Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 33 de 43

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Lo último que me dijo

Parte 3

La madera podrida no puede tallarse.

PROVERBIO CHINO

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Cuando éramos jóvenes

La oficina de los agentes federales se encuentra en una bocacalle en el centro de Austin, sus ventanas ofrecen vistas a otros edificios y al aparcamiento al otro lado de la calle. La mayoría de esos edificios están ahora cerrados y en ellos reina la oscuridad de la noche. El aparcamiento está casi vacío. Pero el despacho de Grady, así como los de sus compañeros, están iluminados y hay mucho ajetreo.

—Repasemos todo esto otra vez —dice Grady.

Se sienta sobre el borde de su escritorio mientras yo recorro la estancia de un lado a otro. Puedo notar cómo me juzga, aunque sea innecesario. Nadie me puede juzgar con más severidad que yo misma. Bailey ha desaparecido.

Ha desaparecido. Está en algún sitio ahí fuera, sola.

—¿Cómo puede ayudarme esto a encontrar a Bailey? —me quejo—. A menos que decidas arrestarme, voy a salir a buscarla.

Empiezo a avanzar hacia la puerta del despacho, pero Grady se pone en pie de un salto y me bloquea la salida.

—Tenemos a dieciocho agentes buscándola —replica—. Lo que debemos hacer ahora mismo es volver a repasarlo todo. Si quieres ayudarnos a encontrarla, es lo único que puedes hacer.

Le sostengo la mirada, pero cedo, consciente de que tiene razón.

Vuelvo a acercarme a las ventanas y miro hacia fuera, como si hubiera algo que pueda hacer, como si pudiera ver pasar a Bailey por la calle. No sé quiénes son las personas a las que miro: la miríada de gente que camina por la noche de Austin. La delgada luna, la única luz, hace que parezca aún más aterrador que Bailey se encuentre deambulando sola entre esas personas.

—¿Y si se la ha llevado? —pregunto.

—¿Nicholas?

Asiento con la cabeza, que empieza a darme vueltas. Repaso de forma obsesiva todo lo que ahora sé de él: lo peligroso que es, cuánto se esforzó Owen para escapar de él. Para mantener a su hija a salvo del mundo de Nicholas. Al que yo la he devuelto.

«Protégela.»

—Eso es poco probable —afirma Grady.

—Pero no imposible.

—Supongo que nada es imposible, ahora que la has traído de vuelta a Austin.

Intento consolarme a mí misma, algo que Grady aparentemente no tiene ganas de hacer.

—No pueden habernos encontrado tan rápido —digo.

—No, probablemente no.

—¿Cómo nos encontraste tú? —pregunto.

—Bueno, tu llamada de esta mañana no ayudó mucho. Pero entonces tuve noticias de tu abogado, un tal Jake Anderson, en Nueva York. Me dijo que estabas en Austin y que no podía contactar contigo. Que no respondías al teléfono y estaba preocupado. De modo que me puse a rastrearte.

Evidentemente, no fui lo suficientemente rápido.

Me giro para mirarle.

—¿Por qué demonios vinisteis a Austin? —dice.

—Tú te presentaste en mi casa, para empezar —digo—. Eso me pareció sospechoso.

—Owen nunca me dijo que fueras detective.

—Owen nunca me dijo nada de todo esto. Y punto.

Me parece poco inteligente insistir en el hecho de que no habríamos venido hasta aquí si Grady me hubiera contado lo que estaba pasando, si cualquiera me hubiera contado la verdad sobre Owen y su pasado. Grady está demasiado enfadado como para que eso le importe. Y, sin embargo, no puedo evitarlo. Si alguien está señalando con el dedo, ese dedo no debería señalarme a mí.

—En las últimas setenta y dos horas me he enterado de que mi marido no es la persona que yo creía que era. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—Lo que yo te dije. Buscar un abogado y pasar desapercibida. Dejarme hacer mi trabajo.

—¿Y cuál es exactamente tu trabajo?

—Owen tomó una decisión hace más de una década para poder sacar a su hija de un entorno en el que no podía protegerla de no hacerlo. Para ofrecerle un nuevo comienzo, limpio. Y yo le ayudé.

—Pero Jake dijo… Creí que no estaba en el programa de protección de testigos.

—Jake no se equivocaba al decir que Owen no estaba en el programa de protección de testigos. No exactamente.

Me quedo mirándolo, confundida.

—¿Qué diablos quiere decir eso?

—Owen debía integrarse en el programa WITSEC tras haber accedido a testificar, pero nunca se sintió seguro. En su opinión, el programa tenía demasiados defectos, demasiada gente en la que era necesario confiar. Y, durante el juicio, se filtró cierta información.

—¿A qué te refieres con «cierta información»?

—Alguien de la oficina de Nueva York comprometió las identidades que habíamos buscado para Owen y Bailey —contesta—. Después de eso Owen rechazó cualquier tipo de implicación por parte del gobierno.

—Qué escándalo —digo.

—No era lo habitual, pero comprendí por qué quería intentar otra vía. Por qué desapareció con Bailey. Nadie supo adónde iban. Ningún otro agente federal. Nos aseguramos de que no quedara el menor rastro que pudiera conducir a alguien hasta ellos.

Grady había viajado a la otra punta del país para ver qué pasaba con Owen; para cuidar a su familia, para ayudarle a salir de aquel lío.

—Con excepción de ti mismo, supongo —digo.

—Él confiaba en mí —asegura—. Quizá porque yo era nuevo aquí por aquel entonces. Tal vez porque me lo merecía. Tendrás que preguntarle tú misma el porqué.

—Ahora mismo no puedo preguntarle demasiadas cosas.

Grady se acerca a las ventanas, se apoya en el cristal. En sus ojos, aunque tal vez solo sea porque lo necesito, veo algo parecido a la comprensión.

—Owen y yo tampoco hablábamos demasiado —dice—. Durante todos estos años, la mayor parte del tiempo se limitó a vivir su vida. Creo que la última vez que contacté con él fue cuando me dijo que se iba a casar contigo.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo que eras una persona que podía cambiar las reglas del juego.

Dijo que nunca había estado enamorado de ese modo antes.

Cierro los ojos al oír eso, con cuánta intensidad lo siento, con cuánta intensidad siento lo mismo.

—Lo cierto es que intenté disuadirle de intentar nada contigo. Le dije que sus sentimientos cambiarían con el tiempo.

—Bueno, muchas gracias.

—No me hizo caso cuando le dije que se apartara de ti —confiesa—. Pero aparentemente sí que siguió mis consejos cuando le recomendé que no te hablara de su pasado. Que era demasiado peligroso para ti. Que si realmente quería estar contigo tenía que dejar su pasado al margen.

Me acuerdo de aquel momento en la cama, Owen luchando por decidir si me lo contaba; Owen deseando contarme toda la verdad sobre su pasado.

Quizá la advertencia de Grady se lo impidió. Quizá la advertencia de Grady impidió que Owen y yo estuviéramos ahora en la posición de gestionar esto juntos.

—¿Es está tu forma de decirme que debería culparte a ti en lugar de a él?

Porque me alegro de poder hacerlo.

—Esta es mi forma de decirte que todos tenemos secretos que no compartimos —prosigue—. Como el de tu amigo abogado, Jake. Me dijo que habíais estado comprometidos hace algún tiempo.

—Eso no es ningún secreto —replico—. Owen lo sabía todo sobre Jake.

—¿Y cómo crees que se sentiría al saber que has hecho partícipe a tu exprometido de todo esto? —pregunta.

«No me quedaban demasiadas opciones», desearía decirle. Pero sé que es una pérdida de tiempo discutir con él. Grady está intentando ponerme a la defensiva, como si eso fuera a ayudarle a sacar algo de mí: no se trata de sonsacarme un secreto exactamente, sino más bien mi voluntad. Mi voluntad de actuar en lugar de escuchar lo que él considera que deberíamos hacer a partir de este momento.

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—¿Por qué huyó Owen, Grady? —pregunto.

—Tenía que hacerlo.

—¿A qué te refieres?

—¿Cuántas fotos has visto de Avett en las noticias esta semana? Los medios estarían ahora mismo acosando a Owen también. Su foto estaría en todas partes y volverían a encontrarlo. Los clientes de Nicholas. Aunque ahora tenga un aspecto distinto, tampoco ha cambiado tanto. No podía arriesgarse a ese nivel de exposición. Tenía que salir antes de que eso sucediera. Antes de que todo esto arruinara la vida de Bailey.

Asimilo la información. Y me hace entender de otro modo por qué no había tiempo para contarme nada, por qué no había tiempo para hacer nada con excepción de huir.

—Él sabía que le habrían detenido —explica—. Y en ese momento le habrían tomado las huellas, tal como han hecho con Jordan Maverick esta tarde. Y eso habría revelado quién era realmente, se acabó el juego.

—Entonces, ¿creen que es culpable? —pregunto—. ¿Naomi, el FBI, alguien más?

—No. Creen que él tiene las respuestas que necesitan, y eso es algo muy distinto —responde—. Pero si me preguntas si Owen participó voluntariamente en el fraude, te diría que no es probable.

—¿Qué te parece que es más probable?

—Que Avett era conocedor de la situación de Owen. —Le miro a los ojos

—. Aunque no sabía los detalles. Owen nunca se lo habría contado, pero sí sabía que contrataba a alguien salido de la nada. Sin referencias, ni vínculos con el mundo de la tecnología. En esa época Owen me comentó que Avett simplemente quería al mejor programador disponible, pero yo creo que Avett estaba buscando a alguien con un punto débil. Quería a alguien a quien pudiera controlar en caso de necesitarlo. Y resulta que así ha sido.

—Entonces, ¿crees que Owen sabía lo que estaba pasando en The Shop pero no podía evitarlo? —pregunto—. ¿Que aguantó con la esperanza de poder arreglarlo, hacer que el software estuviera operativo, antes de pasar a encontrarse en el punto de mira?

—Sí, eso creo.

—Es una suposición bastante concreta —digo.

—Conozco a tu marido con bastante concreción —replica—. Y ha estado cubriéndose las espaldas durante tanto tiempo que sabía que, si el escándalo de The Shop le salpicaba, tendría que volver a esfumarse. Bailey tendría que volver a empezar. Y esta vez, claro está, tendría que contarle toda la historia. No es la situación ideal, por no decir otra cosa… —Hace una pausa

—. Y eso sin mencionar a lo que tú tendrías que renunciar, suponiendo que eligieras irte con ellos.

—¿Suponiendo que eligiera irme con ellos?

—Bueno, lo cierto es que no podrías ocultarte si continuabas como tornera.

O como diseñadora de muebles. Comoquiera que se llame tu profesión.

Tendrías que dejarlo todo. Tu trabajo, tu medio de subsistencia. Estoy seguro de que Owen no deseaba que pasaras por eso.

Rescato un recuerdo, una de mis primeras citas con Owen. Me preguntó qué haría si no me hubiera convertido en tornera de madera. Y yo le contesté que seguramente se debía a mi abuelo, que quizá se debía a que relacionaba esa profesión con la única estabilidad que había conocido, pero que eso era lo que había querido hacer siempre. Nunca me había imaginado realmente haciendo otra cosa.

—Owen no creía que eligiera irme con ellos, ¿no? —digo, más para mí que para él.

—Eso ahora no importa. He conseguido mantener a raya a tus amigos del FBI. Pero no podré hacer valer mi rango mucho más tiempo, a menos que paséis a estar protegidas oficialmente.

—¿Te refieres al programa WITSEC?

—Sí, me refiero al WITSEC.

Guardo silencio, intentando asimilar la gravedad de lo que acaba de decir.

No puedo llegar a entender lo que significa ser una persona protegida.

¿Cómo debe de ser? La única experiencia con algo parecido son las películas que he visto: Harrison Ford con los amish en Único testigo, Steve Martin escabulléndose para conseguir los mejores espaguetis en Mi querido mafioso. Ambos deprimidos y perdidos. Luego pienso en lo que me dijo Jake, que en la vida real no se parece en nada a eso.

—¿Eso quiere decir que Bailey tendrá que empezar de nuevo? ¿Con una nueva identidad? ¿Un nuevo nombre? ¿Empezar de cero otra vez?

—Sí. Yo elegiría la opción de empezar de cero para ella. Y también para su padre, en lugar de lo que está pasando ahora.

Intento procesar todo eso. Bailey dejaría de ser Bailey. Todo aquello por lo que ha trabajado tan duro, la escuela, las notas, el teatro, ella misma, todo se esfumará. ¿Se le permitiría volver a actuar en musicales, o se consideraría que eso podría delatarnos? Como una pista que podría conducir hasta Owen. La nueva alumna de un instituto cualquiera en Iowa protagonizando el musical escolar. ¿Me dirá Grady que eso puede facilitar su rastreo? ¿Que en lugar de seguir haciendo las cosas que le interesan tendrá que empezar a hacer esgrima, o hockey, o simplemente pasar completamente inadvertida?

Da igual cómo se plantee, lo que es seguro es que eso significa que se le exigirá a Bailey que deje de ser Bailey, en el preciso momento en que se está convirtiendo en ella misma de una forma singular e inimitable. Se me antoja una propuesta abrumadora: dejar toda tu vida atrás con dieciséis años. Es muy distinto cuando eres todavía casi un bebé. Es distinto cuando tienes casi cuarenta años.

Y, sin embargo, sé que pagaría ese precio para estar con su padre. Ambas pagaríamos con gusto ese precio, una y otra vez, si con ello consiguiéramos seguir todos juntos.

Intento consolarme con ese pensamiento. Solo que hay algo que me incomoda y se está abriendo paso en mi mente; algo que Grady está rehuyendo decir y que no encaja; algo a lo que todavía no puedo dar forma en mi cabeza.

—Esto es lo que tienes que llegar a comprender —empieza a decir—: Nicholas Bell es una mala persona. Ni siquiera Owen quería aceptar esa realidad, no durante mucho tiempo, probablemente porque Kate seguía siendo fiel a su padre. Y Owen lo era con Kate… Kate y Charlie, a quien Owen estaba también muy unido. Creían que su padre era un buen hombre con clientes de dudosa reputación. Y convencieron a Owen de que así era.

Le convencieron de que Nicholas era un abogado defensor que hacía su trabajo. Que no llevaba a cabo ninguna actividad ilegal. Le convencieron porque amaban a su padre. Creían que era un buen padre, un buen marido.

Y era un buen padre y un buen marido. No se equivocaban. Pero también era otras cosas.

—¿Como por ejemplo?

—Como por ejemplo cómplice de asesinato. Extorsión. Y tráfico de drogas

—enumera—. Sin arrepentirse en absoluto de haber contribuido a arruinar tantas vidas. Toda esa gente cuyo mundo entero él ayudó a destruir.

Intento no dejar entrever por mi expresión cómo me afecta todo eso.

—Esos hombres para los que Nicholas trabajaba son despiadados —dice—.

Además de implacables. Prefiero no decir a qué recurrirían con tal de que

Owen se entregara.

—¿Podrían ir a por Bailey? ¿Es eso lo que estás intentando decirme? ¿Que irán a por Bailey para llegar hasta Owen?

—Estoy diciendo que, a menos que la saquemos de aquí pronto, cabe esa posibilidad.

Eso me hace reflexionar, incluso en medio de nuestra acalorada conversación. Grady está insinuando que Bailey está en peligro. Bailey, deambulando por las calles de Austin sola, potencialmente ya en peligro.

—La cuestión es que Nicholas no podrá detenerlos —continúa—. No podría detenerlos aunque quisiera. Esa es la razón por la que Owen tenía que sacar a Bailey de aquí. Él sabía que Nick no tenía las manos limpias, y usó esa información para perjudicar a la organización. ¿Lo comprendes?

—Quizá deberías contármelo todo más despacio —digo.

—Nicholas no se había manchado las manos hasta que empezó a transmitir mensajes de los secuaces en prisión a los líderes de la organización en el exterior. Mensajes que no podían enviarse sino a través de un abogado. Y

no eran mensajes inocentes. Se trataba de comunicaciones sobre a quién se debía castigar, a quién se debía asesinar. ¿Puedes imaginarte transmitiendo conscientemente un mensaje como consecuencia del cual un hombre y su mujer serían asesinados, dejando a sus dos hijos huérfanos?

—¿Y qué tiene que ver Owen con todo eso?

—Owen ayudó a Nicholas a desarrollar un sistema encriptado que utilizaba para enviar aquellos mensajes, para grabarlos cuando era necesario que quedaran registrados —explica—. Cuando Kate fue asesinada, Owen hackeó el sistema y nos facilitó toda la información. Todos los emails, toda la correspondencia… Nicholas pasó más de seis años en prisión por conspiración para delinquir, delito que fuimos capaces de demostrar directamente gracias a aquellos archivos. No se puede traicionar a Nicholas Bell de esa forma y salir indemne.

Es en ese momento cuando toma forma la idea que acosaba mi mente, la pieza que no encaja y me hacía sentir incómoda, la pieza que Grady ha omitido.

—¿Y por qué no acudió a ti entonces? —pregunto.

—¿Cómo dices?

—Owen no acudió directamente a ti —repito—. Si la única forma de que esto acabe bien, si la única manera de conseguir que Bailey esté a salvo ahora, es integrarla en el programa de protección de testigos, y lo mismo es aplicable a Owen, entonces, ¿por qué cuando se descubrió el fraude de The Shop no te contactó Owen directamente? ¿Por qué no se presentó en tu puerta y te pidió ayuda?

—Tendrás que preguntárselo a Owen tú misma.

—Te lo estoy preguntando a ti —insisto—. ¿Qué sucedió con la filtración de información la última vez, Grady? ¿Conseguisteis cortarlo de raíz, o acaso se vio comprometida la vida de Bailey?

—¿Qué tiene que ver eso con lo que está pasando ahora?

—Todo. Si lo que ocurrió hizo pensar a mi marido que no erais capaces de mantener a salvo a Bailey, eso está intrínsecamente relacionado con lo que está sucediendo ahora —explico.

—En resumidas cuentas, WITSEC es la mejor opción con la que cuentan Owen y Bailey para estar a salvo —concluye—. Punto final.

No se disculpa al decir esas palabras, pero noto que mi pregunta le afecta.

Porque no es capaz de negarlo. Si Owen estuviera realmente seguro de que Grady puede salvaguardar la vida de Bailey, de que puede garantizar nuestra seguridad, ahora mismo estaríamos todos juntos, en vez de encontrarse en otro lugar, dondequiera que sea.

—Mira, es preferible que no nos desviemos del tema —dice—. Lo que tienes que hacer ahora es ayudarme a averiguar por qué Bailey se fue de vuestra habitación de hotel.

—No sé por qué —respondo.

—Intenta adivinarlo —me propone.

—Creo que no quería irse de Austin —contesto.

No añado más detalles. Seguramente no quería irse tan pronto, no cuando estaba tan cerca de encontrar algunas respuestas importantes para ella: respuestas a cuestiones sobre su pasado, respuestas para las cuales Owen no me dejó preparada, ni siquiera para empezar a abordarlas. Me tranquiliza un poco pensar que esa es la razón, pensar que está sola pero segura en algún lugar, buscando las respuestas que no confía que nadie más le pueda dar, aparte de ella misma. Debería reconocer ese rasgo de su personalidad en alguien. En mí misma.

—¿Por qué crees que quiere quedarse en Austin? —pregunta Grady.

En ese momento le digo la única verdad que sé:

—A veces una misma lo nota —digo.

—¿Qué es lo que se nota?

—Que todo depende de una misma.

Grady es convocado a una reunión, y otra agente federal, Sylvia Hernández, me conduce al vestíbulo y a una sala de conferencias, donde me dice que puedo hacer una llamada, como si no fueran a grabarla o rastrearla, o lo que sea que hagan aquí para asegurarse de que se enteran de todo lo que haces.

Antes incluso de hacerlo.

Sylvia toma asiento al otro lado de la puerta y descuelgo el teléfono. Llamo a mi mejor amiga.

—Llevo intentando contactar contigo desde hace horas —dice Jules al contestar la llamada—. ¿Estáis bien?

Me siento a la mesa alargada de la sala de conferencias, sosteniendo la cabeza con una mano, intentando no desmoronarme. Aunque parezca el momento más oportuno para hacerlo, cuando me siento segura de poder hacerlo: teniendo a Jules para recogerme.

—¿Dónde estáis? —me pregunta—. Acabo de recibir una perturbadora llamada de Jake, proclamando a voz en grito que tu marido os está poniendo en peligro. No puedo decir que le eche de menos.

—Sí, bueno. Jake es Jake —digo—. Está intentando ayudarnos. A su manera increíblemente poco constructiva.

—¿Qué pasa con Owen? No se ha entregado, ¿verdad? —pregunta.

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué pasa exactamente? —pregunta, pero lo dice en un tono amable. Lo cual forma parte de su forma de decir que no necesito explicárselo ahora mismo.

—Bailey ha desaparecido —digo.

—¿Qué?

—Se fue. Se fue de la habitación del hotel. Y todavía no hemos conseguido encontrarla.

—Tiene dieciséis años.

—Lo sé, Jules. ¿Por qué crees que estoy tan asustada?

—No me entiendes, estoy diciendo que tiene dieciséis años. A veces desaparecer un tiempo es lo que una adolescente necesita. Estoy segura de que está bien.

—No es tan sencillo —explico—. ¿Has oído hablar de Nicholas Bell?

—¿Debería?

—Era el suegro de Owen.

Se queda callada, algo le viene a la mente.

—Espera, no te estarás refiriendo a Nicholas Bell, ¿no…? Me refiero a ese Nicholas Bell. El abogado.

—A ese mismo me refiero. ¿Qué sabes de él?

—No mucho. Bueno… Recuerdo haber leído en el periódico que salió de la cárcel hace un par de años. Creo que estaba cumpliendo condena por agresión o asesinato, o algo así. ¿Era el suegro de Owen? —pregunta—. No puedo creerlo.

—Jules, Owen está metido en un lío tremendo. Y creo que no puedo hacer nada para arreglarlo.

Guarda silencio, reflexionando. Puedo notar que está intentando encajar algunas de las piezas que yo todavía no he compartido con ella.

—Lo arreglaremos —dice—. Te lo prometo. Lo primero es que tú y Bailey volváis a casa. Luego veremos cómo resolverlo.

Se me encoge el corazón. Es lo que siempre ha hecho, lo que siempre hemos hecho la una por la otra. Y esa es la razón por la que de pronto no puedo respirar. Bailey está vagando por las calles de una ciudad extraña.

Pero incluso aunque la encuentren, y tengo que creer que van a encontrarla pronto, Grady me acaba de informar de que no voy a volver a casa. Nunca.

—¿Has colgado? —pregunta.

—No todavía —respondo—. ¿Dónde has dicho que estás?

—En casa —contesta—. Y conseguí abrirla.

Por la forma de decir esas palabras, sé que están cargadas de sentido. Y me doy cuenta de que está hablando sobre la caja de seguridad, la pequeña caja que hay en el interior de la hucha cerdito.

—¿En serio?

—Sí —anuncia—. Max encontró un especialista en cajas fuertes que vive en el centro de San Francisco y consiguió abrirla hace una hora. Su nombre es Marti y debe de tener unos noventa y siete años. Es una locura lo que ese tipo puede hacer con una caja de seguridad. Estuvo escuchando la maquinaria durante cinco minutos y después consiguió abrirla. Estúpido cerdito hecho de acero…

—¿Qué hay dentro?

Hace una pausa.

—Un testamento. El definitivo de Owen Michaels, nacido Ethan Young.

¿Quieres que te diga lo que pone?

Pienso en quién más estará escuchando. Si Jules empieza a leerlo, ¿quién más estará escuchando el testamento de Owen? No el que encontré en su portátil, sino aquel al que hacía referencia el anterior, como si fuera un mensaje secreto para mí.

El verdadero testamento de Owen, el más completo. El testamento de Ethan.

—Jules, probablemente haya alguien escuchando esta llamada, por lo que creo que deberíamos limitarnos a un par de cosas, ¿de acuerdo?

—Claro.

—¿Qué dice sobre la custodia de Bailey?

—Que tú eres su tutora en primer lugar. En caso de fallecimiento de Owen, pero también si no fuera capaz de cuidarla él mismo.

Owen estaba preparado para esto. Quizá no para esto exactamente, pero sí para algo parecido. Lo había dejado preparado de forma que Bailey se quedara conmigo, él quería que Bailey estuviera conmigo. ¿En qué momento llegó a confiar en mí lo suficiente como para disponerlo de ese modo? ¿En qué momento decidió que lo mejor para ella era permanecer a mi lado? Se me rompe el corazón al saber que él llegó hasta ese punto, que

creía que yo podría hacerlo. Solo que ahora Bailey ha desaparecido, en algún lugar de esta ciudad. Y yo permití que eso sucediera.

—¿Menciona otros nombres? —digo.

—Sí. Pero deben cumplir ciertas condiciones, dependiendo de si tú no tienes la capacidad de ser su tutora o de la edad de Bailey —explica.

Mientras lee, escucho atentamente, tomo notas, escribo los nombres que reconozco. Pero en realidad estoy esperando oír un solo nombre, el de la persona respecto a la cual todavía estoy intentando decidir si es digna de confianza, si Owen confiaba en ella, a pesar de que todo parece demostrar que no debía de ser así. Cuando oigo su nombre, cuando Jules dice Charlie Smith, dejo de tomar notas. Le digo que tengo que colgar.

—Ten cuidado —me aconseja.

Eso en lugar de «adiós», en lugar de su habitual «te quiero». Teniendo en cuenta las circunstancias, considerando lo que necesito para saber cuál es el siguiente paso que debo dar, viene a decir lo mismo.

Me pongo en pie y miro a través de las ventanas de la sala de conferencias.

Ha empezado a llover y a pesar de ello la vida nocturna de Austin sigue muy activa. La gente camina por las calles con su paraguas de camino a restaurantes o espectáculos, debatiéndose entre tomar una última copa o ir a la última sesión del cine. O tal vez deciden que ya han tenido suficiente, que la lluvia está arreciando, que quieren irse a casa. Esos son los más afortunados.

Doy media vuelta hacia la puerta de cristal. La agente Sylvia está sentada al otro lado. Está mirando el teléfono, tal vez porque no despierto el menor interés en ella, o porque está ocupada con algo más importante que su misión de hacer de canguro. Quizás está ocupada con un tema que conozco demasiado bien. Encontrar a Owen. Encontrar a Bailey.

Estoy a punto de salir al pasillo y pedirle que me ponga al corriente si hay alguna novedad, cuando veo a Grady caminando hacia nosotras.

Da unos golpecitos en la puerta al tiempo que la abre y me ofrece una sonrisa; ahora tiene una expresión más amable, estoy ante un Grady que parece haberse descongelado.

—La han encontrado —dice—. Han encontrado a Bailey. Está bien.

Exhalo profundamente, con lágrimas en los ojos.

—Gracias a Dios, ¿dónde está?

¿

—En el campus, ahora la traerán. ¿Puedo hablar contigo un momento antes de que lleguen? Creo que es realmente importante que nos pongamos de acuerdo sobre cuál es el plan que vamos a seguir.

El plan que vamos a seguir. Se refiere al plan para trasladar a Bailey, para trasladarnos. Significa que quiere que le ayude a controlar la situación cuando le diga que su vida tal como la conoce ha llegado a su fin.

—Además tenemos que hablar de otra cosa —dice—. No quería abordar el tema todavía, pero no he sido totalmente transparente contigo.

—No me lo habría imaginado nunca.

—Ayer recibimos un paquete con archivos comprimidos de los correos electrónicos de trabajo de Owen. Todavía tenía que comprobar si son auténticos. Y lo son. Contienen un registro meticuloso de la presión que hacía Avett para la salida a bolsa, a pesar de las objeciones de Owen. Y

todo el trabajo que hizo después para intentar arreglarlo…

—No se trataba entonces solamente de una suposición bastante concreta,

¿no? —pregunto—. Me refiero a lo que dijiste sobre la culpabilidad de Owen.

—No, supongo que no.

—De modo que en realidad es mi marido quien ha conseguido mantener a raya al FBI.

Alzo la voz. Intento controlarme, pero no puedo. Porque Owen está haciendo todo lo que puede para protegernos, incluso desde donde quiera que esté. Y simplemente no confío en que Grady sepa hacerlo.

—Está claro que Owen nos ha ayudado —dice—. WITSEC puede ser exigente en cuanto a las personas a quienes se protegerá, y esos archivos, sumados a su historial, ponen en relieve por qué no lo destapó todo hasta ahora. Porque sentía que no tenía la opción de abandonar el barco.

Intento asimilar la información con una extraña mezcla de alivio y algo más. En un primer momento creo que siento irritación hacia Grady por no compartir todo esto conmigo, por guardarse para sí mismo lo que sabía de Owen, pero entonces me doy cuenta de que es algo más siniestro. Porque está empezando a cristalizar algo más que creo que Grady me ha estado ocultando.

—¿Y por qué compartes ahora todo esto conmigo? —pregunto.

—Porque tenemos que ponernos de acuerdo antes de que Bailey llegue aquí

—dice—. Sobre el programa WITSEC, sobre la mejor manera para vosotras de salir adelante. Y sé que ahora no eres consciente de ello, pero no tendréis que empezar de cero, no del todo.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero al dinero que Owen le dejó a Bailey. Sus ganancias legítimas.

Ese dinero de Owen está limpio —dice—. Entraríais en el programa WITSEC con una bonita fortuna. La mayoría de los que se acogen a nuestro programa no cuentan con nada siquiera remotamente similar.

—Tengo la sensación, Grady, de que estás diciéndome que, si rechazamos el programa, el dinero desaparecerá.

—Si decides rechazarlo, todo desaparecerá —dice—. Ser de nuevo una familia, vivir con seguridad, eso se esfumará.

Asiento con la cabeza, consciente de que Grady está intentando convencerme de que Bailey y yo deberíamos subirnos a ese tren y entrar en el programa de protección de testigos. Que necesito subirme a ese tren porque todo está dispuesto para que Owen se reúna con nosotras en esa nueva vida. Todo está dispuesto para que nuestra familia vuelva a estar unida. Con nuevos nombres, pero unidos. Juntos.

Solo que no puedo obviar algo a pesar de la insistencia de Grady, algo que sé que Owen no quiere que ignore. La duda. Mis dudas cuando pienso en la filtración de información del programa WITSEC y cuando pienso en Nicholas Bell. La duda cuando pienso en la precipitada huida de Owen y lo que ahora sé de él, y que podría justificarla. Lo único que podría justificarla. Todo lo que sé de Owen me convence de que debo oponerme.

Grady sigue hablando.

—Solo tenemos que conseguir que Bailey comprenda que es la mejor forma de mantenerla lo más segura posible —dice.

«Lo más segura posible.» Esas palabras me hacen pensar. Porque no se limita a decir «segura». Porque ya no cabe esa posibilidad. Eso ya no es posible.

Bailey no está vagando por las calles, sino de camino a estas oficinas y a un mundo en el que pueda estar «lo más segura posible», y Grady va a decirle que va a tener que convertirse en otra persona. Bailey, que tiene que dejar de ser Bailey.

A menos, por supuesto, que yo consiga detenerlo. Detener todo esto.

Y en ese momento me preparo para oponerme a ello. Es lo que tengo que hacer ahora.

—Mira, podemos intentarlo —digo—. Buscar la mejor manera de convencer a Bailey. Pero antes tengo que ir al cuarto de baño…

Refrescarme la cara con agua. No he dormido en veinticuatro horas.

Dice que sí con un movimiento de cabeza.

—Ningún problema.

Mantiene la puerta abierta y me dispongo a salir de la sala de conferencias, pero hago una pausa en el umbral, me paro cuando estoy justo a su lado. Sé que esta es la parte más importante, conseguir que me crea.

—Me siento tan aliviada de que esté a salvo… —digo.

—Yo también —asegura—. Y, oye, esto no es fácil, lo entiendo perfectamente. Pero es lo mejor que se puede hacer y vas a ver que Bailey lo aceptará más pronto de lo que te imaginas, y no dará tanto miedo todo.

Podréis estar juntas y os llevaremos a Owen en cuanto reaparezca. Estoy seguro de que Owen está esperando a eso, a estar seguro de que estáis a salvo, en primer lugar, a estar seguro de qué ya estáis instaladas…

Luego sonríe. Y yo hago lo único que puedo hacer. Le devuelvo la sonrisa.

Sonrío como si confiara en que él sabe por qué Owen sigue desaparecido, como si confiara en que nuestra reubicación es la respuesta que necesitan él y su hija para estar juntos. Para estar seguros. Como si pudiera confiar en que alguna otra persona es capaz de mantener a salvo a Bailey excepto yo.

Suena el teléfono de Grady.

—¿Te importa que lo coja? —pregunta.

Señalo hacia el cuarto de baño.

—¿Puedo?

—Por supuesto. Adelante —responde.

Grady ya está caminando hacia las ventanas, ya se está centrando en quienquiera que esté al otro extremo de la línea.

Avanzo por el pasillo en dirección al cuarto de baño, girándome de vez en cuando para comprobar que Grady no me está mirando. En efecto, no me

mira. Me da la espalda con el teléfono pegado a la oreja. Tampoco se gira para mirarme cuando dejo atrás la puerta del baño y voy hacia el ascensor para pulsar el botón de llamada. Sigue mirando por las ventanas de la sala de conferencias, observando la lluvia mientras habla.

El ascensor afortunadamente llega enseguida y me precipito hacia su interior, yo sola, y aprieto el botón para que se cierren las puertas. Estoy en el vestíbulo antes de que Grady acabe con su llamada de teléfono. Estoy fuera, bajo la lluvia, antes de que envíen a Sylvia Hernández al servicio de señoras para comprobar si estoy dentro.

Ya he girado la esquina antes de que ella o Grady se fije en la mesa de la sala de conferencias y vea lo que he dejado allí para que ellos lo encuentren.

He dejado la nota sobre la mesa, debajo del teléfono. La nota que Owen me escribió. La he dejado para Grady.

«Protégela.»

Avanzo a ritmo rápido por las calles para mí desconocidas de Austin, para darle mi apoyo a Bailey, para darle mi apoyo a Owen y a su hija de la mejor manera que conozco, aunque eso suponga volver al último lugar adonde debería ir.

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