La coartada
Epílogo
Lilian se sobresaltó al oír el sonido del teléfono de la mesa de su despacho, pero no era Beatriz, la procuradora con la que trabajaba, y cuya llamada esperaba con impaciencia desde que la semana anterior finalizara el juicio de Pablo. Lo comprobó en cuanto se llevó el auricular al oído y escuchó la voz de Anita, avisándola de la llegada del cliente que la chica había citado con antelación a esa hora de la mañana.
¿Por qué no se metería el tribunal en la piel de los procesados y de los defensores y dictaría sus sentencias urgentemente?, se preguntó. Debería entender que era una crueldad mantenerles en vilo durante los diez interminables días que habían transcurrido desde entonces.
Cuando se levantó ella del estrado con su maletín repleto de papeles en la mano, don Eulogio y Tarsicio la habían esperado a la salida de la sala y la habían felicitado, pero Lilian sabía que le habrían dado esos parabienes en cualquier caso para paliar su angustia y para agradecerle el esfuerzo que había realizado, ya que probablemente ninguno de los dos conocía la reciente doctrina jurisprudencial existente sobre las agravantes de ensañamiento y de alevosía. Después fue Mariví la que se le colgó del cuello, hipando inconteniblemente.
—No he entendido nada, Lil, —reconoció cuando logró calmarse lo suficientemente como para poder expresarse con palabras—. ¿Qué has querido decir con ese galimatías de los dos atropellos?
Aunque sentía hacia ella bastante resquemor, le sonrió porque en ese momento la entendía.
—Verás, es que el Tribunal Supremo ha interpretado últimamente la agravante de ensañamiento, en el sentido de que cabe estimarla únicamente cuando el autor del delito lo realiza por el simple placer de hacer daño. Lo
que se ha dado en llamar “la maldad de lujo”. En una sentencia de 16 de junio y en otra de 14 de julio de 2010, sentó esa doctrina. En uno de los dos casos consideró que no cabía apreciarla, aunque el acusado le había asestado dieciséis puñaladas a su mujer o a su pareja, no lo recuerdo bien, porque ella murió cuando recibió la primera de esas puñaladas.
La observó Mariví sorprendida, con sus grandes ojos color violeta.
—Pero eso es absurdo.
Meneó Lilian pensativamente la cabeza.
—No, técnicamente y atendiendo a la interpretación literal del precepto no es absurdo.
—¿Pero y la intención que tenía el animal que la apuñaló?, ¿es que eso no cuenta?, —insistió la chica.
Se encogió ella evasivamente de hombros.
—Nuestro código es de resultado. ¿Es que ya se te ha olvidado?
También la familia de Pablo la había estrujado afectuosamente cuando se abrió paso entre el público hasta el pasillo, pidiéndole su opinión sobre las consecuencias previsibles que podían derivarse de la vista. Desde entonces la llamaban todos los días al despacho esperando alguna noticia alentadora y ella luchaba por mantener la calma. Incluso por las noches, cuando nadie la asaeteaba con preguntas pidiéndole su opinión sobre el pronunciamiento judicial que recaería en ese juicio y ya en la cama intentaba infructuosamente conciliar el sueño, reproducía en su mente las conclusiones definitivas que había formulado en la sala y las sentencias que apoyaban la tesis que había mantenido. Había muchas, pero el tribunal podía entender también que no eran aplicables al caso. Y mientras se debatía entre el nerviosismo que no conseguía controlar y la esperanza de que finalmente el tribunal estimase su alegato, veía, como una foto fija, la expresión de Pablo, cuando, al finalizar la vista, había abandonado la sala con un guardia civil a cada lado. Recogía Lilian en el estrado sus papeles y se había vuelto él a mirarla desde la puerta como si esperase un gesto de aliento por su parte. Le sonrió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Esa misma tarde había ido a verle a la prisión. Le pareció que estaba pálido y sumamente inquieto.
—¿Sabes algo?, —le preguntó.
¿Cómo iba a saberlo?
—Aún no, pero ten un poco de paciencia. —Todos los jueces y tribunales se demoran más de una semana en dictar sentencia, es lo habitual.
Después, al regresar al despacho, había sido Anita la que había creído oportuno meterle prisa a ella.
—¿Pero aún no hay nada nuevo? ¿Y a qué esperan esos jueces? ¿No deberías ir a verles?
—No, claro que no. Tenemos que esperar.
—Pero es que yo voy a acabar de comerme todas las uñas, ¿no lo entiendes?, —protestó enseñándole la punta de sus dedos—. No dejo de pensar en que Pablo se levanta en una celda de la cárcel cada día que pasa y deberías darte cuenta tú también de que está viviendo un infierno. Es tu obligación procurar que salga de esa prisión cuanto antes. ¿Cómo puedes estar tan tranquila?
Aturdida por la reprimenda de la chica, tan injusta que sintió ganas de llorar, había seguido ruta Lilian hasta su despacho para cerrar la puerta y quedarse a solas. ¿Tranquila? Estaba al borde del histerismo. A los sentimientos que le inspiraba Pablo, tenía que unir la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero, al parecer, nadie advertía hasta qué punto podía abrumarla la espera a la que se veía forzada, sabiendo que él estaba contando los minutos.
También Mariví la llamaba a diario, por la mañana, por la tarde y por la noche, para preguntarle si tenía ya alguna noticia, para que le expusiera su opinión sobre el resultado de la vista y para que le dijera si sería conveniente que se acercara a la prisión a visitar a Pablo para darle ánimos.
Y a todas horas le repetía ella lo mismo. Que aún no se sabía nada y que en ningún caso debía realizar ningún acto que denotase que se conocían de antemano.
Y así día tras día. Solo Iván parecía ser capaz de ponerse en su lugar y de entender su estado de ánimo. Esa misma tarde la llamó por teléfono para interesarse por los pormenores de la vista que se había celebrado y para proponerle llevarla a tomar algo cuando terminara su trabajo. Pensó negarse. No se encontraba en condiciones de soportar más preguntas ni,
sobre todo, de que la angustiaran más de lo que ya estaba, pero finalmente aceptó, diciéndose que quizás lograra distraerse.
Cuando por la noche la dejó en su casa, se sentía mejor, por lo que se quedó él también. Y la noche siguiente y a la siguiente, hasta que aquella mañana llamó Beatriz.
Antes de que tuviera lugar esa llamada, la había avisado Anita de que había llegado la visitante que tenía citada a las once, por lo que colgó el auricular y se dispuso resignadamente a recibirla. Era una joven de unos treinta y tantos años que quería divorciarse de su marido, dado que, según le decía, le tiraba los calcetines por el suelo para que ella se agachara a recogerlos, roncaba en cuanto se quedaba dormido y no recordaba jamás la fecha de su cumpleaños. Lilian se había acodado en la mesa, apoyando la mejilla en una mano para disimular el sueño que le producía esa historia tan manida. Por su gusto hubiera cerrado los ojos, ya que lo que la chica le refería le sonaba como el repetitivo machaqueo de una historia ya conocida.
¿Por qué se empeñarían las mujeres en que sus maridos se acordasen de la fecha de su cumpleaños?, se preguntó. Si se casaran convencidas de que la mayoría roncaban, de que arrojar los calcetines por cualquier parte era su deporte favorito y de que ignoraban el día en el que habían nacido sus esposas, habría muchos menos divorcios. Y precisamente en el momento en que se disponía a explicárselo para que considerara que la conducta de su cónyuge no era tan grave ni tan inusual, se encendió nuevamente la lucecita roja del teléfono y el aparato dejó oír su estridente timbrazo. La voz de Anita sonaba alterada.
—Lil, es Beatriz, la procuradora. Quiere hablar contigo urgentemente.
¿Crees que sabrá ya algo de la sentencia de Pablo?
De haberla tenido cerca le habría arrebatado el aparato de la mano, pero como se encontraba a varios metros de distancia y en otra habitación, se limitó a decirle en tono perentorio con el corazón latiéndole desbocadamente:
—Pásame inmediatamente la llamada.
Un instante después oía la voz de la procuradora.
—Enhorabuena, Lil, has ganado.
—¿Qué?, ¿qué dices?, —tartamudeó ella—. ¿Tienes ya la sentencia?
—Sí, el tribunal ha estimado tus alegaciones y ha absuelto a tu cliente.
Enhorabuena.
—¿Lo ha absuelto?
—Sí, ha estimado la concurrencia de la circunstancia eximente de la legítima defensa en la comisión del delito de homicidio, en base a que no cabía apreciar ensañamiento ni alevosía en su autoría y de que los medios utilizados por tu cliente para repeler la agresión de la víctima fueron proporcionales a los que pretendía utilizar esta. Creo que esta misma tarde tendrás “la bola”.
Se había puesto en pie Lilian conforme escuchaba lo que la otra le decía, reprimiendo el imperioso deseo de empezar a dar saltos de alegría.
—¿Y… y sabes si el fiscal piensa recurrir la sentencia?
—No, no la va a recurrir. Me lo he encontrado por el pasillo y me ha dicho que está conforme con sus pronunciamientos.
Se dejó caer de golpe en la butaca.
—¿Se encuentra usted bien?, —se inquietó la aspirante a divorciada.
—Me encuentro divinamente, como nunca, —replicó apoyando la cabeza en el respaldo y cerrando los ojos para disfrutar plenamente de la noticia. Los abrió para explicárselo a la chica—. Perdone, es que un cliente mío ha sido absuelto y me lo acaban de comunicar. Esta tarde iré a buscarle a la cárcel.
—¿Está en la cárcel?, —se interesó la chica—. ¿Qué había hecho?
—Atropellar con el coche a un maltratador en el momento en que iba a matar a su pareja.
La muchacha abrió desmesuradamente sus grandes ojos ribeteados de negro.
—Le habrán levantado un monumento entonces, ¿no?
—No, no se puede matar a nadie, aunque sea un malnacido. Esta tarde la van a dar “la bola”.
—¿De verdad?, ¿qué bola?
—La libertad, ha sido absuelto. En la jerga penitenciaria se llama “bola”
al mandamiento judicial de libertad.
Estuvo por decirle que ese preso además era su compañero de despacho y que aún no sabía si llegaría a ser algo más, pero prudentemente se
abstuvo. Su visitante probablemente le hubiera recomendado que no se casara ni se fuera a vivir con él antes de asegurarse de que no roncaba ni tenía por costumbre sembrar el suelo de calcetines.
Pero no podía seguir escuchando los problemas que le refería esa chica sin darles antes el notición a sus compañeros de despacho, por lo que la interrumpió cuando intentó recuperar el hilo de lo que había dejado pendiente.
—Espere un momento, que enseguida vuelvo.
Como una tromba salió al pasillo, donde abrazó a Tarsicio que volvía de despedir a un cliente y que se tambaleó con su acometida.
—¡Le han absuelto, Tarsicio, le han absuelto!
No llegó a percatarse de que su imperturbable compañero de despacho se emocionaba de verdad y de que hasta le corría un lagrimón por la mejilla.
Solo de que la arrastraba por el corredor hacia el despacho de don Eulogio, donde irrumpieron, arrollando a su paso al cliente al que atendía. Ni repararon en él. Supieron más tarde que era el representante legal de una empresa que se había declarado en concurso de acreedores. Al parecer, le estaba refiriendo sus cuitas a don Eulogio y sonrió tristonamente, cuando, al enterarse de la nueva, se levantó aquel de la butaca para abrazar a Lilian y propinarle unos afectuosos trallazos en la espalda. Pero el visitante no se unió a la algazara general. Se marchó prudentemente en cuanto Anita le citó para otro momento más oportuno y, libres de testigos, pudieron los cuatro dar rienda suelta a su euforia.
Esa misma tarde, y en el automóvil de Tarsicio, fueron a recoger a Pablo a la prisión. En la puerta se encontraba ya el familión de este, al que había avisado Lilian por teléfono y que, como ellos, soportó resignadamente las horas que tuvieran que aguardar hasta que aquel salió. Apareció al fin, pálido, con un bolsón en la mano y aire desorientado y fue abrazando a todos los presentes en cuanto se lo permitió su madre, que se colgó de su cuello hipando inconteniblemente, reclamando así su derecho preferente a empaparle de lagrimones.
—Gracias, Lilian, —le susurró él en cuanto consiguió librarse de las efusiones de su progenitora y aproximarse a ella—. Te lo agradeceré toda la vida.
También sus numerosos hermanos le dijeron algo parecido, así como la chica rubia que había asistido a la vista del juicio, de la que después supo por Tarsicio que no pertenecía a la familia. Cuando media hora más tarde se despidieron de él y de sus parientes para regresar a la ciudad en el coche de su taciturno compañero de despacho, le comentó este a Lilian que esa chica era la expareja de Pablo. La que vivía con él cuando ella entró como pasante a trabajar en el bufete y con la que había roto dos años antes. Pablo se había despedido afectuosamente de ellos para subirse al automóvil de esa chica, ante la extrañeza de Lilian. Tarsicio se lo aclaró en un aparte y luego, ya en el coche.
—Se llama Lola y, desde que le encarcelaron, ha venido a verle todos los días de visita de los familiares. Creo que las cosas entre ellos se van a arreglar.
Le costó entender el significado de sus palabras. Recorrieron su cerebro sin hacerse inteligibles, como si Tarsicio se lo hubiera comentado en otro idioma. Don Eulogio ocupaba el asiento del copiloto y los dos hombres hablaban de un asunto que ella, en el asiento posterior, no alcanzaba a oír, por lo que apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Podía así rebobinar sus recuerdos, retroceder para revivir las conversaciones que habían mantenido los dos durante los últimos días en la cárcel, por lo que intentó recuperar las impresiones que había podido entresacar de las palabras que pronunciaba él en el locutorio cuando le visitaba, las sensaciones que había experimentado. Iba a verle últimamente en cuanto podía hacer un hueco en su trabajo en el despacho. Reparó entonces en que en los últimos tiempos se había limitado él a consultarle sobre el caso por el que se veía encarcelado sin aludir a temas personales. Como hubiera hecho cualquier otro recluso pendiente de la vista de su juicio, que le hubiera encomendado a ella su defensa. Exclusivamente como a su abogado.
¿Cómo no se habría dado cuenta antes, si era palpable?, se preguntó. ¿Y
cómo no habría advertido tampoco que los sentimientos de ella no eran ya los que tiempo atrás había experimentado? Porque no le importaba que la hubiese sustituido por la rubia, reconoció sorprendida. Sentía solo extrañeza por representar ahora otro papel en esa historia que había urdido en su imaginación, en la que Pablo y ella habían sido los personajes principales.
Respiró hondo, sintiéndose liberada de un gran peso. Pablo era libre ya.
En adelante no se vería obligada a visitarle en la prisión tarde tras tarde, como entendía que hubiera sido su obligación de haber sido condenado.
Había dado por supuesto que debería apoyarle con todos los medios a su alcance mientras cumplía la pena que le hubiera sido impuesta, lo que suponía también incluirle en su futuro. Esperarle.
Pero aquello pertenecía a su pasado. La absolución de Pablo la alcanzaba también a ella y lo que le había inspirado hacía tiempo que se había desvanecido, aunque incomprensiblemente no se hubiera dado cuenta antes. Era extraño no haber advertido que la imagen que se había forjado de él no respondía a la que había dado por supuesto, admitir que la había idealizado y que, además, se había ido tornando borrosa día tras día, desdibujándose como si se hubiera ido deshaciendo entre la bruma de una inmensa decepción. De esa misma bruma emergía ahora otra muy distinta.
Pero en ese instante, aún con los ojos cerrados, podía ver esa silueta con toda claridad, por lo que, cuando más tarde Tarsicio detuvo el automóvil frente a la valla de su casa, se bajó del vehículo como si tuviera alas en los pies para atravesar corriendo el jardín y precipitarse en el vestíbulo para pasar luego al salón y descolgar inmediatamente el teléfono fijo.
Iván contestó en el acto a su llamada.
—¿Cómo estás? ¿Has ido a la cárcel a recogerle?, —le preguntó.
—Sí, en el coche de Tarsicio. Ha venido también don Eulogio.
—¿Y… y qué?, ¿cómo le has encontrado?
—Bien, estaba bien. Un poco paliducho, pero es natural porque ha pasado mucho tiempo a la sombra, —continuó, riéndose de su propio chiste.
—¿Y… qué?, —repitió Iván como si no se le ocurriera otra cosa que decir.
—¿Y qué de qué?
—¿Qué si no has quedado con él para celebrarlo?
—No, prefiero celebrarlo contigo.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Estás segura?
—Completamente. Había visto un espejismo, pero ahora estoy bien consciente. Es a ti a quien quiero. Solo a ti.
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Terminaste La coartada
Ursula Llanos
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