Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 24 de 43

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Lo último que me dijo

Borrar todo el historial

Borrar todo el historial A las diez de la mañana, la cafetería del hotel ya está abarrotada, con luces tenues.

Estoy sentada en la barra, bebiendo un zumo de naranja, aunque la mayoría de la gente a mi alrededor ya ha comenzado a consumir cócteles mañaneros: mimosas y bloody marys, champán, white russians.

Miro fijamente los televisores en hilera, cada uno de ellos sintonizado en diferentes noticieros. Leo los subtítulos de las noticias, en la mayoría de los casos están informando sobre The Shop. La PBS muestra imágenes de archivo de Avett Thompson cuando le esposan y le escolta la policía. La MSNBC emite un avance de la entrevista a Belle en el programa Today, donde dice que la detención de Avett es una parodia de la justicia. Las notas informativas de la CNN siguen advirtiendo de que habrá más autos de acusación, en bucle. Es casi como una promesa, un reflejo de la promesa de Grady, de que Owen se encontrará pronto en mayores dificultades incluso.

Que sea lo que sea de lo que está huyendo, está a punto de darle alcance.

Eso es lo que me reconcome, una y otra vez, cuando pienso en mi marido, que algo va a por él, a por todos nosotros, algo que no consiguió impedir.

Que me ha dejado en una posición que ahora me obliga a intentar impedirlo por él.

Saco mi cuaderno y repaso lo que Grady dijo durante la llamada telefónica, intentando recordar cada palabra, intentando concentrarme en los detalles que podrían ser relevantes y de los que podría deducir algo. Sigo dándole vueltas a lo que dijo de que Owen podría haber borrado su propio historial en Internet. Y aunque presiento que no es así, intento ponerme en ese supuesto, para ver qué me puede enseñar.

Y entonces caigo en la cuenta. Hay ciertas cosas que no podemos borrar, ciertas cosas que revelamos a las personas más cercanas a pesar de que tal vez ni siquiera seamos conscientes de que les estamos contando algo.

Hay cosas que, sin querer, Owen me ha contado solo a mí.

De modo que empiezo una nueva lista. Una lista de todo lo que sé del pasado de Owen. No los falsos datos factuales (Newton, Princeton, Seattle), sino los otros, los no factuales: cosas que he sabido de forma accidental durante el tiempo que hemos estado juntos, cosas que en una mirada retrospectiva parecen algo así como extraños encuentros. Como el tipo del Instituto Roosevelt. Busco centros educativos con el nombre Roosevelt y

encuentro ochenta y seis esparcidos por todo Estados Unidos. Ninguno de ellos en alguna población cercana a Massachusetts. Pero ocho de ellos (en lugares como San Antonio y Dallas) repartidos por el territorio de Texas.

Marco eso en la lista para revisarlo más tarde y sigo pensando, hasta llegar a aquella noche en ese hotel con Owen y la hucha cerdito en el bar. Y

entonces me doy cuenta de algo sobre esa hucha, algo que he venido esforzándome en recordar. ¿Ahora lo recuerdo correctamente o acaso estoy evocando un recuerdo inventado debido a una sensación parecida a la desesperación? Envío un mensaje a Jules para que lo compruebe para mí y sigo pensando.

Sigo abriéndome camino por las informaciones que únicamente yo puedo saber: las anécdotas y las historias que Owen me ha contado a altas horas de la madrugada. Solo nosotros dos. De esa forma tan especial como se cuentan las cosas a la persona elegida, el testimonio de tu vida.

Esas historias, las historias que compartía conmigo sin darse cuenta siquiera de que las estaba compartiendo, no pueden ser también falsas. Me niego a creer eso. Me niego a creer eso hasta que se demuestre lo contrario.

Empiezo a revisarlos, los grandes éxitos de Owen: cuando hizo una travesía en barco por la Costa Este con su padre, con apenas dieciséis años, la única vez que pasó varios días solo con él. Cuando en el último año del instituto dejó salir al perro de su novia para que jugase un poco, y este aprovechó para escaparse. Le echaron de su primer trabajo porque se pasó la tarde buscándolo, en lugar de volver a su puesto. Cuando se coló en la proyección de medianoche de La guerra de las galaxias con sus amigos, y al volver a casa a las tres menos cuarto de la mañana sus padres le esperaban despiertos.

Y una historia que me contó sobre la universidad, sobre por qué empezaron a gustarle tanto la ingeniería y la tecnología. El primer año de Owen en la universidad, con apenas diecinueve años, tenía un profesor de Matemáticas al que adoraba, al que atribuía su carrera, a pesar de que el profesor le había dicho a Owen que era el peor estudiante que había tenido nunca. ¿Había mencionado el nombre del profesor? Tobias «algo». ¿Tal vez era Newton el apellido? ¿O era el profesor Newhouse? ¿Y no le llamaban por un mote?

Me apresuro a subir hasta la planta del hotel donde está nuestra habitación para despertar a Bailey, la única persona que tal vez haya oído más veces que yo la historia sobre ese profesor.

Aparto el edredón y me siento al borde de la cama.

—Estoy durmiendo —se queja.

—Ya no —digo a modo de saludo.

Se incorpora a regañadientes para reclinarse sobre el cabecero.

—¿Qué pasa?

—¿Recuerdas el nombre del profesor de tu padre? ¿Ese que le encantaba y que tuvo en su primer año en la universidad?

—No tengo la menor idea sobre de qué estás hablando —responde.

Intento combatir mi impaciencia al recordar todas las veces que Bailey ha puesto los ojos en blanco al oír ese relato, al darse cuenta de que Owen lo aprovechaba para aleccionarla. Lo utilizaba para convencer a Bailey de que estudiara algo que le interese, que se comprometa con su plan. Lo utilizaba cuando intentaba convencer a Bailey de lo contrario.

—Sí que conoces la historia, Bailey. Ese profesor que enseñaba una asignatura dificilísima sobre la teoría de campo de gauge y el análisis global. A tu padre le encantaba hablar de él. El profesor que le dijo que era el peor estudiante que había tenido nunca. Y eso fue lo que realmente impulsó a Owen a esforzarse más. Decía que le había ayudado a centrarse.

Bailey empieza a asentir con la cabeza, como reconociendo el relato lentamente.

—Te refieres al tipo que colgó el examen parcial de mi padre en el tablón de anuncios, ¿no…? Para que no olvidara todas las posibilidades de mejorar.

—¡Exacto, sí!

—A veces tu pasión exige esfuerzo y no deberías abandonar porque no es tan fácil… —Pone la voz de Owen, imitándolo—. A veces, hija mía, hay que trabajar duro para llegar a un sitio mejor.

—Eso es. Sí. A ese profesor me refiero. Creo que su nombre de pila era Tobias, pero necesito saber el apellido. Por favor, dime que lo recuerdas.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque sí, ¿puedes acordarte, Bailey?

—Le llamaba por el apellido a veces. Un mote relacionado con su apellido.

Pero empezaba con una «J» …, ¿no?

—Tal vez. No lo sé.

—No, creo que era otra letra… Era Cook… Le llamaba Cook. ¿O tal vez Cooker? —dice—. ¿O Cookman?

Sonrío, casi riendo en voz alta. Está en lo cierto. Lo sé en cuanto lo oigo.

Me alegra darme cuenta de que yo no tenía ni idea.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta—. Me estás poniendo nerviosa.

—Nada, es solo que es genial. Eso es lo que necesitaba saber —digo—.

Vuelve a dormir.

—No quiero —replica—. Dime qué es lo que se te ha ocurrido.

Cojo el móvil y pongo su nombre en el buscador. ¿Cuántos profesores con el nombre Tobias Cookman puede haber que enseñen matemáticas en la universidad? ¿Y de forma más especifica la teoría de campo de gauge y el análisis global?

Uno, que yo pueda encontrar, uno que enseña matemática teórica. Uno que había sido galardonado con numerosas distinciones y premios por su labor educativa. Uno que, por las fotografías que aparecen en Internet, tiene exactamente el aspecto arisco con el que Owen le describía. La frente arrugada, el ceño fruncido. Y por alguna razón, en muchas de las fotos siempre lleva unas botas rojas de cowboy.

El profesor Tobias, Cook, Cookman.

Nunca había trabajado en la Universidad de Princeton. Pero sí para la facultad de Austin, de la Universidad de Texas, durante los últimos veintinueve años.

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