La esfinge de los hielos
Y le tendió la suya.
Hunt retrocedió algunos pasos, moviendo la cabeza, y con la actitud de un hombre que no necesita tantos cumplimientos por cosa tan sencilla.
Después, dirigiéndose a proa, ocupóse en reemplazar una de las escotas del pequeño foque, que acababa de romperse por efecto de tan terrible golpe del mar, que la goleta había sido sacudida desde la quilla a la punta de los mástiles.
Decididamente: ¡Hunt es un héroe de abnegación y valor! Y
decididamente también es un ser cerrado a todas las impresiones, y ni aun aquel día conoció el contramaestre «el color de sus palabras».
No hubo ninguna pausa en la violencia de aquella tempestad, y con frecuencia nos proporcionó serias inquietudes. Entregada a los furores de la borrasca, se pudo cien veces temer que, a pesar de su reducido velamen, la arboladura de la goleta se viniera abajo. ¡Sí! Cien veces, aunque Hunt gobernó el timón con mano hábil y vigorosa, la goleta, combatida por inevitables golpes, estuvo a punto de zozobrar. Precisó, pues, quitar la cangreja y contentarse con el foque y pequeño foque para mantenerse a la capa.
–Jem- dijo el capitán Len Guy a las cinco de la mañana.Es preciso huir…
–Huiremos, capitán… pero corriendo el riesgo de ser tragados por el mar.
En efecto: nada más peligroso que aquella marcha cuando no puede adelantarse a las olas, y únicamente se apela a ella cuando es imposible guardar la capa. Además, corriendo al Este la Halbrane, se alejaría de su camino, en medio del laberinto de témpanos acumulados en esta dirección.
Durante tres días, 6, 7 y 8 de Diciembre, la tempestad se desencadenó sobre aquellos parajes, con acompañamiento de remolinos de nieve, que provocaron sensible baja en la temperatura. Sin embargo, la capa pudo ser mantenida después que el pequeño foque, desgarrado por el viento,
fue reemplazado con otra tela más resistente.
Inútil es decir que el capitán Len Guy se mostró verdadero marino, que Jem West estuvo en todo, que la tripulación les secundó resueltamente, y que Hunt fue siempre el primero en la faena cuando hubo maniobra que efectuar o peligro que correr.
¡En verdad que era un hombre del que no se puede dar idea! ¡Qué diferencia entre él y la mayor parte de los marineros reclutados en las Falklands, y sobre todo Hearne! De éstos era difícil obtener lo que se tenía el derecho de esperar y exigir. Sin duda obedecían, porque de bueno o mal grado era preciso obedecer a un oficial como Jem West…
Pero, cuando este no les oía, ¡qué de quejas y recriminaciones!
Cosa que, yo lo temía, nada bueno presagiaba para el porvenir.
Hay que advertir que Martín Holt había vuelto a sus ocupaciones. Muy entendido en su oficio, era el único que, por su habilidad y celo, podía rivalizar con Hunt.
–Y bien, Holt- le preguntó un día en que se encontraba en conversación con el contramaestre,– ¿en qué relaciones está usted ahora con ese diablo de Hunt? Después del salvamento, ¿se ha mostrado algo más comunicativo?…
–No, señor Jeorling- respondió el maestro velero…- Al contrario…