La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 16 de 20

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La coartada

Capítulo 15

Se lo refirió a Pablo a la mañana siguiente por teléfono, en cuanto se levantó de la cama. Él se quedó reflexionando durante un lapso de tiempo que a Lilian le pareció interminable.

—¿Estás segura de que ese hombre no subió a tu dormitorio sin que te dieras cuenta, mientras buscabas la botella de ginebra?, —le preguntó al fin.

No, no estaba segura. ¿Cómo iba a estarlo? Le dejó sentado en la butaca del salón y cuando regresó a esa habitación seguía en el mismo sitio, en el mismo sillón y con idéntica postura, pero había tenido oportunidad de ascender silenciosamente la escalera, de entrar en su cuarto y de coger el móvil que había dejado ella sobre la cama.

—También ha podido ser tu amiga, —consideró Pablo— y probablemente haya sido ella. Habrá recordado donde lo escondió y con la excusa de haber olvidado sus gafas habrá subido a recuperar ese móvil.

Como lo dejaste sobre tu cama, daría con él enseguida, ¿no crees?

No sabía ya que creer y aunque intuía que esa última conclusión pudiera ser la más verosímil, se resistía a admitir que la amiga con la que había compartido los días interminables de estudio que precedían a los exámenes y tantas ilusiones durante los años en los que fueron estudiantes, pudiera haberse aprovechado de esa amistad para aterrorizarla con las amenazas que le enviaba en sus mensajes telefónicos.

Lo comentaron también esa noche en la que habían quedado para cenar en la casa de él. Vivía este en la planta quince de un altísimo edificio, sito en la plaza de España, en un pequeño y moderno apartamento que constaba tan solo de un salón con una inmensa cristalera desde la que se dominaba la plaza y el comienzo de la Gran Vía, así como de un dormitorio desde el que se accedía al cuarto de baño, y de una cocina. Había puesto Lilian sus cinco

sentidos en acicalarse para la ocasión y durante la tarde se había ido probando los trajes que había adquirido recientemente y que reservaba para los acontecimientos especiales, para irlos desechando uno tras otro, arrojándolos sobre la cama de su cuarto. A Pablo le extrañaría verla tan arreglada, con una imagen tan distinta de la suya habitual, por lo que finalmente se decidió por un traje pantalón oscuro en cuya chaqueta prendió un broche de bisutería, pero que parecía auténtico. Había comprobado que ningún hombre era capaz de distinguir las joyas de sus imitaciones y ella, en realidad, tampoco. Se cepilló luego su corta melena hasta lograr que brillase con reflejos dorados y lisa, con las puntas vueltas hacia adentro, para que enmarcase su agraciado rostro en el que destacaban sus grandes ojos ambarinos. Le ilusionaba la perspectiva de esa cita y su previsible desenlace que, en su opinión, se había demorado en demasía. La explicación podía residir en que él era excesivamente parsimonioso, lo que a veces la irritaba, pero le animaría esa noche a concretar las veladas insinuaciones que solía formular relativas al futuro de los dos.

Sentada en el sofá, de espaldas a la cristalera, consideró la posibilidad que había sugerido él con el ceño fruncido.

—Es posible. Mariví tuyo ayer esa oportunidad, pero me resisto a creer que haya actuado conmigo de esa manera, con tanta frialdad, cuando yo he hecho por ella todo lo que estaba en mi mano. Siempre ha sido un poco atolondrada, pero era una buena chica. ¿No se le ocurriría pensar, si es que ha sido ella, que con esos mensajes me iba a amargar la vida? Me he estado despertando aterrorizada por las noches tratando de identificar los mil ruidos raros que se producen en mi casa, cuando el barrio entero duerme.

He desconfiado de todos los desconocidos que se me acercaban. Incluso durante la vista de un recurso de casación, en el salón de plenos del Tribunal Supremo, en lugar de concentrarme en lo que oponía el fiscal a los motivos que había alegado yo, estuve analizando las caras de los asistentes que ocupaban los bancos destinados al público por si alguno pudiera ser Gabriel. He vivido un verdadero infierno. ¿No le importaría a ella o es que ni siquiera le pasó por la mente?

Enarcó Pablo las cejas con auténtica sorpresa. Se había sentado en una butaca frente a Lilian con una mesita de cristal entre los dos. Con un

pantalón vaquero y una camisa de cuadros, parecía más joven que con la formal indumentaria con la que acostumbraba a presentarse en el despacho.

—¿Tú, aterrorizada?

—Claro que sí. ¿No habrías pasado miedo tú de estar en mi caso?

Lo meditó él como si no se lo hubiera planteado.

—Es posible, pero no hubiera imaginado que fueras miedosa. Pareces tan fuerte… tan poco vulnerable… como un mástil sobresaliendo de las olas y desafiándolas en plena tempestad.

—Un símil precioso pero totalmente desacertado, —protestó Lilian—.

Y no entiendo por qué me veis así. El que no lloriquee nunca en público no significa que no lo haga en mi casa en el cuarto de baño.

—¿Lloriqueas en el cuarto de baño?, —volvió a extrañarse él.

—Pues sí. De vez en cuando y sin que nadie me vea, cuando algo me sale mal, como, por ejemplo, cuando pierdo un juicio. Y lloro también, y a la vista de todo el mundo, en el cine, cuando la película es emotiva, y también cuando leo una novela conmovedora. No sé por qué te asombras tanto.

Parpadeó Pablo y esbozó luego un ademán con la mano que parecía significar que su explicación le había desconcertado y que no acertaba ahora a conceptuarla adecuadamente. Se quitó las gafas de concha para limpiarlas con un pañuelo que extrajo de su bolsillo y volvió a colocárselas sobre el puente de la nariz para mirarla a través de los cristales como si necesitara cerciorarse de quién era la chica que tenía enfrente.

—Pues probablemente tu amiga no imaginaría esa faceta de tu carácter que, a decir verdad, no dejas entrever, —replicó meditabundo, como si no acabara de entenderlo—. Aunque es posible que ella no haya tenido la menor intervención en ese asunto y que sea obra de ese ruso que es el dueño de su piso. Iván Vasiliev se llama, ¿no es así?

—Sí, si se llama así, pero no es ruso. Es de Toledo, —le aclaró como si la ciudad de donde era natural le eximiese de toda sospecha.

—También los de Toledo cometen delitos, —bromeó él—. Si de improviso aparecieron ayer en tu casa los dos, es más que probable que lo hubieran planeado de antemano para recuperar el móvil y que se presentaran por separado para disimular. ¿Te dio la impresión de que

pudiera ser él la nueva pareja de tu amiga? Eso explicaría que se hubiera mudado al piso de él tan apresuradamente y que él le haya perdonado la deuda que había dejado pendiente Gabriel García.

Pensativamente se apartó Lilian la melena de su rostro como si ese gesto le ayudara a aclarar sus ideas.

—Sí, lo explicaría, pero no lo sé. Mariví tontea con todos los hombres que se le ponen por delante, aunque ese comportamiento en ella no significa nada. Es como un deporte.

—¿Cómo un deporte?

—Sí, no creo que lo haga con ninguna intención especial. Simplemente le gusta gustar.

—Y se emplea a fondo, —masculló él entre dientes.

—¿Quieres decir que se pasó un pelín contigo durante el fin de semana pasado? No se lo tomes en cuenta.

Por el semblante de Pablo cruzó una sombra que atirantó los músculos de su cuello.

—No se lo tomaría en cuenta si, como consecuencia, no hubiera quedado yo mal contigo. Insistió tanto en que te dejáramos dormir y en que subiéramos los dos solos a esquiar que no supe resistirme. La verdad es que fue una grosería.

Le sonrió Lilian, feliz de oírselo decir. Ahora sin duda encontraría él las palabras oportunas para decirle lo que sentía por ella, las que tanto había esperado. Apoltronada en el cómodo sofá aguardó impaciente conteniendo la respiración, pero él parecía haber perdido el hilo de lo que se hubiera propuesto decirle. Con el ceño fruncido contemplaba el panorama que se divisaba a través de la cristalera, sobre la cabeza de ella. La hirviente animación del comienzo de la Gran Vía con sus mil lucecitas de colores, más allá de la oscuridad de la plaza que tenía a sus pies.

Repentinamente se puso en pie.

—Voy a la cocina a meter la carne en el horno. Tardará en estar a punto una media hora, pero tú no te muevas.

—¿No quieres que te ayude?

—No, no. Quiero que compruebes que soy un buen cocinero. Mañana lo repetiremos, pero en tu casa y serás tú la que demuestres tus habilidades

culinarias.

Le vio caminar de espaldas a ella en dirección a la habitación aludida y se arrellanó en el asiento para disfrutar en solitario de lo que acababa de decirle. No había olvidado el plan que había proyectado para el fin de semana y si esa noche no acababa de decidirse a proponerle que compartieran juntos el futuro, lo haría con toda seguridad a la noche siguiente.

Desde el lugar que ocupaba en el sofá, con la cristalera a su espalda, no alcanzaba a divisar la magnífica vista nocturna que podía contemplarse desde las alturas del piso en el que vivía él, por lo que se levantó para ir a dejarse caer en la otra butaca, tan cómoda como el sofá. La plaza de España se veía desde allí como una inmensa mancha negra, sin perfiles definidos, y moteada tan solo por luces intermitentes que no alcanzaban a clarear su oscuridad. Rememoró las innumerables ocasiones en las que había acudido a esa plaza al término de las clases con Mariví y con otros compañeros de curso. Se habían sentado entonces en los bancos de la plaza, porque la mayoría, incluyéndola a ella, no disponían de suficiente dinero como para derrocharlo en una cafetería tomándose un café. Sonrió al recordarlo y al rebullirse en la butaca notó algo duro bajo el asiento, por lo que se incorporó a medias para introducir la mano bajo el cojín. Sus dedos entraron en contacto con ese objeto y lo extrajo sentándose de nuevo en el sofá para acercarlo a la luz de la lámpara que, sobre una mesita baja, flanqueaba uno de sus costados.

Era un mechero, un encendedor dorado, con un elefantito en relieve y dos nombres grabados. Lo había visto antes, ¿pero dónde?

De improviso sintió que una luz iluminaba su cerebro. Por su mente cruzó su propia imagen y la de Mariví en una cafetería varios años antes.

Habían terminado ya sus estudios y su amiga llevaba unos meses trabajando en una tienda de modas de la calle de Serrano. A ella la habían contratado como pasante en el bufete de don Eulogio y hacía méritos por convertirse en la insustituible ayudante de los tres abogados, que entonces eran sus jefes. Mariví hablaba y hablaba de un hombre que había conocido el mes anterior. Un hombre guapísimo que conducía un Porsche impresionante y

que le había regalado un mechero de oro, con un elefantito incrustado y con los nombres de los dos grabados en su brillante superficie.

Incrédulamente lo sopesó en su mano, antes de leer esos nombres:

“Gabriel y Victoria”.

Lo dejó caer sobre su regazo como si hubiera perdido la energía imprescindible para sostenerlo. Era el mechero que tiempo atrás le regalara Gabriel García a su amiga, pero eso era lo de menos. Lo importante era saber cómo había llegado hasta allí, hasta el piso en el que vivía Pablo.

Con un esfuerzo retrocedió con la mente al viernes anterior, cuando él las había recogido a las dos con su coche de la casa de ella para salir hacia Navacerrada. Aparentemente no se conocían o al menos eso habían fingido, pero lo que resultaba incuestionable era que Mariví había estado con anterioridad en el salón en el que se encontraba ella en ese instante y que se le había caído en la butaca su mechero. Ahora recordaba que su amiga había comentado la tarde anterior, al encender un cigarrillo y en respuesta a la pregunta de Iván, que lo había perdido, pero que probablemente aún andaría por algún rincón del piso que había habitado en la calle Malasaña.

Lo había perdido, sí, pero en casa de Pablo. ¿Y cuándo había estado la chica en el salón en el que se hallaba en esos momentos?, sentada en la butaca que ahora tenía enfrente, ¿antes o después de los días que habían pasado los tres en la sierra en los que habían aparentado no haberse visto nunca antes?

Ensimismada en barajar sus sospechas, no le oyó llegar cuando salió de la cocina y regresó para detenerse frente a ella, al otro lado de la mesita de cristal. La miraba fijamente con el ceño fruncido y una expresión extraña.

Fue al sentirse observada, cuando levantó la vista y le vio con el semblante contraído por unas emociones que no acertó a identificar. Se limitó ella a levantar la mano con la que había recogido el mechero de su regazo y a mostrárselo. Luego le preguntó con una voz que no era la suya:

—¿Estás saliendo con Mariví? ¿Por qué me has hecho creer que no la conocías?

Se dejó caer Pablo en la butaca en la que había estado sentado antes como si estuviera mortalmente cansado.

—No es lo que tú crees.

—¿No?

—No, es mucho peor.

Se inclinó hacia él intentando escrutar sus facciones.

—¿Por qué es peor?, ¿qué es lo que quieres decir?

—Que esa chica, aún sin proponérselo, puede trastocarle la vida a cualquiera. A mí en este caso.

Intentó adivinar lo que pudiera estar ocultándole. Se fijó entonces en las sombras violáceas que circundaban sus ojos, en la que no había reparado antes por la escasa iluminación del salón en el que se hallaban y por el brillo de los cristales de sus gafas. Parecía al límite de sus fuerzas.

—Si mantienes una relación con ella, no tienes por qué darme explicaciones. Tú y yo no somos más que compañeros de trabajo.

—No por mi gusto, —objetó él.

—¿Qué quieres decir?

Su rostro reflejó la desesperación más absoluta.

—Que ella me ha arruinado la vida y que por su culpa es más que probable que dé con mis huesos en la cárcel. Perdió ese mechero la noche en la que murió el hombre con el que vivía. Ella pasó la noche aquí, en este piso.

Intentó Lilian entender lo que le estaba diciendo, pero notaba la mente espesa, como si no consiguiera hilar las palabras que él pronunciaba y recorrieran su cerebro sin llegar a hacerse inteligibles.

—¿Por qué no te explicas con claridad?

—Lo que te estoy diciendo es que yo atropellé a Gabriel con mi coche,

—reconoció con una risita sarcástica—. ¿Lo comprendes ahora? Ella no tenía a donde ir y pasó la noche aquí, en este piso, donde perdió el mechero sin que ninguno de los dos lo advirtiéramos. —Le señaló la butaca gemela a la que él ocupaba y continuó—: A mí ella no me importa, fue solamente una aventura de unos días, pero después no he conseguido quitármela de encima y ahora no sé qué hacer.

Le observó Lilian con los ojos agrandados por la sorpresa. Así que mientras ella creía que él estaba a punto de proponerle vivir juntos o incluso algo más serio, Pablo se acostaba con Mariví. Era como para morirse de risa. Le había notado abstraído en los días que precedieron al fatídico veintinueve de febrero en el que la chica se presentara en su despacho con

el semblante desfigurado, pero lo había achacado al exceso de trabajo y también a la ansiedad provocada por alguno de los peliagudos asuntos que llevaba entre manos. No cabía duda de que era una calamidad interpretando los sentimientos de los demás y especialmente los de él.

—¿Le atropellaste tú?, —le preguntó casi sin voz—. ¿Iba ella a dejar a Gabriel por ti? ¿Cómo puedes decir entonces que fue solo una aventura?

Esbozó Pablo un gesto indefinible.

—La conocí en la sierra de Navacerrada, hace años, un fin de semana en el que coincidimos en el mismo albergue en el que nos hemos alojado los tres. Iba ella con Gabriel García y yo con unos amigos. Ese tipo se indispuso con la cena que había tomado la noche anterior o con el vino que bebió, porque acabó como una cuba, por lo que no pudo salir de su habitación al día siguiente. Se quedó en la cama durmiendo la mona.

Victoria es incapaz de quedarse encerrada mucho tiempo en ninguna parte, así que bajó a la sala de estar, tonteó conmigo y con mis amigos y finalmente se vino a esquiar con nosotros.

—¿Y os habéis estando viendo todos esos años?

—No, no. Por lo que me ha referido después, a él empezaron a irle mal las cosas por aquellos tiempos, por lo que no pudo permitirse el lujo de volver a la sierra. Tuvieron que contentarse con malvivir en el piso que él le había alquilado a ese ruso.

—¿Entonces?

—Me la encontré a ella casualmente por la calle hace cosa de un mes y debí decirle donde vivía yo y donde trabajaba, porque a partir de ese momento se hizo la encontradiza conmigo, hasta que consiguió que nos viéramos aquí, en mi casa, cuando los dos terminábamos de trabajar.

—Ya entiendo, —murmuró Lilian en un susurro, aunque ciertamente no entendía nada. Lo que le estaba contando debía de haber ocurrido al tiempo en el que Pablo le hacía veladas insinuaciones con la que parecía querer darle a entender que ella le interesaba. Sabía, porque había llevado innumerables casos de divorcio, que muchos hombres, aun queriendo a sus mujeres y deseando permanecer a su lado el resto de sus vidas, las engañaban con aventuras fugaces e incluso permanentes, pero nunca hubiera podido imaginar que algo así pudiera sucederle a ella. Alfonso al

menos había tenido la decencia de decirle que el lazo sentimental que les unía a los dos se había roto antes de dejarla, pero no parecía que Pablo hubiera llegado a plantearse siquiera que mientras estaba con Mariví debía abstenerse de perseguirla a ella.

—¿Lo entiendes de verdad?, —insistió con ansiedad él como si su respuesta fuese trascendental—. Sabes que a la única que quiero es a ti.

Parpadeó abstraída. En otra ocasión su última frase la habría sonado a música, pero en ese momento ni siquiera llegó a calarle hondo en lo más profundo de sus sentimientos. Se quedó flotando en el aire, igual que si se lo hubiera oído decir a otra pareja que se hallara también en el salón.

—Desde luego, claro que sí. Ella te persiguió y tú te dejaste querer.

¿Sabías que ella era amiga mía?

—Sí, porque hablaba continuamente de ti. Sabía también que éramos compañeros de despacho.

—Ya.

Mortalmente cansado, apoyó Pablo la cabeza en el respaldo de la butaca.

—Cuando le planteé que lo nuestro se había acabado, me pidió que la ayudara, —continuó con el semblante ensombrecido—. Quería dejar a ese animal con el que vivía y necesitaba que la ayudara a trasladarse con mi coche a otro lugar, porque no podía permitirse el lujo de tomar un taxi y tenía que cargar con su equipaje. El caso es que quedé en recogerla esa noche en la puerta de su casa, pensando que con esa buena acción acabaría por perderla de vista para siempre.

—¿Y dónde la ibas a llevar?, —inquirió ella secamente—. Mariví no tenía dinero para pagar otro alojamiento.

Vaciló él ostensiblemente.

—Bueno, quedamos en que se vendría aquí, a mi casa, hasta que resolviera ese problema.

Hizo Lilian un gesto de asentimiento y continuó la narración que Pablo había dejado inacabada.

—Y cuando estabas esperándola, la viste salir corriendo del portal, perseguida por Gabriel.

—Sí, iba Victoria dando tropezones y al cruzar la calle y subirse a la otra acera se cayó al suelo. Gabriel salía entonces de portal y vi cómo brillaba el cuchillo que llevaba en la mano. Estaba a punto de alcanzarla, por lo que no lo dudé. Arranqué el coche y le atropellé.

—¿Y le mataste?

—No lo sé. Es una calle poco iluminada. Victoria intentaba levantarse y me pareció que él se movía. Entonces metí la marcha atrás y pasé con el automóvil por encima de su cuerpo otra vez. Lo demás ya lo sabes.

—No, no lo sé. ¿Qué hicisteis con él?

—Cuando me bajé del coche no respiraba ya. Entre los dos le levantamos del suelo y le introdujimos en el maletero del coche. Victoria se sentó en el asiento del copiloto y nos desembarazamos del cadáver en la casa abandonada en la que le encontró la policía diez días más tarde.

—¿Y después?, —insistió Lilian—. Mariví pasó la noche en tu casa y le aconsejaste que a la mañana siguiente se presentara en mi despacho para que me contara una sarta de mentiras y me pidiera ayuda, ¿verdad?

—Sí, —reconoció sencillamente él.

—¿Y qué pretendías con ello?

—Te lo he comentado más de mil veces. Necesitábamos una coartada.

Hacerle creer a la policía que Gabriel había muerto con posterioridad a la noche en la que realmente tuvo lugar el atropello. A Mariví se le ocurrió la idea de enviarte mensajes por el móvil de él, que recogimos en la calle, junto a su cuerpo, para dar mayor verosimilitud a esa coartada de la que íbamos a valernos.

—Pero cuando recibí el primero de los mensajes estabas conmigo en mi despacho, —objetó Lilian, reproduciendo mentalmente los detalles de ese momento.

—Sí, porque el primero te lo envió Victoria. La mujer que te hace la limpieza, a la que le habías encargado que no la dejara sola ni un momento, se puso enferma esa mañana. Tu barrio es solitario y muy tranquilo, por lo que nadie la vio salir de tu casa y coger el Metro para enviártelo desde el Parque del Retiro.

—¿Y la pulsera con GPS que le había entregado la policía y que llevaba siempre en la muñeca?

—La dejó en la mesilla de su dormitorio para que creyeran que había permanecido en su cuarto todo ese tiempo.

—Y el autor del segundo fuiste tú, —le interrumpió Lilian—. Me decías que te encontrabas en el jardín de mi casa y que saliera Mariví a entrevistarse contigo. Supongo que estarías en el coche, aparcado en la calle junto a la acera o en segunda fila.

—Sí.

—Y el tercero también fuiste tú. Me había acompañado Mariví a Las Salesas a presenciar la vista del recurso de casación que había interpuesto y nos encontrábamos en la Plaza de la Villa, camino del aparcamiento, cuando lo recibí.

—Sí y cuando te llegaron los dos últimos estábamos juntos, en Navacerrada. Uno te lo remitimos desde el pueblo y el otro desde el aparcamiento del albergue.

Asintió Lilian con la cabeza, rememorando el silbido de viento dentro del torreón donde se había guarecido y el frío intenso que la acometió cuando leyó el texto en el visor de su móvil. Podía entender que hubieran intentado procurarse una coartada, ¿pero por qué a costa de ella?

—Fernando Costa me dijo que ese mensaje me lo despachasteis desde un bar y que a continuación su autor, o sea, tú, regresó en coche a Madrid.

¿No habíais subido a esquiar esa mañana a la Bola del Mundo?

—No, yo no llegué a tomar el telesilla. Necesitábamos confundir a la policía, despistarla hasta que encontraran el cadáver. Por esa razón, Victoria subió sola a esquiar y yo volví a continuación a Madrid y en la Moncloa apagué el móvil de Gabriel. Allí di media vuelta, la avisé a ella y llegamos juntos al albergue a la hora de comer.

Estudió Lilian con detenimiento su semblante ensombrecido. Sus ojos castaños tras las gafas de concha eran los de siempre y también la línea de su boca y el resto de sus facciones. Lo que era diferente era el abatimiento de sus hombros y su aire de extenuación, como si el mundo se hubiera desplomado sobre él y no acertara con el medio de emerger de los escombros que le habían sepultado.

—Me elegisteis porque habíais pensado los dos que yo era la persona ideal para que os sirviera de tapadera, ¿verdad?, —le insinuó con una voz

sin inflexiones.

—Bueno, sí.

—Y a ninguno de los dos se le pasó por la cabeza que si la policía acababa por descubrir quién había sido el autor del homicidio de Gabriel y me acusaban a mí de ocultamiento de pruebas por enviarme a mí misma esos mensajes, podría el tribunal inhabilitarme para el ejercicio de mi profesión. No se os ocurrió, ¿verdad?

Levantó hacia ella una mirada en la que latía un trasfondo de culpabilidad.

—Yo… no pensé en nada. Estaba tan aturdido… tan desesperado…

—¿Y Mariví? Probablemente ella lo ignoraba, pero tú eres abogado y deberías haber calibrado las consecuencias que vuestras supercherías podían ocasionarme. La asistí en su declaración ante el juez como su abogado cuando la policía la puso a disposición judicial. Nada más lógico para el fiscal que deducir que la estaba ayudando yo a ocultar el cuerpo del delito simulando esos SMS, precisamente para eso, para que dispusiera ella de una coartada.

Abochornado, hizo un gesto de asentimiento.

—Nos pareció una buena idea y… tienes razón, no caí en las derivaciones que podía tener para ti el plan que trazamos.

—Ni tampoco en el miedo que he pasado desde entonces, ¿tampoco lo imaginaste?

Meneó él la cabeza en sentido negativo.

—No, tampoco.

Se retrepó Lilian en el sofá como si necesitara acumular energías para continuar recriminándole.

—¿Y ayer? Se presentó Mariví en mi casa a recuperar el móvil, con la excusa de haber olvidado sus gafas en el dormitorio que ocupaba durante los días en los que vivió en mi casa, ¿verdad?

—Sí, la avisé yo por teléfono de que lo habías encontrado, después de que tú me llamaras para comunicármelo. Lo había escondido en el cajón de la cómoda de tu cuarto cuando apareció la policía en tu casa a efectuar el registro. Fue el primer sitio que se le ocurrió y acertó, porque los agentes no dieron con él.

Le observó Lilian en silencio tratando de recuperar la imagen que se había forjado de él y algo de los sentimientos que le había inspirado. No parecía guardar punto de contacto el hombre que tenía sentado enfrente, hundido en la butaca, con los hombros inclinados, cuyo semblante traslucía la más sombría desesperación, con el sesudo abogado, seguro de sí mismo que tanto había admirado ella.

—¿Y por qué?, ¿por qué te has metido en este lío?, —le reprochó—. Si Mariví no significaba nada, ¿por qué te has enredado con ella y has arriesgado el resto de tu vida, tu libertad, por una chica de la que estabas harto?

Levantó Pablo la cabeza para clavar su mirada en ella como si la respuesta fuera obvia.

—¿Y qué hubieras hecho tú en mi lugar? Ese hombre iba a matarla y me vi obligado a impedirlo. ¿O es que opinas que debí quedarme sentado en mi coche contemplando como la apuñalaba? Hubiera hecho lo mismo por cualquier otra, incluso por una desconocida. Actué en legítima defensa, ¿no lo entiendes?

Asintió Lilian pesarosamente.

—Yo sí. Lo que hace falta es que lo entienda el tribunal de justicia, si la policía acaba por descubrir quién fue el autor del atropello. Anda sobre la pista del dueño del automóvil que ha cambiado recientemente el parachoques de su coche, porque han encontrado huellas de sangre, que están analizando, por si pudiera coincidir con las de Gabriel. Sabes que rara vez estiman la legítima defensa como eximente completa. Exigen para ello la proporcionalidad entre los medios empleados por el autor del delito y los que esgrimía la víctima.

—Sí, ya lo sé, —admitió él con el semblante ensombrecido—. Pero es absurdo. Supongo que apreciarían la eximente si me hubiera bajado de mi automóvil con un cuchillo similar al de él, pero no tenía ninguno a mano y además las cuchilladas no son mi estilo. Defendí a Victoria con lo único con lo que podía disponer en ese momento, con mi coche. Le atropellé y le salvé la vida a ella.

—Sí, pero… —empezó Lilian a objetar.

No pudo terminar la frase. Un timbrazo y unos golpes propinados en la puerta del piso les sobresaltó a ambos.

—¡Policía!, —oyeron decir—. Abran inmediatamente.

Fue Lilian la que se levantó del sofá y se dirigió hacia la entrada de la casa para permitirles entrar en el piso. Tres policías uniformados irrumpieron apresuradamente tras ella en el salón, a los que precedió como una autómata.

—¿Pablo Duarte?, —inquirió el que iba en cabeza.

Se había levantado él de la butaca e hizo un gesto afirmativo.

—Sí, soy yo.

—Queda detenido por el asesinato de Gabriel García la noche del 28 de febrero último. Voy a informarle de los derechos que le asisten.

Le interrumpió él levantando una mano.

—No se moleste. Soy abogado y los conozco de sobra.

—Bien en ese caso…, —consideró el policía, procediendo a esposarle

—. Va a acompañarnos ahora mismo a la comisaría y puede llamar a un abogado, a no ser que prefiera defenderse a sí mismo.

Desde la puerta del salón y entre los dos agentes, se volvió Pablo hacia ella, que asida al respaldo del sofá asistía a la escena, inmóvil como una estatua.

—¿Me defenderás, Lilian? A pesar de todo, ¿me defenderás?

Incomprensiblemente le vio muy lejos, desenfocado, como si el espacio que mediaba entre esa puerta y el lugar en el que se hallaba ella se hubiera alargado, adquiriendo unas dimensiones desmesuradas. Aturdida, intentó asimilar lo que le había referido antes y entender los sentimientos de él y los suyos propios. Pero no podía detenerse a analizarlos, porque Pablo esperaba una respuesta. Se la dio sin que su decisión hubiera llegado a pasar por su cerebro.

—Por supuesto. Voy con vosotros.

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