La esfinge de los hielos
Capítulo XXIX
DIRK PETERS EN LA MAR.
La cuestión de la invernada estaba zanjada. De los treinta y tres hombres embarcados a bordo de la Halbrane a su partida de las Falklands, veintitrés habían llegado a aquella tierra, y de éstos trece acababan de huir, a fin de ganar los lugares de la pesca pasado el banco de hielo. ¡Y éstos no eran los que la suerte había designado! ¡No!…
¡Con el objeto de escapar a los rigores de una invernada, ellos habían desertado cobardemente!
Por desgracia Hearne no había arrastrado únicamente a sus camaradas. Dos de los nuestros, el marinero Burry y el maestro velero Martín Holt, se habían unido a él. Martín Holt, tal vez sin darse cuenta de lo que hacía, bajo el golpe de la espantosa revelación que el sealing-master acababa de hacerle.
En suma: la situación no había cambiado para aquellos a los que la suerte no hubiera destinado a partir. No éramos más que nueve: el capitán Len Guy, el lugarteniente Jem West, el contramaestre Hurliguerly, el maestro calafate Hardie, el cocinero Endicott, los dos marineros Francis y Stern, Dirk Peters y yo. ¡Qué pruebas nos reservaba aquella invernada, ahora que se aproximaba el terrible invierno polar! ¡Que espantosos fríos íbamos a sufrir, más rigurosos que en otra cualquier parte del globo terrestre, envueltos en permanente noche de seis meses! ¡No se podía, sin espanto, pensar en la energía física y moral que sería precisa para resistir en aquellas condiciones tan fuera de la humana resistencia!
Y, sin embargo, al fin de cuenta, ¿era mejor la situación de los que nos habían abandonado? ¿Encontrarían la mar libre hasta el banco de hielo? ¿Conseguirían llegar al círculo antártico? Y más allá,
¿encontrarían los últimos barcos de pesca? ¿No les faltarían las provisiones en el curso de una travesía de un millar de millas? ¿Qué había podido llevar la canoa, ya muy cargada con el peso de trece hombres?
Sí… ¿Quiénes estaban más amenazados: ellos o nosotros?…
Sólo el porvenir podía responder a esta pregunta.
Cuando la embarcación hubo desaparecido, el capitán Len Guy y sus compañeros, remontando la punta, volvieron hacia la caverna. Allí, envueltos en noche interminable, íbamos a pasar todo aquel tiempo, durante el cual nos estaría prohibido poner el pie fuera.
Ante todo pensé en Dirk Peters, al que habíamos dejado atrás después del disparo hecho por Hearne, mientras que nosotros nos apresurábamos a ganar la otra Punta.
Al volver a la caverna no vi al mestizo. ¿Habría, pues, sido herido gravemente? ¿Tendríamos que lamentar la muerte de aquel hombre que nos era tan fiel como lo había sido al pobre Pym?
Yo esperaba, todos esperábamos que su herida no ofreciera gravedad.
Pero era menester curarle, y Dirk Peters había desaparecido.
–Busquémoslo, señor Jeorling- exclamó el contramaestre.
–Vamos- respondí.
–Iremos juntos- dijo el capitán Len Guy.– Dirk Peters era de los nuestros… Nunca nos hubiera abandonado, y nosotros no le abandonaremos.
–¿Querrá volver el desdichado- hice observar- ahora que su secreto es conocido?
Manifesté a mis compañeros la razón de que en el relato de Arthur Pym, el nombre de Ned Holt se hubiera cambiado por el de Parker, y en qué circunstancias me había el mestizo informado de ello. Además, hice valer todo lo que había en descargo de su acción.
–Hearne- declaré- ha dicho que Dirk Peters había matado a Ned Holt…
Sí… Es verdad… Ned Holt se había embarcado en el Grampus, y su hermano Martín Holt ha podido creer que había perecido, ya en la rebelión, ya en el naufragio… Pues, bien; no. Ned Holt había sobrevivido con Augusto Barnard, Arthur Pym y el mestizo, y bien pronto los cuatro sufrieron las torturas del hambre. Preciso era sacrificar a uno de ellos… El que la suerte designara. Se echó a pajas. A Ned le fue adversa la fortuna… Cayó bajo el cuchillo de Dirk Peters…
Pero si la suerte hubiera designado al mestizo, éste hubiera servido de presa a los otros.
El capitán Len Guy hizo entonces la observación siguiente:
–¿Dirk Peters no había confiado su secreto a nadie más que a usted, señor Jeorling?
–A mí únicamente, capitán…
–¿Y usted lo ha guardado?
–En absoluto.
–No me explico entonces cómo Hearne ha podido descubrirle.
–Primero he pensado- respondí- que tal vez Dirk Peters había hablado en sueños, y que, merced a la casualidad, Hearne conocía el secreto.
Después mis reflexiones me han hecho recordar la circunstancia siguiente: Cuando el mestizo me refirió la escena del Grampus; cuando me manifestó que Parker era Ned Holt, se encontraba en mi camarote, cuya vidriera lateral estaba abierta. Hay, pues, motivo para sospechar que nuestra conversación fue sorprendida por el hombre que entonces estaba en el timón… Y precisamente este hombre era Hearne, que para oír mejor, sin duda, había abandonado el timón, tanto que la Halbrane sufrió un choque…
–Lo recuerdo- dijo Jem West-, y yo regañé al miserable y lo envié al fondo de la cala.
–Pues bien, capitán- añadí.– Desde aquel día Hearne procuró estrechar sus relaciones con Holt; Hurliguerly me lo ha hecho notar.
–Efectivamente- dijo el contramaestre-, y sin duda Hearne, que se consideraba incapaz para dirigir la canoa, de la que pensaba apoderarse, tenía necesidad de un maestro como Martín Holt.
–También- añadí- no cesaba de excitar a Holt para que éste preguntase al mestizo sobre la suerte de su hermano, y usted sabe en qué condiciones él le descubrió el espantoso secreto… ¡Martín Holt pareció enloquecer por la revelación!… Los otros le arrastraron… y ahora…
está con ellos…
Todos convinieron en que así debían de haber pasado las cosas.
En fin, la verdad era conocida; ¿y no era de temer, dada la disposición de espíritu en que Dirk Peters debía de encontrarse, que quisiera sustraerse a nuestros ojos? ¿Consentiría en volver con nosotros?
Todos, inmediatamente, habíamos abandonado la caverna, y una hora después encontramos al mestizo.
Al vernos, su primer movimiento fue de huir. Al fin, Hurliguerly y Francis consiguieron aproximarse a él, que no hizo resistencia. Yo le
hablé-, los demás me imitaron, el capitán Len Guy le tendió la mano.
Primero dudó en tomarla. Después, sin pronunciar una palabra, volvió a la playa.
Desde aquel día entre él y nosotros no se habló nunca de lo que había pasado a bordo del Grampus.
La herida del mestizo no tenía importancia. La bala no había hecho más que penetrar en la parte superior de su brazo izquierdo, y se consiguió extraerla con la sola presión de la mano. Se aplicó una venda formada de un trozo de vela sobre la herida, y él se puso su blusa, y desde el siguiente día, sin manifestar molestia alguna, volvió a sus habituales tareas.
En vista de una larga invernada, organizamos nuestra instalación.
El invierno amenazaba, y hacía algunos días que apenas si el sol se mostraba al través de las nubes. La temperatura bajó a 36º (2º 22 c.
sobre cero), y no debía elevarse. Los rayos solares, alargando desmesuradamente las sombras sobre el suelo, no daban calor alguno.
El capitán había hecho que nos pusiéramos nuestros vestidos de lana, sin esperar a que el frío fuera más riguroso.
Entretanto los ice-bergs, los packs, los streams, los drifs, venían del Sur en gran número; y aunque algunos se arrojaban aun sobre el litoral, ya cubierto de témpanos, la mayor parte desaparecían en la dirección del Nordeste.
–Todos esos pedazos- me dijo el contramaestre- son otros tantos materiales para consolidar el banco de hielo. A poco que la canoa en que van Hearne y sus miserables compañeros no les adelanten, imagino que encontrarán la puerta cerrada; y como no tendrán llave con que abrirla…
–¿De modo, Hurliguerly- pregunté-, que usted piensa que corremos menos peligros invernando en esta costa que si hubiéramos tomado sitio en la canoa?
–Lo pienso y lo he pensado siempre, señor Jeorling-respondió el contramaestre.-Además, ¿sabe usted una cosa?-añadió empleando su fórmula habitual.
–Diga usted, Hurliguerly…
–Pues que los que van en la canoa se verán en situación más difícil que los que no van en ella; y lo repito, si la suerte me hubiera designado,
habría cedido mi vez a otro… Ya es algo estar en tierra firme…
Después de todo, aunque nos hayan abandonado cobardemente, no deseo la muerte de ninguno. Pero si Hearne y sus compañeros no consiguen franquear el banco polar, están condenados a pasar el invierno en medio de los hielos, reducidos a los víveres que se han llevado, con los que no tienen mas que para algunas semanas, y usted comprenderá la suerte que les espera.
–Sí…, peor que la nuestra- respondí.
–Y añado-dijo el contramaestre-que no es bastante llegar al círculo antártico; y si los balleneros han abandonado ya los lugares de pesca, no es una embarcación cargada en demasía la que podrá mantenerse en el mar hasta estar a la vista de las tierras australianas.
Esta era mi opinión, como también la del capitán Len Guy.
Auxiliada por navegación favorable, no llevando más que lo que podía llevar, con provisiones para varios meses; en fin, en todas condiciones buenas, tal vez la canoa podría efectuar el viaje… Pero ¿era así?…