La esfinge de los hielos
de la vida.
–Buenos días, señor Jeorling, buenos días-me dijo.
En las regiones australes y en la época del año a que me refiero, no sería propio dar las buenas noches, porque no existen ni buenas ni malas.
–Buenos días, Hurliguerly- respondí dispuesto a entablar conversación con aquel alegre hablador.
–¿Cómo encuentra usted los mares que se extienden pasado el banco de hielo?
–Los compararía- respondí- a los grandes lagos de Suecia o de América. – Sí…, indudablemente… Lagos rodeados de ice-bergs, a modo de montañas. – Y añado que nada mejor podremos desear, contramaestre; y si el viaje continúa así hasta la isla Tsalal…
–¿Y por qué no hasta el polo, señor Jeorling?
–El polo… Está muy lejos… Y no se sabe lo que allí habrá.
–Se sabrá, cuando se llegue a él- respondió el
contramaestre.– Es el único modo de saberlo.
–Conformes, Hurliguerly. Pero la Halbrane no ha partido para descubrir el polo Sur. Mi opinión es que, si el capitán Len Guy consigue repatriar a vuestros compatriotas, habrá cumplido su misión, y no creo que pretenda más.
–Conformes, señor Jeorling, conformes. Sin embargo, cuando se encuentre a 390 o 400 millas del polo, ¿no le acometerá la tentación de ver el extremo del eje sobre el que la Tierra gira como un pollo en el asador?– respondió riendo el contramaestre.
–¿Vale eso la pena de correr a nuevos peligros, e interesa tanto llevar hasta ese punto la pasión de las conquistas geográficas?
–Sí y no, señor Jeorling. Por mi parte, confieso que haber ido más lejos que los navegantes que nos han precedido, más lejos tal vez que los que nos sigan, sería cosa que halagaría mi amor propio de marino.
–Sí. Usted piensa que mientras quede algo que hacer no se ha hecho nada.
–Exactamente, señor Jeorling; y si se nos propusiera ir a algunos grados más allá de la isla Tsalal, no sería yo el que me negase.
–No creo que el capitán piense nunca…
–Ni yo- respondió el contramaestre-, e imagino que, en cuanto recoja a su hermano y a los marineros de la Jane, se apresurará a conducirlos a
Inglaterra.
–Es lo más probable y lo más lógico, Hurliguerly. Además, que si los tripulantes antiguos son gente dispuesta a ir donde se les lleve, creo que los nuevos rehusarían. No han sido reclutados para una campaña tan larga y tan peligrosa como la que les arrastraría hasta el polo.
–Tiene usted razón, señor Jeorling, y para decidirlos sería preciso el cebo de una buena prima por cada paralelo franqueado más allá de la isla Tsalal.
–Y aun así no es seguro que fueran- respondí.
–No, pues Hearne y los reclutados en las Falklands, que forman la mayoría a bordo, esperaban que no se llegaría a franquear el banco de hielo y que la navegación no pasaría del círculo antártico. ¡Ya se quejan al verse tan lejos! En fin, no sé el giro que tomarán las cosas, pero ese Hearne es hombre sospechoso y yo le vigilo.
Tal vez habría en esto, efectivamente, si no un peligro, por lo menos una complicación para el porvenir.
Durante la noche- lo que debió ser la noche del 19 al 20-, mi sueño fue turbado un instante por extraña pesadilla.
Creo deber apuntarla en esta relación, porque prueba una vez más los recelos de que mi cerebro empezaba a estar turbado.
El tiempo era aun frío, y yo, después de acostarme, me envolvía en mis mantas. Generalmente, el sueño, que se apoderaba de mí hacia las nueve de la noche, duraba sin interrupción hasta las cinco de la mañana.
Dormía, pues-serían las dos de la madrugada-, cuando fui despertado por una especie de queja continuada. Abrí, o creí abrir los ojos. Las maderas de las ventanas estaban cerradas, y mi camarote sumido en honda obscuridad.
Presté oído, y me pareció que una voz desconocida murmuraba estas palabras:
–¡Pym!… ¡Pym!… ¡El pobre Pym!
Evidentemente aquello no podía ser más que una alucinación, a menos que alguien se hubiera introducido en mi camarote, cuya puerta no estaba cerrada con llave.
–¡Pym!– continuó la voz.– Es preciso… ¡es preciso no olvidar jamás al pobre Pym!
Aquella vez yo percibí distintamente estas palabras murmuradas a mi oído. ¿Qué significaba tal recomendación, y por qué se me dirigía? ¡No olvidar a ArthurPym! Pero después de regresar a América, ¿no había fallecido de muerte repentina y deplorable, de la que nadie conocía las circunstancias ni los detalles?
Comprendí entonces que mi razón no estaba serena, y me desperté con la idea de que acababa de ser víctima de intensa pesadilla, debida a alguna alteración cerebral.
Salté del lecho y abrí las maderas de una de las ventanas de mi camarote.