La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 2 de 20

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La coartada

Capítulo 1

Había transcurrido el mes de febrero tan súbitamente, que apenas si había tenido constancia del devenir de sus gélidos días. Una sucesión de neblinas matinales y de anticipados crepúsculos a los que no había prestado atención por la sobrecarga de trabajo que aún tenía pendiente. Lo atestiguaba el cerro de papeles que se acumulaban sobre la mesa de su despacho. Un montículo ordenadamente dispuesto por la secretaria en función de su volumen, que Lilian desbarataba buscando el más urgente en cuanto se presentaba en el bufete y ponía en marcha el ordenador.

Esa mañana había adelantado maquinalmente la hoja del calendario que tenía sobre la mesa. Era veintinueve de febrero, un día especial, del que solo disfrutaban los mortales cada cuatro años, pese a lo cual llovía acompasadamente en la calle como la víspera, sin ningún signo que lo diferenciase de los que le habían precedido ni probablemente de los que le seguirían. Eso fue lo que pensó, sin imaginar que su vida, rutinaria y a veces hasta aburrida, iba a sufrir un vuelco.

Había logrado ya encontrar los autos correspondientes al asunto más apremiante y recuperado el documento que había redactado con anterioridad en el ordenador, cuando la secretaria llamó con los nudillos a la puerta de su despacho.

—Tienes una visita, —le comunicó, entreabriendo ligeramente la hoja.

No solía Anita levantarse de su mesa, sita en la antesala, bajo la ventana que daba a un patio de luces, para acercarse a los respectivos despachos, cuatro en total. Se limitaba a anunciarles la llegada del cliente de turno por el teléfono interior, pero en esa ocasión se permitió además asomar su expresivo rostro por la estrecha abertura para hacerle un gesto significativo, simulando agredirse directamente en un ojo con el puño. Lilian se hallaba

absorta con los ojos fijos en el monitor y no apartó su mirada del aparato, lo que motivó que la secretaria carraspeara para llamar su atención. Al comprobar que la abogada continuaba imperturbable, tecleando sin darse por aludida, se decidió a entrar en el despacho y aproximarse a la mesa.

—Lil, —le susurró— tienes una visita. Una mujer que no ha solicitado cita previamente. ¿Le digo que vuelva otro día?

Por primera vez pareció oírla Lilian y levantó hacia ella sus claros ojos ambarinos.

—¿Una mujer? No espero a nadie esta mañana. ¿Qué es lo que quiere?

Sonrió Anita divertida.

—¿Que qué quiere? ¿Qué va a querer? Quiere verte. Dice que es muy urgente y que es amiga tuya. Que fuisteis compañeras en la facultad de Derecho y que se llama Victoria Díaz. ¿Te suena?

—¿Mariví?, —inquirió Lilian incrédulamente.

La secretaria se encogió de hombros. Era una chica muy joven, de ensortijado cabello oscuro, que llevaba muy corto, y nariz respingona que confería a su semblante un aire de travesura y le hacía aparentar menos años de los que realmente tenía. Vestía una cortísima minifalda e iba encaramada a unos taconazos sobre los que se mantenía en equilibrio con dificultad.

—No sé si es esa Mariví a la que has aludido. ¿Qué le digo?

Se olvidó Lilian del recurso que la mantenía absorta hasta ese momento, para acodarse sorprendida sobre la mesa. ¿Cuál podía ser el motivo de su visita al cabo de tantos años de no verse? Cinco al menos. Seguramente habría pasado por delante del portal del edificio en el que trabajaba y había decidido subir para recordar viejos tiempos. Inconscientemente se atusó su corta melena e intentó ver su rostro reflejado en el cristal del retrato de sus padres que tenía sobre la mesa, ante la mirada curiosa de la secretaria.

Luego le indicó que hiciera pasar a la recién llegada.

Anita salió para regresar instantes más tarde con una mujer. Pero no era Mariví. Solo se asemejaba a su amiga en la estatura, superior a la normal.

Escondía la recién llegada sus ojos tras unas gafas oscuras que le ocultaban también parte del rostro. El cabello, liso, sin gracia y de un apagado color rojizo, lo llevaba sujeto en la coronilla con una goma y vestía un gastado chaquetón de cuadros sobre un pantalón azul marino, ambas prendas de una

talla mayor de la que le correspondía a su figura, que en el presente podía conceptuarse de flaca, más que de estilizada. Unos zapatones bajos y anchos completaban su desastrosa indumentaria.

Lilian se la quedó mirando sin reaccionar, preguntándose quién podría ser. Le recordaba a alguien, pero no podía ser a su amiga de la facultad.

Aquella era una chica preciosa y esta, además de desaliñada, carecía de todo atractivo. Se había detenido en el umbral con aire tímido y finalmente avanzó unos pasos hacia ella, mientras Anita se marchaba cerrando la puerta a su espalda.

—Hola Lil, —musitó apenas.

Ahora sí, era su voz. Era Mariví. Pero no parecía la misma. ¿Qué podía haberle sucedido para haberse convertido en otra mujer, enjuta, huesuda y de piel reseca? El cabello que se había recogido en una lacia coleta, no guardaba punto de contacto con la brillante melena cobriza de antaño ni tampoco quedaba en su semblante, medio oculto por las gafas oscuras, vestigio alguno de la armonía de las facciones de entonces. Incluso su provocadora silueta había perdido las formas que atraían tantas miradas.

—Soy yo, —la oyó decir en apenas un susurro—. ¿No me reconoces?

—Por supuesto que sí, —le aseguró, a la par que se levantaba de la butaca y rodeaba la mesa para acercársele y abrazarla. Luego la empujó hacia uno de los sillones destinados a los clientes y tomó asiento en el de enfrente.

—¡Cuánto tiempo, Mariví! No sabes lo que me alegro de verte. Han pasado tantos años… ¿Cómo estás?

Tardó su amiga en contestar. Antes sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó delicadamente.

—Mal. Estoy mal. No sabía a quién acudir y… por eso he venido a verte.

En silencio la contempló Lilian. Con la cabeza baja, parecía examinar el gastado tejido de sus pantalones como si no se atreviera a levantar la mirada hacia ella.

—¿Por qué estás mal?, ¿qué te sucede?

Aún con los ojos fijos en su pantalón, esbozó su amiga un ademán de impotencia con las manos, que luego dejó caer a lo largo de su cuerpo.

—Es que no sé qué hacer, —susurró.

Estaba acostumbrada Lilian a escuchar manifestaciones como la que acababa de oír en las personas que acudían a su despacho con la intención de divorciarse, por lo que procuró adoptar un aire comprensivo para animarla a que se explayara.

—Bueno, sí, pero si me cuentas lo que te ocurre, tal vez podamos encontrar entre las dos una solución para tus problemas. ¿Es que has terminado con Gabriel?

Meneó Mariví negativamente la cabeza, siguiendo con un dedo la mal planchada raya de sus pantalones.

—No, no. Lo he intentado en varias ocasiones, pero él no me lo ha permitido. Él…

—¿Que no te lo ha permitido?, —la interrumpió incrédulamente Lilian

—. ¿Quieres decir que te ha obsequiado con una sesión de lacrimógeno sentimentalismo?

Permaneció Mariví indecisa unos instantes. Ahora la miraba de frente, pero con las gafas oscuras no alcanzaba a distinguir sus ojos, aunque le dio la impresión de que un lagrimón le resbalaba por la mejilla.

—No, no, —repitió al fin—. Gabriel no es un hombre tierno ni sentimental. Me lo pareció cuando le conocí, pero estaba completamente equivocada.

Se levantó Lilian de la butaca y fue a sentarse tras su mesa. Acodada en su brillante superficie, repasó con la mente el cuestionario al que solía someter a las clientes que acudían a su despacho con problemas matrimoniales. ¿Sería ese el propósito que había movido a su amiga a presentarse en su despacho?

—¿Llegaste a casarte con Gabriel? —le preguntó impasible con la finalidad de delimitar su caso dentro del cauce procesal que le correspondía.

—No, no, es solo mi pareja. Hemos vivido juntos estos años, pero él se ha negado siempre a pasar por la vicaría. Es ahora cuando ha cambiado de opinión.

—Y ahora eres tú la que no quieres casarte, —aventuró Lilian—. ¿Me equivoco? ¿Y por qué no quieres casarte?

Vaciló ostensiblemente Mariví. Agachó nuevamente la cabeza, meneó ambas manos y finalmente se decidió a quitarse las gafas. No pudo evitar ella sobresaltarse ni que a su rostro asomase una expresión de sorpresa al distinguir los moratones que ostentaba el semblante de su amiga, tumefacto e hinchado. En ese momento se estaba despojando también esta del pañuelo que llevaba al cuello y pudo apreciar con toda claridad las huellas, igualmente amoratadas, de unos dedos marcados sobre su piel. Con enorme esfuerzo recobró Lilian su expresión imperturbable.

—¿Te ha pegado?, —inquirió en tono impersonal.

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros Mariví en un gesto de absoluta desolación.

—Por nada.

—¿Por nada? ¿Has presentado una denuncia en la comisaría?

—No, no. Había bebido cuando llegó anoche a casa y… Me ha jurado por lo más sagrado que no se volverá a repetir.

Inspiró hondo Lilian para acumular paciencia. Había visto tantos casos similares en su despacho que no lograba asimilar la idea de que sus clientes fueran capaces de creer a sus parejas cuando estas se arrepentían de sus violentas agresiones y formulaban unos propósitos parecidos, que incumplían seguidamente sin un motivo aparente.

—¿Ha sido la primera vez?, —le preguntó, simulando tomar notas en un papel para que la otra no pudiera captar la irritación que experimentaba y que luchaba por no dejar traslucir.

—No, no. En estos años se ha repetido muy a menudo. Es que él…

Se interrumpió para secarse una lágrima, por lo que Lilian la animó a continuar.

—Sí, me estabas diciendo que durante el tiempo en el que habéis estado viviendo juntos, te ha pegado a menudo. ¿Por qué lo has consentido?

Volvió Mariví a encogerse de hombros. Con la desconsolada expresión que asomaba a su rostro no recordaba en nada a la amiga, segura de sí misma, que antaño destrozaba corazones en la facultad.

—¿Qué por qué?, porque no tengo a donde ir, ¿no lo entiendes?

Supongo que a ti te resultaría muy fácil despachar a tu pareja si te

encontraras en mi caso, —replicó en un tono que dejaba entrever un velado resentimiento—. Tú siempre has sabido cuidar de ti misma. Tienes la suerte de razonar con la cabeza en toda circunstancia sin que tus sentimientos interfieran. Por eso disfrutas de una profesión y de una independencia económica de las que carezco yo, porque en su momento no me sentí capaz de ejercer la abogacía y me vi obligada a resignarme a vender bolsos en una tienda.

Se interrumpió nuevamente para secarse los ojos. Luego continuó:

—No puedes entenderme, porque somos muy distintas. Mientras tú ibas adquiriendo más y más prestigio y la admiración de todos los que te rodeaban, yo tuve que contentarme con trabajar de pie durante ocho horas en una tienda y aguantar a una jefa que me puso de patitas en la calle en la segunda ocasión en la que aparecí en el trabajo con la cara irreconocible. La primera me mandó a una comisaría a presentar la denuncia, lo que no hice, y la segunda me despidió.

—¿Y por qué no le hiciste caso y presentaste la denuncia?, —le preguntó Lilian sin expresión.

—Porque no me atreví. Gabriel me embaucó cuando le conocí, pero después, cuando empezó a ponerse violento por nimiedades, me aterrorizaba hasta el extremo de no conseguir razonar. Tú has podido siempre elegir el que te gustaba dentro de los que más te convenían. En cambio yo… yo tuve que contentarme con la oportunidad que me surgió.

En esa ocasión no pudo impedir Lilian que la extrañeza más absoluta le asomase al rostro al oír la increíble apreciación de Mariví sobre las oportunidades de que habían gozado las dos. Pero si había sido justamente todo lo contrario…, se dijo. Era su amiga la que durante los años en los que fueron estudiantes derrochaba seguridad en sí misma, la que atraía a todos los hombres que conocían, la que la eclipsaba en todas las circunstancias que compartían hasta el extremo de hacerla sentir invisible para el sexo contrario. No había llegado a tener conocimiento Mariví de la frustrante experiencia que había tenido ella con Alfonso, pero ¿cómo podía haberse forjado una idea tan equivocada sobre el carácter y la imagen de las dos?

—Me parece que has tergiversado absolutamente tus recuerdos, —

comentó en tono intrascendente, no exento de ironía—. Tenías admiradores

a cientos cuando éramos estudiantes, no ejerciste la profesión, porque la dueña de la tienda de la calle de Serrano te ofreció un buen sueldo, aproximadamente el doble del que por aquel entonces ganaba yo como pasante, y te enrollaste con Gabriel porque te deslumbró. Podías haber elegido otro entre los muchos que lo pretendían, así que no te autocompadezcas. Es mucho más práctico que reconozcas que te equivocaste y que pongas remedio, ya que estás a tiempo.

Clavó su visitante en ella sus hinchados ojos, bordeados de unos círculos amoratados. En otros tiempos eran grandes y bonitos, de color violeta, con pestañas largas y rizadas, pero los que ahora fijaron en Lilian su mirada no le parecieron a esta ni el remedo de lo que fueron.

—¿Remedio? ¿Cómo?

—Puedes dejar a Gabriel y presentar una denuncia por violencia de género. Pediremos medidas cautelares y con toda seguridad el juez que conozca del caso dictará contra él una Orden de Alejamiento. Cuando se vea el juicio dentro de un mes, más o menos, puede que incluso le mande a prisión.

Abrió la boca su amiga y permaneció en esa posición unos instantes como si no entendiera la sugerencia.

—¿Y no podrá acercarse a mí?

—Desde luego que no.

La observó dubitativamente Mariví.

—¿Pero y si…? ¿Y si hace caso omiso de lo que el juez decida?

También lo estaba pensando Lilian, pero se limitó a encogerse de hombros.

—Si incumple la Orden, el juez le enviará a la cárcel.

—¿Durante cuánto tiempo?, —intentó precisar su amiga.

—Pues… eso depende de las lesiones que te haya producido y que podamos probar.

Pareció considerarlo la chica, con sus inflamados ojos clavados en la ventana como si la atrajera de una forma especial. Una lluvia fina tintineaba contra los cristales y se deslizaba luego en surcos para resbalar hasta el antepecho y caer luego a la calle. Desde la planta primera del edificio en la que se ubicaba el bufete, se veía deambular apresuradamente a los

transeúntes por la acera, protegiéndose bajo sus paraguas de las inclemencias del tiempo, y a los automóviles recorrer velozmente la calzada en ambas direcciones.

—¿Y…? ¿Y cuándo le mandaría a la cárcel, antes o después de que Gabriel me apuñale o me estrangule?, —inquirió sarcásticamente—. Me ha amenazado más de mil veces con matarme si le dejo.

Se inclinó hacia ella Lilian sobre la mesa, dominando a duras penas su indignación.

—Puede que no sea más que una bravata y que se achante cuando compruebe que te has marchado sin decirle adiós. Porque desde luego no te vas a despedir de él, faltaría más. Recuerda que, cuando éramos estudiantes, derrochabas seguridad en ti misma. ¿Vas a consentir que ese desgraciado te siga maltratando?

Volvió a desviar Mariví la mirada hacia la ventana y reprimió a duras penas un puchero.

—No, sé que no debería permitirlo, pero ya te he dicho que no tengo a donde ir. No puedo pagar un alquiler ni…

—¿Y tu piso?, —la interrumpió Lilian—. El piso de tus padres. ¿Viven ellos?

Meneó Mariví negativamente la cabeza.

—No, ya no.

—¿Y qué fue de esa casa? La heredarías tú, ya que no tienes hermanos.

Hizo nuevamente un gesto negativo.

—No, no la tengo ya. La vendimos.

—¿Quiénes? Esa casa era exclusivamente tuya.

—La vendimos Gabriel y yo, porque no teníamos un duro.

Tabaleó ligeramente Lilian con un lápiz sobre la superficie de la mesa para desahogar su irritación.

—¿No teníais un duro? ¿En qué o de qué trabaja él?

Dos gruesos lagrimones se escaparon de los ojos de Mariví y rodaron por sus mejillas.

—No trabaja ni creo que haya trabajado nunca. Cuando le conocí, parecía nadar en la opulencia, pero porque jugaba a las carreras de caballos y entonces había ganado mucho dinero. Por esa razón se había comprado un

Porsche impresionante. Tuvo que venderlo poco después de que me fuera a vivir con él. Me repetía que yo le daba mala suerte, ya que fue perdiendo todo lo que había ganado con anterioridad. Luego, íbamos tirando con mi sueldo, pero, como te he dicho, me despidieron de la tienda de la calle de Serrano a raíz de la segunda paliza que me dio.

—¿Y después?

Dio su amiga un sorbetón antes de responder.

—Después han ido las cosas de mal en peor. Conseguí colocarme en un laboratorio como limpiadora. Gabriel me quitaba el dinero que ganaba para ir a beber a un bar y volvía ya de madrugada y como una cuba al piso alquilado en el que vivimos.

—Y entonces te pegaba, —concluyó Lilian con ironía—. ¿Qué motivos alegaba para sacudirte?

Esbozó Mariví un desalentado gesto de cansancio.

—Pues… el motivo solía variar. Unas veces porque tropezaba con una silla que, según decía, había colocado yo fuera de su sitio. Otras porque tenía frío y no había encendido la estufa de butano, otras porque la había encendido y tenía calor… —Levantó ambas manos en un ademán de impotencia—. Ya te he dicho que el motivo variaba, entonces y ahora.

Se rebulló Lilian impaciente en su butaca, incapaz de seguir escuchándola sin recriminarla.

—¿Si? pues eso se ha acabado desde este mismo momento. No vas a volver a esa casa ni vas a soportar sus… sus “malhumores” en adelante.

Puede Gabriel seguir jugando a las carreras de caballos, o mejor, a la taba, que tengo entendido es muy entretenido y muy barato además. Y puede también desahogarse sacudiendo esteras, porque a ti no va a volver a pegarte nunca más. ¿Me estás entendiendo?

No le pareció que sus palabras fueran haciéndose inteligibles para su amiga, porque la miraba con una expresión estúpida en su tumefacto semblante.

—No me atrevo Lil, —alegó casi sin voz—. Es muy alto y muy fornido y estoy segura de que hará una pajarita de papel con esa Orden de Alejamiento del juez de la que me has hablado y de que me buscará y dará conmigo. Tú no le conoces.

—Ni tengo el menor interés, te lo puedo asegurar —la interrumpió secamente—. Y no entiendo que hayas permitido que las cosas llegaran hasta este extremo. Debiste abandonarle la primera vez que te levantó la mano.

—Pero me aseguró que no volvería a ocurrir, —se lamentó la muchacha

—. Me dijo que iba a cambiar, que iba a buscar un trabajo y que…

—¿Y te lo creíste?, —volvió a interrumpirla Lilian.

—Sí, yo… entonces le quería.

—¿Y ahora?

Pareció que su visitante se lo estaba preguntando a sí misma, pero terminó por menear negativamente la cabeza.

—No, me parece que no, pero le tengo un miedo cerval. No creo que exista un lugar en el mundo donde él no pudiera encontrarme y si le dejo me matará.

El agraciado semblante de Lilian reflejó cierta petulancia.

—No se lo vamos a permitir, puedes estar segura. Ahora mismo vamos a ir a la plaza de Castilla a presentar una denuncia en el Registro de los Juzgados de lo penal.

—¿Al Registro de los Juzgados?, ¿por qué no nos dirigimos a una comisaría?, —inquirió su amiga con cierta sorpresa.

—Porque presentándolo en ese Registro se tramitará con mayor rapidez.

Denunciaremos los hechos y solicitaremos medidas cautelares. A continuación nos dirigiremos a un hospital para que te reconozca un médico y dé parte de la tunda que has recibido. Esta misma noche Gabriel dormirá en el calabozo.

—Se encogió Mariví sobre sí misma con el pánico asomando a sus pupilas.

—¿En el calabozo? ¿Esta noche?, ¿estás segura?

—Claro que estoy segura.

—¿Y cuánto tiempo le mantendrán encerrado en un calabozo?

—Durante setenta y dos horas a lo sumo. Seguidamente la policía lo pondrá a disposición judicial.

El miedo que reflejaba el semblante de su amiga fue convirtiéndose en auténtico terror.

—¿Y… y que pasará después? ¿Habrá un juicio?

—Sí, claro, en un juzgado de violencia de género. No sé si recuerdas algo de lo que estudiaste en su día.

Movió Mariví negativamente la cabeza.

—Muy poco. ¿Y dónde están ubicados esos juzgados? ¿En la plaza de Castilla?

—No, en la calle Manuel Tovar. Conocen precisamente de los delitos de violencia de género y de los asuntos civiles con los que guardan conexión, como por ejemplo de los divorcios que se incoan como consecuencia del maltrato que sufren las mujeres, ¿comprendes?

Vaciló nuevamente Mariví con las gafas en la mano. La indecisión que experimentaba hubiera podido hacer pensar a cualquier espectador del diálogo que mantenían que se refería a la conveniencia de volver a cubrirse los ojos con ellas en lugar de a lo que verdaderamente temía.

—¿Y cuánto tardará en verse ese juicio?, —le preguntó al fin con un hilo de voz.

—Pues… aproximadamente un mes, aunque la Orden de Alejamiento la dictará enseguida.

Su respuesta no pareció tranquilizarla, sino más bien al contrario. Bajó la cabeza para buscar algo en el bolso de imitación de piel de cocodrilo que colgaba de su hombro y finalmente extrajo de él un paquete de cigarrillos que le mostró.

—¿Puedo fumar?

—Sí, sí, ¿qué estabas diciendo?

—Que en cuanto vuelva a casa… Ya te he dicho que me ha amenazado con matarme, si le dejo.

—No te va a encontrar, porque no vas a volver allí. Te vas a venir a la mía hasta que esto se solucione. Vivo en una muy grande con jardín, así que puedes disponer de un dormitorio y de un cuarto de baño para ti sola, hasta que encontremos una solución mejor. Una casa de acogida, por ejemplo, donde estarás segura, aunque últimamente escasean. También la dotación policial es insuficiente para proteger a las mujeres en todos los casos que se les presentan, que son muchos.

—Pero entonces…

—Ya te he dicho que puedes venirte a mi casa por el momento.

Cruzó y descruzó Mariví nerviosamente los dedos.

—Pero me encontrará mañana en el trabajo. Irá a buscarme y…

—No, porque te despedirás de tu jefe ahora mismo por teléfono. Como excusa puedes aducir que un asunto inesperado te obliga a marcharte a… —

mordisqueó Lilian la punta del lápiz buscando inspiración—. ¿Qué te parece a un pueblo de Extremadura? A Villanueva de la Serena, por ejemplo. Gabriel le preguntará por ti a tu exjefe y, cuando este le informe de que te has marchado a ese pueblo, irá a buscarte allí. Será un respiro que nos permitirá ganar tiempo, mientras se tramita en el juzgado la denuncia que vamos a presentar ahora mismo.

Le pareció que su amiga titubeaba ostensiblemente.

—¿Y… y que pasará después? ¿Evitará ese juzgado que Gabriel siga buscándome y que me liquide a la primera oportunidad?

Bajó Lilian los ojos hacia el papel en el que había fingido apuntar algunos datos para no tener que contestarle, porque sabía que las medidas que pudiera adoptar el órgano judicial que conociera del asunto no siempre impedían a un maltratador desahogar sus iras contra la mujer que había elegido como víctima. Pero no podía reconocérselo así a Mariví ni estaba dispuesta a permitir que esta se arriesgara a sufrir una nueva paliza o algo peor, por lo que le sonrió con fingida tranquilidad.

—No te preocupes, que está todo previsto. ¿Sabe Gabriel donde vivo?

Lo consideró la chica con el ceño fruncido.

—No lo sé. ¿Sigues en casa de tus padres?

—No, se trasladaron a Valencia, a raíz de que mi padre se jubilara y de que mi hermana, que vive allí, tuviera un niño. Yo había alquilado con anterioridad un piso en la calle Claudio Coello, pero me he comprado un chalet en una bocacalle de Arturo Soria al que me he mudado hace un par de meses.

—¿Nada menos que un chalet?

—Sí, uno antiguo, como los de la mayoría de ese barrio. Pero no creas que es una gran cosa. Estaba en bastante mal estado cuando lo adquirí, porque llevaba tiempo deshabitado y precisaba muchas reparaciones, pero me lo ofrecieron muy barato y yo buscaba una casa con jardín, porque

acababan de regalarme un cachorrito. Un perrito monísimo que va destrozándome todo lo que arreglo.

Mariví se la quedó mirando con curiosidad.

—Sí, recuerdo que cuando íbamos a la facultad ya te gustaban mucho los animales. ¿Pero te resulta compatible con tu profesión? Tengo entendido que es preciso sacarlos a pasear varias veces al día.

—No necesito sacarlo, porque corretea por el jardín durante el día. Ya te he dicho que por esa razón me decidí a comprar esa casa. Es demasiado grande para mí sola, pero tengo cerradas las habitaciones que no uso.

—¿Y dices que está por los alrededores de la calle Arturo Soria?

—Sí, en una bocacalle.

—Pues entonces no me encontrará Gabriel allí, —se animó su amiga dejando escapar un suspiro de alivio—. No sabía yo que te habías mudado, así que es imposible que se lo comentara. ¿De verdad no te arrepentirás de haber tenido que cargar conmigo y con mis problemas?

En esa ocasión le sonrió Lilian con un ilusorio optimismo.

—De verdad que no.

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