Lo último que me dijo
La ayuda está de camino
Cuando decidimos que me mudara a Sausalito, Owen y yo hablamos sobre cómo hacer la transición lo más fácil posible para Bailey. Sentía intensamente, seguramente más que Owen, que no debíamos hacer que Bailey se mudara de la única casa que hacía conocido, en la que había vivido desde que tenía uso de memoria. Quería que tuviera una continuidad.
La casa flotante, con sus vigas de madera y sus ventanales, y las vistas de novela sobre el muelle Issaquah, era su continuidad. Su puerto seguro.
Pero me pregunto si eso no provocó que el cambio fuera aún más evidente: alguien que se mudaba a su lugar más preciado y no podía hacer nada para impedirlo.
Con todo, hice lo posible para no alterar el equilibrio. Su equilibrio. Incluso en la forma de mudarme a la casa intenté mantener la paz. Puse mi toque personal en nuestro dormitorio, pero lo único que redecoré aparte de eso no era siquiera una habitación, sino el porche, que abrazaba cariñosamente la parte frontal de la casa. Antes de llegar, el porche estaba vacío. Pero lo revestí de plantas en macetas, mesas de té rústicas, y fabriqué yo misma un banco para ponerlo al lado de la entrada.
Es un enorme banco mecedora recubierto de roble blanco, con cojines de rayas para estar más cómodos.
Owen y yo habíamos convertido en un ritual sentarnos en el banco juntos el fin de semana para tomarnos el café de la mañana. Era el momento de ponernos al día de todo lo que había pasado durante la semana mientras el sol salía lentamente sobre la bahía de San Francisco, calentando el banco con sus rayos. Owen se mostraba mucho más animado en aquellas conversaciones que durante la semana de trabajo, como si se fuera librando de una carga a medida que el día avanzaba, vacío y relajado.
Esa es en parte la razón por la que el banco me hace tan feliz, porque me reconforta incluso aunque solo pase a su lado. Y también el motivo por el que me llevé un susto tremendo al ver que había alguien sentado en él cuando salí a sacar la basura.
—¿Día de tirar la basura? —dice.
Me giro para encontrarme a un hombre que no reconozco apoyado en el brazo del banco, como si le perteneciera. Lleva una gorra de béisbol puesta hacia atrás y un paravientos, y se aferra a una taza de café.
—¿Puedo ayudarle? —pregunto.
—Eso espero. —Hace un gesto para señalar mis muñecas—. Pero tal vez quiera dejar eso antes.
Bajo la vista y compruebo que sigo cargando con la basura, dos pesadas bolsas, en mis manos. Las dejo en los contenedores. Luego me giro para observarlo. Es joven, tal vez apenas treinta años. Y es atractivo, hasta tal punto que una se queda desarmada, con una fuerte mandíbula, ojos negros… Es casi demasiado guapo. Pero su forma de sonreír le delata. Y él lo sabe mejor que nadie.
—Hannah, supongo —dice—. Encantado de conocerte.
—¿Quién demonios eres? —pregunto.
—Soy Grady —contesta.
Muerde el borde de la taza de café, sujetándola con los labios mientras me indica por señas que le dé un segundo. Luego se mete la mano en el bolsillo y saca algo que parece una placa. La sostiene ante mí para que la coja.
—Grady Bradford —dice—. Puedes llamarme Grady. O agente Bradford si lo prefieres, aunque me parece terriblemente formal para nuestra conversación.
—¿Y de qué tipo de conversación se trata?
—Una amistosa —dice. Entonces sonríe—. Con fines amistosos.
Estudio la placa. Presenta una estrella rodeada por un aro circular. Deseo recorrer con el dedo el aro, tocar la estrella, como si eso fuera a ayudarme a determinar si la placa es genuina.
—¿Eres agente de policía?
—Un agente federal, en realidad —responde.
—No tienes pinta de agente federal —digo.
—¿Y qué aspecto tienen? —inquiere.
—Tommy Lee Jones en El fugitivo —contesto.
Se ríe.
—Es cierto, soy más joven que algunos de mis compañeros, pero mi abuelo estaba en el servicio, así que empecé pronto —explica—. Te aseguro que entré de forma legítima.
—¿Cuál es tu función como agente federal?
Recupera la placa y se pone en pie, el banco empieza a balancearse al retirar el peso de su cuerpo.
—Bueno, principalmente investigo a personas que estafan al Gobierno de Estados Unidos —dice.
—¿Crees que mi marido ha hecho eso?
—Creo que The Shop sí lo ha hecho. Pero no, no estoy convencido de que tu marido sea responsable. Aunque tendría que hablar con él antes de poder evaluar su implicación —aclara—. Pero parece ser que él no desea mantener esa conversación.
Eso me sorprende por alguna razón. Me sobresalta como si no fuera toda la verdad, por lo menos no la razón verdadera que pueda explicar qué está haciendo Grady en mi embarcadero.
—¿Puedo volver a ver la placa? —digo.
—512-555-5393 —dice.
—¿Es ese tu número de placa?
—Es el teléfono de la oficina en la que trabajo —responde—. Llama, si quieres. Te confirmarán quién soy. Y que solo necesito unos cuantos minutos de tu tiempo.
—¿Tengo otra opción?
Me sonríe.
—Siempre hay otras opciones —dice—. Pero apreciaría de veras que pudiéramos hablar.
No tengo la sensación de más opciones, por lo menos ninguna buena. Y no sé si me gusta este Grady Bradford, con un acento que se nota que ha practicado. Pero ¿hasta qué punto podría gustarme alguien que quiere hacerme un montón de preguntas sobre Owen?
—¿Qué me dices? Estaba pensando en dar un paseo.
—¿Por qué iba a pasear contigo?
—Es un bonito día —dice—. Y te he traído esto.
Rebusca debajo del banco y saca otra taza de café, muy caliente, recién hecho en Fred’s. En un lateral de la taza aparecen escritas las palabras
«EXTRA AZÚCAR» y «TOQUE DE CANELA» en grandes letras negras.
No solo me ha traído una taza de café. Me ha traído una taza de café justo como a mí me gusta.
Aspiro el aroma del café y doy un sorbito. Es la primera sensación placentera desde que empezó todo este lío.
—¿Por qué sabes cómo me gusta el café? —pregunto.
—Un camarero llamado Benj me ayudó. Dijo que tú y Owen compráis el café allí el fin de semana. El tuyo con canela, el de Owen negro.
—Esto es una forma de soborno.
—Solo si no funciona —dice—. De lo contrario, solo es una taza de café.
Alzo la vista hacia él y tomo otro sorbo.
—¿Vamos por la acera del sol? —pregunta.
Abandonamos el muelle y caminamos hacia el sendero peatonal, dirigiéndonos hacia el centro, con las vistas al puerto de Waldo Point en la distancia.
—¿Supongo que no sabes nada de Owen? —pregunta.
Recuerdo nuestro beso de despedida al lado de su coche, ayer, lento y prolongado. Owen no estaba en absoluto nervioso, tenía una sonrisa en la cara.
—No. No le he visto desde que salió hacia el trabajo ayer.
—¿Y no ha llamado?
Niego con la cabeza.
—¿Suele llamar desde el trabajo?
—Normalmente sí —digo.
—Pero ayer no.
—Puede que lo intentara, no lo sé. Fui al edificio del ferri en San Francisco, y hay un montón de zonas sin cobertura en ese trayecto, así que…
Asiente, sin demostrar un ápice de sorpresa, casi como si ya lo supiera.
Como si estuviera jugando conmigo.
—¿Qué pasó cuando volviste? —pregunta—. ¿Del edificio del ferri?
Hago una respiración profunda y pienso un momento en ello. Pienso en decirle la verdad. Pero no sé qué hará con la información sobre la chica de doce años y la nota que me dio, sobre la nota que Owen le dejó a Bailey en el instituto, sobre la bolsa con el dinero. Hasta que aclare yo misma todo esto no voy a incluir a alguien a quien acabo de conocer.
—No estoy segura de a qué te refieres —digo—. Hice la cena para Bailey, que por cierto aborreció, y luego se fue a su ensayo de teatro. Escuché las noticias sobre The Shop en NPR mientras la esperaba en el aparcamiento del instituto. Volvimos a casa. Owen no. No pudimos dormir.
Inclina la cabeza, me observa, como si no me creyera, no del todo. No le juzgo por eso. No debería creerme. Pero parece dispuesto a dejarlo pasar.
—Entonces… no ha llamado esta mañana, ¿estoy en lo cierto? —pregunta
—. ¿Ni tampoco ha enviado un correo?
—No —respondo.
Hace una pausa, como si se le acabara de ocurrir algo.
—Es una locura cuando alguien desaparece así, ¿no? Sin explicación alguna
—comenta.
—Sí.
—Y sin embargo… no pareces muy enfadada.
Me detengo, me irrita que crea que sabe lo suficiente de mí como para emitir un juicio personal sobre cómo me siento.
—Lo siento, no era consciente de que había una forma adecuada de reaccionar cuando se hace una redada en la empresa de tu marido y este desaparece —digo—. ¿Estoy haciendo alguna otra cosa que consideres inapropiada?
Parece reflexionar un poco.
—No realmente.
Bajo la mirada hasta su dedo anular. No hay ningún anillo.
—¿Puedo suponer que no estás casado?
—No —responde—. Espera…, ¿te refieres a ahora o si he estado casado alguna vez?
—¿La respuesta sería diferente?
Sonríe.
—No.
—Bueno, si lo estuvieras, entenderías que estoy más preocupada por mi marido que por cualquier otra cosa.
—¿Sospechas que le han jugado una mala pasada?
Pienso en las notas que ha dejado Owen, en el dinero. Y en lo que me contó la chica de doce años, que se encontró a Owen en los pasillos del colegio; en la conversación de Owen con Jules. Owen sabía adónde iba. Sabía que tenía que huir. Eligió marcharse.
—No creo que se lo hayan llevado contra su voluntad, si es a eso a lo que te refieres.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué me estás preguntando, Grady? ¿Puedes ser un poco más concreto?
—Grady. Me gusta. Me alegro de que nos estemos tuteando y llamando por el nombre.
—¿Cuál es la pregunta?
—Tú sí que estás aquí, te has quedado sola recogiendo los pedazos del desastre que ha dejado. Por no hablar de que tienes que cuidar a su hija —
dice—. Eso me pondría furioso. Y no pareces estarlo. Lo cual me hace pensar que hay algo que sabes y que no me estás contando…
Su voz se endurece. Y sus ojos se oscurecen hasta que le hacen parecer lo que es: un investigador. Y de pronto me encuentro al otro lado de una línea imaginaria que él dibuja para distanciarse de la gente de la que sospecha que ha cometido alguna fechoría.
—Si Owen te dijo algo sobre su paradero, o el porqué de su huida, necesito saberlo —dice—. Es la única manera de protegerle.
—¿Es ese tu principal interés? ¿Protegerle?
—Lo es. De veras.
Suena como si fuera verdad, lo cual me enerva. Me pone más incómoda incluso que cuando adopta el modo investigador.
—Debería volver a casa.
Empiezo a apartarme de él, aunque Grady Bradford me hace perder un poco el equilibrio al encontrarse tan cerca de mí.
—Necesitas un abogado —dice.
Vuelvo a girarme hacia él.
—¿Qué?
—El caso es que —explica— te van a hacer un montón de preguntas sobre Owen, como mínimo hasta que vuelva para poder responderlas él en persona. Preguntas que no tienes obligación de contestar. Pero es más fácil evitarlas si dices que tienes un abogado.
—O puedo decir simplemente la verdad. Que no tengo ni idea de dónde está Owen. Y que no tengo nada que ocultar.
—No es tan simple. Hay gente que te ofrecerá información para que parezca que está de tu lado. Y del de Owen. Pero no es así. No están del lado de nadie más que del suyo propio.
—¿Gente como tú? —digo.
—Exactamente —dice—. Pero yo he hecho una llamada telefónica para ti esta mañana, he hablado con Thomas Shelton, un viejo amigo que trabaja en derecho de familia para el estado de California. Solo quería asegurarme de que estarás protegida en caso de que aparezca alguien caído del cielo pidiendo la custodia temporal de Bailey hasta que pase todo esto. Thomas moverá algunos hilos para garantizar que se te concede la custodia temporal.
Se me escapa una larga espiración, incapaz de disimular mi alivio. Ya se me había pasado por la cabeza que, si esta situación se prolonga demasiado, perder la custodia de Bailey es una posibilidad. No tiene más familia (sus abuelos murieron, no tiene más parientes cercanos), pero no somos
familiares de sangre. No la he adoptado. ¿Acaso no podría el estado llevársela en cualquier momento? Por lo menos hasta que determinen dónde está su único tutor legal y por qué ha abandonado a su hija.
—¿Y tiene la autoridad para hacerlo? —pregunto.
—Sí. Y lo hará.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Porque se lo he pedido —contesta.
—¿Por qué haces eso por nosotras?
—Para que confíes en mí cuando te digo que lo mejor que puedes hacer por Owen es pasar desapercibida y buscarte un abogado —explica—. ¿Conoces alguno?
Pienso en el único abogado que conozco en la ciudad. Y en las pocas ganas que tengo de hablar con él, especialmente ahora.
—Desgraciadamente —digo.
—Llama a tu abogado entonces. O a tu abogada.
—Abogado —aclaro.
—Bien, pues llámale. Y mantén un perfil bajo.
—¿Quieres volver a repetirlo? —pregunto.
—No, ya he dicho bastante.
Entonces algo cambia en su rostro y se abre paso una sonrisa. El modo investigador aparentemente ha quedado atrás.
—Owen no ha usado ninguna tarjeta de crédito, cheque, nada, en las últimas veinticuatro horas. Y no lo hará. Es demasiado listo, o sea, que puedes dejar de llamarle porque estoy seguro de que se ha deshecho del móvil.
—Entonces, ¿por qué me has preguntado si me ha llamado?
—Porque podría haber usado otro teléfono —dice—. Uno desechable. De los que no son fáciles de localizar.
Teléfonos desechables, pruebas documentales. ¿Por qué está intentando Grady hacer que Owen parezca un genio criminal?
Empiezo a formular una pregunta, pero pulsa un botón del llavero y los intermitentes de un coche al otro lado de la calle se iluminan, cobrando vida.
—No te entretengo más, tienes demasiadas cosas de las que ocuparte —dice
—. Pero cuando sepas algo de Owen, dile que puedo ayudarle si me deja.
Luego me da una servilleta de Fred’s, con su nombre, «GRADY
BRADFORD», y dos números de teléfono debajo, supongo que son suyos, en uno de ellos se indica que es un móvil.
—Puedo ayudarte a ti también —dice.
Me guardo la servilleta en el bolsillo mientras cruza la calle y se mete en el coche. Empiezo a alejarme, pero, al encender el motor, se me viene algo a la cabeza y voy hacia el coche.
—Espera. ¿En qué parte concretamente? —digo.
Baja la ventanilla.
—¿En qué parte qué?
—¿En qué parte podrías ayudarme?
—En la parte fácil —dice—. Salir de esta.
—¿Cuál es la difícil?
—Owen no es quien tú crees que es —concluye.
Y luego Grady Bradford ya no está.
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