La coartada
Capítulo 14
Era ya de noche cuando al día siguiente llegó a su casa. Tal y como habían proyectado la tarde anterior, había dejado a primera hora en el piso de la calle Malasaña a Mariví con todas sus pertenencias y con Leocadia, que se había comprometido a limpiárselo. Desde esa calle, ubicada en el mismo centro de Madrid, se había dirigido ella al edificio de los juzgados de la calle Francisco Gervás, donde tenía señalada la ratificación de un divorcio, y a última hora se había presentado en el despacho, donde había llegado con el tiempo justo para comer con Pablo, con Tarsicio y con Anita. La secretaria cotorreaba, incansable como siempre, llenando los huecos de que adolecía la conversación de los otros tres, que ensimismados, apenas si pronunciaban como al desgaire alguna que otra frase.
Desde que despidiera esa mañana a las dos mujeres, padecía Lilian una melancolía vaga que no parecía responder a nada concreto, pero que se acrecentó cuando esa noche enfiló la calle en la que se encontraba su casa y detuvo el automóvil frente a la verja del jardín. El edificio estaba a oscuras, lo que no le extrañó, porque Mariví ya no estaba allí. Parecía una casa abandonada sin que iluminación alguna se filtrase por sus ventanas y con un jardín selvático, cubierto aún por las hojas desprendidas de los árboles durante el otoño anterior. Se agitaban al compás de una brisa gélida, que se le caló hasta los huesos, pese a llevar subidas las ventanillas del coche.
Aterida, se arrebujó en su chaquetón, preguntándose por el motivo por el que su casa le pareciera ahora tan distinta. No había imaginado que pudiera echar tanto de menos a su amiga cuando esa misma mañana había pretendido que esta y Leocadia se dieran prisa en cargar el equipaje en su vehículo, pues temía llegar tarde al juzgado. Y ahora que regresaba sabiendo que no encontraría ya a nadie dentro de la casa, la sintió
extrañamente solitaria. Se destacaba su oscura mole contra la negrura del cielo como si no le perteneciera y estuviera habitada por unos extraños Se corrigió en el acto. No, no era esa una correcta definición de la atmósfera que envolvía el edificio. Parecía deshabitada. Sin las voces de las dos mujeres que se habían marchado esa mañana ni su presencia. ¿Cómo podía haber variado tanto y en tan pocas horas el lugar que escenificaba su vida cotidiana, en el que solía sentirse a salvo de cualquier contrariedad?
Hacía años que vivía sola, se dijo para animarse. Desde que terminó con Alfonso, no había disfrutado de otra compañía que la de Peluche, que había cumplido cuatro meses ya, y recientemente de la de Mariví, que en ocasiones hasta la había incomodado. Tenía que alegrarse de poder disfrutar nuevamente de su independencia, pensó. Ya no se vería obligada a ir recogiendo las colillas de sus cigarrillos por todos los ceniceros de la casa ni los vasos de las copas que tomaba, olvidadas en los lugares más insospechados. A cambio, tendría que acostumbrarse nuevamente a la opresiva soledad del paraje donde se ubicaba su casa y a la no menor del interior de esta.
Con una última y aprensiva mirada al sauce, que agitaba sus ramas con un rumor sordo junto a la valla del jardín, accionó el mando automático y traspuso esta con el coche para estacionarlo en el garaje. Descendió luego del vehículo y abrió con su llave la puerta blindada que daba acceso a la cocina, encendiendo la luz a continuación. Aunque estaba en perfecto orden, aún quedaba un cenicero repleto de colillas sobre la blanca encimera y Lilian lo vació en el cubo de la basura. Casi a la vez apareció Peluche, como una peluda bolita de color canela, brincando alegremente sobre el blanco pavimento y se agachó para cogerlo en brazos.
—¿Qué has estado haciendo, pequeñajo, todo el día solo?, —le preguntó cariñosamente—. Seguro que me has dejado un recuerdo pestífero en alguna habitación. Pero no te enfades conmigo, porque no haya venido al mediodía a sacarte de paseo. He tenido que quedarme a comer en una cafetería cercana al despacho y Leocadia no ha podido hoy ocuparse de ti, porque ha tenido que limpiar el piso de Mariví, de esa amiga mía con la que te llevabas tan mal. Pero ven. Te sacaré al jardín para que corras un rato y hagas tus necesidades en algún rincón, como un buen chico.
Emitió el cachorro un alegre ladrido cuando ella, después de atravesar el vestíbulo, abrió la puerta principal y le dejó en el suelo, en el porche. Como si hubiera padecido un largo encierro y se sintiera feliz al recuperar su libertad, salvó de un salto los tres escalones por los que se ascendía desde el césped hasta la entrada de la casa y echó a correr por el jardín, saltando sobre el macizo de geranios, ahora helados y marchitos, para desaparecer luego bajo las arizónicas de la valla.
Debería haber instalado en el jardín alguna lámpara que lo iluminase.
Una farola, por ejemplo, se dijo, mientras intentaba localizar al animalito en la oscuridad. ¿Dónde se habría metido?
—¡Peluche!, —le llamó.
Repitió su nombre al no obtener respuesta, empezando a inquietarse.
Aunque aún llevaba puesto el chaquetón, hacía frío y la brisa nocturna la obligó a tiritar. Se sentía expuesta además a las miradas de los que transitaran por la calle, apenas iluminada a trechos por la macilenta luz de una farola, pero que a ella la deslumbraba impidiéndole distinguirles.
Tendría que elevar también la altura de la valla para preservar así su intimidad cuando saliera del edificio, pensó. Podría colocar entonces una mesa y unas sillas en el jardín para desayunar al aire libre en los meses estivales.
Pero lo prioritario ahora era encontrar a su inconsciente cachorro, ansioso como siempre de divertirse aún a riesgo de que enganchara ella una pulmonía.
—¡Peluche!, —gritó de nuevo.
¿Dónde podría haberse escondido para retrasar el momento de que volviera a recluirle dentro de la casa? Recordó que tenía una linterna en un cajón de la cómoda de su cuarto. Estaba segura de haberla guardado allí cuando compró la casa, aunque no sabía si las pilas funcionarían todavía, porque hacía mucho tiempo que no abría esos cajones. Había ido metiendo dentro todos los enredos que se había traído de su piso anterior y de los que no se había decidido a desprender, pese a que en el presente no le proporcionaban ninguna utilidad.
Apresuradamente, entró en el vestíbulo dejando entreabierto el portón y echó a correr escaleras arriba. En cuanto alcanzó la galería de la planta
superior, se abalanzó dentro de su cuarto y después de encender la luz se lanzó a abrir el primer cajón del pesado mueble adosado a la pared. En su interior había de todo, pero no la ansiada linterna, por lo que lo cerró de golpe y pasó a inspeccionar el segundo, repleto de pañuelos de cuello, de bufandas, de gorros de punto y de…
Parpadeó perpleja al descubrir al tacto un objeto duro. Fue apartando el cerro de prendas de abrigo, algunas apolilladas por el paso del tiempo, hasta que dio con esa cosa. Era un teléfono móvil. Un modelo antiguo que ya no se vendía, con la carcasa abollada. No era suyo, y no lo había visto nunca anteriormente. De improviso una luz cruzó por su cerebro estremeciéndola y sin tocarlo se quedó mirándolo como alucinada. No podía ser. Era absurdo lo que estaba imaginando.
Con un tremendo esfuerzo alargó hacia el aparato una mano temblorosa y lo cogió, encendiéndolo a continuación. Aunque viejo y bastante deteriorado, funcionaba. Con la frente perlada de sudor, marcó el número de su móvil. Sonaba la llamada dentro de su bolso, al que había dejado colgado del respaldo de la butaca y corrió a extraerlo de su interior. Se quedó inmóvil, como paralizada, con los ojos fijos en el visor de su aparato telefónico en el que nítidamente se destacaban nueve dígitos que acababan en tres doses.
Por un momento creyó estar viendo visiones. Apagó el móvil y lo volvió a encender repitiendo la misma operación. No cabía duda, ¿pero cómo era posible?
Con la sensación de estar viviendo una pesadilla, consultó la agenda del viejo teléfono que había encontrado dentro del cajón de la cómoda y con los ojos desorbitados por el pánico vio aparecer su nombre en la pantalla, con el número de su móvil.
Creyó que le fallaban las piernas y se dejó caer sobre la colcha de su cama con el aparato en la mano. Derrengada y con el corazón latiéndole en el pecho como una maquinaria descompuesta, luchó por recuperar la movilidad de sus miembros que había perdido. Le costó reaccionar. Logró primero sentarse erguida en el lecho y después que sus dedos obedeciesen las órdenes que les daba su cerebro. Aun así le supuso una inmensa dificultad recuperar los cinco mensajes archivados en la memoria del móvil.
Los cinco que le habían sido enviados y que había dado por supuesto que constituían amenazas de Gabriel por entrometerse entre él y Mariví, antes de tener conocimiento de que el hombre había muerto con anterioridad.
Medio mareada pasó una mano por su frente y la retiró húmeda. ¿Cómo habría podido llegar hasta la cómoda de su cuarto el móvil que aquel desconocido había estado utilizando para amenazarla?, se preguntó. ¿O su intención sería solamente asustarla? Y si ese era el objetivo que pretendía,
¿por qué a ella?
De improviso recordó al cachorro y que había dejado el portón de la casa abierto y se levantó de la cama poniéndose en pie, dejando el móvil sobre la colcha para buscar de nuevo la linterna como si le fuese la vida en ello. La encontró al fin en el tercer cajón y en cuanto comprobó que funcionaba, echó a correr hacia la galería sosteniéndola en una mano y bajó luego la escalera saltando los peldaños de dos en dos. Al oír un alegre ladrido a sus pies, en el vestíbulo, dejó escapar un suspiro de alivio.
Peluche, ignorante por completo del mal rato que le había hecho pasar, brincaba sobre el cojín de la trasnochada butaca, tapizada como el sofá de pana granate, y desde allí saltó al suelo para correr hacia el inicio de la escalera por donde ella descendía para enredársele entre las piernas. Lo apartó impaciente para precipitarse hacia el portón y cerrarlo de golpe, echando después la llave y los dos cerrojos que había hecho instalar al adquirir la casa. Más tranquilizada, reculó hasta la butaca y se dejó caer en ella con la respiración entrecortada. Se mesó luego su melena y levantó la mirada hacia la galería de la planta superior que rodeaba el vestíbulo intentando controlar el castañeteo de sus dientes. Por el lucernario que se cernía sobre su cabeza no se filtraba claridad alguna. Había anochecido ya y la única luz que iluminaba la estancia la proyectaba la lámpara de la mesita que tenía junto al sillón en el que estaba sentada. Apoyó el codo en su brazo y la mejilla en su mano intentando reflexionar.
¿Quién había tenido oportunidad de esconder en la cómoda de su cuarto aquel aparato viejo?, se preguntó. Leocadia, sin duda alguna, pero no podía ser ella. Había trabajado en casa de sus padres desde que Lilian era una niña y después en la suya cuando sus progenitores se trasladaron a Valencia y ella se independizó. Era de absoluta confianza. También Mariví en los diez
días que había convivido con ella había dispuesto de infinidad de ocasiones para ocultarlo bajo las bufandas y los gorros de punto que tenía amontonados en el segundo cajón. ¿Pero por qué habría de haber hecho su amiga una cosa tan absurda? No tenía ningún motivo para haber intentado asustarla, sino al contrario. Además, quienquiera que hubiese sido el autor tenía que haberlo escondido en ese cajón después de que la policía registrara su casa, porque de otra forma esta hubiera dado con él.
Repentinamente se hizo la luz en su cerebro. Tenía que haber sido Iván.
Había dispuesto de esa oportunidad dos noches antes, cuando había bajado ella al sótano con el cerrajero que había acudido a arreglarle la reja del sótano, dejándole solo en el vestíbulo con Peluche, y también la tarde anterior cuando le encontró en el salón tomando una copa con Mariví. Esa tarde, podía haber subido a la planta superior con cualquier excusa sin que su amiga se diera cuenta, mientras esta buscaba en la despensa la botella de ginebra, para ocultar el móvil en el segundo cajón de la cómoda, ¿pero por qué o para qué?
Repentinamente sintió frío. El silencio que reinaba en la casa era opresivo. Peluche se había hecho un ovillo a sus pies y con la cabeza entre las patas delanteras parecía haberse dormido, en un momento en el que ella hubiera deseado que rompiera la exagerada quietud que les envolvía a los dos como si se hubieran quedado solos en el mundo.
Podía llamar a Pablo, se dijo. Él acudiría en el acto y se haría cargo de la situación. Probablemente avisaría a la policía y casi con seguridad se presentarían en su casa los agentes que habían efectuado el registro antes de detener a Mariví. El tipo corpulento con el otro jovencito. Los dos pertenecían a la policía científica y se llevarían el móvil para someterlo a toda clase de pruebas, incluyendo el de las huellas dactilares que pudieran detectar en su carcasa. Las de ella, se dijo sobresaltada. Había sido tan estúpida como las heroínas de las películas que veía en la televisión, que siempre extraían del cuerpo de la víctima el cuchillo con el que la habían asesinado, sin la mínima precaución de enfundarse antes la mano con un guante o de valerse de un pañuelo con esa finalidad. ¿Y qué sucedería entonces? Fernando había sospechado que esos mensajes se los enviaba ella
a sí misma para encubrir a Mariví y con toda seguridad los de la científica llegarían a la misma conclusión.
Pero Pablo sabría adoptar la solución más oportuna para protegerla, se dijo. Era un magnífico abogado, un gran compañero y también algo más, aunque aún no se hubiera decidido a hacerle una proposición en ese sentido.
Quizás ahora, cuando la viera angustiada ante el cúmulo de preocupantes situaciones en las que se veía involucrada, se diera cuenta de que ella no era una heroína. Era tan solo una chica como las demás, capaz de sentir tanto miedo como cualquier otra, por mucho que se hubiera empeñado él en subirla a un pedestal. No existía ese pedestal. Aunque fuese una profesional competente, había cometido errores inexplicables en el caso de su amiga, quizás precisamente porque, como le había advertido Pablo, no se razonaba con la cabeza fría cuando se trataba de defender a un ser querido. Pero aún estaba a tiempo y no iba a demorarse ni un minuto más en pedirle ayuda a él.
Se puso en pie para dirigirse hacia el salón, donde se hallaba el aparato telefónico de la casa, seguida de Peluche que se había despertado y que con sus lacias y peludas orejas tiesas parecía percibir algo inquietante en aquel silencio tan denso, tan opresivo, que se había posesionado de la casa.
Sentada de medio lado en el brazo del sofá marcó su número y no tardó más que unos pocos segundos en oír su voz.
—Lil, ¿eres tú?
Parecía alegrarse de que ella hubiera decidido llamarle y ese descubrimiento la animó a continuar.
—Sí, necesito hablar contigo. Tengo un problema que no sé cómo resolver.
Oyó su risa a través del hilo.
—¿Qué no sabes tú cómo resolverlo? No me lo puedo creer y me siento muy honrado de que me pidas ayuda. ¿Qué es lo que te sucede? Si lo que necesitas es que te ayude a buscar alguna sentencia en el Aranzadi para fundamentar un recurso, mañana a primera hora tengo una vista en la Audiencia Provincial, pero cuando termine…
¿Por qué supondría Pablo que los únicos problemas que podría tener ella eran de índole jurídica?, se preguntó fastidiada. Como cualquier otra
chica de su edad, podrían residir en cualquier frivolidad, como, por ejemplo, en desear inscribir a Peluche en un concurso perruno y no saber qué peluquería sería la más adecuada para llevarlo a que lo acicalaran o en querer renovar la tapicería de las butacas del vestíbulo o… Se reconoció a sí misma que no le pediría opinión a él en ninguno de esos supuestos.
—Es algo grave, Pablo, —musitó tratando de que su voz no denotase la angustia que sentía para no desmerecer a los ojos de él—. He encontrado el móvil en el cajón de la cómoda de mi cuarto.
Tardó él en entenderla.
—¿El móvil?, ¿qué móvil?
—El móvil con el que ese tipo, que aún no sabemos quién es, me mandaba los mensajes relativos a Mariví, como si fuera yo la responsable de que le hubiera abandonado. El que utilizaba esa persona que creíamos que era Gabriel, antes de enterarnos de que había muerto con anterioridad.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Le imaginó Lilian absolutamente sorprendido, con el auricular en la mano, las cejas enarcadas y las gafas de concha sobre sus inteligentes ojos castaños.
—¿Ese móvil? ¿Y dónde dices que lo has encontrado?
—En el segundo cajón de la cómoda de mi cuarto. Guardo dentro unas prendas que no uso, pero de las que no me quise desprender cuando me mudé a mi casa actual, porque me cuesta desechar los objetos que me traen buenos recuerdos. Dentro de ese cajón había gorros de punto, bufandas y pañuelos de cuello que utilizaba cuando era una adolescente y hacía tiempo que no lo abría. Al buscar una linterna para localizar a Peluche en el jardín, he dado con ese móvil hace unos minutos. Por eso te llamo, para que me aconsejes sobre lo que debo hacer.
Se produjo otro silencio antes de que volviera él a hacer uso de la palabra.
—¿Y… y tienes idea de cómo ha podido llegar hasta ese cajón? Sin duda lo habrá escondido ahí la misma persona que te mandaba los SMS.
Tiene que ser alguien que haya estado recientemente en tu casa, aunque no entiendo que haya elegido precisamente ese lugar para ocultarlo. Lo lógico hubiera sido que lo tirara al Manzanares, al barranco más profundo de la sierra o incluso a un contenedor. ¿Lo has tocado?
—Sí, —reconoció compungida por su absoluta falta de previsión, incomprensible en una abogada de su experiencia—. He dejado mis huellas en la carcasa cuando lo he encendido y después cuando he abierto su agenda para leer los mensajes que contenía. Tenía archivados los cinco que me envió.
—Eso es lo de menos, —rezongó él con impaciencia—. Podemos borrar esas huellas antes de llamar a la policía para entregárselo.
—¿Crees que será lo mejor?
—Claro. El policía que le fue asignado a tu amiga sería la persona más indicada para hacerse cargo de él, o… o mejor aún, el instructor que le tomó la declaración a la que tú asististe, aunque…
Se interrumpió y cuando Lilian llegó a la conclusión de que no estaba dispuesto a terminar la frase que había comenzado, insistió:
—¿Qué ibas a decir?
—No, nada.
—Sí, ibas a decir algo.
—Es que no sé si debo. Solo es una conjetura y puede que lo tomes a mal.
—Si lo tomo a mal, ya te lo haré saber. Acaba de una vez.
—Es que estaba pensando… estaba pensando que la única persona que ha podido esconder ahí ese aparato telefónico es tu amiga.
Al oírle experimentó una sorpresa de tal magnitud que estuvo a punto de caerse del brazo del sofá en el que se había sentado de medio lado.
Además, se quedó sin habla y le costó recuperar la que había perdido en algún lugar ignoto de su garganta.
—¿Mariví? ¿Cómo puedes imaginar tal cosa?
—Porque… porque ha vivido unos días contigo y ha tenido mil oportunidades de entrar en tu cuarto y esconder el móvil en el cajón de esa cómoda, sabiendo que guardas dentro cosas que no usas.
—¿Y para qué habría de haber hecho Mariví tal cosa?, —protestó enfadada—. También yo he estado dándole vueltas al asunto antes de llamarte y he llegado a la conclusión de que ni Leocadia ni ella han podido hacer tal cosa, aunque las dos hayan tenido sobradas ocasiones cuando yo me encontraba ausente.
—No, claro, —reconoció él—. Parece un tanto absurdo, porque a ella le perjudicaría tanto como a ti que la policía llegase a saber dónde ha aparecido el móvil.
—¿Qué quieres decir?, —le preguntó recelosa.
—Que la policía podría llegar a pensar que fingías esas llamadas para encubrir al asesino, ¿no lo entiendes?
—¿Yo?
—Sí y también podría pensarlo de tu amiga. En este último caso, creo que acertaría.
Parpadeó perpleja Lilian, rememorando la conversación que había mantenido con Mariví en el despacho de la comisaría, cuando la había llamado esta para que la asistiese en su declaración sobre la muerte de Gabriel. Había reconocido que en los últimos tiempos había tenido una aventura con otro hombre, con el que había pretendido fugarse al abandonar al que había sido su pareja y que ese hombre le había atropellado con su coche para impedir que la alcanzara por la calle y la matara. Sería natural que Mariví hubiera pretendido encubrirle.
—Estoy pensando que… —continuó Pablo.
—¿Qué?, ¿qué es lo que estás pensando?
—Sí, tiene que haber sido ese el motivo.
—¿El motivo de qué?, ¿de qué estás hablando?
—De la finalidad que perseguían los dos con los mensajes que te enviaban. Ahora lo veo claro. Intentaban procurarse una coartada.
Aunque también lo había sospechado ella días antes, al oírselo sugerir le pareció absurdo.
—¿Una coartada?
—Sí, ¿es que no lo entiendes? Esa chica se presentó en tu despacho por primera vez con la cara irreconocible por los golpes que había recibido de Gabriel. Sabía que él había muerto la noche anterior, pero te contó una sarta de mentiras y te hizo creer que él andaba escondido para que no le localizara la policía, esperando su oportunidad para vengarse de ella. Tú, como una buena amiga, le ofreciste tu casa hasta que pudiera disponer de una de acogida y ella aceptó tu oferta, porque no tenía donde ir o al menos eso te dijo. Cuando ya se había instalado en tu vivienda, te envió un
mensaje por ese móvil simulando ser Gabriel. La policía detecta la localización de los móviles en pocos segundos y esa vez no fue una excepción.
—Pero… averiguaron que me había enviado el SMS desde el parque del Retiro, junto al estanque, aunque cuando llegaron a ese lugar ya no vieron a nadie sospechoso. ¿Y crees que fue ella?
—Probablemente. Así la policía, cuando encontrara el cuerpo, creería que la muerte de Gabriel había tenido lugar días después del atropello y tanto su nuevo novio como ella, podrían presentar una coartada para los días que siguieron a su muerte. Desde que tu amiga ha convivido contigo, ha estado siempre acompañada por la mujer que te hace la limpieza o por ti.
Por un instante no entendió lo que le estaba explicando. Le oía hablar sin comprender el significado de las palabras que pronunciaba y, conforme se fueron haciendo inteligibles en su cerebro, fue sintiendo que las piernas se le aflojaban y que le costaba trabajo sostener con la mano el auricular del teléfono. Terminó por dejarse caer en el asiento del sofá con la sensación de que una hecatombe se había abatido sobre ella. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que Mariví la hubiese utilizado hasta ese extremo y de una forma tan innoble? Se vio a sí misma atisbando el jardín desde la ventana de su cuarto después de recibir el SMS que atribuyó a Gabriel, en el que le decía que estaba allí esperando a que Mariví se reuniera con él y que, de no salir de la casa con esa finalidad, entraría él. Creyó que el corazón se le iba a detener de golpe a resultas del miedo que sentía, mientras las sombras de los árboles que proyectaba la farola de la calle se agitaban en la oscuridad al compás del viento y ella trataba de distinguir su silueta agazapada en algún rincón que no lograba avistar tras los cristales.
Pero ni siquiera había sido ese el momento en el que había sentido más pánico. Por su mente cruzó la blanca imagen de la sierra de Navacerrada y se vio a sí misma encogida de frío dentro de las ruinas del torreón con el móvil en la mano, oyendo el silbido del viento en derredor y temiendo que en cualquier momento el hombre que la amenazaba con arrojarla por un precipicio empujase el portón y se precipitase dentro del desempedrado recinto para cumplirlo.
Con la sensación de haber participado en una maratón y estar extenuada, se retiró la melena del rostro. Podía entender que Mariví hubiese tratado de encubrir a su nueva pareja porque ese comportamiento respondía a la reacción natural de cualquier chica que estuviese enamorada, pero no que la hubiera engañado, que hubiese abusado de su confianza, cuando ella le había prestado toda la ayuda que ni tan siquiera hubiera soñado esperar de ninguna otra persona.
De pronto sintió unas enormes ganas de llorar, pero apretó con fuerza los párpados intentando reflexionar sobre aquel intrincado acertijo para colocar cada pieza en su lugar.
—No puede haber sido Mariví, —objetó al fin con una voz que no era la suya—. El primer mensaje lo recibí en mi despacho y estabas tú conmigo.
Aunque se había venido ya a vivir a esta casa, recuerdo que esa mañana tuvo que dejarla sola Leocadia porque esta se puso enferma y se marchó a la suya. Ciertamente pudo aprovechar esa circunstancia para salir y enviarme el SMS desde el parque del retiro. Apagar luego el móvil y escabullirse de la policía cuando esta trianguló la zona y se presentó allí minutos después.
—Sí, —admitió él—. Pudo suceder así. ¿Con qué estás entonces en desacuerdo?
—Con el tercer mensaje que recibí. Fue al día siguiente. Tenía señalada yo la vista de un recurso de casación en el Supremo y cuando salimos del edificio de Las Salesas y nos dirigíamos al aparcamiento subterráneo de la Plaza de la Villa donde había estacionado el coche, sonó mi móvil. Mariví estaba a mi lado, de modo que no pudo ser ella.
Le pareció que Pablo intentaba también buscar una explicación razonable que invalidase su objeción, pero no debió encontrarla, porque repuso pensativamente:
—Sí, puede que tengas razón y que ella no haya tenido nada que ver con los mensajes, pero es que esa chica no me inspira la menor confianza.
—Apenas la conoces, —refunfuñó Lilian a la defensiva.
—No, pero me produce la sensación de que va provocando conflictos por donde va. Si no fueras la clase de persona que eres, tan fuerte, tan segura de ti misma, tan poco influenciable…, Lo habrías pasado muy mal
desde que ella apareció en tu despacho a complicarte la vida. Cualquier otra chica se habría dejado dominar por el pánico.
Su último comentario le produjo la impresión de haber recibido un cubo de agua fría sobre la cabeza. Probablemente había pretendido halagarla, pero sintió en cambio que no la veía él como una chica atractiva a la que mimar cuando se sintiera decaída, sino como un compañero de trabajo con el que podía contar y que podría suponerle un formidable apoyo en cualquier circunstancia adversa. ¿Creería de verdad que no había sentido miedo? ¿Que no lo sentía en ese momento en el que sin saber por qué le atenazaba una espantosa sensación de soledad en aquella casa tan grande y tan silenciosa? Al llamarle, había esperado que se prestase él a acudir de inmediato a tranquilizarla, a discutir juntos lo que pudiera ser más conveniente para Mariví y para ella, ahora que había encontrado el móvil que pudiera dar lugar a que se las acusara de encubrimiento a alguna de las dos. Había deseado incluso unas palabras de ternura por parte de él. ¿Se habría equivocado al interpretar las frases con las que se había expresado a veces y que le habían parecido tan significativas?
Al darse cuenta de que no efectuaba Lilian ningún comentario, creyó oportuno él apuntar otra posibilidad.
—Caben otras respuestas a la cuestión que estamos comentando. ¿Has recibido en tu casa últimamente a alguna otra persona? ¿A algún operario que haya ido a arreglarte la calefacción, el gas, las goteras o qué sé yo?
Aún decepcionada por la actitud de él, se apresuró a aclarárselo.
—Sí, anteayer vino el cerrajero a arreglarme la ventana del sótano, pero bajé con él y permanecí inspeccionando su trabajo durante el tiempo que estuvo en esta casa. No pudo ser él.
—¿Y a nadie más?
—Ha venido también el propietario del piso donde vivía Mariví y donde se ha trasladado esta mañana, porque se ha subrogado ella en el contrato de arrendamiento de Gabriel. Firmaron ayer el documento que había redactado yo.
—¿Ha vuelto tu amiga al piso en el que vivía?, —se extrañó Pablo.
—Sí, ha encontrado trabajo también y le corría prisa rehacer su vida.
—Pero en ese piso… —comenzó a objetar—. Me dijiste que estaba hecho un asco cuando os acompañó la policía para que ella recogiera sus cosas.
—Un asco completo. Había platos rotos por todas partes y un charco de crema de calabaza en el suelo, pero Leocadia lo habrá recogido todo y le habrá dejado la casa habitable.
—¿Y el dueño del piso es de fiar? ¿No podría haber sido él el que subiera a tu cuarto y escondiera el móvil en el cajón de la cómoda?
También a Lilian le hubiera gustado conocer la respuesta a esa pregunta.
Aunque reconocía que era un hombre estimulante con el que resultaba difícil aburrirse, le recordaba demasiado al espía ruso de la película para que pudiera confiar en él.
—No lo sé. Cuando llegué ayer a esta casa, estaba con Mariví tomando una copa y ella es muy atolondrada, por lo que es posible que le dejara solo y que subiera a cambiarse de ropa o a buscar la botella de ginebra que se bebieron entre los dos.
—¿Se bebieron entre los dos esa botella?
—No lo sé, no me acuerdo de si la botella estaba mediada cuando la guardé en la despensa, pero cuando llegué estaban los dos en el salón y me recibieron como si hubiéramos quedado para celebrar una juerga a la que me hubieran invitado ellos.
—¿En tu propia casa?
—Sí.
—Te sentaría fatal.
—Por supuesto.
—¿Es que se conocían?
—Sí, al parecer frecuentaban el albergue donde nos alojamos el fin de semana pasado y al principio entablaron cierta amistad. Por esa razón le alquiló Iván a Gabriel el piso de la calle Malasaña. Este último le dejó a deber los nueve últimos meses de renta.
—¿Y sabe tu amiga que al subrogarse en el contrato de arrendamiento ha asumido también la deuda que ese tipo dejó pendiente?
—Sí, se lo aclaré yo, pero Iván ha dado esa deuda por saldada, porque…
La interrumpió Pablo con una voz que denotaba que acababa de realizar un descubrimiento importante.
—¿Y no sería él el nuevo ligue de tu amiga? El que atropelló a la víctima. Eso lo explicaría todo.
Lo consideró Lilian con el ceño fruncido.
—Lo explicaría, sí, pero…
—Bueno, bueno, mañana lo comentaremos mientras cenamos aquí, en mi casa. ¿Quieres que vaya a recogerte?
—No, no hace falta, ya iré yo en mi coche.
—Pues hasta mañana.
—Adiós, hasta mañana.
Depositó el auricular en la base del aparato, experimentando una acongojante decepción tras la conversación que habían mantenido. Le pareció incomprensible que no hubiera captado él su estado de ánimo a través de la línea telefónica. Era un dicho común el que afirmaba que entender a las mujeres era tarea poco menos que imposible, pero, en su opinión, lo que resultaba inexplicable era la incomprensión tan manifiesta que demostraban algunos en multitud de ocasiones en las que lo que se esperaba de ellos era palpable. ¿Por qué o para qué habría de haberle llamado por teléfono minutos antes, si no le necesitara con urgencia a su lado? Y lo más molesto de todo era que la considerara una especie de Agustina de Aragón, capaz de enfrentarse valerosamente a las amenazas de un salvaje que acostumbraba a maltratar a las mujeres, sin imaginar siquiera que en ese momento estaba acurrucada en el sofá, atisbando a través de la puerta entreabierta del salón las sombras que parecían deslizarse por las inmensas proporciones del vestíbulo, iluminado tan solo por la lámpara de la mesita esquinera, ubicada entre las dos butacas.
Encendería todas las luces de esa estancia, se dijo, poniéndose en pie.
Encendería las de toda la casa y pondría la televisión en la sala de estar con el sonido bien alto para hacerse la ilusión de que estaba acompañada.
Luego, en cuanto cenara, subiría a su dormitorio y cerraría la puerta con pestillo antes de acostarse.
Fue iluminando a su paso todas las habitaciones de la planta baja para dirigirse luego a la cocina a prepararse algo para cenar. Sobre la ropa que
vestía se colocó un delantal floreado y en la blanca encimera, ahora sin ceniceros plagados de colillas de cigarrillos, colocó un cuenco de cristal donde fue echando las patatas que pelaba y que tenía previsto freír para acompañar a un huevo, que también freiría.
Estaba a punto de volcar el contenido del cuenco en la sartén, cuando sonó el timbre del portón de entrada. El corazón le dio un vuelco a la par que experimentaba una alegría incontenible. Sin duda era Pablo el que llamaba. Al fin había comprendido que le necesitaba para acallar la inquietante desazón que le había producido el descubrimiento del móvil en el cajón de la cómoda de su cuarto. Había entendido al fin que esa noche necesitaba su compañía, máxime cuando al día siguiente, como era sábado, no tenían ninguno de los dos que madrugar.
Apresuradamente se quitó el delantal, que arrojó de cualquier modo sobre una silla, y echó a correr hacia el iluminado vestíbulo, que atravesó como una exhalación. Descorrió después los cerrojos del portón y lo abrió de par en par con una sonrisa de bienvenida, que se le heló en el rostro. En el porche estaba Iván.
Vestía la misma indumentaria que la tarde anterior y su expresión la indujo a retroceder un paso. Estaba extrañamente serio y sintió ella una inquietante sensación de peligro, por lo que reculó, haciendo intención de cerrarle la puerta, pero él lo impidió, apoyando con todo su peso el hombro contra la hoja de madera.
—Espera, tengo que hablar contigo.
Hizo ella un nuevo intento de cerrar la puerta y volvió él a obstaculizárselo, colocando un pie en el quicio.
—Espera, espera. Necesito que me escuches. Será solo un momento.
Su voz le sonó extraña y forcejeó Lilian, empujando el portón de madera con su cuerpo, a la par que él hacía lo mismo desde el porche.
—¿Pero es que no puedes aguardar un segundo a que me explique?, —
masculló él por el estrecho resquicio que mantenía entreabierto con el pie.
—No, porque…
—¿Por qué?
—Porque ya es muy tarde y no son horas de visitas, —replicó Lilian con la sensación de que la situación era ridícula.
Jadeante por el esfuerzo que estaba realizando, se dijo que quizás no fuera él el que le enviaba los mensajes por el anacrónico móvil que había dejado sobre su cama. Que cabía que se hubiera presentado en su casa por cualquier otra razón. En ese caso pensaría él que además de maleducada, estaba completamente chiflada, por lo que quizás lo más conveniente sería que le permitiese entrar y le diera a entender discretamente que su visita era inoportuna.
Se apartó de improviso del portón y al fallarle la resistencia que oponía ella, entró Iván como un ciclón en el vestíbulo trastabillando, hasta que tropezó con la butaca en la que había estado sentada ella antes de llamar por teléfono a Pablo y la volcó. Peluche que había desaparecido de la vista de Lilian en los últimos minutos, reapareció por la puerta del salón y se lanzó sobre él para recibirle con efusivos lametones. En el suelo acarició al cachorro y se puso en pie colocando en su lugar la butaca. Luego dirigió una sorprendida mirada en torno.
—¡Caramba!, qué iluminado está esto. ¿Celebras alguna fiesta y por esa razón no soy bienvenido?
Manteniéndose a distancia de él y con las manos en los bolsillos del pantalón, denegó Lilian con la cabeza.
—No, no celebro ninguna fiesta. He encendido todas las luces de esta planta, porque estaba buscando… —Como no se le ocurrió qué inventar dejó la frase en el aire.
—¿Qué estabas buscando? ¿Puedo ayudarte a encontrarlo?
—No, no, déjalo, no tiene importancia.
Volvió Iván a girarse en redondo para apreciar el refulgente alumbrado de la planta y sonrió con cierta guasa. Debió captar a qué obedecía ese derroche de iluminación, porque le preguntó con un tonillo condescendiente:
—Y si tienes miedo de estar sola, ¿por qué vives en un barrio residencial tan solitario y en una casa tan grande? En un edificio de apartamentos en pleno centro de Madrid y rodeada de vecinos te sentirías más acompañada.
En ese momento estuvo a punto de darle la razón, pero reaccionó a tiempo para replicar muy digna:
—No tengo miedo, no soy miedosa. Como te acabo de decir, estaba buscando…
—¿Qué?, ¿qué estabas buscando?, —insistió él.
Sin saber por qué le vino a Lilian a la memoria el cochambroso teléfono que había encontrado en el cajón de la cómoda y sin que la respuesta que se le escapó llegara a pasarle por el cerebro, le contestó:
—Mi móvil. Estaba buscando mi móvil.
Por el atractivo semblante de él cruzó una sombra o eso al menos creyó apreciar ella.
—¿Tu móvil? Marcaré tu número con el mío y cuando le oigamos sonar, lo localizaremos.
—No, no, —protestó ella al ver que echaba mano al bolsillo de su pantalón con la evidente intención de llevar a la práctica su propuesta—. No lo necesito en este momento. Sí quiero preguntarte en cambio a qué se debe tu visita. Tienes la mala costumbre de aparecer en mi despacho y en mi casa sin previo aviso, lo que no siempre es oportuno.
Sonrió él con cierto embarazo.
—Tienes razón. Había pensado primero llamarte por teléfono para disculparme por lo de ayer, pero como cuelgas el aparato en cuanto pronuncio la primera palabra, he decidido presentarme por las buenas para decirte que lo siento.
—Ya te disculpaste ayer, —le recordó Lilian secamente.
—Sí, pero no llegaste a aceptar mis disculpas. Como te dije, había imaginado de muy distinta forma la reunión de los tres. Había dado por supuesto que la celebraríamos con el formalismo que merecía. Victoria la convirtió en una charla de café y comprendo que te molestara. Quizás colaboré yo con ella a crear ese ambiente tan inoportuno al aceptar la copa que me ofreció. Debimos quedar en tu despacho para firmar allí el documento, como seguramente tú habías planeado y hubiera sido lo correcto.
—Pues sí, —convino ella—. Y para colmo, me aseguraste por teléfono que tenías una prisa enorme en solucionar ese asunto. Unas prisas que considero que no venían a cuento para que redactara el documento que firmasteis y que igualmente podíais haber suscrito la semana que viene o la
otra. Tuve que dejar otros asuntos más urgentes por vosotros que, al parecer, me habéis confundido con una abogadilla de las tres pes.
Enarcó él las cejas sorprendido.
—¿Qué es eso de las tres pes?
Esbozó Lilian un gesto de suficiencia.
—Se designa desdeñosamente así a los abogados que, como no tienen clientes que les abonen su minuta, defienden únicamente a los pobres, a los parientes y a las prostitutas.
Se echó a reír con sorna Iván.
—Ya. ¿Y has llegado a la conclusión de que te habíamos confundido con una de esas abogadillas?
—Pues sí, —reconoció, fastidiada por la guasa de él.
—Tengo que asegurarte que estás equivocada. Ni Victoria ni yo pensamos que seas una abogada de pacotilla, todo lo contrario. Te admira profundísimamente ella y yo también.
Había bajado la voz al pronunciar ese último comentario y la seriedad de su expresión volvió a desconcertarla. Como no estaba muy segura del terreno que pisaba, retrocedió otro paso para asirse al respaldo de la butaca que él había volcado poco antes y accionó con una mano, para indicarle que no quedaba nada más por decir.
—Bien, de acuerdo. Acepto tus disculpas y espero que si en adelante necesitas mis servicios profesionales, llames antes al despacho pidiendo una cita.
Se encaminó ella hacia el portón, seguida de Peluche y de Iván y cuando estaba a punto de abrirle para que se marchara sonó el timbre.
—¿Esperas a alguien?, —le preguntó él a su espalda.
Por supuesto que sí, se dijo ilusionada. Esperaba a Pablo que por fin había caído en la cuenta de que debería presentarse en su casa a ofrecerle su hombro después de su llamada telefónica. Ciertamente se había demorado, pero él rara vez tomaba decisiones precipitadas y en esa ocasión, como en todas las demás, había predominado su reflexiva manera de comportarse sobre cualquier otra consideración.
La sonrisa de bienvenida, que se le había congelado en el rostro al registrar a Iván en el porche minutos antes, asomó de nuevo a su rostro
mientras abría el portón, pero desapareció de su semblante instantáneamente al distinguir a Mariví.
—¡Hola!, —la saludó alegremente esta. ¿A que no me esperabas? Te echaba de menos y he querido darte una sorpresa viniendo a verte.
Vestía la chica un chaquetón azul marino anudado a la cintura sobre el que le resbalaba su ondulada melena que brillaba con reflejos rojizos cuando penetró en el vestíbulo. Al reparar en Iván, que permanecía detrás de Lilian, pestañeó entre sorprendida y encantada.
—¡Hola a ti también! ¿También tú echabas de menos a Lilian o has venido a que te resuelva alguna cuestión jurídica?
—También la echaba de menos, —repuso este con una expresión indefinible de la que ella no supo entresacar lo que pudiera haber de verdad en lo que decía.
En contra de lo que acostumbraba el cachorro, observaba recelosamente a la recién llegada y se había apartado de su camino parapetándose detrás de la butaca que había volcado poco antes Iván. Desde su escondite vigilaba los movimientos de la chica, que taconeaba por la estancia en dirección al salón. Lilian e Iván la habían seguido y cuando tomó asiento en el sofá después de arrojar el chaquetón en una de las butacas, la imitaron, dejándose caer él en la que quedaba libre y Lilian en la otra después de recoger el chaquetón y dejarlo en una silla. Mariví llevaba debajo de esa prenda un pantalón vaquero muy ajustado y un jersey verde manzana que debía de haberse comprado esa misma mañana con el dinero que le había prestado ella y que armonizaba con el color de sus ojos. Inmediatamente encendió un cigarrillo con una cerilla de la caja que extrajo de su bolso.
—No os importa que fume, ¿verdad?
Como ninguno de los dos le contestó, expelió el humo mientras recorría con los ojos la habitación, aparentemente complacida de encontrarse allí.
—Tienes una casa magnífica, Lil, —le alabó, clavando su mirada en ella
—. Durante los días en los que he vivido aquí no he podido apreciarla en su justa medida, porque estaba demasiado asustada temiendo que Gabriel pudiera encontrarme, pero ahora que he vuelto a instalarme en el piso de este señor, —dijo señalando a Iván—, he podido apreciar la diferencia.
—¡Vaya!, pues muchas gracias, —murmuró el aludido con sorna—. Si no te gusta mi piso, no sé a qué obedecía entonces la prisa que tenías por subrogarte en el contrato que formalicé con Gabriel García.
—No me he expresado bien, —se disculpó volublemente la chica—. Tu piso es perfecto para mis necesidades y Leocadia lo ha dejado irreconocible. Voy a buscar yo también a una mujer que venga una vez a la semana a hacerme la limpieza, porque empiezo a trabajar el lunes, ¿sabéis?
Estoy loca de contento.
Daba verdaderamente esa imagen y Lilian se preguntó si habría borrado por completo de su mente los años de convivencia con Gabriel como si este no hubiera existido nunca. Había regresado al escenario que había compartido con él y no parecía recordar los malos tratos a que la había sometido este ni la miseria que había tenido que soportar a su lado en ese mismo entorno.
—En realidad no he venido únicamente a saludarte, —seguía comentando la chica—. He debido de olvidar en mi dormitorio las gafas que utilizo para leer, porque en mi casa no han aparecido y como tampoco tenía nada especial que hacer, he cogido el Metro y me he acercado en un momentito. Sin gafas soy como un topo, ¿sabes?, —le explicó a Iván que asistía en silencio a su incesante charla—. Las utilizo lo menos posible porque no me favorecen lo más mínimo, pero no puedo prescindir de ellas y además, en mi casa no me ve nadie.
Se había echado a reír sin captar el mutismo de sus interlocutores ni el recelo de Peluche que correteaba por la habitación, pero manteniéndose a distancia de la chica. También Lilian la observaba disimuladamente, preguntándose que habría de verdad en las elucubraciones que le había comentado Pablo por teléfono poco antes. ¿Habría sido verdaderamente Mariví la autora de los mensajes que había recibido por el móvil y también la que había ocultado el aparato en el cajón de la cómoda de su cuarto?
Ahora que la tenía enfrente, en el sofá, le costaba creerlo, ¿pero no se habría pasado ella de inocente al conceptuarla? ¿Al conceptuar a los dos que estaban con ella en la habitación en ese momento? Quizás fuera Iván la nueva pareja de su amiga y hasta era posible que hubieran quedado de
antemano para presentarse por separado en su casa con alguna finalidad.
¿Cuál podía ser esta?
Notó que un sudor frío le corría por la espalda y de improviso recordó el frasquito de laca que le había regalado Anita para que se defendiera de un posible agresor en caso de necesidad. Lo llevaba dentro de su bolso desde entonces, porque no había vuelto a acordarse de su existencia, pero en ese instante se dio cuenta de que precisaba con urgencia tocarlo para tranquilizarse. Con una forzada sonrisa se puso en pie.
—Perdonad un momento. Voy a subir a mi cuarto a buscar un pañuelo.
No tardo nada.
También Mariví se había levantado y la miraba sonriente.
—No te molestes. Tengo que subir yo a por mis gafas, así que te lo traeré. ¿Dónde lo tienes?
—En mi dormitorio, necesito mi bolso. Lo cuelgo siempre del respaldo de la butaca de mi cuarto, pero…
Mariví se había encaminado ya hacia la puerta de cristales del salón y desde allí se volvió hacia ella con la misma expresión sonriente en su agraciado semblante.
—No me supone ninguna molestia y no tardaré ni un segundo.
Se demoró un instante paseando la mirada por la habitación y en su recorrido visual sus ojos se detuvieron en Iván que, sentado en la butaca, con sus largas piernas cruzadas, asistía impasible al cruce de comentarios de las dos. Le dedicó un mohín pícaro.
—¿Por qué no me acompañas arriba?, —le sugirió—. Soy un desastre buscando todo lo que pierdo y podrías ayudarme.
—No, —protestó Lilian dirigiéndose también hacia la puerta.
Se dijo que era intolerable que Mariví abusara de su confianza hasta el extremo de pretender embarcar a Iván en la búsqueda de sus gafas.
Conllevaba esa búsqueda que subiera con ella a la planta superior a trastear en los dormitorios de las dos, el que había ocupado la otra hasta el día anterior y el de ella, pero como no podía expresarlo con esas palabras, le sonrió a continuación, a la par que murmuraba:
—Sube a buscar tus gafas tú solita o, si necesitas que colabore contigo, te acompañaré yo.
—Vale, vale, —admitió condescendientemente—. Subiré yo sola.
Podrías mientras tanto, como buena anfitriona ofrecerle una copa a Iván.
Este meneó negativamente la cabeza, pero Mariví insistió.
—Dejé anoche la botella de ginebra en la despensa. No seas tan puritana y tráela al salón con unos vasos y unos cubitos de hielos. En un segundo estaré de vuelta, brindaremos a tu salud y nos marcharemos. Estoy segura de que estás deseando perdernos de vista.
Había dado en el blanco con su último comentario y precisamente porque había acertado de plano se sintió obligada a disimularlo.
—No, no, nada de eso. Ve a buscar tus gafas que yo traeré la ginebra para celebrar que estáis aquí y que habéis venido a visitarme.
Pronunció las últimas palabras con un esfuerzo por mostrarse solícita y acogedora y con Peluche pisándole los talones salió al vestíbulo y por el pasillo se encaminó hacia la cocina. Le costó encontrar la botella en la despensa. Tuvo que encaramarse a una banqueta, porque Mariví, gracias a su elevada estatura, la había colocado en el último estante y ella no lo alcanzaba desde el suelo. Cuando al fin dio con ella y regresó al salón con la botella y con los vasos, Mariví se encontraba ya de vuelta en el sofá y charlaba con Iván que aparentemente incómodo le respondía con monosílabos.
—Solo he bajado tu bolso, porque no he encontrado las gafas, —le comunicó en cuanto la vio aparecer, tendiéndoselo, por lo que Lilian se apresuró a tomarlo de sus manos como quien recupera un tesoro—. Si das con ellas, avísame que vendré a recogerlas.
Apenas si se demoraron unos minutos más en despedirse, durante los cuales les observó con recelo, palpando disimuladamente el duro objeto defensivo que le había regalado Anita, lista para utilizarlo al menor signo de peligro. Pero no tuvo necesidad. Mariví dejó enseguida su copa sobre la mesita delantera del sofá y se puso en pie con una sonrisa dedicada a él.
—No te importará llevarme a casa, ¿verdad? He venido en Metro y me harías un favor.
—Por supuesto que te llevaré encantado, —repuso él con aire ausente.
Parecía ensimismado y se encaminó con la otra hacia el vestíbulo como si tuviera la mente ocupada en algo que le preocupaba.
Cuando al fin cerró la puerta tras ellos, Lilian dio un suspiro de alivio.
Se había equivocado en sus conjeturas. Sin duda habían coincidido en su casa por casualidad y no tenían un plan preconcebido que la incluyera a ella y que debiera inquietarla. Aligerada de un gran peso, echó los cerrojos de la puerta y con Peluche regresó a la cocina donde se preparó la cena con una nueva y optimista despreocupación. Ya no le parecía su casa extrañamente solitaria, al contrario. Podía disfrutar ahora de no tener que atender a visitas molestas.
En cuanto recogió los platos y los vasos que habían utilizado, fue apagando las luces a su paso y subió la escalera con el cachorro en brazos.
Al llegar a su dormitorio dirigió una socarrona mirada al pestillo de la puerta, pensando que era ridícula la idea que le había pasado antes por la cabeza de cerrarlo antes de acostarse, porque tenía miedo. En su casa estaba segura, era su reducto. Retiraría ahora la colcha de la cama y guardaría momentáneamente el móvil que había dejado sobre el cobertor en el mismo lugar en el que lo había encontrado, hasta que Pablo y ella tomaran una decisión al respecto. Se aproximó al lecho y lo recorrió con la mirada buscándolo. Solo entonces se dio cuenta de que el aparato telefónico había desaparecido.
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