La coartada
Capítulo 11
Se apoyó contra la pared temiendo no poder sostenerse. Notaba las piernas temblonas y absurdamente flojas, conforme las palabras del policía iban haciéndose inteligibles en su cerebro. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que la persona que había liquidado a Gabriel se hubiera entretenido después en hacerle creer a ella que seguía vivo enviándole mensajes por el móvil y se hubiera permitido el lujo de amenazarla? Tenía que ser un loco que disfrutara gastando bromas macabras. Pero además, ¿por qué a ella? No había conocido al maltratador de su amiga ni había visto a esta durante los cinco años anteriores, los mismos en los que había durado la relación de Mariví con él.
Notó las manos de Pablo en sus hombros sacudiéndola.
—¿Qué te ocurre, Lil? Te has quedado muy pálida. ¿Qué te ha dicho ese policía que le han asignado a tu amiga?
Con un esfuerzo consiguió ella regresar al pasillo de la oficina en el que se hallaba y reconocerle a él, que escudriñaba ansiosamente su semblante, para contestarle:
—Han encontrado a Gabriel García, al tipo con el que vivía Mariví y que la maltrataba. Tengo que ir a buscarla a mi casa para acompañarla al Instituto Anatómico Forense a que reconozca el cadáver. Al parecer, murió hace más de una semana.
Se la quedó mirando sin comprender.
—¿Más de una semana? No puede ser.
—Eso mismo pienso yo. ¿Quién me ha estado mandando entonces los mensajes a mi móvil y sobre todo, para qué? Fernando Costa quiere interrogarme en la comisaría sobre ese particular. Me ha dado la sensación de que cree que de algún modo estoy implicada en el asunto.
—¿Implicada?
—Sí, el forense ha reconocido el cadáver y cree que le han asesinado.
De la sorpresa, le resbalaron a él las gafas de concha sobre la nariz y volvió a colocarlas parsimoniosamente con un dedo sobre el puente, como si necesitara ganar tiempo para entender lo que Lilian le decía.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo? No has visto a ese hombre en tu vida y has recibido realmente esos mensajes. Soy testigo. ¿Qué es lo que piensa ese idiota? ¿Qué te los has enviado a ti misma?
Lo consideró ella en silencio, con el ceño fruncido, y terminó por hacer un gesto de asentimiento.
—Sí, creo que es eso lo que piensa, aunque no sé en qué se basa.
Hizo intención Pablo de pasarle un brazo sobre los hombros, al tiempo que rezongaba sobre la opinión que le merecía el policía.
—Si es lo que piensa, le vamos a convencer inmediatamente de lo contrario. ¿Quieres que te acompañe a la comisaría como tu abogado?
Asistiré a tu declaración y…
Un conato de orgullo la obligó a levantar desafiante la barbilla.
—No, muchas gracias. Me ha pedido que me presente a contestar a unas preguntas, pero por el momento no estoy detenida ni creo que me considere sospechosa. Sería absurdo. Además, me basto y me sobro para defenderme a mí misma.
—Pero…
—Muchas gracias, pero no. Y ahora, perdona. Tengo que ir a buscar a Mariví. Prefiero decirle personalmente lo que le ha ocurrido a Gabriel, en lugar de comunicárselo por teléfono. No sé cómo reaccionará. Puede que deje escapar un suspiro de alivio o puede que se ponga a llorar a gritos.
—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a la comisaría?, —
insistió Pablo tras unos instantes de vacilación.
—Segurísima, pero te repito que gracias.
Mariví no reaccionó de ninguna de las dos formas que había supuesto.
La encontró sentada en el sofá del salón, aún en bata y con un espantoso dolor de cabeza, secuela del coñac que había bebido la tarde anterior, y se la quedó mirando incrédulamente con sus grandes ojos color violeta y
expresión de no haberla entendido, cuando le comunicó la noticia que le había dado Fernando Costa sobre Gabriel.
—¿Qué le han encontrado muerto? No puede ser. ¿Dónde le han encontrado?
—Eso no lo sé, —repuso impaciente—. No me lo ha dicho. Quiere que ahora te presentes en el Instituto Anatómico Forense a reconocer el cadáver.
Yo, por supuesto, te acompañaré. Imagino que no será nada agradable.
Le pareció que su amiga no acababa de asimilar la noticia. Parpadeó varias veces como atontada, con la cabeza baja y expresión ausente. Luego levantó la mirada para desviarla hacia el desolado jardín que podía verse desde el ventanal del salón.
—No lo entiendo, no entiendo nada y además no puede ser.
—¿Qué es lo que no puede ser?
—Que lleve muerto tanto tiempo. Es imposible. Estuve con él el día antes de presentarme en tu despacho. Ese día era domingo y había preparado yo para cenar una crema de calabaza e iba a freír unos huevos, pues el dinero que me habían pagado el sábado limpiando la oficina no daba para más. Apareció en el piso cuando estaba yo en la cocina, borracho como una cuba, y tiró la sopa al suelo chillando que era una porquería. Luego arrojó los huevos contra la pared y me acorraló contra la lavadora. Me atizó varias bofetadas e incluso me agarró por el cuello y estuvo a punto de estrangularme. Ya era de noche, pero salí corriendo de la casa con lo puesto y a la mañana siguiente me presenté en tu despacho para pedirte ayuda.
Lo imaginó Lilian sin ninguna dificultad rememorando el lamentable aspecto de la chica cuando apareció en el piso de la oficina con el rostro hinchado e irreconocible.
—Pues debió de morir esa noche o a lo sumo al día siguiente.
Le dio la impresión de que Mariví intentaba asimilar sus palabras, pero luego hizo un gesto negativo.
—No. Recuerda que después has estado recibiendo mensajes suyos en tu móvil. Por lo que me has contado, el último anteayer en el albergue de la sierra. ¿No fue así?
—Sí.
—¿Pero entonces…?
—Es obvio que no pudo ser él, —musitó Lilian con voz apenas audible.
En silencio se quedaron mirándose las dos igualmente desconcertadas.
Fue Lilian la primera en reaccionar y en intentar colocar en su lugar las piezas de aquel intrincado puzle, por lo que le preguntó:
—La misma noche en que le abandonaste te acordaste de mí, ¿no es eso?
—Sí.
—¿Y cómo sabías donde trabajaba yo? En los últimos cinco años no nos habíamos visto ni habíamos hablado.
Pestañeó Mariví, antes de clavar en ella una mirada desenfocada.
—¿Que cómo? Supuse que seguirías en el mismo bufete. A ti nunca te ha gustado cambiar de ubicación, te apegas a todo. Lo supuse y acerté.
—¿Y dónde pasaste esa noche? Si saliste con lo puesto…
La interrumpió en el acto.
—En una pensión de mala muerte. Ya te he dicho que había cobrado en las oficinas que limpiaba y llevaba el dinero en el bolsillo del pantalón. En cuanto me levanté a la mañana siguiente pagué el alojamiento de esa noche y me apresuré a ir a verte, ya lo sabes.
—Pero me acabas de decir que te habías gastado todo el dinero que tenías en comprar la calabaza para la sopa y los huevos, —objetó ella que, acostumbrada a interrogar a los inculpados y a los testigos en las vistas de los juicios, detectaba instantáneamente las contradicciones en las que incurrían.
—No me lo había gastado todo, —rectificó la chica—. Lo que te he dicho o he querido decir es que no podíamos permitirnos mayores lujos en una cena. Él no aportaba ingresos de ningún tipo. Seguía frecuentando el hipódromo y apostaba en las carreras de caballos, pero no tenía suerte.
Según decía, porque yo le había gafado.
—¿Y con qué dinero apostaba? Los boletos no son gratis.
—Con el que me quitaba a mí. Cuando cobraba en la oficina y regresaba a casa, solía guardarlo en el cajón de la mesilla y él aprovechaba cualquier momento en el que salía a la calle yo para apropiárselo. Al sábado siguiente se marchaba al hipódromo y regresaba sin un duro y borracho. En el bar de la esquina le fiaban.
—Ya, —musitó lacónicamente Lilian.
Respiró hondo mientras rememoraba el aspecto de su amiga cuando Anita abrió la puerta de su despacho y le cedió el paso el lunes anterior. El fatídico veintinueve de febrero que debería haber sido un día especial y que había iniciado una semana de pesadilla. La vio en su imaginación entrar con su cabello lacio y sin brillo recogido en la nuca con una goma y unas enormes gafas de sol que le cubrían el rostro. Visualizó el gastado chaquetón de cuadros que vestía, así como unos viejos pantalones oscuros y el bolso de plástico que le colgaba del hombro y que imitaba la piel de cocodrilo. De improviso algo como un fogonazo cruzó por su cerebro. Igual que en los juicios notaba cuando le mentía la persona a la que estaba interrogando, acababa de caer en la cuenta de que en el relato de Mariví algo no encajaba.
—Dime una cosa, —empezó en tono ligero—. Según has dicho, estabais cenando, cuando Gabriel se abalanzó sobre ti y empezó a pegarte.
—Sí.
—Y entonces conseguiste desembarazarte de él, escapar corriendo del piso y bajar apresuradamente por la escalera. Saliste a la calle y no regresaste más a tu casa.
—Eso es.
Escudriñó Lilian atentamente su semblante.
—¿Cómo es que entonces apareciste a la mañana siguiente en mi despacho con el chaquetón puesto y el bolso colgado del hombro?
Vaciló Mariví y luego se mordió los labios antes de responder:
—En el piso en el que vivíamos hacía un frío de mil demonios. Se había acabado el butano de la estufa, por lo que me había puesto el chaquetón para sobrellevar la tiritera, ¿comprendes?
Su expresión era absolutamente convincente, pero también solía serlo la de los delincuentes que defendía ella cuando les interrogaba el fiscal. Por esa razón insistió:
—¿Y el bolso? ¿Mientras te sacudía un guantazo detrás de otro, tuviste tiempo y oportunidad de recoger tu bolso para escapar corriendo por la escalera? Me parece una reacción bastante peregrina.
También ahora se mordió los labios Mariví y un lagrimón se desprendió de sus ojos.
—Lo había dejado colgado del perchero, en el vestíbulo. Gabriel había resbalado en el charco que se había formado con el contenido de la sopera.
Antes de que se levantara del suelo lo descolgué y bajé los escalones saltándolos de dos en dos.
Aunque no le satisfizo su respuesta, no se atrevió Lilian a insistir. Con los ojos llenos de lágrimas y sin apartarlos de la ventana oyó decir a Mariví como para sí misma:
—No comprendo nada. Gabriel debió morir al día siguiente.
Precisamente el mismo lunes en que fui a pedirte ayuda a tu despacho. El mismo en el que presentamos la denuncia contra él y me acogiste en esta casa.
—Posiblemente, aunque aún no lo sabemos con exactitud porque todavía no le han practicado la autopsia.
Parecía la chica estar atando cabos con la vista fija en el desarbolado sauce que crecía en la parte delantera de la casa, junto a la verja, más allá del frondoso pino que ocultaba la fachada. Con sus ramas desnudas de follaje levantadas hacia el blanquecino firmamento, simbolizaba la cruda imagen del invierno tal y como un pintor hubiera querido plasmarla en un cuadro.
—A los pocos días de haberme venido yo a tu casa, creo que era miércoles, te envió el primero de sus mensajes por la noche, cuando ya estábamos durmiendo, diciéndote que estaba en el jardín, ¿no es así?, —
rememoró cavilosa.
—Efectivamente, pero fue el segundo. El primero lo recibí horas antes, esa misma tarde. Estaba en mi despacho con Pablo.
—¿Y quién ha sido el gracioso, si Gabriel había muerto ya para entonces?
—No lo sé. Fernando parece creer que esos mensajes me los he enviado yo a mí misma.
—¿Tú a ti misma?, —repitió en tono interrogante como si lo estuviera considerando—. ¿Y para qué habrías de haber hecho semejante estupidez?
A no ser que…
Enarcó Lilian las cejas, animándola con ese gesto a continuar.
—¿Qué?
—No sé. ¿Saliste al jardín esa noche? La noche en la que pretendía que me reuniera allí con él.
De la sorpresa, tardó Lilian en entender lo que le decía y en reaccionar.
—¿Qué insinúas? ¿Me estás preguntando si cuando recibí el mensaje de Gabriel, que encerraba tácitamente una amenaza, salí al jardín a entrevistarme con él? Por supuesto que no. ¿Crees que estoy loca? No sé por qué me atribuyes un valor absurdo que no he tenido nunca. Una cosa es que no me amilane ante las fanfarronerías del abogado de la contraparte cuando defiendo a un cliente y otra muy distinta que sea capaz de enfrentarme con un chalado maltratador de mujeres en un jardín solitario y de noche. Por supuesto que no salí de esta casa, que afortunadamente es bastante segura. Lo que sí hice fue llamar a la policía, que no tardó en presentarse. ¿No lo recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo, —repuso con el mismo aire ausente, como si estuviera en trance—. Y ahora tengo que ir a reconocer el cadáver de Gabriel, ¿no es eso?
—Eso ese. Vístete. Te prepararé una tila mientras tanto.
Hizo intención Mariví de dirigirse hacia la puerta del salón, arrastrando la deslucida bata que llevaba sobre el pijama, pero se volvió con la mano en el pomo, antes de abrirla.
—¿Va a ser muy desagradable?
—Me temo que sí.
Media hora más tarde detenía Lilian su automóvil frente al Instituto Anatómico Forense, en la ciudad universitaria. Grupos de estudiantes caminaban deprisa en dirección a sus respectivas facultades con el semblante arrebolado por el frío reinante en la mañana invernal, cuando ellas descendieron del vehículo. Fernando las esperaba delante de la puerta y las acompañó por un largo y amplio pasillo hasta una sala donde instantes más tarde un celador con una bata verde entró empujando una camilla en la que transportaba lo que parecía ser un cuerpo rígido, cubierto por una sábana blanca. Fernando le indicó a Mariví que se aproximara, al tiempo que retiraba la sábana para dejar al descubierto la cabeza del difunto. Lilian
que la había seguido comprobó que el espectáculo no era tan terrible como había temido. El cadáver, blanco como la cera, aún mantenía los ojos abiertos, que eran de un grisáceo color verdoso. El cabello, oscuro, abundante, demasiado largo y húmedo, le resbalaba hacia atrás desde la frente sobre la camilla y en la mejilla derecha presentaba una brecha oscura, que debía obedecer a los efectos de un tremendo golpe.
Mariví le observó en silencio durante unos segundos y luego hizo un ademán afirmativo al tiempo que esbozaba un puchero y reprimía una arcada.
—Sí, es él.
—¿Está segura?, —insistió Fernando.
Dejó escapar la chica un hipido.
—Sí, sí. Completamente.
Se abrazó llorando a Lilian, que le dio unas palmaditas en la espalda y que por encima del hombro de la chica se dirigió al policía.
—¿Podemos marcharnos ya?
—Si, en cuanto doña Victoria firme que el reconocimiento del cadáver ha sido positivo. Usted no le conocía, ¿verdad?
—No, ya le he dicho que no, que no tenía el disgusto, —repuso secamente—. ¿Y puede decirme dónde le han encontrado?
El policía hizo un gesto de asentimiento sin apartar la mirada de su rostro.
—Sí, sí puedo decírselo. En el jardín de una casa abandonada en Ciudad Lineal. No muy lejos de la casa donde vive usted.
Parecía sugerir algo que ella se esforzó en no haber captado. Impasible, le preguntó:
—¿Y… y cómo se les ha ocurrido ir a buscarle allí?
—No se nos había ocurrido, —replicó con una risita sardónica—. Nos han avisado los dueños del chalet contiguo, alertados por el olor,
¿comprende?
Si esperaba verla realizar un gesto que denotase que la descripción del suceso la asqueaba, debió llevarse una decepción. No era la primera vez que Lilian visitaba el Anatómico Forense acompañando a un cliente ni tampoco en el que defendía la inocencia de un encausado por un homicidio similar.
Sin que su semblante mostrase ningún tipo de emoción, empujó a Mariví hacia el fondo del pasillo, en dirección a la salida y se despidió de él con una última pregunta.
—¿A qué hora le vendría bien que me presente en la comisaría?
Sonrió él al notarla a la defensiva.
—Esta tarde a primera hora. ¿Es posible?
—Por supuesto.
—Hasta luego entonces.
Hizo Lilian un gesto con la mano a modo de despedida y en cuanto Mariví firmó en el impreso que le indicaron en el que afirmaba que el rígido cuerpo había pertenecido a Gabriel García, salieron ambas a la calle.
Soplaba una brisa helada que zarandeaba las ramas de los árboles, ahora desnudas de follaje, con un quejido tristón. A lo lejos podía distinguirse la rojiza fachada de la facultad complutense de Derecho y Lilian se la señaló con un gesto.
—¿Te acuerdas?
La otra asintió con expresión añorante.
—Sí, qué distinto era todo entonces, ¿verdad? Quién me hubiera augurado durante esos años que esta mañana saldríamos del Instituto Anatómico Forense de reconocer el cadáver del hombre con el que he vivido durante cinco años. Es horrible, ¿no te parece?
Le dirigió Lilian una rápida mirada de soslayo.
—¿Cómo te encuentras?
—¿Yo?
Parecía aturdida y… sí, también nostálgica como si estuviese rememorando placenteras etapas del pasado que echara en falta en esos instantes.
—Pues… pues no sabría decirte, —continuó, con la mirada perdida en la lejanía—. Debería sentirme liberada, ¿no crees? Pero lo que noto es un espantoso vacío, como si me faltara algo que ha sido fundamental en mi vida y que ahora, al perderlo, la ha dejado carente de sentido.
—No te estarás refiriendo a Gabriel, ¿verdad? No era más que un indeseable. Ahora podrás rehacer tu vida. No tendrás ya que permanecer encerrada en mi casa, temiendo que en cualquier momento pueda aparecer
para zurrarte o para hacerte algo peor. Podrás volver a trabajar sin miedo a que te ponga un ojo morado y a que consecuentemente te despidan.
La interrumpió Mariví al oírla referirse a su futuro trabajo.
—Por cierto, ¿consultaste con don Eulogio sobre lo que te sugerí?
¿Sobre mi posible contrato de pasante en tu despacho, sin sueldo por el momento?
Hubiera preferido Lilian posponer ese tema para un momento más propicio, pero se vio obligada a responderle, porque no se le ocurrió el modo de eludirlo.
—Sí, y me contestó que quizás más adelante…
—¿Que por ahora no?
—Eso es.
Pareció reflexionar la chica, con los ojos guiñados por los efectos del sol pálido que se filtraba entre las ramas de los árboles y que la deslumbraba.
—¿Os reunió a todos los compañeros del despacho?, —insistió.
—Sí, en la sala de juntas.
—¿Y qué opinaron los demás?
Incómoda, se preguntó Lilian si debería decirle la verdad en unos instantes tan penosos.
—Pues… Tarsicio no dijo nada. Es muy parco en palabras y se limitó a escucharnos a los demás.
—¿Y Pablo?
Volvió a vacilar ella. ¿Cómo aclararle sin herirla lo que había manifestado este durante la junta?
—Pablo opinó lo mismo que don Eulogio, —repuso al fin con voz clara
— que la clientela ha disminuido en los últimos tiempos y que podemos abarcar sin problemas el trabajo que tenemos sin necesidad de más personal.
Habían alcanzado el lugar en el que Lilian había estacionado el automóvil y en cuanto esta abrió las portezuelas con el mando, ambas se introdujeron en el vehículo cada una por un lado del mismo.
—O sea, que Pablo se opuso, —resumió la chica, arrellanándose en el asiento del copiloto.
—No, no exactamente, —la corrigió ella, envolviéndola en una mirada compasiva antes de accionar el contacto. Luego arrancó.
—¿No?, ¿qué fue lo que dijo exactamente?
En silencio, bordeó Lilian con el coche la glorieta y cambió de sentido, tomando el amplio paseo que discurría entre las facultades que impartían las distintas materias en dirección a la Moncloa.
—No lo recuerdo como para repetirlo al pie de la letra. Sé que sugirió que un trabajo relacionado con la moda sería más acorde con tus aptitudes.
La verdad es que yo opino lo mismo. En cuanto te deje en casa, pon en marcha mi ordenador y consulta las ofertas de trabajo. Creo que te ayudará ocuparte en algo que te proporcione unos ingresos y que te distraiga.
—Sí, claro, —musitó la chica con voz apenas audible—. Pero no es necesario que me lleves. Puedo ya andar sola por la calle sin miedo a que me siga Gabriel y a que me asalte en cualquier esquina solitaria. Déjame cerca de una boca del Metro y vete a tu despacho, que ya te he hecho perder bastante tiempo por hoy. Aunque Pablo haya dado como excusa que no tenéis suficiente trabajo, sé que estás desbordada. Encima ese pelmazo de Fernando Costa te va a hacer perder la tarde en la comisaría.
—Pero…
Descendían ahora con el coche en dirección a La Castellana por la calle Abascal, ruidosa y trepidante bajo un tráfico ensordecedor y antes de llegar a la esquina con la de Zurbano se empeñó la chica en que detuviera el vehículo en un semáforo en rojo.
—Déjame aquí. Hay una boca de Metro y tú puedes torcer a la derecha en la calle Miguel Ángel. ¿Vas a venir a comer a casa?
—No, esta tarde tengo que ir temprano a la comisaría. Si Fernando no me entretiene mucho, podré recuperar el tiempo perdido durante la tarde. Si necesitas algo o tienes alguna novedad, llámame por teléfono.
Descendió Mariví del vehículo y Lilian la vio ir calle abajo, caminando ágilmente sobre sus zapatos de alto tacón y con su cobriza melena agitada por el viento. La mayor parte de los transeúntes con los que se cruzaba se volvían a su paso, pero la chica no parecía advertirlo. Caminaba absorta en sus pensamientos sin la euforia que debería sentir al saberse libre por fin del hombre que en los últimos años le había hecho la vida imposible.
Anita tecleaba en el ordenador cuando entró ella en el piso y la detuvo cuando pasó apresuradamente por delante de su mesa.
—¿Qué?, ¿cómo ha ido todo? Pablo me ha dicho que habías salido esta mañana a acompañar a tu amiga al reconocimiento del cuerpo del hombre con el que vivía. ¿Era él?
Asintió Lilian e hizo intención de continuar atravesando la antesala, pero la chica no se lo permitió.
—¿Y qué más? ¿Se sabe cuándo y de qué ha muerto?
—No, aún no se le ha practicado la autopsia, —replicó, recriminando in mente a Pablo por explayarse en demasía con la chica y hacerle partícipe de asuntos que no eran de su incumbencia—. Y perdona, pero tengo prisa.
Llego tarde para recibir a una cliente que tenía citada esta mañana y que debe de encontrarse en la sala de espera, así que…
—La ha recibido Pablo, —la interrumpió la otra—. No sabíamos cuánto podías tardar en venir y no era cosa de que le dieras un plantón a esa señora.
Un divorcio, ¿no?
Se quedó mirándola con aire interrogante, pero Lilian fingió no haberla oído, por lo que, cansada de aguardar respuesta, continuó:
—Si quieres que avise a Pablo de que has llegado… —se ofreció, haciendo intención de descolgar el teléfono interior.
—No, no, déjalo. Aprovecharé entonces la mañana para estudiarme el cerro de papeles que se amontonan sobre mi mesa. Gracias.
Continuó su camino por el pasillo y cuando lo recorrió y finalmente entró en su despacho cerró cuidadosamente la puerta sintiéndose absurdamente inquieta. Pensó que debería sentirse liberada en parte de la pesadilla que había padecido desde que la semana anterior Mariví se personara en ese mismo despacho. Ya no existía Gabriel ni por ende el peligro que él representaba, pero persistía la incógnita sobre los amenazadores mensajes que alguien, que no era él, le había enviado y que mantenía archivados en su móvil, así como la abrumadora percepción de tener muy cerca a ese extraño. Aún no se había acabado todo. Su amiga encontraría pronto un trabajo y se mudaría a un piso que pudiera pagar y ella reanudaría su vida anterior, pero aún con miedo, con la angustia que la había atenazado día tras día desde entonces. Quizás pudiera recomenzar con
Pablo la relación que habían mantenido antes de que Mariví se cruzara entre los dos. Esa misma mañana en la sala de juntas había demostrado él sin género de dudas que la chica no le interesaba lo más mínimo. De otra forma no se hubiera opuesto tan tajantemente a que se la contratara en el despacho como pasante, ya que en caso de haberse mostrado conforme podría verla a diario sin realizar el menor esfuerzo. En ese aspecto tal vez pudiera volver a su cauce lo que creía que sentían los dos, se dijo. Se había cerrado el paréntesis que había supuesto la irrupción en su vida de la amiga de la facultad y de los problemas que había conllevado, por lo que era posible que el autor de los mensajes, quienquiera que fuese, se olvidara de la existencia de Mariví y de la de ella. ¿Sería un admirador secreto y despechado de la otra? Ahora que había muerto Gabriel tenía el campo libre, por lo que quizás se olvidara del número de su móvil. Solo así podría ella relajarse y concentrarse en el trabajo que tenía pendiente.
Sin saber por dónde empezar, examinó con ojo crítico el cerro de papeles que Anita había ordenado sobre su mesa en forma de montículo.
Coronando el montículo, vio el sobre color manila que le había llevado Iván la tarde anterior conteniendo los documentos que debería estudiar para formalizar la demanda de desahucio y se decidió por iniciar ese asunto.
Tenía mucha experiencia en arrendamientos y además el caso que le había planteado Iván era relativamente sencillo, por lo que lo abrió y extrajo los papeles, buscando seguidamente el contrato de inquilinato. Lo primero que comprobó fue la fecha en la que había sido suscrito. Efectivamente había vencido ya el plazo de cinco años, lo que suponía que se había prorrogado tácitamente la obligación que habían concertado por un año más. Sería necesario entonces denegarle al inquilino dicha prórroga por causa de la necesidad que tenía el propietario de ocupar la vivienda, ya que Iván le había asegurado que no disponía de otra en Madrid.
Puso en funcionamiento el ordenador que tenía sobre la mesa y recuperó el modelo de demanda de desahucio que solía utilizar por ese motivo.
Rellenó el espacio destinado al arrendador con los datos de Iván y pasó después a hacer lo mismo en el correspondiente al arrendatario, comprobando su nombre en el contrato. Fue entonces cuando experimentó una sacudida y por un instante creyó ver doble. Se restregó los ojos y luego
volvió a leerlo cuidadosamente para terminar acodándose en la mesa con la sensación de que la pesadilla de la que había luchado por despertar se había reiniciado en los últimos segundos. Se vio de nuevo en el albergue de Navacerrada desayunando con Iván y a este insistiendo en que se acercaran los dos a visitar un torreón semiderruido y solitario en la inmensidad nevada de la sierra y creyó sentir de nuevo el viento helador gimiendo a su alrededor mientras arreciaba la nevada y ella echaba a correr sin rumbo fijo, perdida bajo la cortina blanca que se abatía sobre su cabeza, hasta que encontró por azar la torre. ¿Qué había pretendido él al llevarla hasta allí sin que nadie les acompañara, siendo más que previsible que el temporal arreciase y que les impidiera regresar al albergue? ¿Tan solo convencerla de que se ocupara como abogado del desahucio del inquilino de su piso?
Porque el inquilino había sido precisamente Gabriel García, el maltratador de Mariví y el piso era el mismo que esta había compartido con ese hombre y que las dos habían visitado en compañía de Fernando Costa. El cuarto B
de un edificio en la calle Malasaña, esquina con la del Divino Pastor.
¿Sería solamente una casualidad?
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