La esfinge de los hielos
Capítulo XIV
UNA VOZ EN UN SUEÑO.
¿Enteramente libre de hielos? No. Esto sería afirmar demasiado. A lo lejos aparecían algunos ice-bergs; drifts y packs derivaban todavía hacia el Este. Sin embargo, el deshielo se había efectuado por completo en esta parte, y la mar estaba lo bastante libre para que un barco pudiera navegar por ella.
No había duda que en estos parajes, remontando el ancho brazo de mar, especie de canal abierto al través del continente antártico, fue donde hicieron escala los barcos de Weddell a los 74º de latitud, que la Jane debía pasar en unas 600 millas.
–Dios nos proteja- me dijo el capitán Len Guy- y se dignó conducirnos a nuestro objeto.
–Dentro de ocho horas-respondí,-nuestra goleta tal vez estará a la vista de la isla Tsalal.
–Sí…, a condición de que persistan los vientos del Este, señor Jeorling.
Pues no olvide usted que, costeando el banco de hielo hasta la extremidad oriental, la Halbrane se ha
separado de su itinerario, y es preciso llevarla hacia el Oeste.
–La brisa nos favorece, capitán.
Y nosotros la aprovecharemos, pues mi intención es dirigirme al islote Bennet. Allí es donde mi hermano William ha desembarcado primeramente. Desde que veamos ese islote estaremos seguros de ir por buen camino.
–¡Quién sabe si en él recogeremos nuevos indicios, capitán!
–Es posible, señor Jeorling. Hoy, pues, cuando yo tome la altura y reconozca exactamente nuestra posición, pondremos el cabo hacia el islote Bennet.
Claro es que había ocasión para consultar al guía más seguro que se encontraba a nuestra disposición. Me refiero al libro de Edgard Poe, en realidad a la verídica relación de Arthur Gordón Pym.
Hube de leerle de nuevo con todo el cuidado que merecía; he aquí lo que yo deduje.
No había duda de que la Jane hubiera descubierto y acostado la isla Tsalal, ni tampoco sobre la existencia de los seis sobrevivientes al
naufragio, en la época en que Patterson había sido arrastrado a la superficie del témpano en derivación. Esta era la parte real, cierta, indudable.
Pero la otra parte, ¿no debía de considerarse como pura imaginación del novelista, imaginación excesiva, poco ordenada, como lo prueba el retrato que hace de sí mismo? Y ante todo, ¿conviene dar por ciertos los extraños hechos que él pretende haber observado en el seno de la lejana Antártida?
¿Debía admitirse la existencia de aquellos hombres y de aquellos animales extraordinarios? ¿Era cierto que el suelo de la isla fuera de naturaleza especial y sus aguas corrientes de composición particular?
¿Existían aquellos abismos jeroglíficos cuyo dibujo hacía Arthur Pym?
¿Era creíble que la vista del color blanco producía espanto a los insulares? Después de todo, ¿por qué no, puesto que lo blanco, el traje del invierno, el color de las nieves, les anunciaba la proximidad de la mala estación, que debía encerrarles en una prisión de hielo? ¿Qué pensar de aquellos fenómenos insólitos señalados más allá, de los vapores grises del horizonte, de las tinieblas del espacio, de la luminosa transparencia de las profundidades pelágicas, en fin, de la aérea catarata y de aquel gigante blanco que se erguía en los umbrales del polo?
Sobre esto me reservaba mi opinión, y esperaba. Respecto al capitán Len Guy, se mostraba indiferente a todo lo de la relación de Arthur Pym que no se refería directamente a los abandonados en la isla Tsalal, pues la salvación de éstos era su única y constante preocupación.
Puesto que tenía ante mis ojos la relación de Arthur Pym me prometía hacer su crítica poco a poco, separar lo verdadero de lo falso, lo real de lo ficticio; y tenía la convicción de que no encontraría señal de aquellas cosas extrañas que, en mi opinión, habían debido ser inspiradas por la imaginación sugestiva del poeta americano.
El 19 de Diciembre, nuestra goleta se encontraba, pues, a grado y medio más al Sur que la Jane diez y ocho días más tarde. De aquí la conclusión que las circunstancias- estado de la mar, dirección del viento, precocidad de la buena estaciónnos habían sido en extremo favorables.
Una mar libre- o por lo menos navegable- se extendió ante el capitán
Len Guy, como se había extendido ante el capitán William Guy, y tras ellos el banco de hielo desarrollaba de Noroeste a Nordeste sus enormes masas solidificadas.
En primer lugar, Jem West quiso reconocer si la corriente tenía la dirección Sur en aquel brazo de mar, como indicaba Arthur Pym.
Obedeciendo sus órdenes, el contramaestre envió al fondo una cuerda de 200 brazas con suficiente peso, y se pudo advertir que la dirección era la misma, y por tanto, favorecía la marcha de nuestra goleta.
A las diez, y al mediodía, se practicaron las observaciones con gran exactitud, mostrándose el cielo de una pureza extraordinaria. Los cálculos dieron: 74º 45’ por latitud y- lo que no podía sorprendernos-39º 15’ de longitud.
La vuelta que nos había impuesto el costear el banco de hielo, la necesidad de doblarle por su extremidad oriental, habían obligado a la Halbrane a apartarse de su camino unos cuatro grados al Este.
Establecida su situación, el capitán Len Guy hizo poner el cabo al Suroeste a fin de volver al meridiano 43, mientras adelantaba hacia el Sur.
No he de recordar que las palabras mañana y noche, de las que me serviré a falta de otras, no indican ni el nacimiento ni la postura del sol.
El disco radiante, describiendo espiral no interrumpida por encima del horizonte, no cesaba de alumbrar el espacio. Algunos meses después desaparecía. Sin embargo, durante el frío y sombrío período del invierno antártico, el cielo estaría casi diariamente iluminado por las auroras polares. Tal vez seríamos más tarde testigos de aquellos fenómenos de inexplicable esplendor, donde la influencia eléctrica se manifiesta con tanto poder.
Según la relación de Arthur Pym del 1º al 4 de Enero del año 1828, la travesía de la Jane no se efectuó sin graves complicaciones debidas al mal tiempo. Una fuerte tempestad del Nordeste lanzó contra ella témpanos que la rompieron el timón.
Encontró el camino cerrado por un espeso banco de hielo que felizmente se abrió para dejarla paso. En la mañana del 5 de Enero, por 73º 15’ de latitud franqueó los últimos obstáculos. La temperatura del aire era para ella de 33º (0º 56
c. sobre cero), y para nosotros se elevaba a 49º (9º 44’ c. sobre cero). En
cuanto a la desviación de la brújula, era idéntica: 14º 28’ al Este.
Un último dato para indicar matemáticamente la diferencia en la situación respectiva de las dos goletas en aquella fecha. Del 5 al 19 de Enero tardó la Jane en recorrer los 10º, o sea las 600 millas que la separaban de la isla Tsalal, mientras que la Halbrane el 19 de Diciembre no se encontraba más que a unos siete grados, o sea a 400
millas. Si el viento se mantenía de aquel lado, no pasaría la semana sin que hubiera llegado a dicha isla por lo menos al islote Bennet, 30 millas más cerca, en el que el capitán Len Guy pensaba hacer escala durante veinticuatro horas.
La navegación seguía en excelentes condiciones. Apenas si había que evitar algunos témpanos que las corrientes arrastraban al Suroeste con velocidad de un cuarto de milla por hora. Nuestra goleta les pasaba sin gran trabajo. Aunque la brisa fuera viva, Jem West había colocado las velas altas, y la Halbrane se deslizaba suavemente por una mar poco agitada. No veíamos ninguno de esos ice-bergs que Arthur Pym veía en aquella latitud, y alguno de los cuales medían una altura de 100 brazas, al principio de fundirse, es cierto.
La tripulación no se veía obligada a maniobrar en medio de las nieblas que molestaban la marcha de la Jane. No sufrimos los rafales de nieve que algunas veces asaltaron a aquella, ni las bajas de la temperatura que aquellos marineros sufrieron. Únicamente raros témpanos derivaban a nuestro paso, algunos cargados de pingüinos, como turistas que navegaban a bordo de un yate de recreo, y también de negras focas.
Sobre esta flotilla volaban sucesivamente petrales, cormoranes, somormujos, colimbos y albatros de fuliginoso tinte. Sobre la mar flotaban, aquí y allá, anchos pólipos, de suaves colores, semejantes a sombrillas desplegadas. Respecto a los peces, de los que los pescadores de la goleta pudieron hacer amplia provisión, ya con sedales, ya con harpón, citaré a los corifenos, especie de dorados gigantes, de tres pies de largo, y de carne firme y sabrosa.
Al día siguiente por la mañana, después de una noche tranquila, durante la cual la brisa se había dulcificado, el contramaestre se acercó a mí con el rostro alegre, la voz fresca, como hombre que no se inquieta de las contingencias