La esfinge de los hielos
Miré afuera.
Nadie estaba en la popa, excepción de Hunt, de pie junto al timón, con los ojos fijos en la bitácora.
No tenía más que hacer sino volver a acostarme, y esto hice; y aunque me pareció oír resonar el nombre de Arthur Pym varias veces a mi oído, dormí hasta la mañana.
Cuando me levanté, no me quedaba de aquel incidente de la noche más que una vaga y fugitiva impresión, que no tardó en borrarse.
Leyendo de nuevo- frecuentemente el capitán lo hacía conmigo- la relación de Arthur Pym, como si está relación fuera el diario de la Halbrane, noté el hecho siguiente, mencionado con fecha 10 de Enero: Por la tarde se efectuó un incidente muy lamentable, y precisamente en la parte de mar que entonces atravesábamos.
Un americano, natural de Nueva York, llamado Peter Vredenburgh, uno de los mejores marineros de la Jane, se deslizó entre dos témpanos desapareció y no pudo ser salvado.
Era la primera víctima de aquella funesta campaña… y ¡cuántos más debían ser inscritos en la necrología de la desdichada goleta!
A este propósito el capitán Len Guy y yo notamos que, según Arthur Pym, el frío había sido excesivo durante el día del 10 de Enero, y el estado de la atmósfera muy turbulento, pues los rafales del Noroeste se sucedían bajo forma de ventisqueros.
Verdad que en tal época el banco de hielo se erguía a lo lejos hacia el Sur, lo que explicaba que la Jane no le hubiera doblado por el Oeste.
Según la referida narración, esto no sucedió hasta el 14 de Enero. Una mar “donde no había un solo pedazo de hielo” se desarrollaba hasta el
horizonte con una corriente de media milla por hora. La temperatura era de 34º (1º 11 c. sobre cero), y no tardó en elevarse a 51º (10º 56
c. sobre cero).
Esta era la misma de que disfrutaba la Halbrane y como Arthur Pym se hubiera podido decir: que nadie hubiera dudado de la posibilidad de tocar al polo.
Aquel día la observación del capitán de la Jane había dado 81º 21’ de latitud, y 42º 5’ de longitud. Esta situación era también la nuestra en la mañana del 20 de Diciembre. Marchábamos, pues, directamente al islote Bennet, y no transcurrirían veinticuatro horas sin que fuera visible.
No tengo ningún incidente que anotar durante nuestra navegación por estos parajes. Nada de particular ocurrió a bordo de la Halbrane en una época en que el diario de la Jane registraba varios hechos curiosos.
He aquí el principal, que dio a Arthur Pym y a su compañero Dirk Peters ocasión para mostrar su abnegación y su valor.
A las tres de la tarde, el vigía había reconocido la presencia de un banco de hielo en derivación, lo que prueba que en la superficie del mar habían aparecido algunos témpanos. Sobre este banco reposaba un animal de gigantesca talla. El capitán William Guy hizo armar la mayor de sus canoas, en la que se colocaron Arthur Pym, Dirk Peters y el segundo de la Jane- precisamente el infortunado Patterson, cuyo cuerpo habíamos recogido entre las islas del Príncipe Eduardo y de Tristán de Acunha.
El animal era un oso de la especie ártica: medía quince pies de largo, la piel era dura y de perfecta blancura, y el hocico redondo como el de un boudelogue. Varios balazos que le tiraron no lograron derribarle.
Después de arrojarse a la mar, la monstruosa bestia salió hacia la embarcación y, apoyándose en ella, la hubiera hecho naufragar si Dirk Peters, lanzándose contra él, no le hubiera hundido el cuchillo en la médula espinal. El oso arrastró al mestizo, y fue necesario arrojar a éste una cuerda para subirle a bordo.
Conducido al puente de la Jane, el oso, excepción de su talla, no presentaba nada anormal que pudiera permitir que se lo colocara entre los extraños cuadrúpedos señalados por Arthur Pym en las regiones australes.
Dicho esto, volvamos a la Halbrane.
La brisa del Norte, que nos había abandonado, no volvió a soplar, y únicamente la corriente arrastraba la goleta hacia el Sur. De aquí un retraso que nuestra impaciencia encontraba insoportable.
En fin, el 21 la observación dio 82º 50’ de latitud, y 42º 20’ de longitud Oeste.
El islote Bennet-si existía-no podía estar ya muy lejos.
Sí. Este islote existía, y en el sitio indicado por Arthur Pym.
Efectivamente: a las seis de la tarde el grito de uno de los vigías anunció tierra a babor.