La esfinge de los hielos

Julio Verne · Capítulo 49 de 58

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La esfinge de los hielos

Dirk Peters no pareció.

¿Había, pues, quedado junto a la canoa; era probable, aunque inútil, pues nuestra embarcación no corría el riesgo de ser robada en aquel tiempo de nieblas.

–¿Es que nadie ha visto a Dirk Peters durante, el día?preguntó el capitán Len Guy.

–Nadie- respondió el contramaestre.

–¿Ni al mediodía en la comida?

–No, capitán, y, sin embargo, él no debía de tener provisiones.

–¿Le habrá, pues, sucedido alguna desgracia?

–¡No es de temer!– exclamó el contramaestre.– Aquí Dirk Peters está en su elemento, y en medio de las brumas debe sentir la despreocupación de un oso polar… ¡Ya ha salido con bien una vez…, y saldrá otra!

Dejé hablar a Hurliguerly, sabiendo bien por qué el mestizo se mantenía aparte. En todo caso, desde el momento en que Dirk Peters se obstinaba en no responder, y los gritos del contramaestre habían debido llegar hasta él, era imposible ponerse en su busca.

Aquella noche estoy seguro que, salvo Endicott, tal vez, nadie pudo dormir. Se ahogaba uno bajo las tiendas, en las que faltaba oxígeno.

Además, más o menos, todos sentíamos una impresión muy particular, especie de presentimiento extraño, como si nuestra situación fuera a modificarse para mejor o peor, admitiendo que pudiera empeorar.

La noche transcurrió sin alarma, y a las seis de la mañana todos salieron fuera a respirar un aire más saludable.

El mismo estado meteorológico que la víspera, con brumas de extraordinaria densidad. Se advirtió que el barómetro había subido demasiado aprisa, es cierto, para que la altura, se tomara en serio. La columna marcaba 767 milímetros, el máximum a que había llegado desde que la Halbrane pasó el círculo antártico.

Otros indicios había también que debíamos tener en cuenta.

El viento, que refrescaba-viento del Sur desde que habíamos pasado el polo austral-, no tardó en soplar con violencia brisa de dos rizos, como dicen los marinos. Los ruidos de fuera se oían ya más distintamente al través del espacio barrido por las corrientes atmosféricas.

A eso de las nueve el ice-berg se descubrió repentinamente de su sombrero de vapores.

¡Indescriptible cambio de decoración, que una varita mágica no

hubiera realizado en menos tiempo ni con mayor resultado!

En pocos instantes el cielo quedó descubierto hasta los últimos límites del horizonte, y la mar reapareció iluminada por los oblicuos rayos del sol que no la dominaba más que en algunos grados. Tumultuosa resaca bañaba de blanca espuma la base de nuestro ice-berg, que derivaba, juntamente con multitud de montañas flotantes, bajo la doble acción del

viento y de la corriente, dirigiéndose hacia el Estenordeste.

–¡Tierra!…

Este grito fue lanzado desde la cúspide del islote, y a nuestras miradas se mostró Dirk Peters en pie sobre el último bloque y con la mano extendida hacia el Norte.

El mestizo no se engañaba. La tierra está vez… ¡Sí! Era la tierra, mostrando a tres o cuatro millas sus alturas lejanas de un tinte negruzco.

El punto obtenido por doble observación a las diez y media dio este resultado:

Latitud, 86º 12’. Sur.

Longitud, 114º 17’ Sur.

El ice-berg se encontraba cerca de cuatro grados más allá del polo antártico, y de las longitudes occidentales que nuestra goleta había seguido sobre el itinerario de la Jane habíamos pasado a las longitudes orientales.