La esfinge de los hielos
oír.
–¿Qué hay?– preguntó Jem West.
–El banco está cortado al Sudeste.
–¿Y más allá?
–Nada a la vista.
El lugarteniente subió por los obenques, y en algunos instantes llegó a la punta de la gavia.
Abajo, todos esperaban… ¡Y con que impaciencia! ¡Si se hubiera engañado el vigía!… ¡Si alguna ilusión de óptica!…
En todo caso, Jem West no se engañaría.
Después de diez minutos de observación- diez
interminables minutos-su voz clara llegó hasta el puente. – ¡Mar libre!–
gritó. Unánimes hurras le respondieron. La goleta puso el cabo al Sudeste. Dos horas después la
extremidad del banco era doblada, y ante nuestros ojos- aparecía una mar resplandeciente, libre de témpanos.