La esfinge de los hielos

Julio Verne · Capítulo 14 de 58

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La esfinge de los hielos

Desgraciadamente no la podré aprovechar.

Efectivamente: había tomado la resolución de no abandonar la goleta.

Terminada la escala, ella pondría el cabo hacia las Falklands, donde se efectuarían los preparativos necesarios para una expedición por los mares antárticos. Iría, pues, hasta las Falklands, donde encontraría, sin sufrir gran retraso, navío en que embarcarme para América, y seguramente el capitán Len Guy no rehusaría conducirme allí.

El ex cabo me dijo entonces, manifestando alguna contrariedad: -En fin, no he visto el color de los cabellos ni del rostro del capitán. – No creo que tenga la intención de venir a tierra, señor Glass.

–¿Está enfermo?

–No, que yo sepa. Pero poco le importa a usted, pues su lugarteniente le reemplaza.

–¡Oh, poco hablador es! Dos palabras que se le arrancan de tarde en tarde. Por fortuna, las piastras salen más fácilmente de su bolsillo que las palabras de su boca.

–Eso es lo importante, señor Glass. – ¿Cómo se llama usted, caballero?

– Jeorling, del Connecticut. – Bien. Ya sé su nombre de usted, mientras ignoro aun el

del capitán de la Halbrane. – Se llama Guy. Len Guy. – ¿Inglés?

–Sí, inglés.

–Vamos; ya hubiera podido molestarse para visitar a un compatriota.

Pero, espere usted, yo he tenido relaciones con un capitán de ese nombre. Guy… Guy…

–¿William Guy?-pregunté vivamente.

–Justo. William Guy.

–¿El que mandaba la Jane?

–En efecto; la Jane.

–¿Una goleta inglesa que vino a hacer escala en Tristán de Acuhna hace once años?

–Once años, señor Jeorling. Hacía ya siete que yo estaba en la isla, donde me había encontrado al capitán Feffrey del Berwick, de Londres, en el año 1824. Recuerdo a William Guy como si le tuviera delante. Un valiente, de carácter franco, y al que entregué un cargamento de pieles de foca. Tenía aspecto

de gentleman; un poco altivo, pero de buen natural.

–¿Y la Jane?– le pregunté.

–La veo ahora en el mismo sitio en que la Halbrane está anclada en el fondo de la bahía. Un lucido barco de 180 toneladas, con la proa afilada. Iba a Liverpool.

–Sí, esto es verdad. Todo esto es verdad- repetía yo.

–Y ¿continúa la Jane navegando, señor Jeorling?

–No, señor Glass.

–¿Es que ha perecido?

–Sí, señor; y la mayor parte de su tripulación ha desaparecido con ella.

–Y ¿cómo ha sucedido esa desgracia, señor Jeorling?

–Al salir de Tristán de Acuhna la Jane se dirigió a las islas Auroras, y otras que William Guy esperaba reconocer, según noticias.

–Que yo mismo le di, señor Jeorling- dijo el ex cabo.– Y ¿ha descubierto la Jane esas otras islas?

–No-, ni tampoco las Auroras, por más que William Guy permaneció durante varias semanas en aquellos parajes, corriendo de Este a Oeste y con un vigía a la punta del palo mayor.

–Preciso es, pues, que se haya equivocado; pues a creer a varios balleneros que no pueden ser considerados como sospechosos, esas islas existen, y hasta se trataba de darlas mi nombre.

–Lo que hubiera sido justo- respondí yo amablemente.

–Y será fastidioso si se llega a descubrirlas algún díaañadió el

gobernador con tono que denotaba una buena dosis de vanidad.

–Entonces- continué- el capitán William Guy quiso realizar un proyecto madurado desde hacía largo tiempo, y al que le arrastraba cierto pasajero que iba a bordo de la goleta.

–Arthur Gordón Pym- exclamó Glass- Y su compañero, un tal Dirk Peters, que habían sido recogidos en el mar por goleta.

–¿Los ha conocido usted, señor Glass?– pregunté vivamente.

–¡Sí los he conocido, señor Jeorling!… ¡Oh! Arthur Pym era un singular personaje, siempre ávido de lanzarse a aventuras. Un audaz americano capaz de partir para la luna. ¿No habrá ido a ella por casualidad?

–No, señor Glass; pero, según parece, y durante su viaje, la goleta de William. Guy ha franqueado el círculo polar, y ha avanzado más allá que ningún otro navío.

–¡He aquí una prodigiosa campaña!– exclamó Glass.

–Sí, pero desgraciadamente la Jane no ha vuelto.

–De modo, señor Jeorling, que Arthur Pym y Dirk Peters, una especie de mestizo indiano de tan terrible fuerza que seis hombres no le hubieran podido derribar, ¿habrán perecido?

–No, señor Glass. Arthur Pym y Dirk Peters han podido escapar a la catástrofe de que la Jane y la mayor parte de sus hombres fueron víctimas, y han vuelto a América. Ignoro de qué manera. Después de su regreso, Arthur Pym ha muerto en no sé qué circunstancias. En cuanto a Dirk Peters, después de retirarse al fondo de Illinois, ha partido un día sin

prevenir a nadie y sin dejar rastro.

–¿Y William Guy?– preguntó Glass.

Referíle cómo el cadáver de Patterson, el segundo de la Jane, acababa de ser recogido por nosotros sobre un témpano, y añadí que todo hacía creer que el capitán de la Jane y cinco de sus compañeros existían aun en una isla de las regiones australes a menos de siete grados del polo.

–¡Ah, señor Jeorling!– exclamó Glass.– ¡Permita Dios que algún día se pueda salvar a William Guy y sus compañeros, que me han parecido excelentes personas!

–Es lo que la Halbrane va a intentar en cuanto esté en situación de acometer la empresa, pues su capitán, Len Guy, ¡es el propio hermano

de William Guy!

–¡Imposible, señor Jeorling!– exclamó Glass.– Aunque yo no conozco al capitán Len Guy, me atrevo a afirmar que no se parecen los dos hermanos…, al menos en la manera de portarse con el gobernador de Tristán de Acunha.

Vi que al ex cabo le mortificaba mucho la indiferencia de Len Guy, que no lo había visitado. ¡Calcúlese! ¡El soberano de aquella isla independiente, el dominio del cual se extendía hasta las dos islas vecinas, Inaccesible y Nightingale! Pero él se consolaba, sin duda, con la idea de vender su mercancía un 25 por 100 más cara de lo que valía.

Lo cierto es que el capitán Len Guy no manifestó en ningún instante deseo de desembarcar, cosa tanto más singular cuanto que no debía ignorar que la Jane había hecho escala en la parte Noroeste de Tristán de Acunha antes de partir hacia los mares australes, y parecía indicado que se pusiera en relaciones con el último europeo que había estrechado la mano de su hermano.

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No obstante, Jem West y sus hombres fueron los únicos que bajaron a tierra, y con el mayor apresuramiento se ocuparon de descargar el mineral de estaño y de cobre que formaba el cargamento de la goleta, y en seguida de embarcar las provisiones, llenar las cajas de agua, etc., etc.

Durante, todo este tiempo el capitán Len Guy permaneció a bordo, sin subir al puente, y por el tragaluz vidriado de su camarote yo le veía inclinado constantemente sobre su mesa.

Sobre ésta había mapas desplegados y libros abiertos. No había que dudar que los primeros fuesen de las regiones australes, y los segundos narrasen los viajes de los precursores de la Jane en las misteriosas regiones de la Antártida.

Sobre la mesa había también un libro, cien veces leído, del que la mayor parte de las páginas estaban dobladas, y los márgenes llenas de múltiples notas, escritas con lápiz.

Y sobre la cubierta brillaba este título, como impreso con letras de fuego: