La esfinge de los hielos

Julio Verne · Capítulo 54 de 58

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La esfinge de los hielos

hizo observar el contramaestre.

Ya lo veríamos cuando Dirk Peters estuviera a bordo, cosa que era preciso que consiguiera en pocos minutos, pues la canoa no tardaría en pasarle.

–En todo caso- dijo Jem West-, vayamos abajo. Si la embarcación llega

a tierra, será en la parte baja del peñón.

–¡Bien, bien! ¡Hurra, Dirk, hurra!– gritó el contramaestre, incapaz de contenerse, y al que Endicott hacía formidable eco.

El mestizo había llegado a la canoa; su enorme mano se agarró a ella, y, a riesgo de que se fuera a pique, se izó por la banda, se montó en ésta, y se sentó para tomar aliento.

Casi en seguida un sonoro grito lanzado por el mestizo llegó hasta nosotros.

¿Qué había encontrado en el fondo de la canoa? Eran remos, pues la vimos que se instalaba en la proa y remaba en dirección de la ribera con nuevo vigor, a fin de salir de la corriente.

–¡Venid!– dijo el capitán Len Guy.

Cuando hubimos rodeado la base del peñón, corrimos hacia la orilla de la playa por entre las negruzcas piedras de que estaba cubierta.

A 300 o 400 toesas, el lugarteniente hizo que nos detuviéramos. La canoa había encontrado abrigo en una pequeña punta que se proyectaba en aquel sitio, y era evidente que allí aterraría.

No estaba más que a cinco o seis encabladuras, y el remolino se aproximaba, cuando Dirk Peters, dejando los remos, se inclinó a popa y se irguió después sosteniendo un cuerpo inerte.

¡Qué desgarrador grito se dejó oír!

–¡Mi hermano! ¡Mi hermano!

Len Guy acababa de reconocer a William Guy en el cuerpo que el mestizo sostenía.

–¡Vive!– gritó Dirk Peters.

Un instante después, la canoa había acostado, y el capitán Len Guy oprimía entre sus brazos a su hermano.

Tres de los compañeros de éste yacían inanimados en el fondo de la embarcación.

¡Y aquellos cuatro hombres era lo que restaba de la tripulación de la Jane!