Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 10 de 43

Páginas del PDF

Lo último que me dijo

Esos no son tus amigos

Vuelvo a casa solo el tiempo justo para recoger el portátil de Owen.

No voy a quedarme aquí sentada pensando en lo que ha dicho Grady y en todas las cosas que parece haber omitido y que me están perturbando aún más. ¿Cómo podía saber tantas cosas de Owen? Quizás Avett no era el único a quien han estado siguiendo de cerca durante el último año y pico.

Tal vez la buena acción de Grady (ayudándome con la custodia de Bailey, dándome consejos) solo era para que metiera la pata y le dijera algo que a Owen no le gustaría que supiera.

¿Acaso ya he metido la pata? No lo creo, pienso, mientras repaso nuestra conversación. Pero no voy a arriesgarme en el futuro, no con Grady, ni con cualquier otra persona. Antes voy a averiguar qué pasa con Owen.

Giro a la izquierda al salir del muelle y me dirijo hacia mi taller.

Pero antes tengo que hacer una parada en la casa del amigo de Owen.

Aunque no tengo demasiadas ganas de hacerla, pero si alguien puede saber algo de lo que Owen está pensando, de lo que puede que se me esté pasando por alto, ese es Carl.

Carl Conrad: el mejor amigo de Owen en Sausalito. Y una de las pocas personas sobre las que Owen y yo no estamos de acuerdo. Owen cree que no soy justa con él, y quizá tenga razón. Es divertido, inteligente, y me aceptó desde el primer minuto en que llegué a Sausalito. Pero también engaña habitualmente a su mujer, Patricia, y no me gusta saberlo. A Owen tampoco le gusta, pero dice que es capaz de separar eso en su mente, por lo buen amigo que ha demostrado ser Carl con él.

Así es Owen. Valora al primer amigo que hizo en Sausalito en lugar de juzgarlo. Sé que mi marido funciona así. Aunque tal vez no ha juzgado a Carl por otras razones. Quizá no le juzga porque Carl le devuelve el favor al no cuestionar algún secreto que Owen se sintió seguro de confiarle.

Incluso aunque esta hipótesis sea errónea, necesito hablar con él de todos modos.

Porque Carl es además el único abogado que conozco en la ciudad.

Llamo a la puerta, pero nadie responde. Ni Carl, ni Patty. Es raro porque Carl trabaja en casa. Le gusta estar disponible para sus dos hijos pequeños, que a esa hora suelen dormir la siesta. Carl y Patty son muy rigurosos con los horarios de los niños. Patty me aleccionó al respecto en la primera

noche que salimos juntos. Patty acababa de celebrar su cumpleaños, veintiocho, lo cual hacía la disertación aún más entrañable. Si es que todavía era capaz de tener hijos (así es como lo dijo), iba a tener que tomar precauciones para que no llevasen la batuta. Tendría que demostrarles quién estaba al mando. Y eso implicaba horarios. En su caso eso significaba una siesta a las doce y media todos los días.

Es la una menos cuarto. Si Carl no está en casa, ¿por qué no está Patty?

Pero a través de las persianas de la sala, veo que Carl sí está en casa. Le veo de pie, escondido tras las persianas, esperando que me vaya.

Llamo de nuevo a la puerta, pulsando largamente el timbre. Voy a seguir llamando el resto de la tarde hasta que me deje entrar. La siesta de los niños no va a poder ser.

Carl abre la puerta de par en par. Sostiene una cerveza; se ha peinado. Esas son las primeras señales de que pasa algo raro. Normalmente no se peina, y él cree que eso le hace parecer más sexi. Y hay algo en su mirada, una extraña mezcla de nerviosismo y miedo, y algo más que no acierto a determinar, probablemente porque estoy tan sorprendida de que se estuviera ocultando.

—Pero ¿qué demonios, Carl? —suelto.

—Hannah, tienes que irte —dice Carl.

Está enfadado. ¿Por qué está enfadado?

—Solo será un minuto —digo.

—Ahora no, no puedo hablar ahora mismo —contesta.

Hace ademán de cerrar la puerta, pero se lo impido. Mi fuerza nos sorprende a ambos, la puerta se le escapa de las manos y se abre aún más.

Entonces veo a Patty. Está de pie en el umbral de la sala de estar, con su hija Sarah en brazos, las dos ataviadas con vestidos de estampado de cachemir a conjunto, el pelo negro recogido hacia atrás en dos trenzas sueltas. Su atuendo y peinado idénticos realzan aún más lo que Patty quiere que la gente vea cuando miran a Sarah: una versión igualmente presentable pero más pequeña de ella misma.

Tras ella puede verse el salón lleno, una decena de padres y bebés, que miran a un payaso haciendo formas de animales con globos. Una pancarta donde puede leerse «FELIZ CUMPLEAÑOS, SARAH» pende sobre sus cabezas.

Es la segunda fiesta de cumpleaños de su hija. Se me había olvidado por completo. Se suponía que Owen y yo debíamos venir a celebrarlo con ellos.

Y ahora ni siquiera me abre la puerta.

Patty me saluda con aire confundido.

—Eh… Hola… —dice.

Le devuelvo el saludo con la mano.

—Hola.

Carl se vuelve hacia mí, con un tono de voz moderado, pero firme.

—Ya hablaremos luego —dice.

—Se me olvidó, Carl. Lo siento. —Sacudo la cabeza—. No era mi intención aparecer en medio de la fiesta.

—No pasa nada. Pero vete.

—Ya me voy pero… ¿podrías por favor salir afuera y hablar conmigo un par de minutos? No te lo pediría si no fuera urgente. Creo que necesito un abogado. Ha pasado algo en The Shop.

—¿Te crees que no lo sé? —dice.

—Entonces, ¿por qué no quieres hablar conmigo?

Antes de que le dé tiempo a responder, Patty viene hacia donde estamos y le pasa Sarah a Carl. Luego le da a su marido un beso en la mejilla. Se trata de un espectáculo. Para él. Para mí. Para la fiesta.

—Hola —saluda, besándome en la mejilla también—. Me alegro de que hayas podido venir.

Bajo la voz.

—Patty, siento haber interrumpido la fiesta, pero le ha pasado algo a Owen.

—Carl —dice Patty—, lleva a los invitados afuera, ¿sí? Es hora de tomar unos helados.

Mira al grupo y les sonríe.

—Todo el mundo al patio trasero con Carl. Tú también, señor Silly —le dice al payaso—. ¡Es hora de helado!

Entonces, y solo entonces, se gira hacia mí.

—Hablemos en la entrada, ¿sí? —dice.

Empiezo a decirle que es con Carl con quien necesito hablar, el cual se aleja con Sarah apoyada en la cadera, pero Patty me hace salir al porche delantero. Cierra la gruesa puerta roja y vuelvo a estar en el lado equivocado.

Es entonces, en la privacidad del porche, cuando Patty se gira hacia mí, con los ojos echando chispas. La sonrisa ha desaparecido.

—¿Cómo te atreves a venir? —suelta.

—Se me olvidó la fiesta.

—Al diablo con la fiesta —dice—. Owen le ha roto el corazón a Carl.

—¿Que le ha roto el corazón…? ¿Cómo? —digo.

—Vaya, no lo sé. ¿Quizá tiene algo que ver con que nos haya robado todo nuestro maldito dinero?

—¿A qué te refieres?

—¿Owen no te contó que nos convenció para participar en la salida a bolsa de The Shop? Engañó a Carl vendiéndole el potencial del software, diciéndole que los beneficios serían enormes. Aunque no mencionó que el software no funcionaba.

—Oye, Patty…

—Así que todo nuestro dinero está ahora inmovilizado en las acciones de The Shop. En realidad debería decir que lo que queda de nuestro dinero está invertido en unas acciones cuyo valor, según mis últimas comprobaciones, es de trece céntimos .

—Nuestro dinero también está invertido en esas acciones. Si Owen lo hubiera sabido, ¿por qué lo habría hecho?

—Tal vez creía que no los pillarían. O quizás es un maldito idiota, eso no te lo sabría decir —contesta—. Pero te prometo que, si no te vas de mi casa, ahora mismo, voy a llamar a la policía. No bromeo. No eres bienvenida aquí.

—Comprendo que estés enfadada con Owen. De veras. Pero Carl podría ayudarme a dar con él, y esa es la manera más rápida de solucionarlo.

—A menos que estés aquí para pagar la universidad de nuestros hijos, no tengo nada que hablar contigo.

No sé qué replicar, pero sé que tengo que decir algo antes de que vuelva adentro. Tras haberlo visto en persona, y observar la mirada en sus ojos, no puedo evitar tener la sensación de que Carl podría saber algo.

—Patty, ¿puedes parar un momento, por favor? —digo—. Yo tampoco entiendo nada. Igual que tú.

—Tu marido ha colaborado en un fraude de quinientos mil millones de dólares, así que no estoy segura de que pueda creerte —responde—. Pero si no me estás mintiendo, eres la persona más estúpida del mundo, incapaz de ver quién es tu marido realmente.

No me parece que sea el mejor momento para contarle que, hablando de comportarse como una tonta, ella tampoco está consiguiendo evitarlo. Su marido lleva acostándose con su compañera de trabajo, Cara, desde que Patty estaba embarazada de la niña a la que el señor Silly se encarga de entretener en el patio trasero. Quizá somos todas tontas, de una u otra forma, cuando se trata de ver cómo son en su totalidad las personas a las que amamos, esas personas a las que intentamos amar.

—¿De veras esperas que me crea que no sabías lo que estaba pasando? —

pregunta.

—¿Por qué habría venido aquí en busca de respuestas si lo supiera? —digo.

Ladea la cabeza, como reflexionando. Quizá le ha llegado el mensaje, o tal vez se está dando cuenta de que simplemente le da igual. Pero su rostro se relaja.

—Vete a casa con Bailey —dice—. Simplemente vete. Va a necesitarte. —

Empieza a caminar de regreso a la casa. Luego se gira hacia mí—. Ah. Y

cuando hables con Owen, dile que le jodan.

Y, con eso, cierra la puerta.

Me apresuro de camino a mi taller.

Mantengo la vista baja mientras giro hacia Litho Street y paso por la casa de LeAnn Sullivan. De reojo veo que ella y su marido están sentados en el porche delantero, en su rito habitual de tomar limonada por la tarde. Pero finjo estar ocupada hablando por teléfono. No me paro como suelo hacer para saludarlos y tomar un vaso de limonada con ellos.

Mi taller se encuentra en una pequeña casa de un antiguo artesano al lado de la suya. Son doscientos sesenta metros cuadrados, con un patio enorme, justo la clase de espacio del que soñaba disponer cuando estaba en Nueva York, la clase de espacio con el que soñaba en Nueva York cada vez que tenía que ir en metro a casa del almacén de un amigo en el Bronx para trabajar en algunas piezas que no cabían en mi taller de Greene Street.

Empiezo a notar que me relajo en cuanto traspaso la verja delantera y la cierro tras de mí. Pero en lugar de pasar al interior, rodeo la casa hasta el patio y la pequeña cubierta donde me gusta preparar mi trabajo de oficina.

Tomo asiento en una mesilla y enciendo el portátil de Owen. Aparto a Grady Bradford de mi mente. Aparto también la ira de Patty. Ignoro el hecho de que Carl ni siquiera se atreviera a mirarme, por no hablar de que no me facilitara ninguna información que solo él puede saber. De alguna manera eso me ayuda a centrarme, consciente de que tengo que averiguar las cosas por mí misma. Y me siento más sosegada entre mis cosas, mi trabajo. Es mi lugar preferido en Sausalito. Hace que parezca casi normal que esté metiéndome sin permiso en el ordenador personal de mi marido.

Cuando se acaba de encender el portátil de Owen, introduzco la primera contraseña. No veo nada inusual que me llame la atención. Hago clic para abrir la carpeta «FOTOS», que básicamente es la biblia de Bailey. Hay cientos de fotografías de ella, desde la escuela primaria al instituto, fotografías de cada cumpleaños desde los cinco años en Sausalito. Las he visto muchas veces. A Owen le encantaba contarme las etapas que me había perdido de su vida: la pequeña Bailey jugando su primer partido de fútbol, deporte que se le daba fatal; la pequeña Bailey en su primera obra de teatro en la escuela, en segundo curso (el musical Anything Goes), donde estuvo deslumbrante.

No encuentro demasiadas fotos de cuando Bailey era muy pequeña, cuando todavía vivían en Seattle, por lo menos no en la carpeta principal. Así que hago clic sobre una subcarpeta etiquetada como «O. M.».

Es la carpeta de Olivia Michaels. La primera mujer de Owen. La madre de Bailey.

Olivia Michaels, nacida Olivia Nelson: profesora de Biología en un instituto, nadadora sincronizada, compañera de Owen en Princeton. Hay solo un puñado de fotografías en esta carpeta: Owen solía decir que Olivia odiaba que le hicieran fotos. Pero las que hay son muy bellas, seguramente porque ella era hermosa: alta y esbelta, con una larga melena pelirroja que le llegaba hasta la mitad de la espalda y un montón de pecas que le hacían parecer que tuviera permanentemente dieciséis años.

Nos parecemos, aunque no somos exactamente iguales: ella era más guapa, para empezar, de aspecto más interesante. Pero, dejando a un lado un par de detalles, cabría decir que tenemos cierta similitud. La altura, el pelo largo (el mío es rubio), tal vez incluso la forma de sonreír. La primera vez que Owen me enseñó una foto de ella, se lo comenté. Pero Owen dijo que no veía el parecido. No se puso a la defensiva, solo dijo que, si pudiera ver a su primera mujer en persona, no pensaría que teníamos mucho en común.

Me pregunté si las fotografías también eran engañosas en cuanto a lo poco que se parecía Olivia a Bailey, con excepción de mi foto favorita de Olivia.

En esa foto está sentada en un embarcadero vestida con unos pantalones vaqueros rotos y una blusa blanca de botones. Una mano descansa sobre su mejilla y se ríe echando la cabeza hacia atrás. La pigmentación es diferente, pero hay algo en su sonrisa que podría recordar a la de su hija, algo que imagino que coincidiría con la de Bailey en persona. Convierte a Olivia en la pieza que faltaba, y conecta a Bailey con alguien aparte de Owen.

Alargo el dedo y toco la pantalla. Deseo preguntarle qué es lo que se me escapa de su hija, de su marido. A buen seguro sabe mucho más que yo, estoy segura de ello, lo cual percibo como una herida en sí misma.

Respiro profundamente y hago clic en la carpeta con el nombre «THE

SHOP». Contiene cincuenta y cinco documentos, todos ellos sobre códigos y programas HTML. Si hay un código oculto dentro de los códigos reales, estoy segura de que no voy a ser capaz de encontrarlo. Anoto que tengo que buscar a alguien que sea capaz de hacerlo.

Curiosamente, hay un documento en «THE SHOP» titulado

«TESTAMENTO MÁS RECIENTE». No me gusta que esté allí, sobre todo teniendo en cuenta lo que está pasando, pero me relajo cuando lo abro. La fecha del testamento es inmediatamente posterior a nuestra boda. Ya me lo había enseñado antes. Y nada ha cambiado. O casi nada. Veo una pequeña nota al final de la última página, justo encima de la firma de Owen. ¿Acaso ya estaba allí y no la vi? Nombra a su procurador, alguien de quien nunca he oído hablar: L. Paul. No hay ninguna dirección. Ni número de teléfono.

L. Paul. ¿Quién es esa persona? ¿Y dónde he visto su nombre antes?

Mientras tomo nota también de L. Paul en un cuaderno, escucho una voz femenina detrás de mí.

—¿Ha descubierto algo interesante?

Me giro y veo a una mujer más mayor que yo de pie donde empieza mi patio, acompañada de un hombre. Lleva un traje de chaqueta azul marino y los cabellos canos recogidos hacia atrás en una cola de caballo. El hombre

va menos arreglado, lleva una camisa hawaiana arrugada, le pesan los párpados y luce una espesa barba que le hace parecer más viejo de lo que es, aunque sospecho que tiene más o menos mi edad.

—¿Qué están haciendo aquí? —pregunto.

—Hemos intentado llamar al timbre de la entrada —responde el hombre—.

¿Es usted Hannah Hall?

—Preferiría una respuesta mejor a mi pregunta de por qué están entrando sin permiso en mi propiedad antes de contestar a la suya —digo.

—Soy el agente especial Jeremy O’Mackey, del FBI, y mi compañera es la agente especial Naomi Wu —explica.

—Llámeme Naomi. ¿Podríamos hablar con usted?

De forma instintiva, cierro el ordenador.

—La verdad es que no es un buen momento —digo.

La mujer me ofrece una sonrisa pegajosamente dulce.

—Solo serán unos minutos —insiste—. Luego nos iremos y la dejaremos en paz.

Ya están subiendo los escalones que conducen a la cubierta y toman asiento en las sillas al otro lado de la mesilla.

Naomi me hace llegar su placa por encima de la mesa y el agente O’Mackey la imita.

—Espero no haber interrumpido nada importante —dice Naomi.

—Espero que no me hayan seguido hasta aquí, eso es lo que yo espero —

contesto.

Naomi me observa, con aspecto de estar más que un poco sorprendida por mi tono de voz. Estoy demasiado irritada como para que me importe. Me siento irritada y más que un poco preocupada de que me exijan llevarse el ordenador de Owen antes de que averigüe qué podría descubrir en él.

También hay algo más. Estoy pensando en las palabras de Grady Bradford:

«No respondas preguntas que crees que no debes contestar» . Me estoy mentalizando de que tengo que acatarlas al pie de la letra.

Jeremy O’Mackey alarga la mano hacia delante para recuperar su placa.

—Supongo que es consciente de que estamos iniciando un proceso de investigación de la empresa de tecnología en la que trabaja su marido —

empieza—. Teníamos la esperanza de que pudiera arrojar alguna luz sobre su paradero.

Dejo el ordenador sobre el regazo, para protegerlo.

—Me encantaría, pero no tengo ni idea de dónde está mi marido. No le he visto desde ayer.

—Es algo extraño, ¿no? —dice Naomi, como si se le acabara de ocurrir—.

¿No haberle visto?

La miro a los ojos.

—Mucho, sí.

—¿Le sorprendería saber que su marido no ha utilizado su móvil ni ninguna de sus tarjetas de crédito desde ayer? No hay ni un solo rastro documental

—prosigue.

No contesto.

—¿Sabe cuál puede ser el motivo? —pregunta O’Mackey.

No me gusta la manera en que me miran, como si ya hubieran decidido que estoy ocultándoles algo. Es un recordatorio más, que me sobra, de que ojalá sí estuviera ocultando algo.

Naomi saca un cuadernillo del bolsillo y lo abre.

—¿Es cierto que ha tenido relaciones comerciales con Avett y Belle Thompson? —pregunta—. ¿Que le han encargado obras suyas por valor de ciento cincuenta y cinco mil dólares durante los últimos cinco años?

—No puedo recordar de memoria si esa es la suma correcta. Pero sí, son clientes míos.

—¿Ha hablado con Belle desde que Avett fue arrestado ayer? —pregunta.

Pienso en los mensajes que le he dejado en el buzón de voz. Seis en total.

Mensajes que no ha contestado. Niego con la cabeza.

—¿Ella no ha intentado llamarla? —insiste.

—No —digo.

Ladea la cabeza, reflexiona.

—¿Está segura de ello?

—Sí, estoy segura de con quién he hablado y con quién no.

Naomi se inclina hacia delante, hacia mí, como si fuera mi amiga.

—Solo queremos asegurarnos de que nos está contando todo lo que sabe.

No como su amiga Belle.

—¿A qué se refiere?

—Digamos que el hecho de comprar cuatro vuelos a Sídney desde distintos aeropuertos del Norte de California, en un intento de abandonar el país inadvertidamente, no ha ayudado mucho a su declaración de inocencia. No es como si proclamara a voz en grito «yo no sé nada», ¿no le parece?

Evito cautelosamente mostrar ninguna reacción. ¿Cómo es posible que esto esté ocurriendo? ¿Cómo es posible que Avett esté en la cárcel y Belle intentando escabullirse a su país natal? ¿Y cómo puede ser que no sea posible localizar a Owen en medio de todo esto? Owen, que es inteligente, que con frecuencia es capaz de ver la imagen de conjunto. ¿De veras puedo creer que pasó por alto tantas cosas de ese panorama global?

—¿Belle habló sobre The Shop con usted? —pregunta Naomi.

—Nunca me comentó nada sobre el trabajo de Avett —digo—. A Belle no le interesaba.

—Eso coincide con lo que nos ha dicho.

—¿Dónde está Belle ahora?

—En su casa de Saint Helena, y su pasaporte está en manos de su abogado.

Se mantiene en su posición de que está estupefacta de solo pensar que su marido podría ser culpable de este delito —dice el agente O’Mackey. Hace una pausa—. Pero nuestra experiencia nos dice que la esposa suele estar al corriente.

—No es mi caso —digo.

Naomi interviene de nuevo, casi como si no hubiera contestado.

—Mientras esté segura… —dice—. Alguien tiene que pensar en la hija de Owen.

—Yo me encargo.

—Bien —añade—. Bien.

Suena como una amenaza. Y puedo entender lo que está fingiendo no decir.

Entiendo la insinuación de que podrían llevarse a Bailey. ¿No me aseguró Grady que no lo harían?

—Tendremos que hablar con Bailey también —dice O’Mackey—. Cuando vuelva del instituto hoy.

—No van a hablar con ella —digo—. No sabe nada del paradero de su padre. Hay que dejarla en paz.

O’Mackey imita mi tono de voz.

—Me temo que eso no depende de usted —continúa—. Podemos acordar una hora o simplemente presentarnos en su casa esta noche.

—Hemos pedido asesoría legal —digo—. Si quieren hablar con ella, tendrán que ponerse primero en contacto con nuestro abogado.

—¿Y quién es su abogado? —pregunta Naomi.

Respondo antes de permitirme tener en consideración las implicaciones de nombrarlo.

—Jake Anderson. Tiene su base en Nueva York.

—Bien. Haga que se comunique con nosotros —dice Naomi.

Asiento, intentando dilucidar cómo distender la situación, ya que no deseo estropear lo que sea que Grady me prometió por la mañana, que Bailey se quedaría donde está. Eso es lo más importante.

—Miren, ya sé que solo están haciendo su trabajo —digo—. Pero estoy cansada y, como ya le dije al agente federal esta mañana, no tengo más respuestas para ustedes.

—Un momento…, ¿qué está diciendo? —pregunta O’Mackey.

Miro alternativamente al agente y a una Naomi que ha dejado de sonreír.

—El agente federal que vino a verme esta mañana —repito—. Ya hemos repasado todo esto.

Se miran uno al otro.

—¿Cómo se llamaba? —pregunta O’Mackey.

—¿El agente federal?

—Sí —insiste—. ¿Cómo se llamaba el agente federal?

Naomi me mira con los labios fruncidos, como si las reglas del juego hubieran cambiado y ella no estuviera preparada. Y por esa razón decido no decir la verdad.

—No me acuerdo —respondo.

—¿No se acuerda de su nombre?

No digo nada más.

—No recuerda el nombre del agente federal que apareció en la puerta de su casa esta mañana. ¿Lo dice en serio?

—No dormí mucho la noche pasada, y todo está un poco borroso.

—¿Recuerda si el agente le enseñó una placa? —dice O’Mackey.

—Sí lo hizo.

—¿Sabe qué aspecto tiene una placa de agente federal? —pregunta Naomi.

—¿Se supone que debo saberlo? —contesto—. Tampoco sé qué aspecto tiene una placa de agente del FBI, ya que está mencionando algunas cosas que no sé. Seguramente debería confirmar que ustedes son quienes dicen ser. Y después podemos continuar esta conversación.

—Estamos simplemente un poco confusos, porque este caso no corresponde a la jurisdicción de la oficina federal —explica—. Por eso necesitamos verificar la identidad de la persona que habló con usted esta mañana. No deberían haber estado allí sin nuestra aprobación. ¿Amenazaron a Owen de alguna forma? Porque debería saber que, si la implicación de Owen es mínima, podría ayudarse a sí mismo testificando contra Avett.

—Eso es cierto —corrobora O’Mackey—. Ni siquiera es sospechoso todavía.

—¿Todavía? —pregunto.

—No quería decir eso —corrige Naomi.

—No, no quería decir «todavía» —dice O’Mackey—. Quería decir que no hay ninguna razón que justifique la visita de un agente federal.

—Resulta curioso, agente O’Mackey, que él dijera lo mismo de ustedes.

—¿En serio? —Naomi recobra la compostura, sonríe—. Empecemos de nuevo, ¿de acuerdo? —propone—. Estamos todos en el mismo equipo.

Pero, en el futuro, puede que desee que su abogado esté presente cuando alguien se presente en su casa para hablar con usted.

Imito su sonrisa.

—Me parece una idea estupenda, Naomi. Voy a empezar a ponerla en práctica ahora mismo —digo.

Luego señalo la verja y espero a que se levanten y la atraviesen para marcharse.

OceanofPDF.com