La coartada

Ursula Llanos · Capítulo 4 de 20

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La coartada

Capítulo 3

Había anochecido ya, cuando llegó Lilian a su casa tras salir del despacho, después de recibir a la última visita de la tarde y de despedirse de la secretaria. Le había comunicado esta que durante la mañana la había llamado Leocadia, la asistenta, para decirle que se había puesto enferma y que se marchaba a la consulta de su médico, por lo que había procurado terminar con el trabajo que tenía pendiente lo antes posible para no dejar tanto tiempo sola a Mariví con aquel hombre rondando por las cercanías.

Pese a lo que se había propuesto, era ya noche cerrada cuando detuvo su automóvil frente a la verja. Antes de activar con el mando automático la puerta del jardín, oteó los alrededores. La calle estaba silenciosa y tranquila sin que un solo transeúnte la cruzase ni un automóvil la recorriese, contaminándola con la humareda de su tubo de escape. Como siempre.

Había sido ese uno de los motivos que la habían animado a comprar el chalet que tenía ante sus ojos. La tranquilidad del lugar en el que estaba enclavado y también su precio. Ciertamente la edificación acusaba los años que habían transcurrido desde que había sido construida y precisaba múltiples reparaciones que aún no había tenido tiempo de acometer, pero su diseño seguía siendo artístico y nostálgico, con el lucernario en forma de torreta que sobre el tejado quedaba medio oculto entre los árboles del jardín y sus ventanales, ovalados en su parte superior.

Dirigió ahora su mirada hacia la verja que rodeaba el jardín. De piedra berroqueña, de no más de un metro de altura que cualquiera podría saltar sin realizar un gran esfuerzo. No se había fijado anteriormente en ese detalle, porque además esa cerca era similar a la de los restantes hotelitos de la calle, pero en ese momento sintió una sacudida al percatarse de la nula protección que podía suponer para Mariví y para ella si Gabriel se

arriesgaba a quebrantar la Orden de Alejamiento y decidía hacerles una visita. Después de leer el mensaje que le había enviado a su móvil, esa posibilidad le parecía más que probable. ¿Y qué sucedería entonces?

¿Llegaría la policía a tiempo de impedir que las apuñalase a las dos o las encontraría ya sin vida y pasarían simplemente a figurar en la estadística de aquella como dos víctimas más de la escalada de violencia de género que proliferaba últimamente de una forma alarmante?

Inspiró aire para darse ánimos y pulsó el mando automático de la cancela del jardín que daba paso directamente al garaje, hacia el que se accedía por un camino enlosado. Se comunicaba aquel directamente con la vivienda mediante una puerta blindada que daba paso a la cocina, pero decidió salir al exterior para dar una vuelta alrededor del edificio. Cruzó por delante de la puerta de entrada, también blindada, que había encargado instalar recientemente, y siguió hasta la parte posterior, deteniéndose frente al tragaluz que iluminaba el sótano, excavado bajo la cocina. Era estrecho y largo, sin reja y tenía el cristal roto, por lo que había pedido la semana anterior a un taller cercano que se lo reparasen, dotándolo además de unos sólidos barrotes. No era fácil que por ese ventanuco pudiera penetrar un adulto. Tendría que ser un tipo muy delgado y con las habilidades propias de un contorsionista, pero en ese instante le pareció un posible acceso a la vivienda, que anulaba las medidas de seguridad que para impedir la intrusión de un extraño le había recitado al policía. Lo examinó durante unos instantes con el ceño fruncido y finalmente extrajo el móvil de su bolso para llamar a la cerrajería.

Le contestó una voz de hombre que se apresuró a disculparse.

—¿Hoy? Imposible. Quedamos en arreglárselo la semana que viene.

¿No lo recuerda?

Se acordaba perfectamente, pero cuando lo había encargado no se había presentado aún Mariví en su despacho ni Gabriel la había amenazado todavía. Su vida hasta entonces había sido rutinariamente placentera, mientras que en ese momento experimentaba una inquietante sensación de peligro.

—Bueno, sí, si lo recuerdo, —reconoció a su pesar—. ¿Pero no podrían darle prioridad sobre los otros encargos que tengan? Me urge mucho,

porque por esa ventana…

—¿Le preocupa que pueda entrar en su casa un ladrón?, —se interesó el hombre—. ¡Bah! No se preocupe por eso. El hueco es demasiado estrecho.

—Pero…

—La semana que viene sin falta, —repitió su interlocutor—. La llamaré a su móvil para que haya alguien en su casa cuando vayamos.

Y colgó. Había colgado tan satisfecho, por lo que Lilian se quedó mirando su aparato con una inmensa sensación de impotencia, preguntándose por qué si su mundo había cambiado tanto de improviso nadie era capaz de advertirlo.

Cansinamente volvió a guardarlo en su bolso e inició el regreso hacia la puerta de entrada. Levantó entonces la vista hacia las ventanas de la segunda planta. Carecían de reja, pero no era fácil que un intruso pudiera alcanzarlas, porque ninguno de los árboles del jardín crecía lo suficientemente cerca como para poder llegar hasta ellas trepando por sus ramas. Suspiró más tranquilizada y siguió camino. Bastaría con echar los mil cerrojos de la puerta que comunicaba el sótano con la cocina, se dijo.

Aunque Gabriel fuese capaz de introducirse por el tragaluz, lo que no le parecía probable, dado que era un tipo alto y muy fornido, no lograría penetrar en la vivienda.

Se lo repitió a sí misma varias veces y seguía repitiéndoselo al abrir el portón y entrar en el vestíbulo, una amplia estancia de techo altísimo, con una escalera adosada a la pared de su derecha. Terminaba en una galería corrida sobre aquel, rematada por una barandilla de hierro forjado, que daba acceso a los dormitorios. Durante el día lo iluminaba el lucernario que en forma de torreta había sido construido sobre esa planta, cuya claridad se expandía igualmente hasta el recibidor, pero a esas horas, en las que ya había anochecido, su cristalera no filtraba otra cosa que la oscuridad reinante en un firmamento teñido de negro, por lo que accionó el conmutador de la luz y la lámpara del techo aclaró las sombras que lo envolvían.

Aunque había transcurrido más de una semana desde que lloviera por última vez, el vestíbulo olía a humedad. Por el momento lo había amueblado ella con un viejo tresillo tapizado en pana granate que había

pertenecido a la casa de sus padres y que contribuía a proporcionar a esa habitación un aire trasnochado, apropiado para otra época y para otros habitantes de mucha mayor edad. Lo advertía Lilian cada vez que entraba en la casa, pero en el presente y aunque sus ingresos no eran despreciables, no podía permitirse el lujo de acometer la reforma de todo el edificio al mismo tiempo.

Una bolita peluda de color canela bajó la escalera como una tromba y salió a recibirla con grandes muestras de satisfacción. Brincó a su alrededor, se empinó sobre sus cuartos traseros para patear sus pantalones y emitió toda suerte de ladridos de júbilo, igual que la tarde anterior y que la anterior, sin reparar en el aspecto macilento de su dueña. Esta olvidó por un instante sus preocupaciones para agacharse y tomar en sus brazos al cachorro.

—¡Hola Peluche, hola pequeñajo!, ¿te has portado bien? ¿Cuántas alfombras has agujereado hoy y cuantas figuritas de porcelana has tirado al suelo?

El perrito le contestó con un alegre ladrido, difícil de interpretar, y Lilian se encaminó hacia la sala de estar, cuyas puertas de dos hojas se abrían al fondo, a la izquierda de la escalera. Mariví se hallaba sentada en el sofá de piel blanca, bajo uno de los dos grandes ventanales. Había encendido la chimenea, que caldeaba la habitación esparciendo por la planta baja su olor a leña y debía de haber estado hojeando una revista. La había dejado caer al suelo al oírla entrar y se encontraba agachada sobre sí misma como si, aterrorizada, se dispusiera a levantarse de un salto para echar a correr. Lilian pudo leer claramente el miedo en sus pupilas cuando levantó los ojos hacia ella.

—¡Ah!, eres tú, —musitó con un suspiro de alivio.

—Claro que soy yo. ¿Quién iba a ser? —replicó Lilian, fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

Mariví emitió una risita falsa, retirándose su lacia melena del rostro, que empezaba ya a deshinchársele recuperando sus contornos. Los moratones que habían circundado sus párpados habían ido perdiendo intensidad y descendían ahora por sus mejillas, tiñéndolas de un color verdoso. Pensó Lilian que en esos momentos no era más que el triste remedo de la chica

preciosa que había sido, aunque tampoco podía considerársela ya como el prototipo de la mujer apaleada, con cuya apariencia se había presentado en el despacho de Lilian, tres días antes. Los antiinflamatorios que le había recomendado el forense habían ido haciendo su efecto y también los paños fríos que se aplicaba sobre el rostro.

—Claro, claro… —musitó, recogiendo del suelo la revista—. Es que yo… Tengo que acostumbrarme a mi nueva situación, ¿comprendes?

Olvidarme de la existencia de Gabriel y empezar de nuevo. Porque aquí no me podrá encontrar, ¿verdad?

—No, claro que no. ¿Y Leocadia?

—Se acaba de marchar.

Dudó Lilian en referirle el mensaje que había recibido en el móvil esa tarde en el despacho, pero finalmente decidió que era preferible ponerla sobre aviso y tomó asiento a su lado con el cachorro en brazos.

—Pues… pues verás. Tengo que contarte una cosa. Gabriel ha averiguado que vives conmigo, pero no te preocupes porque he hablado con Fernando Costa y…

Su amiga se apresuró a interrumpirla.

—¿Con Fernando Costa? ¿Quién es Fernando Costa?

—Es el policía que te ha sido asignado para que te proteja, —le aclaró pacientemente, recordando que Mariví no solía retener los nombres de las personas que no veía a diario—. Como te decía, he hablado con él. Le he llamado al recibir el mensaje de Gabriel y…

Su amiga volvió a interrumpirla.

—¿El mensaje? ¿Y qué te decía en ese mensaje?

Se limitó Lilian a entregarle su móvil y a pasarle un brazo sobre los hombros mientras su amiga leía el texto, sosteniendo ella al perro sobre su regazo. Luego Mariví le devolvió el aparato con expresión demudada.

—Sabe que estoy aquí.

—Sí, pero el policía me ha dicho…

—Te estoy poniendo en peligro a ti también, —la atajó inquietísima—.

De lo que te dice Gabriel, se deduce que piensa tomarse la revancha contigo si no vuelvo con él y no puedo permitirlo. Creo que debería marcharme a otro lugar. ¿Pero a dónde?

Lo consideró Lilian con el ceño fruncido.

—No te preocupes por eso.

—Sí, sí me preocupo. ¿Qué opciones tenemos?

—Podríamos solicitar mañana una casa de acogida, donde no te podría localizar por el momento y donde estarías segura.

—Eso no solucionaría nada. Te asaltaría a ti en cualquier lugar y te obligaría a decirle donde me había escondido. Aunque sea una mala bestia, Gabriel es un tipo muy listo. Estoy segura de que me perseguiría hasta el fin del mundo. Me lo repetía constantemente.

—¿Que te perseguiría hasta el fin del mundo?

—Sí, en todas las ocasiones en las que intenté dejarle. Se ponía como una fiera, me pegaba y me aseguraba que no permitiría nunca que le abandonase. Ya has visto que no ha tardado más de tres días en dar conmigo. ¿Qué vamos a hacer?

Le hubiera gustado a Lilian poder darle una respuesta, pero tampoco a ella se le ocurría nada en ese momento que pudiera resolver satisfactoria y definitivamente la difícil situación en la que se encontraba Mariví.

—¿Y si te marcharas al extranjero durante una temporada?, —le sugirió al fin—. Podríamos buscarte un trabajo. En Australia, por ejemplo, que está lejísimos. Como Gabriel no tiene dinero, no podría seguirte aunque averiguara tu paradero. Al cabo de un par de años podrías regresar y probablemente para entonces se habría olvidado de ti.

La vio menear dubitativamente la cabeza.

—¿Y de qué podría trabajar en Australia? No conozco más idioma que el español y lo único que sé hacer relativamente bien es vender bolsos y limpiar laboratorios. ¿Quién me iba a contratar sin conocerme, sin saber australiano y sin…?

Lilian la interrumpió.

—Creo que el idioma que se habla en Australia es el inglés.

—¿Y qué?, tampoco sé inglés, ya te lo he dicho.

—¿Y no tienes parientes lejos de Madrid? ¿En algún pueblo lejano, por ejemplo?

Lo consideró Mariví con la cabeza baja. Un mechón de cabello, liso, sin brillo y desaliñado, le había resbalado sobre la frente impidiéndole la

visión. Se lo retiró desanimada.

—No, nadie que yo recuerde. Quiero decir, nadie que estuviera dispuesto a admitirme en su casa durante una temporada larga, sabiendo que Gabriel me estaba acechando. Las mujeres que se encuentran como yo, perseguidas por un animal, no suelen ser acogidas en ninguna parte, porque suponen un riesgo. Tú eres una excepción y nunca te lo agradeceré bastante.

Se quedaron calladas las dos y el perrito, quizás entendiendo que no recibía de su dueña toda la atención que merecía, emitió un gruñido de descontento. Mariví le dedicó una mueca desdeñosa, apartándose en el sofá de Lilian y de él.

—No sé cómo puede gustarte tanto ese chucho, —comentó entre dientes

—. Lo rompe todo, no para quieto un momento y a veces hasta hace sus necesidades levantando la pata en la cómoda de tu cuarto. Yo de ti…

—No es verdad, —se enfadó Lilian—. Peluche rompe cosas y brinca sin parar, porque es un cachorro, pero no hace sus necesidades en la cómoda de mi cuarto. Ya ha aprendido a controlarlas hasta que sale al jardín.

—Que huele que apesta, —refunfuñó Mariví, dirigiéndole al animalito una mirada aviesa.

Como si hubiera captado la animadversión que le inspiraba a la amiga de su dueña, el cachorro le enseñó los dientes, lo que motivó que la chica se pusiera en pie, apartándose del sofá.

—¿Quieres que prepare la cena? Debes de estar cansada después de haber estado trabajando todo el día en el despacho. ¿Con quién has comido?

—Con Pablo y con Tarsicio, el otro compañero. Don Eulogio es el socio fundador y el de más edad. Tiene un enorme prestigio y se marcha siempre a su casa al mediodía, —repuso Lilian levantándose también—. Suelo comer con los dos primeros y con Anita, la secretaria, en una cafetería cercana para no perder tiempo, porque recibimos visitas por la tarde y de esa forma ganamos tiempo, ya que…

—Ya que tienes mucho trabajo, —terminó Mariví por ella.

—Sí, afortunadamente sí, no me puedo quejar.

Pareció vacilar su amiga, como si no se atreviera a preguntárselo. Al fin se decidió, con la mirada fija en la oscuridad del jardín que adivinaba a través del cristal de la ventana.

—¿Y…? ¿Y no sales con nadie?

—Sí, claro que sí. ¿Por qué?

—Te pregunto si sales con alguien en especial.

Se había vuelto hacia ella desde el otro extremo del sofá y Lilian examinó su expresión. Parecía verdaderamente interesada en conocer su respuesta.

—Salir, lo que se dice salir, salgo a veces con Beatriz, la procuradora con la que trabajo, y con algunas amistades más. ¿Por qué?

Se encogió Mariví de hombros algo azarada.

—No… me extrañaba… me extrañaba que no tengas novio ni pareja y que no te hayas casado, valiendo, como vales, una barbaridad. Eres la mejor amiga que he tenido y… yo siempre te he admirado. Supongo que te darías cuenta cuando íbamos a la facultad.

Lilian se quedó sin habla. ¿Que la había admirado? Era la otra la que brillaba con luz propia donde quiera que fuesen las dos, la que atraía todas las miradas y la que recibía todas las proposiciones de los que las rodeaban.

¿Qué había admirado en ella? ¿Que fuera estudiosa y que se hubiera resignado a representar junto a la otra el papel de segundona?

—¿Me admirabas? Nunca lo hubiera imaginado, —murmuró al fin—.

¿Y qué es lo que admirabas?

—A ti, —repuso su amiga con cierta timidez—. Tu sentido común, tu saber estar en cualquier circunstancia, tu inteligencia, tu seguridad y… y todo lo demás. Tú nunca te habrías dejado deslumbrar por un tipo como Gabriel y mucho menos hubieras permitido que te pegara. Tienes la suerte de ser capaz de pensar siempre con la cabeza.

Estupefacta, se preguntó Lilian si esa última consideración sería la correcta y llegó a la conclusión de que no podía conceptuársela como una persona cerebral que sopesase fríamente todas las posibilidades antes de actuar para optar siempre por la más conveniente. De ser así no se habría interesado nunca por Alfonso que, aunque atractivo, era inmaduro y superficial. Y la prueba además de que no siempre se guiaba por los razonamientos de su cabeza era la situación en la que se hallaba, amenazada por la expareja de una amiga a la que hacía más de cinco años que no veía.

Cualquier otra en su caso le habría buscado una casa de acogida desde el

primer momento en lugar de llevársela a la suya propia, arriesgándose así a sufrir una seria agresión por parte de aquel tipo despreciable que la perseguía.

—Me parece que no merezco esos epítetos tan elogiosos, —repuso algo avergonzada, porque no estaba acostumbrada a recibirlos—. He tenido la suerte de no verme en tu caso, eso es todo, aunque es cierto que el tipo de hombre al que pertenece Gabriel no me atrae en absoluto. Pero, según tengo entendido, es esa una cuestión de química, no de inteligencia.

Mariví se la quedó mirando como si no la hubiera entendido.

—¿De química? No lo sé. Cuando le conocí, Gabriel, además de guapísimo, era tierno y considerado, o al menos lo parecía. A cualquier chica le hubiera gustado. Fue después, al cabo de vivir juntos unos meses, cuando empezó a beber y a comportarse como un animal. ¿Cómo podría habérmelo imaginado?

Lilian se encogió de hombros con vaguedad.

—No lo sé, no soy una experta en el tema, pero por lo que creo recordar te mudaste inmediatamente a su casa sin haberle tratado apenas. ¿No fue así?

Encendió su amiga un cigarrillo al tiempo que brillaba en sus ojos algo similar a una chispita de desafío.

—¿Y qué tenía que haber hecho? ¿Mantener durante años un noviazgo para conocerle a fondo, como en los tiempos de nuestras madres? Las costumbres han cambiado.

—Sí, sí que han cambiado, —reconoció Lilian.

Su amiga se la quedó mirando con curiosidad.

—¿Es que tú…? ¿No has tenido pareja ni una relación seria con ninguno desde que terminamos la carrera? No me lo puedo creer.

—He trabajado mucho, —repuso evasivamente—. Pero sí, ya que lo preguntas, te diré que sí tuve una relación que fue importante para mí y que duró un par de años. Alfonso era procurador, procurador de los tribunales.

Alquilamos un piso y cuando trabajábamos juntos en algún asunto se quejaba de que me absorbía demasiado el despacho. Me decía también que tenía yo afán de protagonismo. De todas formas, rompió conmigo sin una explicación.

—¿No te dijo cuál era el motivo?

Lilian meneó cansadamente la cabeza.

—No, murmuró algo así como que lo había pensado mejor y que de continuar juntos llegaríamos a no poder aguantarnos.

—Ya, ¿y después?

—Después, nada que merezca comentar. Aún estoy recuperándome de aquello, que me afectó bastante, sobre todo por lo inesperado. Ahora estoy disfrutando de mi independencia, —mintió para no tener que confesarle que todos los días acudía al despacho con la esperanza de que Pablo se decidiera a expresar con palabras los sentimientos que ella parecía inspirarle. El hombre era calmoso en demasía, parsimonioso hasta lo indecible, lo que a Lilian no dejaba de irritarle.

—Para poder trabajar el día entero sin que nadie te interrumpa, —

continuó acusadoramente Mariví—. Pues me parece muy mal. Llegará un momento en el que te darás cuenta de que te has hecho mayor y de que solo tienes a tu alrededor legajos de papeles y enciclopedias jurídicas.

En silencio, se encogió Lilian desganadamente de hombros, diciéndose que para que eso sucediera tendría que transcurrir mucho tiempo aún y que en cualquier caso era preferible estar sola a cargar con un indeseable como había hecho Mariví, pero como no se lo podía decir así a la otra, ni explicarle que de un día para otro podría cambiar su vida si Pablo se liberaba de su incomprensible cachaza, optó por cambiar de tema.

—Voy a subir a mi cuarto a cambiarme y… sí, te agradecería que preparases tú algo mientras tanto, porque estoy muy cansada.

Poco después cenaban las dos en la mesa de la cocina con Peluche dando saltos a su alrededor. Era esta una de las pocas habitaciones de la casa en las que su dueño anterior había hecho obra antes de que Lilian la comprara, y disponía de unas blancas encimeras adosadas a las paredes, alicatadas de azulejos del mismo color y dotada de modernísimos electrodomésticos. A través de los dos ventanales podía distinguirse la oscuridad de la parte posterior del jardín y percibirse el agudo silbido del viento. Lilian se levantó prestamente de la mesa para bajar las persianas y aislar así el ambiente que se respiraba en la cocina de la inquietante incógnita que percibía fuera.

—Parece que sopla un vendaval, —musitó Mariví con voz trémula.

—Sí, hace una noche de perros, —convino ella recorriendo con los ojos la habitación y la puerta blindada por la que se accedía al garaje—. Pero no tenemos que preocuparnos de Gabriel, porque esta casa es muy segura.

Un remolino de aire sacudió las persianas que Lilian acababa de cerrar y oyeron como recorría el jardín zarandeando los árboles a su paso con un sonido sordo. Coincidió con un crujido seco en el vestíbulo que parecía provenir de la escalera de madera que arrancaba allí.

—¿Has oído eso?, —se alarmó Mariví con los ojos agrandados por el miedo.

También ella lo había oído y también el corazón le había dado un vuelco, pero se creyó obligada a quitarle dramatismo a la situación y a disimular la aprensión que le había producido.

—Sí, pero ha sido la carcoma.

—¿La carcoma?, —inquirió la otra con un hilo de voz—. ¿Cómo lo sabes? A mí me ha parecido que alguien bajaba por la escalera.

Aguzó Lilian el oído. Un silencio absoluto se expandía ahora por la casa, roto tan solo por el gemido del viento en el jardín.

—¿Vives tranquila en esta casona tan enorme?, —insistió Mariví escudriñando los rincones de la cocina, como si temiera ver aparecer a un fantasma detrás de la nevera—. ¿No crees que sería preferible que te mudaras a un piso pequeño, sin carcoma y que se encontrara cerca de tu despacho? Así no te darías cuenta de que sopla el viento de esa forma tan espeluznante. ¿Es que no lo oyes?

Tendría que ser sorda para no percibir el rugido de las ráfagas de aire ensañándose con los dos chopos que crecían en esa parte del jardín. Los había unido ella con una cuerda para tender la colada, a la espera de disponer del tendedero que le había encargado al cerrajero, al que también le había encomendado que le arreglara el ventanuco del sótano. Debería salir a recoger la ropa que ya debería de haberse secado. La colgaba Leocadia durante la mañana y la recogía ella, pero en ese momento no se atrevió. El miedo que experimentaba Mariví se le había contagiado. ¿Y si las estaba acechando Gabriel, escondido detrás de un árbol, y aprovechaba esa oportunidad para abalanzarse sobre las dos? La había amenazado por el

móvil con allanar su vivienda si no permitía que Mariví volviese con él.

¿Estaría fuera, en el jardín, esperando cualquier descuido por su parte?

Notó que le temblaban las rodillas, por lo que decidió que la ropa podía continuar pendiendo de la cuerda durante toda la noche y que lo que procedía en ese momento era asegurar bien las puertas, la principal, la de la cocina y la que permitía desde esa última habitación el acceso al garaje.

Mariví se había levantado de la mesa para meter los platos en el lavavajillas y ella se encaminó hacia el vestíbulo, seguida de Peluche, no sin antes aguzar nuevamente el oído. Un nuevo crujido en la escalera la sobresaltó.

Mariví se olvidó del cometido que estaba realizando en el lavavajillas y se enderezó amedrantada con un vaso en la mano, que no había introducido aún en el electrodoméstico.

—¿Qué ha sido eso?, —inquirió con voz temblona.

—Como no recibiera respuesta de Lilian, insistió:

—¿Es que no lo has oído? Te repito que alguien está bajando por la escalera del vestíbulo.

Intentó ella dominar el pánico que empezaba a atenazarla, acelerándole los latidos del corazón. Sin captar el miedo que flotaba en el ambiente, el cachorro daba brincos junto a ella empinándose sobre sus patas traseras y mecánicamente se agachó para cogerlo en brazos, tan asustada, que su cerebro no procesó el movimiento que acababa de realizar.

—Puede ser Peluche, —sugirió bajito, aunque con escasa convicción.

—¿Tu perrucho?, —protestó su amiga en un susurro—. No digas tonterías. Lo llevas a cuestas como siempre y he oído con toda claridad el crujido de los peldaños de la escalera. Estoy segura de que Gabriel ha conseguido entrar en la casa, —añadió casi sin voz.

—¿Por dónde?, —se preguntó a sí misma en voz alta.

—Pues… pues por cualquier parte. ¿Por qué no llamamos a la policía?

—¿Y qué le decimos? ¿Qué crujen los peldaños de la escalera, que en el jardín sopla un viento pavoroso y que tenemos miedo de Gabriel? Pensará que somos idiotas. Lo mejor será que nos vayamos a la cama. Anda, sube a tu dormitorio, echa el pestillo de la puerta de tu habitación y acuéstate, que yo comprobaré si todos los cerrojos de las de esta planta están bien cerradas.

—¿Pero voy a subir a mi cuarto yo sola? ¿Y si me encuentro a Gabriel arriba, agazapado por algún rincón? —protestó mientras se encaminaban hacia el vestíbulo.

Ya en esa estancia, levantó Lilian la mirada hacia lo alto de la escalera.

No se oía el menor sonido si se exceptuaba el rumor del viento que soplaba ahora más calmado con rachas intermitentes.

—No seas pesada, —refunfuñó Lilian para escuchar su propia voz y romper la sensación de absoluto aislamiento que experimentaba—. No me hagas subir la escalera dos veces. No hay nadie en esta casa, aparte de nosotras dos y de Peluche, y yo te seguiré dentro de un minuto, en cuanto, como te he dicho, inspeccione y cierre todos los cerrojos de las puertas.

Vete a la cama.

—No, no, te esperaré aquí, —decidió la chica junto al primer escalón, asiéndose a la barandilla de la escalera con el firme propósito de no moverse de ese lugar hasta que se le reuniese Lilian.

Con un resignado suspiro con el que disimulaba también su propio miedo, comprobó esta que el portón de entrada estaba convenientemente asegurado con las aldabas corridas, así como la puerta del pasillo por la que se bajaba al sótano por lo que, con el perrito en brazos, regresó al vestíbulo y se dirigió a hacia la escalera para reunirse con Mariví, que la aguardaba con los ojos desmesuradamente abiertos, escrutando los rincones.

—Si necesitas algo, me llamas, —le dijo, cuando ambas alcanzaron el rellano semicircular que rodeaba el vestíbulo y que daba a acceso a las habitaciones de esa planta. Se detuvieron frente a la puerta del dormitorio que ocupaba Mariví y esta se la quedó mirando con sus claras pupilas agrandadas por el miedo.

—¿Crees que…?

—No, claro que no, —mintió Lilian fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir—. Me refiero a si te encuentras mal o no puedes dormir.

—Vale, vale, —murmuró su amiga dirigiendo una mirada de soslayo a la oscuridad del vestíbulo que veía a sus pies—. ¿Has echado todos los cerrojos?

—Sí, todos.

—¿Y estás segura de que Gabriel no podrá entrar?

—Por supuesto, —volvió a mentir—. No soy especialmente miedosa, pero siempre me ha preocupado la seguridad. Todas las puertas de acceso a esta casa son blindadas y las ventanas de la planta de abajo tienen reja. —

Emitió una risita falsa—. Tienes asignado además un policía para tu protección al que podemos llamar por el móvil ante cualquier alarma. ¡Ah!

Y no te quites la pulsera electrónica ni siquiera cuando te acuestes. ¿Me has entendido?

—Sí, sí, —susurró apenas Mariví con voz temblona—. Que duermas bien y…

—Hasta mañana, —la interrumpió Lilian empujando la puerta de su cuarto.

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