La coartada
Prólogo
Úrsula Llanos
La coartada
ePub r1.0
Titivillus 12-09-2021
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Título original: La coartada
Úrsula Llanos, 2014
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Se despertó sobresaltada. A la incierta luz que penetraba a través de los maderos entreabiertos de la ventana intentó distinguir algo a su alrededor.
Fuera, el bronco rugir del viento arrojaba los copos de nieve contra la ventana y silbaba luego, alejándose del albergue con un quejido sordo. Se incorporó sobre un codo restregándose los ojos con una vaga sensación de inquietud. ¿Dónde estaba y a qué obedecía el frío que experimentaba y que parecía calársele hasta los huesos?
Recorrió con la mirada la habitación de techo abuhardillado, sostenido por unas gruesas vigas de madera. Enfrente de su cama vio una tosca cómoda y bajo la ventana una butaca de cretona floreada sobre la que había dejado tirada su ropa al acostarse. Estaba tan cansada la noche anterior que no había reunido las fuerzas necesarias para colgarla en el armario que se adivinaba a su izquierda, frente a la puerta del cuarto de baño. Tan cansada que no había esperado a Mariví, que dormía en la cama gemela, pese a que se había introducido en el lecho dispuesta a aguardar a su amiga leyendo, aunque no había llegado a abrir el libro, ya que el sueño la había vencido de improviso.
Como a Mariví no le sobraba el dinero, se habían conformado con reservar una habitación de dos camas en aquel albergue de Navacerrada, en el que tenían previsto pasar el fin de semana con el objetivo de apartar momentáneamente a su amiga del riesgo de que la encontrara su expareja.
Un tipo violento que parecía disfrutar haciéndole la vida imposible y que no se resignaba a aceptar que la relación de los dos se había terminado definitivamente.
Intentó distinguir a su amiga en la cama vecina sin decidirse a encender la luz para no despertarla. No se percibía el menor sonido procedente de esa cama, ni tan siquiera el del suave hálito de su respiración, por lo que terminó de sentarse en el lecho escudriñando las sombras que la envolvían.
Tampoco distinguía ahora el bulto que debía formar el cuerpo de la chica
bajo las mantas, por lo que se levantó silenciosamente y se aproximó con una sospecha que no tardó en confirmar. En la cama contigua no había nadie ya, aunque estaba deshecha. Al parecer se había levantado sin hacer ruido y había dejado la cama revuelta antes de salir de la habitación.
Se acercó a la puerta del cuarto de baño y llamó con los nudillos.
—Mariví, ¿estás ahí?
Al no obtener respuesta la abrió. La luz rojiza del amanecer penetraba a través de la ventana y atravesando la desierta estancia iba a caer sobre el plato de la ducha. Tanteó con un dedo su superficie de cerámica. Estaba húmeda, lo que denotaba que su amiga la había utilizado poco antes.
¿Habría bajado a desayunar sin esperarla?
A tientas regresó a su cama, donde tomó asiento, acodándose sobre las rodillas para apoyar la barbilla en sus manos. A Mariví le entusiasmaba esquiar, así que era más que probable que hubiese salido bien temprano a deslizarse sobre la nieve, se dijo. No había motivo para preocuparse.
Pero sí estaba inquieta. Como de entre una neblina espesa fue extrayendo los sucesos acaecidos en los últimos días, que fueron perfilándose difusamente en su mente para ir adquiriendo consistencia a la par que se acrecentaba su desasosiego. ¿La habría encontrado Gabriel en aquel escondido y nevado paraje de la sierra?
Aún adormilada, fue evocando el reencuentro de las dos al cabo de los años, ya que, pese a que habían sido inseparables mientras cursaron la carrera en la facultad de Derecho, se habían ido distanciando paulatinamente a partir de la obtención del título, ya que siguieron caminos distintos. Lilian consiguió colocarse como pasante en un despacho de abogados y Mariví en un selecto establecimiento de objetos de regalo de la calle de Serrano, que realzaba aún más con su presencia, pues la chica hubiera podido trabajar igualmente como modelo o incluso como actriz de cine, ya que disfrutaba de una fisonomía sumamente atrayente. Era alta y esbelta y poseía un abundante cabello cobrizo que enmarcaba un semblante de tez muy blanca, en el que campeaban sus grandes ojos de color violeta.
Llamaba la atención por dondequiera que fuese, eclipsando a Lilian, que, a su lado, desmerecía hasta el extremo de resultar invisible para los
compañeros de facultad, y para el sexo masculino en general, en todos los eventos en los que participaban.
Y no porque fuese fea. Aunque de menor estatura que Mariví, su silueta era esbelta y bien proporcionada, sabía mover con gracia la melena castaña que le llegaba hasta los hombros y sus ojos ambarinos, bordeados de pestañas largas y rizadas, destacaban en su rostro, que en toda época, incluso en pleno invierno, parecía estar tostado por el sol.
Pero no cabía parangón posible entre las dos. Lilian lo había aceptado muchos años atrás. Incluso, por la fuerza de la costumbre de que nadie se fijara en ella cuando iban juntas, había llegado a considerarse carente de todo atractivo. Conoció entonces a Alfonso, un procurador de los tribunales con el que coincidía a menudo en los juzgados de la calle Capitán Haya, con el que mantuvo una relación que había durado tres años largos, hasta que una mañana, cuando se dirigía ella a la cocina a preparar el desayuno de los dos, se lo encontró ya vestido en esa habitación y con una expresión extraña.
—Lil, tenemos que hablar.
Con los ojos cargados de sueño, había tomado ella asiento en una silla para apoyar los codos en la mesa de la cocina y levantar la mirada hacia él.
—Sí, ¿de qué quieres que hablemos?
—De nosotros. Creo que nos hemos equivocado.
No le entendió. Trabajaban los dos demasiado, pero en su opinión se compenetraban bien y su convivencia no sufría demasiados altibajos.
—Creo que debemos dejarlo, —continuó él—. Es mejor que lo hagamos ahora, antes de que no podamos soportarnos.
Y se marchó. Se fue del piso que habían alquilados sin explicarle qué era lo que se había roto ni en qué le había decepcionado. Tardó Lilian en recuperarse y quizás para paliar esa sensación de fracaso se había volcado en el ejercicio de su profesión, erigiéndola en el eje de su existencia. Era una buena abogado y pronto pasó a ocupar un despacho independiente en el piso de la calle Miguel Ángel, como una más del colectivo de compañeros que la habían contratado como pasante cuando finalizó sus estudios.
A Gabriel no había llegado Lilian a conocerle. Aún vivía con Alfonso, cuando Mariví la había llamado por teléfono al despacho para referirle
cómo había tenido lugar el primer encuentro de los dos en la tienda donde ella trabajaba. Según le contó, había entrado él en el establecimiento con la intención de comprar un bolso para una mujer, de la que no le aclaró su identidad ni la relación que mantenían, y la invitó a salir. Pese a la costumbre que la chica tenía de encandilar al sexo contrario, lo que aceptaba con cierta displicencia, en esa ocasión fue diferente. Parecía haber ascendido desde que le conoció a un lugar ignoto, en el que flotaba, ajena a los que le rodeaban. Sonreía sin motivo, se sobresaltaba al experimentar el menor roce, como si regresara a la realidad desde un lugar que solo a ella le estaba reservado, y, abstraída, no atendía cuando se le dirigía la palabra ni entendía el significado de las frases que le iban dirigidas. Como en éxtasis le aclaró el motivo una tarde en la que quedaron en la terraza de una cafetería. Mientras expelía el humo de su cigarrillo, le refirió que había conocido a un hombre que parecía un galán de cine. Alto, moreno, con los ojos verdes, guapísimo, y que además nadaba en la opulencia. En un Porche descapotable de color blanco la había paseado por Madrid cuando a la tarde siguiente fue a recogerla a la tienda y le regaló el bolso que había comprado el día anterior.
A ese regalo siguieron otros muchos. Llamaba por teléfono a Lilian para quedar con ella y enseñárselos. Le entusiasmó a su amiga sobre todo un mechero de oro, con un elefantito incrustado, en el que Gabriel había mandado grabar los nombres de los dos. Se lo mostró mil veces, se lo alabó otras tantas y le repitió hasta el aburrimiento que no podía existir en la tierra otro hombre como él.
A partir del día en el que le mostró ese encendedor espaciaron los encuentros entre las dos, porque Mariví ocupaba todo el tiempo que le dejaba libre su trabajo en salir con él. Poco después se trasladó al piso donde vivía Gabriel, lo que le refirió por teléfono con todo lujo de detalles y más tarde dejó de llamarla. Intentó Lilian repetidamente conectar con ella por el móvil, pero el de su amiga estaba siempre desconectado o fuera de cobertura, por lo que fue resignándose al distanciamiento que la nueva situación de su amiga había impuesto. Hasta que cinco días antes, un lunes, veintinueve de febrero, había reaparecido inopinadamente en su vida alterando su apacible existencia.
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