La esfinge de los hielos
Capítulo IV
DE LAS ISLAS KERGUELEN A LA ISLA DEL PRÍNCIPE
EDUARDO.
¡Nunca quizá travesía alguna ha tenido un comienzo más feliz! Y por una suerte inesperada, en vez de que la incomprensible negativa del capitán Len Guy me hubiera dejado por algunas semanas en Christmas-Harbour, una agradable brisa me arrastraba lejos, sobre una mar apenas agitada, con velocidad de nueve millas por hora.
El interior de la Halbrane respondía al exterior. Buen aspecto, la limpieza minuciosa de una queche holandesa, lo mismo en el rouf que en el puesto de la tripulación.
A babor se encontraba el camarote del capitán Len Guy, el que, por una vidriera que se bajaba, podía vigilar el puente, y, en caso necesario, transmitir sus órdenes a los hombres del cuarto, colocados entre el palo mayor y el de mesana. A estribor, disposición idéntica para el camarote del lugarteniente. Ambos tenían una cama estrecha, un armario de mediana capacidad, un sillón de paja, una mesa enclavada en el suelo,
una lámpara, diversos instrumentos náuticos, barómetro, termómetro, reloj marino, sextante encerrado en una caja de madera, y que no salía sino en el momento en que el capitán se disponía a tomar la altura.
Otros dos camarotes estaban en la popa, cuya parte media servía de comedor, con mesa en el centro, entre bancos de madera con respaldos movibles.
Uno de estos camarotes había sido preparado para mí. Recibía luz por dos vidrieras que se abrían, la una sobre la parte lateral y la otra sobre popa. En este sitio el timonel estaba en pie ante la rueda, por encima de la cual pasaba el guía de la cangreja, el que se prolongaba varios pies.
Mi gabinete medía ocho pies por cinco. Acostumbrado a las exigencias de la navegación, no me hacía falta más como espacio, ni como mobiliario: una mesa, un armario, un sillón de caña, un aguamanil con pie de hierro y un catre, cuyo delgado colchón hubiera, sin duda, provocado algunas quejas en un pasajero menos acomodaticio. Por otra parte, no se trataba más que de una travesía relativamente corta, puesto que la Halbrane me desembarcaría en Tristán de Acunha.
Entré, pues, en posesión del camarote mencionado, que no debía ocupar más que durante cuatro o cinco semanas.
Sobre la proa del palo de mesana, bastante reducido del centro, lo que alargaba el galón del trinquete, estaba amarrada la cocina por medio de sólidos cabos. Más allá se alzaba la chupeta, con gruesa tela encerada, que por una escala daba acceso al puesto y al entrepuente.
En el mal tiempo cerrábase herméticamente la chupeta, y el puesto quedaba al abrigo de los envites del mar.
Los ocho hombres de que la tripulación se componía llamábanse así; Martín Holt, maestro velero; Hardie, maestro calafate; Rogers, Drap, Francis, Gratián, Burry, Stern, marineros de veinticinco a treinta y cinco años, todos ingleses, de las costas de la Mancha y del canal San Jorge, muy diestros en su oficio y notablemente disciplinados bajo una mano de hierro.
Desde el principio pude notarlo: el hombre de excepcional energía, al que obedecían por una palabra, por un gesto, no era el capitán de la Halbrane, sino el oficial segundo, el lugarteniente Jem West, en aquella época de unos treinta y dos años.
Jamás he encontrado, en el curso de mis viajes al través de todos los
Océanos, carácter parecido. Jem West había nacido en la mar, y desde su infancia había vivido a bordo de una gabarra, de la que era patrón su padre y sobre la que vivía toda la familia. Nunca, en ninguna época de su existencia, había respirado más aire que el salino de la Mancha, del Atlántico o del Pacífico. Durante las escalas, él no desembarcaba más que para las necesidades de su servicio, fuese éste del Estado o del comercio. Si se trataba de abandonar un navío por otro, llevaba a éste su equipaje y ya no se movía. Marino por el alma, este oficio era toda su vida. Cuando no navegaba en lo real, lo hacía con la imaginación.
Después de haber sido mozo, grumete, marinero, llegó a ser contramaestre segundo, después primero… y, al fin, lugarteniente de la Halbrane, y desde diez años antes desempeñaba las funciones de segundo a las órdenes del capitán Len Guy.
Jem West no tenía la ambición de llegar más alto: no buscaba hacer fortuna; no se ocupaba ni de comprar ni de vender un cargamento. De arrumarle sí, porque el arrumaje es de primera consideración para que un barco marche bien. Respecto a los detalles de la navegación, de la ciencia marítima, la instalación del aparejo, la utilización de la energía velera, la maniobra en todas sus partes, los anclajes, la lucha contra los elementos, las observaciones de longitud y latitud, todo, en suma, lo que concierne a ese admirable aparato que se llama el barco de vela, Jem West lo entendía como ninguno.
He aquí ahora al lugarteniente en la parte física: estatura regular, más bien delgado, todo nervios y músculos, miembros vigorosos, de una agilidad de gimnasta, mirada de marino de sorprendente penetración, el rostro curtido, los cabellos recios y cortos, las mejillas y la barbilla imberbes, las facciones regulares, la fisonomía denotando energía, audacia, y la fuerza física en su máximum tensión.
Jem West hablaba poco, solamente cuando se le preguntaba. Daba sus órdenes con voz clara, en palabras precisas, que no repetía, mandando de forma de ser obedecido en el acto…, y se le comprendía.
Llamo la atención sobre este tipo de oficial de la marina mercante, devoto en cuerpo y alma del capitán Len Guy y de la goleta Halbrane.
Parecía ser uno de los órganos esenciales de su navío; que este conjunto de madera, hierro, tela y cobre recibiese de él su vital potencia; que existiese identificación completa entre el uno creado por el hombre y el
otro, creado por Dios. Y si la Halbrane tenía corazón, palpitaba éste en el pecho de Jem West.
Completaré mi reseña sobra el personal citando al cocinero de a bordo, un negro, de la costa de África, llamado Endicott, de unos treinta años de edad, y que desde hacía diez desempeñaba sus funciones a las órdenes del capitán Len Guy. El contramaestre y él se entendían a maravilla, y hablaban con gran frecuencia como buenos camaradas.
Preciso es decir que Hurliguerly pretendía poseer maravillosas recetas culinarias, que Endicott ensayaba a veces, sin atraer jamás la atención de los indiferentes del comedor.
La Halbrane había partido en excelentes condiciones. Hacía un frío intenso, pues bajo el paralelo cuarenta y ocho Sur, en el mes de Agosto todavía reina el invierno en esta parte del Pacífico. Pero la mar era buena, franca la brisa a Estesudeste. Si el tiempo continuaba así- lo que era de suponer y de desear- no cambiaríamos ni una vez nuestras amuras, y solamente bastaría con arriar blandamente las escotas para ir a Tristán de Acunha,
La vida a bordo era muy regular, muy sencilla, y- lo que es aceptable en la mar- de una monotonía no desprovista de encantos. La navegación es el reposo en el movimiento, el balanceo en el sueño, y yo no me quejaba de mi aislamiento. Tal vez había un punto en el que mi curiosidad quería ser satisfecha: la razón de que el capitán Len Guy hubiese vuelto sobre su primera negativa. Tiempo perdido fuera interrogar al lugarteniente sobre un asunto que para nada se relacionaba con su servicio, pues ya he dicho que, fuera de sus funciones, no se ocupaba de nada. Además, ¿qué hubiera yo podido sacar de las monosilábicas respuestas de Jem West? Durante las dos comidas, la de la mañana y la de la tarde, entre nosotros no se cambiaban diez palabras.
Debo, sin embargo, confesar, que a menudo sorprendía la mirada del capitán Len Guy obstinadamente fija en mí, como si tuviera deseos de interrogarme. Parecía que tenía algo que saber de mí, mientras que, por el contrario, era yo, el que tenía que saber algo de él. Lo cierto es que uno y otro permanecíamos en silencio.
Aparte de esto, de estar yo deseoso de conversación, hubiérame bastado dirigirme al contramaestre, siempre dispuesto a ello. Pero ¿qué podía decirme que me interesara? Añadiré que nunca dejaba de darme los
buenos días y las buenas noches…, y después… ¿Estaba yo contento de la vida a bordo? ¿Hallaba buena la cocina? ¿Quería que él recomendase ciertos platos a Endicott?…
–Se lo agradezco a usted mucho, Hurliguerly- le respondí un día.– Lo de costumbre me basta… Es muy aceptable y yo no era mejor tratado en casa de su amigo el posadero del Cormorán Verde.
–¡Ah!… ¡Ese diablo de Atkins! ¡Un buen hombre en el fondo!
–Tal es mi opinión.
–¿Se concibe, señor Jeorling, que él, un americano, haya consentido en enterrarse en las Kerguelen con su familia?
–¿Y por qué no?
–¿Y que se encuentre dichoso?
–Eso no me extraña. contramaestre.
–Pues yo aseguro que si Atkins me propusiera cambiar su vida por la mía, él saldría perdiendo, pues yo me lisonjeo de pasarla muy agradablemente.
–¡Sea enhorabuena, Hurliguerly!
–¡Eh! Ya sabe usted que estar a bordo de un navío como la Halbrane es una suerte que no se halla dos veces en la vida… Nuestro capitán no habla mucho, es cierto; nuestro lugarteniente usa aun menos de la lengua.
–Ya lo he notado.
–No importa, señor Jeorling; son dos bravos marinos, se lo aseguro a usted. Tendrán un verdadero disgusto cuando usted desembarque en Tristán…
–Me produce un gran placer oírle a usted hablar así, contramaestre.
–Y advierta usted que tal cosa no tardará con está brisa Sudeste y una mar que sólo se levanta cuando los cachalotes y ballenas la sacuden…
Ya lo verá usted, señor Jeorling. No emplearemos más de diez días en recorrer las mil trescientas millas que separan a las Kerguelen de las islas del Príncipe Eduardo, ni quince en las dos mil trescientas que separan estas últimas de Tristán de Acunha.
–No hay que tener seguridad, contramaestre. Es preciso que el tiempo persista, y quien quiera mentir no tiene más que predecir el tiempo. Es un dicho marino que conviene conocer.
Fuera lo que fuera, el buen tiempo persistió. Así es que en la tarde del
18 de Agosto, el vigía señaló a estribor las montañas del grupo Crozet, por 42º 59´ de latitud Sur, y 47º de longitud Este, cuya altura está comprendida entre 600 y 700 toesas sobre el nivel del mar.
Al día siguiente dejamos a babor las islas Posesión y Schveine, frecuentadas solamente durante la estación de la pesca, y que en aquella época tenían por únicos habitantes pájaros, bandadas de penguinos, y de esos chionis cuyo vuelo es semejante al de la paloma.
Al través de las caprichosas ensenadas del monte Crozet se mostraban espesas y rugosas sábanas de hielo, y durante algunas horas aun pude ver sus contornos. Después todo quedó reducido a una última blancura, trazada en la línea del horizonte, sobre la que se redondeaban las nevadas cumbres del grupo.
La proximidad de tierra es un incidente marítimo que siempre tiene interés. Acometióme la idea de que el capitán Len Guy hubiera tenido allí la ocasión de romper el silencio con su pasajero. No lo hizo.
De realizarse los pronósticos del contramaestre, no transcurrirían tres días sin que los picos de la isla Marión y de la isla del Príncipe Eduardo fuesen vistas en el Noroeste. Por lo demás, en ellas no se haría escala.
Hasta Tristán de Acunha la Halbrane no renovaría su provisión de agua.
Yo pensaba que la monotonía de nuestro viaje no sería interrumpida por ningún incidente de mar ni de otra clase.
Pero en la mañana del 30, estando de guardia Jem West, después de la primera observación del ángulo horario, el capitán Len Guy, con gran sorpresa mía, subió al puente, siguió uno de los pasadores y fue a colocarse a popa ante la bitácora, cuyo cuadrante miró más por costumbre que por necesidad.
¿Había yo sido visto por el capitán? Lo ignoro; pero lo cierto es que mi presencia no atrajo su atención.
Por mi parte, yo estaba resuelto a no ocuparme de él más de lo que él se ocupaba de mí, y quedé inmóvil con los codos apoyados en la vagara.
El capitán Len Guy dio algunos pasos, inclinóse por encima del empalletado, y observó la larga estela que dejaba la goleta, semejante a una cinta de blanco encaje estrecho y plano; de tal modo la suave andadura de la goleta se sustraía rápidamente a la resistencia de las aguas.
En tal sitio no se podía ser oído entonces más que de una persona: del timonel Stern, que, con la mano sobre la rueda, mantenía la Halbrane contra las caprichosas embestidas del mar.
El capitán no pareció preocuparse de él, pues se aproximó a mí, y en voz baja me dijo:
–Caballero, desearía hablar con usted.
–Estoy dispuesto a escucharle, capitán.
–Soy poco hablador… y hasta hoy no me he decidido a hacerlo.
Además, ¿le hubiera a usted acaso interesado mi conversación?
–Ha hecho usted mal en dudarlo…
Su conversación será, sin duda, muy interesante para mí.
Creo que él no vio ironía alguna en mi respuesta; por lo menos no lo demostró.
–Le escucho a usted- añadí.
El capitán Len Guy pareció dudar, mostrando la actitud de un hombre que en el momento de decidirse a hablar se pregunta si no sería mejor dejar de hacerlo.
–Señor Jeorling- dijo al cabo,– ¿no ha buscado usted la razón del cambio operado en mí en lo que a su embarque se refiere?
–La he buscado, en efecto; pero no la he encontrado, capitán. Tal vez por ser usted inglés, y no teniendo motivo para complacer a quien no era compatriota de usted…
–Señor Jeorling, precisamente porque usted es americano me he decidido a ofrecerle pasaje en la Halbrane.
–¿Porque soy americano?– respondí bastante sorprendido de tal confesión.
–Y también… porque es usted natural del Connecticut.
–Confieso a usted que aun no comprendo…
–Lo habrá usted comprendido si añado que he pensado que por ser usted del Conecticut, por haber visitado la isla de Nantucket, era posible que usted hubiera conocido a la familia de Arthur Gordón Pym.
–¿El héroe cuyas sorprendentes aventuras ha referido nuestro novelista Edgard Poe?
–El mismo, caballero… Narración que él ha hecho de acuerdo con el manuscrito en que se relataban los detalles del extraordinario y desastroso viaje por el mar antártico.
Yo creí soñar al oír al capitán Len Guy expresarse en tales términos.
¿Cómo? ¿El creía en la existencia de un manuscrito de Arthur Pym?
¿Acaso la novela de Edgard Poe es otra cosa que una ficción, una obra imaginativa del más prodigioso de nuestros escritores de América?
¿Había un hombre de buen sentido que admitía tal fábula como realidad?
Quedé sin responder, preguntándome in petto con quién tenía que habérmelas.
–¿Ha comprendido usted mi pregunta?– insistió el capitán Len Guy.
–Sí… Sin duda… capitán…, sin duda…; pero no sé si…
–Se la voy a repetir a usted en términos más claros, señor Jeorling, pues deseo una respuesta formal.
–Tendré mucho gusto en complacer a usted.
–Le pregunto, pues, si en el Connecticut ha conocido usted personalmente a la familia Pym, que habitaba en la isla Nantucket y estaba unida a uno de los más honrados procuradores del Estado. El padre de Arthur Pym, proveedor de la marina, pasaba por ser uno de los principales negociantes de la isla. Su hijo fue el que se lanzó a las extrañas aventuras cuya relación ha recogido Edgard Poe de sus labios.
–Y hubieran podido ser aun más extrañas, capitán, puesto que tal historia es producto de la poderosa imaginación de nuestro gran poeta.