La esfinge de los hielos

Julio Verne · Capítulo 39 de 58

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La esfinge de los hielos

El libro no lo indica.

Además, no encontramos ni un solo mamífero marino, ni los pájaros gigantescos, ni los terribles carniceros de las regiones polares.

Añadiré que nadie a bordo sentía aquella influencia singular de que habla Arthur Pym, esa laxitud de cuerpo y de alma, esa repentina indolencia que deja incapaz para el menor esfuerzo físico.

Y tal vez por este estado patológico y fisiológico se puede explicar que Arthur Pym creyese ver los referidos fenómenos, debidos únicamente a la turbación de sus facultades mentales.

En fin, el 7 de Enero, según Dirk Peters- y él no había podido estimarlo más que por el tiempo transcurrido-, llegamos al sitio donde el salvaje Nu-Nu, extendido en el fondo de la canoa, había exhalado el último suspiro.

Dos meses y medio más tarde, el 22 de Marzo, termina el diario del extraordinario viaje. Entonces era cuando flotaban espesas tinieblas, atemperadas por la claridad de las aguas que reflejaban el velo de vapores blancos extendidos sobra el cielo.

Pues bien: la Halbrane no fue testigo de ninguno de estos asombrosos

prodigios, y el sol, inclinando su alargada espiral, iluminaba siempre el horizonte.

Era una suerte que el espacio no estuviera sumido en la obscuridad, puesto que, en tal caso, nos hubiera sido imposible tomar altura.

El 9 de Enero, una buena observación dio 86º 33’ de latitud, quedando la longitud la misma, entre el meridiano 42 y 43.

En este sitio, a creer los recuerdos del mestizo, se efectuó la separación de los dos fugitivos, después del choque de la canoa y el témpano.

Pero se presentaba una duda. Puesto que el témpano, arrastrando a Dirk Peters, había derivado hacia el Norte, ¿es que estaba sometido a la acción de una contracorriente?

Esto debía de ser, pues desde hacía dos días nuestra goleta no sentía la influencia de aquella, a que había obedecido al dejar la isla Tsalal. Y

¿por qué asombrarse cuando todo es tan variable en estos mares australes? Felizmente la fresca brisa del Noroeste persistía, y la Halbrane, con todas sus velas desplegadas, continuaba elevándose hacia los más altos parajes, avanzando 13 grados sobre los navíos de Weddell y dos grados sobre la Jane. En cuanto a las tierras-islas o continentes-que el capitán Len Guy buscaba en la superficie de aquel inmenso mar, no aparecían, y yo comprendía que perdía poco a poco la confianza, bien quebrantada ya después de tan vanas pesquisas.

En cuanto a mí, estaba obsesionado por el deseo de recoger a Arthur Pym tanto como a los sobrevivientes de la Jane. Pero ¿se podía creer que hubiera sobrevivido? Sí. Yo lo sabía. Esta era la idea fija del mestizo. Y si nuestro capitán hubiera dado la orden de volver atrás, no sé a qué extremo hubiera llegado Dirk Peters. ¡Tal vez se hubiera arrojado al mar! Por esto, cuando él oía que la mayoría de los marineros protestaba contra aquella navegación insensata, y hablaban de virar cabo por cabo, yo temía siempre que el mestizo se abandonase a alguna violencia contra Hearne, sobre todo, que excitaba sordamente a la rebelión a sus camaradas de las Falklands.

Sin embargo, convenía no permitir que la indisciplina y la desanimación entrasen a bordo, y así, aquel día, deseoso de levantar los espíritus, el capitán Len Guy, a petición mía, reunió a la tripulación bajo el palo mayor y habló en estos términos:

–Marineros de la Halbrane: desde nuestra partida de la isla Tsalal, la

goleta ha ganado dos grados hacia el Sur, y con-forme al contrato firmado por el señor Jeorling, os anuncio que habéis adquirido 2.000

dollars por grado, los que os serán pagados a la terminación del viaje.

Hubo algunos murmullos de satisfacción, pero no hurras, a no ser los que lanzaron, sin encontrar eco, el contramaestre Hurliguerly y el cocinero Endicott.