un concierto?

—Sí, creo que sí.

—¿Y qué pasó después?

—Pues ya te lo he dicho, que se casó con mi bisabuela, la sevillana, y que no volvió nunca más a su país. Creo que mi bisabuela era de armas tomar, por lo que es posible que el pobre señor terminara hablando español con acento andaluz y cantando fandangos. ¿Te gustan los fandangos?

Se lo preguntaba con guasa, mientras Lilian analizaba sus facciones con curiosidad. Por primera vez se dio cuenta de que la fisonomía de su interlocutor denotaba ambos orígenes. Aunque muy moreno de piel, herencia probablemente de la bisabuela sevillana, sus ojos clarísimos,

ligeramente oblicuos, así como los pómulos altos eran propios de los oriundos del Cáucaso.

—Sí me gustan, pero creo que los fandangos nacieron en Huelva, no en Sevilla.

Se encogió Iván displicentemente de hombros.

—Es igual, cantaría entonces mi bisabuelo sevillanas y hasta puede que las bailara. Tengo entendido que se integró por completo en nuestro país y que fue muy feliz.

—Estarás tú también muy satisfecho, —murmuró por decir algo, mientras buscaba un folio en blanco entre el cerro de papeles de su mesa y se aprestaba a tomar notas.

Esbozó Iván una sonrisa irónica.

—¿De qué? ¿De ser un híbrido de dos culturas muy distintas? Pues no sé qué decirte, porque no me dieron a elegir Estoy muy satisfecho de ser español y de haber nacido en Toledo. También lo estoy de vivir ahora en Madrid y de que me hayas recibido esta tarde.

Como le pareció a Lilian que había acudido a su despacho con la única intención de charlar un rato, hizo caso omiso de su último comentario y adoptó una expresión distante, absolutamente profesional.

—Pues ya me dirás qué problema tienes y quién te ha recomendado este despacho.

—No me lo ha recomendado nadie, —replicó impasible.

—¿No?, entonces…

—Entonces, le pregunté al recepcionista del albergue donde nos alojamos en Navacerrada cuál era tu apellido y esta mañana he averiguado el número de teléfono de tu despacho llamando al Colegio de Abogados. Ha sido de lo más sencillo.

Parpadeó incrédulamente.

—¿Le preguntaste mi apellido al recepcionista del albergue?

—Sí, a ese chico tan pintoresco de los pelos encrespados —se rio, pasando una mano por su corto cabello, como si necesitara cerciorarse de que el suyo no guardaba similitud alguna con la cresta que lucía el chico al que aludían—. Tú me habías dicho cuando desayunábamos que eras abogado y yo necesitaba uno.

La expresión de Lilian pasó a ser ceñuda al dar por hecho que su visitante no tenía problema jurídico alguno que resolver y que había buscado esa excusa para verla de nuevo.

—¿Y cuál es ese problema tan urgente? La secretaria me ha dicho que has insistido mucho en que te recibiera hoy mismo. Comprende que tengo muchísimo trabajo, así que espero que sea verdad y que no le hayas contado un cuento.

Hizo él un gesto de asentimiento con la clara intención de interrumpirla y le indicó el maletín que llevaba en la mano.

—¿Quieres que te enseñe los papeles antes o después de referirte la historia? Necesito que desahucies a un inquilino que lleva nueve meses sin pagarme la renta que pactamos.

Aunque continuó imperturbable en apariencia, se relajó un tanto ella al constatar que no iba a ser necesario llamarle al orden y comenzó a tomar notas en el folio que había rescatado con dificultad de debajo de las fotocopias de la demanda.

—¿Cómo la pactasteis? ¿Por escrito o verbalmente?

—Por escrito. Firmamos el contrato hace cinco años y al principio fue todo bien. Era un tipo raro, pero pagaba puntualmente la renta en la cuenta corriente que se indicaba en el contrato. Pero luego… luego empezó a demorarse al efectuar esos ingresos.

—¿Y se los reclamaste?

—Claro, le envié un burofax en cada ocasión. El primero lo atendió, aunque con retraso, pero después dio la callada por respuesta. Me debe ya la renta de nueve meses y además necesito ese piso para trasladarme a vivir a él. En este momento estoy en otro alquilado.

Sonrió Lilian al pensar que el asunto iba a ser más sencillo de lo que había supuesto.

—Si firmasteis el contrato hace cinco años, el arrendamiento debe de estar a punto de expirar. ¿O ha vencido ya?

—Venció el mes pasado.

—¿Y no le preavisaste dentro del plazo legal?

El moreno semblante de Iván reflejó una marcada contrariedad.

—Pues no, se me pasó. Estábamos cerrando el ejercicio en la empresa en la que trabajo y… ¿Te he dicho que soy economista?

—Sí, ya me lo dijiste en el albergue.

—Pues eso, no caí en la cuenta, lo cual no es de extrañar. No sé por qué los abogados creéis que el resto de los mortales estamos obligados a vivir pendientes de los plazos de vencimiento de todo lo que firmamos o de lo que puede ser importante.

Se acodó Lilian en la mesa para apoyar la barbilla en una mano y mirarle inexpresivamente.

—¿Y crees que no hubiera merecido la pena que lo recordases?

Levantó ambas manos él en un ademán de impotencia.

—Puede que sí, pero no me riñas, porque ya no tiene remedio. Se me pasó y he venido a que me lo soluciones. Quiero que ese tipo deje mi casa libre y que, a ser posible, me pague los atrasos que me adeuda.

—De acuerdo, de acuerdo, —contemporizó ella—. Ejercitaremos la acción de desahucio por causa de necesidad y…

—¿De qué necesidad? —la interrumpió receloso.

—Se llama así, —le explicó pacientemente—. En el supuesto de que el propietario necesite la vivienda para él o para que la ocupen sus ascendientes o descendientes legítimos o naturales se puede desahuciar al inquilino.

—¿Aunque se me haya pasado el plazo para preavisarle del vencimiento del contrato de arrendamiento?

—Claro. Si no se te hubiera pasado el plazo, bastaría con aguardar a su vencimiento y el inquilino estaría obligado a dejarte la casa libre. ¿Qué papeles me has traído?

—Creo que todos. El contrato, los recibos de las mensualidades que ha pagado, los burofaxes, todo.

—Muy bien. Déjamelos para que me los estudie con calma y hable con el arrendatario para intentar llegar con él a un acuerdo. Tienes que darme su teléfono. Si no se aviene a razones, prepararé la demanda y te avisaré cuando lo tenga todo listo.

—¿Y eso cuándo será?

Se había quedado mirándola fijamente con una chispita en sus claros ojos verde uva que no supo interpretar.

—¿Cómo que cuándo será?

—Sí, que cuánto vas a tardar en hacer esas gestiones y en empollarte esos papeles.

Se repantigó Lilian en la butaca con aire solemne, gesto que solía intimidar a los clientes que la visitaban por primera vez.

—No lo sé. Llevo otros muchos asuntos entre manos, la mayoría penales, y no me parece que el tuyo sea tan urgente. Si has dejado transcurrir nueve meses sin acudir a un abogado para que al menos te asesorase, creo que puedes esperar una semana más sin que se hunda el mundo.

Se lo decía en tono de broma, pero Iván ni siquiera sonrió.

—Así que vas a tardar una semana, —dedujo con el ceño fruncido.

—No lo sé. No sé cuánto voy a tardar, ¿pero a qué viene esa prisa tan repentina?

Se encogió él de hombros sin responder y extrajo de su maletín un abultado sobre de color manila que le tendió, por lo que Lilian, tras tomarlo de sus manos, se puso en pie dando la entrevista por finalizada.

—Te acompañaré hasta la puerta, —le dijo, precediéndole hacia el pasillo—. Como ya tienes el teléfono de este despacho, puedes llamarme si hay algo nuevo. También yo te mantendré informado.

La siguió él en silencio. Cuando al encaminarse hacia la puerta del piso llegaron a la antesala y pasaron por delante de la mesa de la secretaria, levantó esta la cabeza del monitor del ordenador y se quedó mirando a Iván con mal disimulada complacencia, por lo que Lilian se sintió obligada a recriminarla cuando, después de que él se hubiera marchado, retrocedió sobre sus pasos.

—Me parece, Anita, que deberías ser más discreta. Solo te ha faltado emitir un silbido admirativo al paso de ese cliente que acaba de marcharse.

La chica se echó a reír con toda frescura.

—Descuida, no soy tan estúpida como para demostrar la impresión que me ha producido, aunque no por falta de ganas. Estoy segura de que en cambio tú ni siquiera te has dado cuenta de que, además de tener una voz

preciosa y un apellido rarísimo, ese tío está imponente. ¿A que ni siquiera te has fijado?

Evasivamente, se encogió ella de hombros.

—Los clientes que piden cita en este despacho, vienen a que les resolvamos sus problemas, no a ligar conmigo, ¿entiendes?

Anita se la quedó mirando socarronamente.

—¿Estás segura?

Por primera vez se lo preguntó ella a sí misma. El desahucio que le había encargado Iván no era tan urgente como para haber insistido con la secretaria en que le recibiera esa misma tarde ni para que manifestara tanta prisa en que se lo estudiara y realizara las gestiones oportunas. Había algo más en su forma de comportarse que no alcanzaba a discernir y que también le había intrigado durante el fin de semana en la sierra. Su empeño en que visitaran en solitario el torreón, sus repentinas desapariciones… Intentó rebobinar en su mente los momentos que había compartido con él desde que le conociera mientras desayunaba en el comedor del albergue para tratar de precisar qué era lo que no encajaba y de improviso cayó en la cuenta. Se había esfumado como si se le tragara la tierra en todas las ocasiones en las que Mariví y Pablo habían hecho acto de presencia. Parecía como si hubiera aguardado a que se marcharan los dos para aproximarse a ella, bien para dar un paseo hasta la torre o para proponerle acercarse por la tarde al pueblo de Guadarrama y también se había evaporado sin decir palabra cuando los dos habían entrado en la sala de estar al regresar al albergue por la tarde.

Anita parecía seguir el hilo de sus pensamientos, porque le guiñó un ojo.

—No te preocupes. No pienso decirle a Pablo que has flechado al hombre que acaba de hacer mutis y que, o mucho me equivoco, o volverá a pedirme que le cite en tu despacho en un plazo muy breve. ¿Qué quieres que haga cuando llame?

En ese instante el sonido de su móvil le impidió a Lilian contestarle. Lo extrajo del bolsillo del pantalón y antes de llevárselo al oído comprobó aprensivamente el número que aparecía en la pantalla. Era el del policía, por lo que más tranquilizada se dispuso a hablar con él.

—Dígame Fernando, ¿hay algo nuevo?

La voz de él, sonora y bien timbrada llegó distintamente a su oído.

—Pues sí. Quería comunicarle que ya hemos averiguado la identidad de la persona que la ha llamado dos veces esta mañana a su despacho y que no parece tener relación alguna con el maltratador de su amiga. Se llama Iván Vasiliev y, pese a su apellido extranjero, es español. Seguramente se ha confundido al marcar su número de teléfono por dos veces consecutivas y, en lugar de disculparse, ha colgado. Yo de usted no me preocuparía.

Al oírle, algo similar a un toque de alarma le repercutió dentro, aunque intentó convencerse a sí misma de que la explicación que le acababa de darle Fernando era perfectamente plausible. Sus pensamientos debieron aflorar a su rostro, porque Anita enarcó las cejas al mirarla.

—¿Qué pasa?, ¿quién te ha llamado? ¿Te han dado una mala noticia?

Meneó ella negativamente la cabeza.

—No, no es nada. Es que tengo los nervios algo alterados desde que se presentó en mi despacho esa amiga que ahora vive conmigo. Su maltratador particular disfruta enviándome mensajes amenazadores a mi móvil y la policía no acaba de conseguir detenerle, porque ese tipo desaparece sin dejar rastro en cuanto me los remite.

Con la cabeza ladeada la observó pensativamente la secretaria.

—¿Y… y tienes algún arma con la que defenderte en caso de necesidad?

—No, claro que no. En nuestro país es difícil obtener licencia con ese objetivo y ni sé disparar ni me interesa aprender.

—Pero…

—No te empeñes en intentar convencerme, porque en cualquier caso no me la iban a conceder. Llevé hace tiempo el caso de un funcionario de prisiones que había sido amenazado de muerte por un terrorista que había estado recluido en la prisión en la que había estado destinado y que solicitó licencia de arma corta, tipo B.

—¿Quién había solicitado licencia?

—Mi cliente. Yo le había aconsejado que lo hiciera.

—¿Y qué pasó?

—Que la Administración se la denegó en primer término y después se la denegó el juez, en base a que es la policía quien tiene como misión

protegernos de los indeseables, por lo que no procedía que mi cliente se tomara la justicia por su mano.

La escuchaba Anita con sus oscuros ojos agrandados por la curiosidad.

—¿Y qué pasó?

—Que el terrorista, cuando salió de la cárcel con el tercer grado penitenciario, le pegó un tiro a mi cliente cuando regresaba a su casa por la noche.

—¿Y le mató?

—No, porque no gozaba de muy buena puntería. Le dio en un hombro y tuvieron que operarle para extraerle la bala. Yo había recurrido ya la sentencia de instancia, pero el tribunal superior la confirmó.

—¿Quieres decir que perdiste el caso?

Pesarosamente meneó Lilian la cabeza en sentido afirmativo.

—Sí, ocurre de cuando en cuando. No creo que exista ningún abogado que no haya perdido alguno, aun cuando solo acepte los asuntos que vea muy claros.

La observó Anita con la cabeza ladeada.

—Tengo que reconocer que en ocasiones te he envidiado, pero, después de lo que me has contado, me alegro de ser únicamente una secretaria sin complicaciones, aunque yo de ti me protegería de ese tipo que te amenaza por el móvil, al menos con un aerosol.

—Los aerosoles defensivos también están prohibidos.

Se echó a reír la chica como si acabara de escuchar una cosa graciosísima.

—Los que venden con esa finalidad, sí, pero la laca del pelo cumple el mismo cometido y legalmente se consideran inocua. Yo llevo siempre un frasquito de viaje en el bolso. Tuve un noviete muy celoso y logré que me dejara en paz cuando terminamos, gracias a la laca. Mira.

Cogió su bolso del suelo y extrajo de su interior un frasquito, que le mostró.

—¿Lo quieres?, —le ofreció.

—No, no, es tuyo, pero gracias.

—Quédatelo, —insistió Anita tendiéndoselo—. Por el momento no me persigue nadie y a ti parece que sí. Cuando la policía detenga a ese hombre,

si no lo necesitas ya, me la devuelves. O mejor aún, no me lo devuelvas, porque te lo regalo.

—Pero…

—Que te lo quedes. No me perdonaría que te sucediese algo por no haber querido aceptar mi ofrecimiento.

—Vale, pues muchas gracias.

Con el frasco en la mano regresó Lilian a su despacho, pero no consiguió concentrarse en el trabajo que tenía pendiente. Al poco de haber tomado asiento tras la mesa, oyó marcharse a Anita que, como le había comunicado esa mañana, tenía cita con el dentista y se quedó sola en el piso, viendo como la luz del día se iba apagando poco a poco. Había colocado el sobre que le había entregado Iván sobre las fotocopias de los autos y extrajo estas de debajo intentando concentrarse en su lectura, pero no consiguió entender lo que decían. Las apartó a un lado y la emprendió con la demanda que debía contestar, hasta que se convenció de que era incapaz de retener su contenido. Como si le pincharan con alfileres se rebullía inquieta en la butaca, se sobresaltaba en cuanto percibía el menor ruido y vigilaba atentamente tanto el teléfono fijo como el móvil, que había colocado también sobre la mesa, pese a que no sonaron ninguno de los dos.

Al fin, cansada de no ser capaz de dominar sus nervios, decidió marcharse a su casa. No le había citado Anita a ningún otro cliente para esa tarde y los asuntos que debía resolver podían esperar hasta la mañana siguiente, por lo que descolgó su chaquetón del perchero, cogió su bolso, dentro del cual introdujo el botecito de laca de la chica, y salió al pasillo, apenas iluminado por la mortecina luz del atardecer que penetraba por los dos ventanales de la antesala y se filtraba cansinamente hasta allí. Nunca le había parecido el piso en el que trabajaba a diario tan lúgubre ni tan inquietante.

Habitualmente pecaba más bien de ruidoso, pero en esos momentos le produjo la sensación de haberse convertido en el tétrico escenario de algo siniestro que estaba a punto de suceder.

Esa misma impresión la acometió cuando media hora más tarde llegó a su casa y detuvo el coche frente a la verja del jardín para buscar en el bolso el mando automático de la cancela. Lo encontró enseguida pero oteó asustada los alrededores antes de activarlo, diciéndose que debería

prepararse una tila o un brebaje similar que tranquilizase sus nervios en cuanto entrase en su casa. Se repitió que era ella la que estaba padeciendo un síndrome paranoide y la que adornaba con tintes macabros la atmósfera que respiraba, porque su entorno era el de siempre. El mismo en el que se desenvolvía antes de que reapareciera Mariví en su vida y con ella la amenaza de Gabriel. También se encontraban en invierno durante los días que precedieron a aquel veintinueve de febrero en el que la chica se presentara en su despacho, por lo que anochecía muy temprano, y también entonces el jardín y el edificio en el que vivía se asemejaban a un manchón oscuro, que se difuminaba bajo la negrura del firmamento sin perfiles, cuando regresaba después de trabajar. Era igualmente una sombra más, que miraba sin ver. Sin imaginar que Gabriel pudiera estar agazapado en cualquier rincón, aguardando la oportunidad más propicia para salir de la oscuridad y abalanzarse sobre ella.

Pasó una mano por su frente como si pretendiera con ese gesto borrar esas imágenes de su mente y se decidió a accionar el mando automático. Al abrirse la cancela, introdujo el coche en el jardín y lo condujo seguidamente por el empedrado camino que llevaba al garaje, cuyo portón cerró desde su interior con el mismo mando. Después subió los peldaños por los que se accedía a la puerta de la cocina y una vez dentro de la casa trató de localizar a Mariví. El cachorro juguetón se le enredó entre los pies cuando salía al pasillo y con él en brazos se encaminó hacia el salón donde supuso que se encontraría su amiga, ya que estaba iluminado. Efectivamente se hallaba acurrucada en el sofá y con una copa que olía a coñac sobre la mesita baja delantera. Al verla entrar, levantó hasta su rostro unos ojos angustiados.

—Menos mal que has venido. Creía que no iba a poder aguantarlo más.

Tomó también asiento de medio lado Lilian en el sofá y sosteniendo sobre su regazo al perrito, escudriñó el alterado semblante de la chica.

—¿Qué es lo que no puedes aguantar más? ¿Hace mucho que se ha marchado Leocadia?

—No, hará solo unos minutos.

—¿Y ha sucedido algo nuevo?

Negó Mariví con la cabeza y su melena cobriza se expandió por sus hombros con destellos dorados.

—No, no lo sé, porque no ha llamado nadie por teléfono. No soporto permanecer aquí encerrada todo el día, sola con Leocadia, sin hablar con nadie más que con ella, que no para de limpiar, ¿no lo entiendes? Tú sales y entras, trabajas y se te pasa el tiempo volando, pero yo no hago otra cosa que esperar aquí sentada, temiendo que en cualquier momento aparezca Gabriel. Creo que voy a volverme loca.

—Bueno, bueno, —contemporizó Lilian disimulando su propio miedo

—. La cosa no es para tanto. Lo importante es que estés segura aquí hasta que la policía le detenga. Después podrás reanudar tu vida anterior y hacer lo que más te apetezca.

Clavó en ella una mirada turbia, probablemente por efecto del alcohol, que denotaba claramente su impaciencia.

—¿Y eso cuándo va a suceder? Estoy perdiendo la confianza en que la policía le localice alguna vez y le eche el guante. Gabriel es muy listo.

Se arrellanó Lilian más cómodamente en el sofá y quizás por mimetismo agitó también su corta melena castaña, pretendiendo quitarle importancia a lo que la otra acababa de decir.

—Por listo que sea, la policía dará con él. Recuerda que no tiene un duro ni donde caerse muerto, porque no ha vuelto por el piso que compartisteis. Hasta los más listos comen a diario y duermen por las noches bajo techado y como además es un tipo pendenciero, no tardará en cometer un error que atraiga la atención de la policía.

Cogió Mariví la copa de coñac de la mesita y bebió un largo sorbo, antes de objetar con la lengua algo estropajosa:

—Pero es que yo no puedo consentirlo. No puedo prolongar esta situación ni consentir que te estés arriesgando por mí y que me estés manteniendo, porque me siento como un parásito y como una gorrona. —

Dio un hipido al preguntarle—: ¿Se dice gorrona?

—Sí, creo que sí, pero no eres ninguna de las dos cosas. Habrías hecho lo mismo por mí si nuestras posiciones fueran las inversas.

Dio otro hipido Mariví y se sujetó la cabeza con las manos como si los músculos del cuello se le hubieran aflojado y no fueran capaces de sostenérsela.

—Tú nunca te hubieras dejado embaucar por un hombre guapo, como yo. Todo lo razonas y no te dejas llevar por los sentimientos cuando son irracionales.

Esbozó Lilian una mueca irónica, diciéndose que si lo que acababa de afirmar la otra fuese cierto, no se la habría llevado a vivir a su casa para intentar protegerla de Gabriel. Era cierto que en un primer momento había pretendido encontrarle una vivienda de acogida, pero, al no haber ninguna disponible, no lo había dudado. ¿Era esa la forma de actuar de una chica que razonase siempre, con la mente fría, sin sentimentalismos de ninguna clase?

Con la copa de cristal en la mano, Mariví agitaba el líquido ambarino, observándolo atentamente.

—Yo… he estado pensando.

—¿Y qué has pensado?

—He pensado que quizás pudiera trabajar como tú.

—¿Cómo yo?

—Sí, ejerciendo la profesión de abogado.

Enarcó las cejas Lilian analizando su expresión y preguntándose si no pecaría la chica de optimista bajo los efectos del alcohol.

—¿Después de tantos años? ¿Recuerdas algo de lo que estudiaste?

—Pues… no demasiado.

—Entonces… ¿Cómo ibas a abrirte paso a estas alturas en ese mundillo? No es tan fácil. Nadie le encarga a un abogado un asunto si no tiene experiencia y tampoco es fácil adquirirla así, de pronto. No es algo que pueda improvisarse.

Tomó la chica otro sorbo de coñac y sonrió antes de depositar nuevamente la copa en la mesa con una mano torpe.

—Es que yo he pensado… No sé si te parecerá bien. He pensado que podríais contratarme como pasante en tu despacho.

Abrió Lilian desmesuradamente los ojos por efecto de la sorpresa.

—¿Cómo pasante? No soy yo la que decide en mi despacho si sería o no conveniente contratar a una chica para que redacte o conteste las demandas de los asuntos más sencillos. Don Eulogio es el que manda y en este momento no creo que esté dispuesto a asumir más gastos. Tarsicio está

pagando la hipoteca de su casa, así que tampoco accedería a repartir contigo parte de sus ingresos. En cuanto a Pablo…

Se interrumpió sin saber cómo continuar. Parecía que este, después del aciago fin de semana que habían compartido los tres, pretendía retomar la relación que había mantenido con ella con anterioridad, pero no estaba muy segura de cuál sería su reacción si le proponía a Mariví como pasante y podía así intimar con esta viéndola a diario en el despacho.

—No tendríais que pagarme nada, —objetó la otra con voz pastosa—.

Al menos, no al principio. Yo saldría así de esta casa todas las mañanas y trabajaría en la antesala, en otra mesa al lado de la secretaria, rodeada de gente, por lo que Gabriel, si me vigila, no se atrevería a acercárseme.

—¿Y después?

—¿Después de que le detenga la policía? Pues… eso aún no lo he pensado, porque depende de muchas cosas. Si mi trabajo en el despacho le resultara satisfactorio a don Eulogio y a tus otros compañeros, podría continuar de pasante, cobrando un sueldo y buscar un piso del que pudiera pagar el alquiler.

—¿Y en caso contrario?

—En caso contrario buscaría alguna oficina que limpiar. No puedo quedarme de brazos cruzados en tu casa. Es pedirte demasiado.

Se dejó caer Lilian en el sofá y se acomodó entre los cojines intentando reflexionar. No le seducía el plan que Mariví le estaba proponiendo. El despacho en el que trabajaba era para ella una especie de reducto presidido por la profesionalidad más estricta y la personalidad de la chica no encajaba en ese ambiente. La imaginó taconeando en la antesala y por el pasillo por el que se accedía a los despachos, balanceando al tiempo su cobriza melena y vio también a los clientes, e incluso a los tres socios, volviéndose a su paso. Entorpecería el cometido de los tres y el de ella misma, pues no la consideraba capaz de olvidarse por unas horas de que era una chica atractiva y concienciarse de que a una oficina se iba exclusivamente a trabajar. Visualizó también en su mente a Mariví haciéndose la encontradiza con Pablo en el pasillo e introduciéndose en su despacho con cualquier excusa para mantener una larga charla con él.

—No creo que sea una buena idea, —murmuró al fin, sin encontrar un argumento concluyente para negarse a su sugerencia, sin herir su susceptibilidad—. ¿Y si intentaras que te readmitieran en la tienda de bolsos donde trabajaste?

Levantó Mariví la vista de la copa y por un segundo sus grandes ojos color violeta brillaron iracundos.

—¿Me consideras incapaz de ejercer la profesión de abogado? Te das mucho pote, pero no creo que sea tan difícil.

—¿Me doy pote?

—Bueno, no sé si es pote lo que te das, —rectificó pesarosa—. Pero sí pareces creer que lo que haces tú no está al alcance de cualquiera. De mí en este caso. Y está claro que no puedo volver a la tienda de la calle de Serrano, porque sería el primer lugar donde me buscaría Gabriel. Te he propuesto trabajar en tu oficina, precisamente porque allí estaría siempre rodeada de gente, ya te lo he dicho antes.

Dejó escapar otro hipido y Lilian le quitó la copa de las manos.

—Me parece que ya has bebido bastante por hoy.

—¿Tú crees?, —protestó, luchando por impedir que se la arrebatara—.

Deberías entender que estoy asustada y que el alcohol me ayuda a afrontar la situación en la que me encuentro.

—También estoy asustada yo y no empino el codo, —le reprochó a media voz.

Levantó la mirada hacia ella como si no hubiera entendido su objeción.

—¿Estás asustada tú? ¿Y por qué estás asustada? ¿Es que te ha ocurrido algo nuevo? ¿Te ha enviado Gabriel otro mensaje?

Meneó Lilian negativamente la cabeza mientras acariciaba a Peluche que permanecía muy quieto entre sus brazos como si temiera despertar la agresividad que Mariví manifestaba hacia él.

—No, no me ha enviado nada, pero he tenido un visitante esta tarde que no consigo clasificar. Le conocí en el albergue este fin de semana y… no sé.

Hay algo en él que se sale de lo común, que me descoloca. Desde el primer instante en que me vio demostró un interés excesivo en que nos quedásemos a solas y esta mañana ha llamado al despacho y le ha dicho a la secretaria que era muy urgente que le recibiera.

—¿Y era muy urgente?

—Que va. Un desahucio por falta de pago de la renta. Podía haber esperado una semana o dos para venir a encomendármelo, porque ya hace nueve meses que el inquilino se la adeuda.

—¿Y qué es lo que te extraña de él?

—Eso, lo que te he dicho. Es excesivo su empeño en verme. Yo… he llegado a pensar…

—¿Qué?

—No, nada.

—Sí has pensado algo. Dímelo.

Se mesó Lilian la melena como si ese gesto la ayudara a reflexionar.

—He llegado a temer que pueda ser Gabriel. Responde a la descripción que me diste de él y se ha empeñado en varias ocasiones en que nos quedáramos a solas los dos, aunque por una razón o por otra no lo ha conseguido. Pero… sí, creo que me ayudaría ver una fotografía de tu expareja.

Parpadeó Mariví antes de clavar en ella una mirada vaga.

—Te dije que solo tenía la que te enseñé. ¿Se te ha olvidado?

—Es que en esa foto apenas si se le veía bien la cara, —objetó ella—.

Tú me comentaste que tiene unos ojos claros, preciosos.

Meneó torpemente Mariví la cabeza en sentido afirmativo.

—Sí, preciosos. Fue en lo primero que me fijé cuando le conocí.

—¿Y de qué color son? —insistió.

Emitió la chica otro hipido e intentó inútilmente levantarse del sofá.

Medio derrumbada sobre los cojines, apartó de un empujón a Peluche, que había tenido la osadía de aproximársele para olisquearla.

—¿Cómo que… cómo que de qué color son? Son… verdes. Del color…

del color de las uvas.

—Sí. ¿Y tiene cara de ruso?

—¿De ruso? —repitió la otra con voz pastosa y en tono interrogante.

—Sí, como un híbrido entre ruso y toledano.

—No sé, —musitó apenas la chica, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y cerrando los ojos—. ¿Por qué me preguntas esas cosas tan raras?

No sé… no sé si los toledanos y los rusos tienen… tienen una cara especial.

Estoy… estoy muy cansada y… tengo sueño. Mañana…

En lugar de terminar la frase, emitió un suave ronquido y Lilian se levantó para ayudarla a que pudiera terminar de acostarse en el sofá. Luego consultó con la mirada a Peluche que había saltado al suelo, como si el cachorro pudiera adoptar el papel de confidente, y finalmente se resignó a dirigirse a la cocina, donde, en la nevera, encontró los restos del pollo asado que había sobrado de la cena de la noche anterior y que se tomó allí mismo, sentada en la mesa de formica, bajo la ventana enrejada. No se sentía con ánimos de guisar ni de hacer nada. Veía una y otra vez, como una fotografía fija, los ojos claros de Iván brillando en su rostro tostado por el sol, mientras la miraba fijamente esa tarde desde la butaca frontera a la mesa de su despacho. ¿Por qué se habría dormido Mariví tan inoportunamente?

Tenía que haberle descrito con todo detalle a Gabriel para que ella hubiera podido llegar a una conclusión sobre las sospechas que albergaba sobre la identidad de su visitante de esa tarde. Sin saber por qué notaba próximo al maltratador de su amiga, como si estuviera estrechando su cerco en torno de ella con la intención de quitarla de en medio y dejarse así el camino libre hacia la que había sido su pareja, por lo que atisbó aprensivamente la zona del oscuro jardín que podía abarcar desde el lugar en el que se encontraba.

Las ramas del chopo que crecía al otro lado de la ventana se balanceaban a impulsos de la brisa nocturna con un rumor sordo, impidiéndole distinguir lo que pudiera ocultarse más allá, por lo que reprimió un escalofrío. Ella en cambio sería perfectamente visible para el intruso que se hubiera agazapado entre las sombras exteriores. Imaginó a Gabriel allí fuera, vigilándola, encogido tras el tronco del árbol y algo muy frío se expandió por todo su cuerpo provocándole una espantosa tiritera que trató de controlar bajando apresuradamente la persiana. Comprobó seguidamente que la puerta de la cocina estaba cerrada con la llave que pendía de la cerradura y la aseguró también con los innumerables cerrojos de que disponía. El propietario anterior de la casa debía de estar obsesionado por la seguridad tanto como ella, porque había logrado convertirla en una especie de bunker, de fortaleza inexpugnable. Al menos, y exceptuando el ventanuco del sótano, aún sin reparar, así la había conceptuado hasta ese momento, en el que seguía

padeciendo la incomprensible sensación de que alguien rondaba por los alrededores espiando sus movimientos. Y lo peor de todo era que estaba absolutamente sola. Mariví dormía ya a pierna suelta y el cachorro correteaba alegremente a su lado sin percibir la inquietante sensación de peligro que flotaba en el ambiente.

Pero ella era una persona racional y absolutamente práctica, se dijo tras girarse en redondo en la cocina y constatar que sus aprensiones no obedecían a ninguna causa real. Debía dominar su miedo y convencerse de que dentro de la casa estaba a salvo. Se lo repitió bajito y finalmente se encaminó hacia el salón donde bajó también las persianas sobre sus grandes ventanales enrejados.

Iba ya a dejar escapar un suspiro de alivio, cuando el timbre del teléfono fijo de la casa dejó oír su estridente sonido y la obligó a dar un respingo. El aparato se hallaba sobre una mesita baja de cristal, en uno de los extremos del sofá donde Mariví descansaba en brazos de Morfeo y se volvió en esa dirección con los ojos agrandados por el miedo. Con los miembros agarrotados lo oyó sonar una y otra vez sin conseguir salir de su marasmo hasta que Peluche se alzó sobre sus patas traseras para darle en primer lugar un lametón en la mano y seguir saltando después sobre sus pantalones.

Reaccionó con un esfuerzo para apartar al cachorro y acercarse al teléfono, diciéndose que no tenía por qué ser Gabriel el que llamara. No conocía este el número de su casa, únicamente el de su móvil, por lo que podía tratarse de otra persona cualquiera, porque afortunadamente no era el único ser que, aparte de ella, habitaba en el planeta.

Pese a todo, descolgó cautelosamente el auricular y oyó a través del hilo una voz conocida.

—¡Hola!

De la sorpresa estuvo a punto de dejarlo caer al suelo, pero por suerte tropezó el receptor con el brazo del sofá y se quedó allí colgando del cable, mientras seguía oyendo su voz, que repetía:

—Lilian, ¿estás ahí? Necesito hablar contigo.

Era Iván.

Se acomodó de medio lado en el brazo del sofá e inspiró aire antes de recoger el auricular y llevárselo precavidamente al oído. Tenía que

disimular lo que sospechaba de él. Tenía que demostrarle que no le tenía miedo. Consiguió con un esfuerzo que su voz no le temblara.

—Sí, soy yo. ¿Cómo has averiguado este número de teléfono?

Percibió distintamente su risa antes de contestarle.

—¿Qué cómo? Hay mil formas, todas ellas muy sencillas.

—No te estoy sometiendo a un cuestionario, —le interrumpió agriamente—. Solo quiero recordarte que esta es mi casa, no mi despacho.

Si tienes algo que comentarme sobre tu inquilino y su desahucio, me llamas mañana. O mejor, aún, llamas a mi secretaria para que te dé una cita. No admito consultas fuera de las horas de oficina.

Volvió a oír su risa.

—Me parece muy bien, yo tampoco las admitiría si estuviera en tu caso.

Pero no te llamo para hacerte ninguna consulta.

—¿No?, ¿para qué me llamas entonces?

Había creído percibir algo extraño en su manera de expresarse y decidió adelantársele antes de que él pudiera asustarla aún más de lo que ya estaba.

Por esa razón añadió fríamente:

—Si tienes la intención de amenazarme, te aconsejo que no lo intentes siquiera. ¿Sabes que la línea de este teléfono está “pinchada” por la policía, que nos estará escuchando en este momento, y que las amenazas son un delito tipificado en los artículos 169 y siguientes del código penal y castigado con uno a cinco años de cárcel?

Percibió la sorpresa de él por el momentáneo silencio que se produjo al otro lado del hilo e imaginó el gesto de desconcierto que trasluciría su rostro por el tono de su voz.

—¡Caramba!, ¡qué barbaridad!, eres una enciclopedia jurídica viviente, me has dejado a cuadros. ¿Cuántos años has dicho que me pueden caer por llamarte por teléfono?

—Solo por llamarme, no —puntualizó seca.

—Entonces, ¿por qué?

—Por amenazarme, ya te lo he dicho. No soy como Mariví, puedo asegurártelo. Aún sigo sin explicarme que pudiera soportarte tantos años sin presentar una denuncia.

—¿A mí?

—Sí, a ti.

Se produjo otro silencio, más pesado si cabe que el anterior.

—¿Y Mariví quién es?, ¿puedo preguntártelo o también se regula esa pregunta como un delito en el código penal?, —le preguntó al fin con ironía.

—¿No sabes quién es Mariví?, —se engalló ella.

—Pues no, aunque, ahora que lo dices, seguramente se llamará así esa amiga tuya tan alta, con la que estuviste en la sierra el fin de semana. Al recepcionista del albergue le tenía encandilado.

—Pero tú no sabes quién es, claro, —apostilló furibunda.

—No, bueno sí, hemos quedado en que es esa amiga tuya. Pues me alegro mucho de que no seas como ella, ¿pero a qué viene todo esto?

Por primera vez se preguntó Lilian si se habría equivocado en sus conjeturas sobre Iván y no tuviera este nada que ver con el temible Gabriel.

En ese caso estaría haciendo ella el más lamentable de los ridículos.

—Dejémoslo, —decidió magnánimamente—. Ibas a decirme para qué me has llamado.

—Sí, pero quizás no haya elegido un buen momento. Te noto muy rara esta noche. Solo quería proponerte que mañana saliéramos a cenar.

De la sorpresa la voz le salió entrecortada de la garganta.

—¿Mañana?

—Sí, ¿por qué? ¿Tienes algo que hacer mañana o es que no sales nunca con los clientes? Si es así, renunciaré a encargarte el desahucio de mi piso y te recogeré los papeles que te he llevado esta tarde. Y por cierto, ¿los has estudiado ya?

Confusa, se apartó la melena del rostro con la mano que le dejaba libre el auricular del teléfono, tratando de reflexionar. Si él era Gabriel y se le había presentado con un nombre falso, estaba claro lo que pretendía quedando con ella a la noche siguiente. La llevaría a algún lugar solitario y allí le asestaría una puñalada, que era lo que solía sucederle a la mayor parte de las mujeres maltratadas que, confiando en el arrepentimiento que manifestaban sus acosadores, se citaban con ellos para tranquilizar su conciencia. Después llamaría a Mariví para pedirle perdón y en cuanto ella le abriera la puerta de la casa la apuñalaría igualmente con el mismo

cuchillo. Después, probablemente se suicidaría, como la mayoría de los maltratadores. Notó como se le iban poniendo los pelos de punta, conforme lo iba imaginando.

—No creo que sea una buena idea, —replicó, diciéndose que no debía dejar traslucir que había adivinado sus intenciones.

—¿No?, ¿por qué no? ¿No sales nunca a cenar?

—Pues…

¿Por qué no se le ocurriría ninguna excusa plausible para negarse?, se preguntó irritada consigo misma. Al fin consiguió articular torpemente:

—Porque no salgo a cenar ahora. Estoy a régimen.

—¿A régimen de qué? No será de adelgazar, ¿verdad? ¿O es que has decidido quedarte como un palillo?

Le sentó fatal su suposición. Aunque no fuera tan alta ni tan guapa ni tuviera tan buen tipo como Mariví, tenía una buena opinión sobre su figura, esbelta y bien proporcionada, por lo que repuso con acritud:

—¿Me estás llamando flacucha?

—No te estoy llamando nada. Solo te preguntaba con qué finalidad haces régimen. ¿Tienes algún problema hepático, eres vegetariana o… o qué?

—No, no has acertado.

—¿Entonces?

—Entonces nada, lo siento. Por ahora no me viene bien. Tengo demasiado trabajo y a estas horas me encuentro agotada. Además, madrugo mucho para ir al despacho, por lo que no me conviene trasnochar.

Creyó haberle convencido de que era inútil que insistiera, porque se produjo un momentáneo silencio al otro lado del hilo.

—¿Y el sábado?, ¿cómo te viene el sábado?, —apuntó de improviso como si hubiera recibido una inspiración súbita.

A ella, por el contrario, no se le ocurrió nada que decir.

—Falta mucho para el sábado. Hoy es lunes.

—Sí, durante todo el día.

—Pues eso, que no lo sé. No sé qué problemas me pueden surgir ni si tendré que quedarme por la noche a trabajar por algún tema urgente. No lo sé. Y ahora, perdona, pero tengo prisa.

—De acuerdo, de acuerdo, —se resignó su interlocutor—. Le di mi número de teléfono a tu secretaria, pero puedes apuntarlo tú también para que me informes sobre la demanda de desahucio que tienes que presentar en el juzgado, en cuanto la prepares.

Meneó enfáticamente la cabeza en sentido negativo y con ella su melena, pero comprendió inmediatamente que no podía verla, por lo que tradujo su ademán en palabras.

—No es necesario, ya se lo preguntaré a Anita si me hace falta.

—¿Se llama Anita tu secretaria?

—Sí, —replicó impaciente—. Y ya te he dicho que tengo prisa.

—Está bien. No es necesario que me llames pesado. Buenas noches.

Colgó Lilian bruscamente el auricular depositándolo en su base e intentó reflexionar, pero notaba la mente tan espesa que desistió casi inmediatamente. Lo que necesitaba era una buena taza de tila, se dijo. No le gustaban las infusiones, pero se tomaría ese brebaje sin respirar, como hacía de niña cuando la obligaban a ingerir un purgante.

Pero antes tenía que resolver otra cuestión. No se consideraba con suficiente fuerza como para cargar con Mariví escaleras arriba, por lo que sería preferible que bajase una manta del dormitorio de esta y la arropase en el sofá.

Así lo hizo y en cuanto calentó el agua en el microondas y consiguió prepararse la infusión que esperaba que calmase sus nervios, subió con la taza a su dormitorio y se la tomó a pequeños sorbos, pese a lo cual le costó conciliar el sueño.

A la mañana siguiente no encontró a Mariví en la cocina, preparando el desayuno como venía siendo su costumbre desde que se trasladara a su casa. Lilian pensó que estaría durmiendo la mona y entreabrió silenciosamente la puerta del salón para atisbar en su interior. En el sofá y de espaldas a ella, la chica roncaba suavemente, por lo que se alejó de puntillas por el vestíbulo para subir a la planta superior hasta que, ya arreglada, bajó silenciosamente la escalera y desde la cocina pasó al garaje, arrancando el coche poco después.

En cuanto llegó al despacho pasó a ver a don Eulogio para conocer su opinión sobre la pretensión de Mariví de trabajar con ellos como pasante sin

sueldo. Su jefe la escuchó en silencio y, en contra de lo que esperaba, no formuló ninguna objeción. Se limitó a llamar a Anita por el teléfono interior para que convocara a los otros dos compañeros a una reunión en la sala de juntas. Cuando se enteró de la propuesta de la chica, Tarsicio se limitó a encogerse de hombros. Era parco de palabras. Incluso con sus clientes se limitaba a emitir algo que se asemejaba mucho a un gruñido, generalmente recriminatorio, por el modo en el que habían gestionado las finanzas de su empresa. Pablo en cambio se opuso rotundamente.

—Me parece un disparate, —masculló indignado—. Conozco a esa chica y no sabe una palabra de Derecho. Si quiere trabajar, que busque alguna ocupación que sepa hacer. Aquí solamente sería un estorbo.

También lo opinaba Lilian, pero se sintió obligada a salir en defensa de su amiga.

—Sería una solución temporal. Hasta que aparezca el hombre con el que vivía y la policía le detenga. En este piso y rodeada de todos nosotros no tendría nada que temer de ese tipo. ¿No lo comprendes?

—Comprendo que tú deberías hacerte miembro de una ONG, —replicó irritadísimo y en tono desdeñoso— pero yo no tengo la menor intención de cargar con sus problemas. Este es un despacho serio y esa chica lo convertiría en la pasarela de Cibeles o en un escenario adecuado para filmar la escena más empalagosa de una revista del corazón. ¿Qué dice usted, don Eulogio?

El aludido parecía considerarlo en silencio. Se alteraba muy rara vez y solía valorar las opiniones de todos los miembros del despacho, especialmente las de ella, pero en esa ocasión no la apoyó. Dio en cambio un hondo suspiro.

—Me parece, Lilian, que Pablo tiene razón. No creo que beneficiara a la imagen de este despacho la presencia de esa chica. No la conozco, pero por lo que habéis comentado resulta… resulta demasiado vistosa y si además no sabe una palabra de Derecho, pues…

—Estudiamos la carrera juntas, —alegó ella.

—Puede ser, pero si aprendió algo, cosa que dudo, hace mucho que se le olvidó, —apostilló agriamente Pablo—. Además, si, como dices, no tardará la policía en detener a ese hombre, no veo el motivo por el que mientras

tanto tengamos que resolverle la papeleta. Que espere en tu casa tranquilita, que se aguante y que nos deje trabajar en paz. ¿Es mucho pedir? Después de todo no somos los culpables de que ese tipo la maltratara.

Desconcertada, escrutó Lilian la expresión de él. Estaba furioso, lo que no parecía estar en consonancia con el comportamiento que había adoptado durante el fin de semana, en el que aparentemente se sentía muy a gusto en su compañía. Y lo más curioso era que tan solo habían transcurrido veinticuatro horas desde que regresaran de la sierra relegándola a ella al asiento posterior del vehículo como si fuera la molesta acompañante de los dos. Claro que, había sido Mariví y no él la que le había usurpado el sitio, pero Pablo no había protestado. ¿Qué habría sucedido en el interregno para que la actitud de él hubiera variado tanto?

Don Eulogio hacía ya ademán de levantarse, dando la reunión por terminada, y ella le imitó a la par que los otros dos. Tarsicio tan inexpresivo como siempre y Pablo claramente malhumorado. Aunque ambos le cedieron el paso en la puerta de la sala de juntas, retrocedió ella en el pasillo para reunirse con este último y en cuanto Tarsicio se metió en su despacho, le preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Le has cogido manía a Mariví de repente? No es esa la impresión que me diste anteayer, en la sierra, sino más bien al contrario.

—¿Qué quieres decir?, —se interesó hosco.

—Que parecíais almas gemelas disfrutando de vuestra mutua compañía,

—repuso en tono ligero que no traslucía el resentimiento que el comportamiento de los dos le había producido entonces y que todavía le escocía.

—Pues estás muy equivocada, —replicó furibundo—. Traté únicamente de ser educado, aunque esa chica me saca de quicio. Se me pegó como una lapa desde el primer momento y consiguió, aún no sé cómo, dejarte en tierra cuando se empeñó en que nos largásemos a esquiar los dos solos. Fue una grosería por mi parte, que tienes que perdonarme y que agradecer a esa estúpida.

Aunque ella opinaba lo mismo, trató de quitarle importancia.

—Bueno, tampoco fue para tanto. Sabes que no sé esquiar y además en el albergue lo pasé bien esa mañana.

El semblante de él se contrajo en un irritado gesto.

—Sí, con las dos excursionistas y con ese hombre guapísimo que no me presentaste y que ni siquiera llegué a conocer.

Rememoró ella el momento en el que entraban por la puerta del albergue a la hora de comer después de que la rescataran del torreón y cómo desapareció Iván apresuradamente por el pasillo de la planta baja sin volver la cabeza. Y también como se había esfumado igualmente de la sala de estar cuando regresaron Mariví y él por la tarde de su frustrada intentona de practicar su deporte favorito y entraron en esa estancia.

—Es que tenía prisa.

—¿Si?, ¿por qué?

—No sé por qué. Dijo que tenía prisa y se marchó corriendo.

Se la quedó mirando inexpresivamente.

—Ya, pero luego reapareció, ¿no es así?

—Sí, porque habíamos quedado, —mintió con aplomo.

—Ya.

Se encogió Lilian de hombros para no aclararle que, cuando volvió la mirada hacia el lugar que había ocupado en el sofá entre Juan e Iván, habían desaparecido los dos y no los había vuelto a ver. Dudó también en referirle que se había encontrado a Juan la tarde anterior en la tasca donde había comido y que una hora después había recibido a Iván en su despacho y que le había encargado que le llevase un asunto de desahucio, pero pensó que no era el momento más oportuno.

—Ya te comenté que había quedado con él y que bajé al vestíbulo por la tarde, poco después de que Gabriel me enviara un mensaje por el móvil y de que yo te llamara a ti para advertiros.

Hizo intención Pablo de continuar camino hacia su despacho, pero debió pensarlo mejor, porque retrocedió sobre sus pasos.

—¿Y qué te pareció su último numerito?

—¿A qué te refieres?

—Al numerito de tu amiga. No intentes disimularlo, porque se te notó a la legua que te sentó fatal. Estoy hablando de nuestro regreso a Madrid. De cuando se sentó en el asiento del copiloto y te dejó a ti en el posterior, como

si fueses nuestra acompañante. ¿Tampoco te molestó? Esa chica se cree el ombligo del mundo, se considera irresistible.

Ciertamente había sido el remate de un fin de semana aciago y durante el trayecto rumió ella toda suerte de denuestos contra los dos que ocupaban los asientos delanteros, pero como no lo podía reconocer, le sonrió como si no hubiera reparado en ese detalle.

—Porque es a lo que los chicos que tratábamos la han acostumbrado, —

objetó, aprestándose a defenderla.

—¿Sí? Pues debería darse cuenta de que eso pertenece al pasado, máxime después de la experiencia que ha tenido con ese tipo. Yo de ti, en cuanto dé con él la policía y le detenga, pondría tierra por medio y me buscaría otras amistades más normalitas.

—¿Que Mariví?

—Sí, claro. ¿De quién crees que estoy hablando?

No llegó a responderle porque en ese preciso instante sonó su móvil. No el tintineo que anunciaba que le había sido enviado un mensaje, sino la canción indicadora de una llamada telefónica, por lo que extrajo el aparato del bolsillo de su pantalón y consultó el número en la pantalla. Era Fernando Costa, por lo que más tranquilizada se lo llevó al oído.

—Buenos, días, ¿hay alguna novedad?

La voz de él no era la de siempre, lacónica e inexpresiva. Tenía un matiz distinto que la alertó antes de que él le expusiera la noticia.

—Pues sí, le hemos encontrado.

—¿A Gabriel?, ¿han encontrado a Gabriel? Gracias a Dios. ¿Y le han detenido?

Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Le pareció que el policía medía cuidadosamente las palabras.

—Pues no, no exactamente. Necesito que avise a la señorita Díaz para que se presente inmediatamente en el Instituto Anatómico Forense a reconocer el cadáver.

Algo duro e hiriente le repercutió a Lilian en su interior al escucharle.

Abrió desmesuradamente los ojos e intentó responderle, pero las frases que buscaba debían de habérsele perdido en algún rincón de su garganta, porque apenas si consiguió emitirlas entre tartamudeos.

—¿El… cadáver? ¿Qué cadáver? ¿Es que… es que ha muerto? ¿Y

cuándo ha fallecido? Porque me mandó anteayer dos mensajes a mi móvil.

Ya los rastreó usted.

Le costó entender la respuesta de él, escueta y precisa.

—Pues eso es lo más extraño, porque el forense asegura por el estado del cuerpo que Gabriel García falleció hace más de una semana.

Se quedó sin habla, se quedó como atontada, con la sensación de que el mundo se hundía bajo sus pies.

—Pero eso es… imposible, —articuló al fin—. Ustedes han detectado los mensajes que me ha ido enviando casi todos los días. Es… absurdo. —

Apartó la melena de su frente intentando reflexionar, pero notaba la mente tan espesa como si no hubiera acabado de despertarse de un sueño muy profundo, que la mantuviera aún vagando por los caprichosos desatinos del subconsciente. A duras penas logró inquirir—: ¿Quién me los ha remitido entonces? ¿Alguien que está loco y que se considera muy gracioso?

En el tono de la voz del policía latía un ligerísimo matiz irónico.

—No, me temo que no.

No lo captó Lilian y por eso insistió:

—¿Y se sabe de qué ha muerto? ¿De una parada cardíaca o…? Tendrán que hacerle la autopsia.

—Por supuesto. Y tengo que pedirle que se pase usted por esta comisaría para responder a unas preguntas sobre esos mensajes que alguien ha ido remitiendo a su móvil desde diversos puntos de Madrid y en Navacerrada durante el último fin de semana, después de que falleciera Gabriel García. Al parecer y en opinión del forense, a ese hombre le han asesinado.

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