La esfinge de los hielos

Julio Verne · Capítulo 11 de 58

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La esfinge de los hielos

Siempre estaba vigilando.

–!Nuestro segundo no tiene semejante!– me dijo un día Hurliguerly- y merece mandar un barco almirante.

–Efectiva mente- respondí.– Jem West me parece un verdadero marino.

–¡Y qué goleta la nuestra! Puede usted felicitarse y felicitarme, puesto que he conseguido que el capitán Len Guy variase su resolución en lo que a usted concierne.

–Si es usted el que ha obtenido ese resultado, le doy a usted las gracias, contramaestre.

–Y hay por qué darlas, pues a pesar de las instancias del compadre Atkins, el capitán dudaba. Pero yo conseguí hacerle entrar en razón.

–No lo olvidaré, contramaestre, no lo olvidaré; pues gracias a su intervención, en vez de consumirme en las Kerguelen, no tardaré en estar a la vista de Tristán de Acunha.

–Dentro da algunos días, señor Jeorling. Según lo que he oído, en Inglaterra y Alemania se ocupan actualmente en construir barcos que llevan una máquina en la panza y ruedas, de las que se sirven como una

ánade de sus patas… Bien… Ya veremos lo que resulta. Mi opinión, sin embargo, es que tales barcos no podrán luchar con una hermosa fragata de sesenta, impulsada por la brisa. ¡El viento, señor Jeorling, el viento basta, y un marino no tiene necesidad de ruedas en su casco!

No tenía por qué contrariar las ideas del contramaestre respecto al empleo del vapor para la navegación. Se estaba en los comienzos.

¿Quién podía prever el porvenir?

Y en aquel momento recordé que la Jane…, aquella Jane de que el capitán Len Guy me había hablado como si hubiera existido, como si la hubiera visto con sus propios ojos, había ido, precisamente en quince días, desde la isla del Príncipe Eduardo a Tristán de Acunha.

Verdad que Edgard Poe disponía a su antojo de los vientos y de la mar.

Por lo demás, durante los quince días siguientes, el capitán Len Guy no me habló más de Arthur Pym. Parecía como si nunca lo hubiera hecho.

Si él había esperado convencerme de la identidad del héroe de los mares australes, hubiera dado prueba de mediano talento. Lo repito:

¿cómo un hombre de buen sentido hubiera podido discutir en serio sobre tal materia? A menos de haber perdido la razón, de ser por lo menos un monomaníaco sobre este caso especial, como lo era Len Guy, nadie- por décima vez lo repito-, nadie podía ver otra cosa que una obra de imaginación en la novela de Edgard Poe.

¡Calcúlese! Según ella, una goleta inglesa había avanzado hasta el 84º

de latitud Sur, y, sin embargo, tal viaje no había tenido la importancia de un gran acontecimiento geográfico. Arthur Pym, volviendo de las profundidades de la Antártida, no fue colocado sobre los Cook, los Wedrell, los Biscoe. ¿No se le hubieran tributado los honores públicos lo mismo a él que a Dirk Peters, los únicos pasajeros de la Jane? ¿Y qué pensar de aquella mar libre descubierta por ellos? ¿De la extraordinaria velocidad de las corrientes que los arrastraban hacia el polo? ¿De la temperatura anormal de las aguas, que la mano no podía resistir? ¿De la cortina de vapores tendida por el horizonte? ¿De la catarata que se entreabre y en la que aparecen figuras sobrehumanas?…

Y, dejando aparte estás inverosimilitudes, ¿cómo Arthur Pym y Dirk Peters habían vuelto de tan lejos? ¿Cómo su canoa tsalaliana les había traído del círculo polar? ¿Cómo, en fin, fueron recogidos y

repatriados?… ¡Con una frágil canoa de pagays, franquear 20, pasar el polo, ganar las tierras más próximas!… ¿Cómo el diario de Arthur Pym no ha mencionado los incidentes del regreso? Pero se objetará que Arthur Pym murió antes de haber podido escribir los últimos capítulos de su libro. ¡Sea! Pero ¿es verosímil que él no haya dicho palabra de ellos al editor del Southern Literary Messenger? Y ¿cómo Dirk Peters, que durante varios años residió en Illinois, se ha callado el desenlace de tales aventuras? ¿Es que tenía interés en no hablar?

A creer al capitán Len Guy, éste había ido a Vandalia, donde, según el libro, vivía ese Dirk Peters, y no había podido encontrarle. ¡Lo creo!

Ni él ni Arthur Pym habían existido más que en la imaginación del poeta americano, poderoso genio, como lo prueba el hecho de imponer a algunos espíritus como realidad lo que era ficticio.

De todas suertes, yo comprendía que hubiera hecho mal en discutir de nuevo con el capitán Len Guy, obsesionado por su idea fija, y volver a una argumentación que no lograría convencerle. Más sombrío, más cabizbajo, no aparecía sobre el puente a no ser precisa su presencia. Y

entonces, sus miradas recorrían detenidamente el horizonte meridional como si quisieran agujerearlo. Tal vez creía ver aquella sábana de vapores, y las alturas del cielo llenas de insondables tinieblas, y los resplandores luminosos saltando de las profundidades del mar, y el blanco gigante mostrándole el camino al través de los abismos de la catarata…

¡Singular monomaníaco! Por fortuna, en lo demás que no tocase a este asunto, la inteligencia del capitán conservaba toda su lucidez. Sus cualidades de marino permanecían intactas, y los temores que yo había podido concebir no amenazaban realizarse.

Debo confesar que lo más interesante para mí era descubrir la causa del interés que el capitán manifestaba por los supuestos náufragos de la Jane. Aun teniendo por verídico el relato de Arthur Pym, admitiendo que la goleta inglesa hubiese atravesado aquellos infranqueables parajes… ¿por qué tan inútiles lamentaciones? Aunque algunos de los marineros de la Jane, su jefe u oficiales hubieran sobrevivido a la explosión y al hundimiento provocado por los naturales de la isla Tsalal, ¿podía razonablemente esperarse que vivieran? Once años habían transcurrido, según los datos indicados por Arthur Pym, y

desde entonces, admitiendo que aquellos desdichados hubieran escapado a los insulares, ¿cómo hubieran subvenido a sus necesidades en tales condiciones? ¿No debían haber perecido todos?

¡Vamos! Heme aquí discutiendo seriamente semejantes hipótesis, aunque no descansen en ningún sólido fundamento.

Un poco más, y creeré en la existencia de Arthur Pym, de Dirk Peters, de sus compañeros, de la Jane, perdida en los mares australes. ¿Me habré contagiado la locura del capitán Len Guy? ¿No es lo cierto que me he sorprendido al comparar el camino que la Jane había seguido, subiendo hacia el Este, y el que sigue la Halbrane?

Estamos a 3 de Septiembre. De no producirse retrasoque sólo de un incidente marino puede venir-, dentro de tres días nuestra goleta estará a la vista del puerto. Además, tal es la altura de la principal isla del grupo, que en buen tiempo se la ve a gran distancia.

El día indicado, entre diez y once de la mañana, paseábame yo por el puente. Nos deslizábamos por la superficie de un mar ligeramente agitado. La Halbrane, parecía un enorme pájaro, uno de esos gigantescos albatros de que habla Arthur Pym, que, desplegando su amplio velamen, llevaba la tripulación al través del espacio. ¡Sí!…

¡Para una imaginación acalorada aquello no era navegar, sino volar…, y el movimiento de las velas el batir de unas alas!

Jem West, de pie junto al cabestrante, al abrigo de la trinqueta, con su anteojo en la mano, miraba por babor un objeto que flotaba a dos o tres millas, que varios marineros, inclinados sobre la baranda, mostraban con el dedo.

Era una masa de diez a doce yardas superficiales, de forma irregular, abultada en el centro por una tumescencia resplandeciente. Subía y bajaba al impulso de las olas, que se movían en dirección Noroeste.

Me acerqué a la vagara de proa, y observó atentamente aquel objeto.

Llegaba a mí la conversación de los marineros, a los que siempre interesan los más insignificantes accidentes de mar.

–Es una ballena- declaró el maestro velero.– Ha soplado una o dos veces desde que la examinamos.

–No se trata de una ballena-afirmó Hardie, el maestro calafate.– Tal vez algún casco de un barco abandonado.

–¡El diablo lo envía por el fondo!– exclamó Rogers.– Ve, pues, a

arrojarte allí por la noche.

–Es verdad- añadió Drap,– esos restos son más peligrosos que una roca, pues un día están aquí y otro allá.