La esfinge de los hielos
El capitán se levantó.
Hunt, siempre en silencio, colocó la tabla sobre su espalda y continuamos nuestro camino.
Terminada la exploración del islote, nos dirigimos apresuradamente al sitio en que la canoa había quedado, y a las dos y media de la tarde estábamos a bordo.
El capitán Len Guy quiso prolongar la estancia en aquel punto hasta el siguiente día, con la esperanza de que se establecieran los vientos del Norte, lo que era de desear, pues no se podía pensar en remolcar la Halbrane con sus embarcaciones hasta la isla Tsalal. Aunque la corriente ayudase, no hubieran bastado dos días para aquella travesía de 30 millas.
Aparejóse, pues, al despuntar el día. A las tres de la madrugada empezó a soplar ligera brisa, con lo que se pudo esperar que la goleta tocaría sin gran retraso al supremo objeto de su viaje.
A la seis y media de la mañana del 23 de Diciembre, la Halbrane abandonó el anclaje del islote Bennet, poniendo el cabo al Sur.
No era dudoso que habíamos recogido un nuevo y afirmativo testimonio de la catástrofe que tuvo por teatro a la isla Tsalal.
La brisa que nos empujaba era muy débil, y a menudo las velas deshinchadas golpeaban en los mástiles. Por fortuna, un sondaje indicó que la corriente se propagaba invariablemente hacia el Sur. Verdad que, dada la lentitud de la marcha, el capitán Len Guy no debía ver el yacimiento de la isla Tsalal antes de treinta y seis horas.
Durante aquel día observo muy atentamente las aguas del mar, que me parecieron de un azul menos obscuro que a Arthur Pym.
Tampoco habíamos encontrado ninguno de aquellos erizos de líneas rojas que fueron recogidos a bordo de la Jane, y el semejante de ese monstruo de la fauna austral, un animal de tres pies de largo y seis pulgadas de alto, con cuatro patas cortas y pies terminados en garras de color de coral, cuerpo sedoso y blanco, cola de ratón, cabeza de gato, orejas de perro y dientes rojos. Por lo demás, yo siempre consideré gran parte de estos detalles como sospechosos y únicamente debidos a un exceso de imaginación.
Sentado en la popa, con el libro de Edgard Poe en la mano, yo leía, no sin advertir que Hunt, cuando su servicio le llamaba cerca de donde yo estaba, me miraba con singular obstinación.
Precisamente estaba yo en el final del capítulo XVII, en el que Arthur Pym se reconocía responsable de los tristes y sangrientos sucesos, que fueron el resultado de sus consejos. Él fue, en efecto, quien venció las dudas del capitán Len Guy, arrastrándole a aprovechar una ocasión tan tentadora para resolver el gran problema, relativo a un continente antártico. Por lo demás, aceptando está responsabilidad, ¿no se felicitaba de haber sido la causa de un descubrimiento y haber servido en alguna forma para poner ante los ojos de la ciencia uno de los más entusiasmadores secretos que jamás hayan atraído su atención?
Durante aquel día vimos gran número de ballenas. Igualmente innumerables albatros, con el vuelo siempre hacia el Sur. Témpanos,
ninguno. Por cima de los extremos límites del horizonte, no se distinguía ni aun la reverberación del blink de los ice-fields.
El viento no marcaba tendencia a refrescar, y algunas brumas velaban el sol.
Eran las cinco de la tarde, cuando los últimos perfiles del islote Bennet se borraron. ¡Qué poco camino habíamos hecho desde la mañana!
La brújula, observada de continuo, no daba más que una insignificante variación, lo que confirmaba la relación de Edgard Poe.
Diversos sondajes no nos dieron fondo, por más que el contramaestre emplease sondas de 200 brazas. Era una suerte que la dirección de la corriente permitiese a la goleta adelantar poco a poco hacia el Sur, con velocidad de media milla solamente.
Desde seis el sol desapareció tras la opaca cortina de las brumas, más allá de la que continuó describiendo su larga espiral descendente.
La brisa no se dejaba sentir; contrariedad que no soportábamos sin vivísima impaciencia. ¿Qué hacer si estos retrasos se prolongaban, si el viento cambiaba? Aquella mar no debía de estar al abrigo de las tempestades, y una borrasca que arrojase la goleta hacia el Norte hubiera ayudado el juego de Hearne y de sus compañeros, justificando, hasta cierto punto, sus quejas.
No obstante, pasada la media noche el viento refrescó y la Halbrane pudo avanzar una docena de millas.
Al siguiente día, 24, el punto dio 83º 2’ de latitud y 43º 5’ de longitud.
La Halbrane se encontraba, pues, a diez y ocho minutos de arco del yacimiento de la isla Tsalal, o sea menos de un tercio de grado o 20