Lo último que me dijo
Todo el mundo debería hacer inventario
Esto es lo que sé.
Por la noche, antes de irse a dormir, Owen se giraba hacia el lado izquierdo y luego se acercaba a mí rodeándome el pecho con un brazo. Se quedaba dormido de ese modo, con su cara mirando mi espalda, su mano sobre mi pecho. Apacible.
Salía cada mañana a correr hasta el pie del puente Golden Gate y luego volvía a casa.
Comería Pad Thai todos los días, si tuviera la oportunidad.
Nunca se quitaba el anillo de casado, ni siquiera para ducharse. Dejaba las ventanillas del coche abiertas, daba igual que hiciera treinta y dos o menos doce grados.
Siempre, cada invierno, decía que iría a pescar bajo el hielo en el lago Washington. Pero nunca lo hizo.
No podía dejar de ver una película por muy horrible que fuera hasta que acababan de pasar los créditos.
Pensaba que el champán estaba sobrevalorado.
Pensaba que las tormentas eléctricas estaban infravaloradas.
Solo conducía coches con cambio manual. Ensalzaba las virtudes de conducir cambiando manualmente las marchas. Le ignoraban.
Tenía un miedo secreto a las alturas.
Le encantaba llevar a su hija al ballet a San Francisco.
Le encantaba llevar a su hija a excursiones en el condado de Sonoma.
Le encantaba llevar a su hija a desayunar. Él nunca desayunaba.
Podía hacer un pastel de chocolate de diez capas desde el principio.
Podía cocinar un curri de coco infame.
Tenía una máquina de café expreso La Marzocco desde hacía diez años que todavía guardaba en la caja original.
Y había estado casado antes. Había estado casado con una mujer cuyo padre defendía a hombres malvados, aunque él creyera un tanto simplista denominarlos de ese modo, aunque le pareciera que esa denominación era incompleta. Aceptaba el trabajo de su suegro porque estaba casado con la hija de ese hombre, y así era Owen. Aceptaba a su suegro por necesidad, por amor, y quizá también por miedo. Aunque él no hubiera utilizado la palabra «miedo». Él hubiera utilizado incorrectamente la palabra «lealtad».
También sé otra cosa. Cuando Owen perdió a su mujer, todo cambió.
Absolutamente todo.
Algo se abrió paso en su interior. Y se puso furioso. Se puso furioso con la familia de su mujer, con el padre de ella, con él mismo. Estaba furioso porque se había permitido a sí mismo hacer la vista gorda, en nombre del amor, en nombre de la lealtad. Y esa es en parte la razón por la que se fue.
El otro motivo es que necesitaba sacar a Bailey de esa vida. Era algo prioritario para él, y muy urgente. Sentía la cercanía de la familia de su mujer como el mayor riesgo de todos para Bailey.
Sabedora de todo esto, lo que tal vez nunca llegue a saber es si me perdonará lo que siento que debo arriesgar ahora.
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