Lo último que me dijo
Algunas cosas tiene que hacerlas una misma
Avanzamos por el largo pasillo decorado con fotografías artísticas, pasamos al lado de una de la costa de California. La hermosa costa cerca del Big Sur.
La fotografía tiene por lo menos dos metros de largo, es una vista aérea de ese tramo casi imposible de carretera excavada en la roca, la división entre las escarpadas montañas y el océano. Estoy tan concentrada en ella, encontrando algo de consuelo en ese paisaje que me resulta familiar, que casi no advierto su presencia al pasar por el comedor: casi no advierto la mesa; mi mesa de comedor cuya reseña apareció en la revista Architectural Digest. La mesa que me ayudó a lanzar mi carrera .
Es mi obra más copiada: unos grandes almacenes empezaron incluso a replicarla tras el artículo de Architectural Digest.
Me quedo paralizada. Nicholas dijo que su mujer escogía cuidadosamente cada pieza de mobiliario de la casa. ¿Y si había leído la reseña en Architectural Digest? ¿Y si eso fue lo que la llevó a comprar mi mesa? Era una posibilidad. Todavía podía encontrarse en la página web de la revista.
Si hubiera realizado los clics suficientes en sus últimos años, tal vez habría podido dar con la nieta que había perdido, si hubiera buscado con la suficiente dedicación, si hubiera sabido qué es lo que tenía que buscar.
Después de todo, los pasos que yo misma he dado me han traído hasta aquí, a esta casa en la que no quiero estar y en la que una obra de mi pasado me ha encontrado, como si necesitara un nuevo recordatorio de que todo lo que importa en mi vida está a merced de lo que suceda ahora.
Nicholas abre una gruesa puerta de madera de roble y me invita a pasar.
Evito volver la vista atrás hacia Ned, que se encuentra un par de pasos detrás de nosotros. Evito mirar a los perros babeantes, que van a su lado.
Sigo a Nicholas hacia el interior de su despacho y lo observo: las oscuras sillas de cuero y lámparas de lectura, las estanterías de caoba. Enciclopedias y clásicos se alinean en los estantes. Los diplomas y galardones de Nicholas Bell cuelgan de la pared. Summa cum laude. El premio de la sociedad Phi Beta Kappa. De la publicación Law Review. Todos ellos orgullosamente enmarcados.
Su despacho tiene un aire distinto al del resto de la casa. Es como más personal. La estancia está llena de fotografías de la familia: en las paredes,
en la vitrina, en las estanterías. Pero el escritorio está dedicado por completo a las fotos de Bailey. Fotos en marco de plata de ley, fotos ampliadas al doble de su tamaño normal. Todas de la pequeña Bailey con sus ojos oscuros, enormes como platos. Y sus dulces rizos, ninguno de ellos todavía de color violeta.
También está su madre, Kate. Tiene en sus brazos a Bailey en casi todas las fotografías enmarcadas: Bailey y Kate comiendo un helado; Bailey y Kate abrazadas en un banco en un parque. Me fijo en una de Bailey, a los pocos días de nacer, con un gorrito de lana azul. Kate está tumbada en la cama junto a ella, sus labios rozando los de Bailey, con la frente apoyada en la suya. Simplemente me parte el corazón. Y me imagino que esa es la razón por la que Nicholas la tiene a la vista (y tiene expuestas todas las demás), para sentir cada día que casi se rompe el suyo.
Eso es lo curioso de la bondad y la maldad. No están tan alejadas una de otra y a menudo sus inicios se remontan al mismo momento valiente en el que se desea que algo cambie.
Ned se queda en el pasillo. Nicholas hace un gesto en su dirección para indicar que todo está bien y cierra la puerta. La gruesa puerta de roble. El guardaespaldas está en el pasillo, los perros también.
Y nosotros dos estamos en su despacho.
Nicholas avanza hacia el mueble bar y sirve dos copas. Luego me ofrece una de ellas y toma asiento tras el escritorio, y me indica que me coloque frente a él, en un cómodo sillón de cuero con grabados dorados.
—Póngase cómoda —dice.
Me siento con la copa en la mano, pero no me gusta estar de espaldas a la puerta. Por un momento me viene a la cabeza la posibilidad de que alguien pudiera entrar y dispararme. Uno de los guardaespaldas podría sorprenderme, los perros podrían entrar en acción. Incluso el mismo Charlie podría irrumpir en el despacho. Quizás he entendido mal lo que Owen indicó en su testamento. Tal vez, en este intento mío de sacar a Bailey y a Owen de un lío en el que yo misma los he metido aún más, haya entrado yo solita en la boca del lobo. Un sacrificio. En el nombre de Kate. O de Owen.
O de Bailey.
Me recuerdo a mí misma que, si consigo hacer aquello por lo que he venido, está bien, lo acepto.
Dejo la copa a un lado. Mis ojos se posan de nuevo en las fotografías de Bailey bebé. Me fijo en una en la que lleva un vestido de fiesta con un lazo
alrededor de la cabeza.
Me hace sentir un tanto reconfortada, algo que Nicholas parece advertir. La coge y me la ofrece.
—Eso fue en el segundo cumpleaños de Kristin. Ya formulaba frases completas. Era sorprendente. La llevé al parque, tal vez la semana después, y nos encontramos con su pediatra. Él le preguntó qué tal estaba, y ella le respondió una parrafada —explica—. El médico no daba crédito.
Sostengo la foto en mis manos. Bailey me devuelve la mirada con aquellos rizos que son un preludio del conjunto de su personalidad.
—Yo sí me lo creo —respondo.
Nicholas se aclara la garganta.
—Me imagino que sigue siendo igual.
—No —respondo—, en estos tiempos los monosílabos son más habituales, por lo menos en lo que se refiere a su comunicación conmigo. Pero en general sí. En general es una estrella.
Alza la vista y veo la cara de Nicholas. Parece enojado. No estoy segura de por qué razón. ¿Está enfadado porque he hecho algo para no agradar a Bailey como yo desearía gustarle? ¿O está enfadado porque nunca le han dado la posibilidad de comunicarse con ella?
Le devuelvo la fotografía. Vuelve a colocarla sobre su escritorio, corrigiendo de forma obsesiva su posición hasta colocarla en el lugar donde estaba antes, para mantener todos los fragmentos que posee de ella exactamente en el lugar donde los puede encontrar. Tengo la sensación de que es un poco como un conjuro mágico, de que piensa que, si se aferra a ella de ese modo, tal vez eso le ayude a volver a encontrarla.
—Bien, Hannah, ¿qué puedo hacer por usted exactamente?
—Bueno, tenía la esperanza de poder llegar a un acuerdo, señor Bell.
—Nicholas, por favor —responde.
—Nicholas —repito.
—Y la verdad es que no.
Respiro hondo y me siento al borde del sillón.
—Ni siquiera ha escuchado lo que quiero decirle.
—Lo que quiero decir es que esa no es la razón por la que está aquí: para llegar a un acuerdo —explica—. Ambos lo sabemos. Está aquí con la esperanza de que yo no sea esa persona que todo el mundo le ha dicho que soy.
—Eso no es cierto —replico—. No me interesa juzgar quién tenía razón o quién se equivocaba.
—Eso está bien, porque no creo que le gustara la verdadera respuesta. La gente no suele funcionar de esa manera. Tenemos nuestra propia opinión y filtramos la información hasta convertirla en un paradigma que la respalda.
—No es usted un gran convencido de que la gente pueda cambiar de opinión.
—¿Le sorprende?
—Normalmente no, pero usted es abogado —respondo—. ¿No es una parte importante de su trabajo convencer a la gente?
Nicholas me ofrece una sonrisa.
—Creo que me está confundiendo con un fiscal. Un abogado defensor, por lo menos uno que se precie, nunca intenta convencer a nadie de nada.
Hacemos justo lo contrario: le recordamos a todo el mundo que no se puede saber nada con certeza.
Nicholas alarga la mano hacia una caja marrón situada encima del escritorio. Abre la tapa y saca un cigarrillo.
—No le voy a ofrecer uno. Es un hábito desagradable, lo sé. Pero empecé a fumar cuando era un adolescente, no había mucho más que hacer en la ciudad de la que venía. Y volví a empezar a fumar en prisión por lo mismo.
Desde entonces no he sido capaz de dejarlo. Si mi mujer todavía estuviera con nosotros, lo intentaría. Me compraría esos parches de nicotina. ¿Los ha visto alguna vez? Ayudan, si se tiene la disciplina suficiente, pero yo ya no tengo que fingir. No desde que perdí a mi mujer… ¿Para qué? Charlie siempre me fastidia con ese tema, pero no puede hacer mucho más aparte de darme la tabarra. Supongo que soy demasiado viejo. Se me llevará otra cosa antes.
Se lleva el cigarrillo a la boca con el mechero de plata en la mano.
—Me gustaría contarle una breve historia, si me lo permite —dice—. ¿Ha oído hablar de Harris Gray?
y
—Me parece que no —respondo.
Enciende el cigarro y aspira largamente.
—No, por supuesto que no. ¿Por qué tendría qué conocerle? Él me presentó a mis antiguos clientes —explica—. Tenía veintiún años. Cuando le conocí se encontraba en el escalafón más bajo de la jerarquía. Si hubiera ocupado un puesto más importante, los caballeros a la cabeza de la organización habrían llamado a uno de sus abogados de confianza para ayudarle, y yo no estaría sentado frente a usted ahora. Pero resultó no ser el caso. Y por esa razón la ciudad de Austin me llamó para defenderle. Una asignación aleatoria enviada a la oficina del Defensor Público una noche que me había quedado a trabajar hasta tarde. Habían pillado a Harry con oxicodona. No una tonelada, pero sí la suficiente. Se le acusó de intentar traficar con ella, lo cual, huelga decirlo, era su intención. —Da otra calada—. Adonde quiero llegar es al hecho de que yo hice mi trabajo, quizá demasiado bien.
Normalmente Harris hubiera estado entre rejas durante algún tiempo, treinta y seis meses, tal vez setenta y dos, si tenía mala suerte con el juez que le tocara. Pero yo conseguí que saliera libre.
—¿Cómo lo consiguió? —pregunté.
—Tal y como se hace bien cualquier cosa —dice—: prestando atención. Y
el fiscal no se lo esperaba. Fue muy chapucero. No reveló algunas de las pruebas inculpatorias y conseguí que se desestimara el caso. Y Harris quedó en libertad. A continuación, sus jefes quisieron conocerme. Estaban impresionados. Querían comunicármelo. Y querían que hiciera lo mismo de nuevo para otros miembros de su organización que pudieran encontrarse en problemas.
No sé qué espera que diga, pero me mira, tal vez para asegurarse de que estoy escuchando.
—Esos caballeros que lideran la organización de Harris decidieron que había demostrado la clase de pericia imprescindible para que sus trabajadores siguieran… trabajando. Así que nos llevaron a mí y a mi mujer, en un avión privado, al sur de Florida. Nunca había volado en primera clase, por no decir en un avión privado. Pero nos llevaron allí en su avión y nos alojaron en la suite de un hotel en primera línea de la costa, con un mayordomo para nosotros solos, y me hicieron una propuesta, una a la cual resultaba muy difícil decir que no. —Hizo una pausa—. No estoy muy seguro de por qué he mencionado el avión o el mayordomo en el hotel a la orilla del mar. Tal vez para darle a entender que me encontraba considerablemente fuera de mi elemento con aquellos clientes. No quiero decir que no tuviera elección. Creo que siempre hay otra opción. Y la elección que hice fue defender a personas que, de acuerdo con la ley,
q
p
q
y
merecen una buena defensa. No hay ningún mérito en ello. Nunca mentí a mi familia al respecto. Omití algunos de los detalles, pero estaban al corriente de la visión global y sabían que no cruzaba ninguna otra línea.
Hacía mi trabajo. Cuidaba de mi familia. Al fin y al cabo, no era tan distinto como trabajar para una compañía de tabaco: también hay que pasar cuentas en el plano ético.
—Solo que yo no trabajaría tampoco para una compañía de tabaco —
apunté.
—Bueno, no todo el mundo puede darse el lujo de regirse por su estricto código moral —replica.
Lo dice con un tono un tanto mordaz. Estoy asumiendo un riesgo, al discutir con él, solo que se me ocurre que esa puede ser precisamente la razón de que me haya contado su historia, la versión que quiere que vea. Para ponerme a prueba. Para ver si voy a hacer eso exactamente: discutir, comprometerme. Esa tiene que ser la razón por la que ha presentado así su historia: se trata de la primera prueba. Quiere ver si le dejaré divagar ciegamente con el fin de congraciarme con él o si demostraré ser humana.
—No es que mi código moral sea tan estricto, pero me parece que sus clientes eran responsables de causar toda suerte de graves daños y usted lo sabía —replico—. Y, sin embargo, eligió ayudarles.
—Oh, ¿es esa la diferencia? —cuestiona—. ¿Causar daños? ¿Qué hay del daño producido al arrancar a una niñita de su familia justo después de que pierda a su madre? ¿Qué hay del daño producido al privar a esa niña de conocer a todo aquel que habría podido recordarle cómo era su madre? ¿Al privarla de todos los que la querían?
No contesto. Ahora lo comprendo. Nicholas no me explicó su vida para presentarse a sí mismo desde una óptica más favorable, o para ver si colaboraría con él. Lo ha hecho para que yo misma le condujera hasta aquí, exactamente a este punto, para poder desatar su furia. Quería herirme con ella. Quería herirme con el daño causado por Owen, con el precio que debe pagar por lo que decidió hacer.
—Creo que es la hipocresía de Ethan lo que me resulta más impactante —
dice—. Si tenemos en cuenta que él sabía exactamente qué hacía y qué no para mis clientes. Sabía más que mis propios hijos. En parte porque sabía mucho de codificación y ordenadores. Y en parte también porque estrechamos lazos y le permití entrar en ello. Digamos que me ayudó a hacer ciertas cosas. Y por esa razón fue capaz de causar tanto daño.
No sé cómo rebatírselo. No sé cómo podría discutir con Nicholas sobre nada de esto. Es así como él se ve a sí mismo, como un hombre familiar, como un hombre agraviado. Y ve a Owen como a la persona que le agravió, lo cual hace a Owen igual de culpable que él. No puedo argumentar con algo tan intrínseco a su comprensión de sí mismo. De modo que decido no hacerlo. Decido ir por otro lado.
—No creo que se equivoque al respecto —digo.
—¿No? —pregunta.
—Lo único que sé con seguridad de mi marido es que haría cualquier cosa por su familia. Y usted era su familia, así que puedo imaginarme que se implicara considerablemente con lo que fuera que usted le pidiera. —Hago una breve pausa—. Hasta que decidió que no seguiría haciéndolo.
—Llevaba trabajando con mis clientes desde hacía diecinueve años cuando Ethan pasó a ser parte de la vida de mi hija. También trabajaba para otros clientes, claro está. Seguía luchando por gente a la que usted daría su aprobación, y sigo haciéndolo, aunque estoy convencido de que mis buenas obras no le interesan tanto.
No digo nada. No está esperando a que yo diga algo. Está intentando defender su postura, y es entonces cuando empieza a hacerlo.
—Ethan me culpó por lo que le pasó a Kate. Y culpó a mis clientes, aun cuando no tenían nada que ver con ello. Kate trabajaba para un juez del Tribunal Supremo de Texas, uno muy influyente. ¿Lo sabía?
Asiento con la cabeza.
—Sí.
—¿Sabía que ese juez había conseguido que el tribunal diera un giro a la izquierda y estaba a punto de dar el voto decisivo contra una gran corporación petrolera, la segunda más grande del país? Si quiere que hablemos de auténticos criminales, esos caballeros estaban emitiendo químicos altamente tóxicos en la atmósfera en tal cantidad que, de estar expuesta usted a ellos, los ojos se le hincharían hasta no poder siquiera abrirlos.
Me observa.
—La cuestión es que ese juez, el jefe de Kate, estaba preparando un dictamen mayoritario contra la corporación que conllevaría una reforma radical y le costaría a esa corporación casi seis mil millones de dólares para
mejorar las actividades de conservación. Y el día que asesinaron a mi hija, el juez llegó a su casa y se encontró una bala en su buzón. ¿Qué opinión le merece eso? ¿Se trata de una coincidencia? ¿O de un disparo de advertencia?
—No sé lo suficiente.
—Pues bien, Ethan decidió que él sí sabía lo suficiente. No fue posible convencerle de que los hombres a los que llevaba protegiendo dos décadas no le harían nada a mi hija. Ni de que yo sabía que esos hombres tenían su propio código de honor. De que era así como actuaban. Ni siquiera sus más perversos compañeros actuaban de ese modo, sin avisar. Pero Ethan no quería creerme. Solo quería culparme. Y castigarme. Como si no fuera suficiente el castigo. —Hace una pausa—. No hay nada peor que perder a un hijo. Nada. Especialmente cuando vives para tu familia.
—Puedo comprenderlo —digo.
—Su marido no. Nunca pudo comprender esa parte de mí. Tras su declaración, pasé seis años y medio en la cárcel en lugar de poner a mi familia en peligro si divulgaba los secretos de mis clientes. Lo cual también consideran como un servicio. De modo que siguen siendo generosos conmigo. Aunque ya esté jubilado, me consideran parte de la familia.
—¿Incluso aunque su yerno provocara el encarcelamiento de muchos de ellos?
—Los miembros de la organización que cumplieron condena en la cárcel junto a mí eran casi todos de rango inferior —aclara Nicholas—. Asumí el golpe destinado a los ejecutivos de alto nivel. No lo han olvidado. Y no lo harán.
—Entonces, ¿podría pedirles que se olviden de Ethan? ¿En teoría? ¿Si quisiera?
—¿No ha escuchado lo que acabo de decir? No deseo hacer algo así.
Además, no puedo saldar su deuda. Nadie puede.
—Acaba de decir que harían cualquier cosa por usted.
—Quizás es eso lo que usted quería oír. Lo que he dicho es que son generosos conmigo en ciertas cuestiones. No en todo. Ni siquiera en las familias se deja pasar todo.
—No —comento—. Supongo que no.
En ese momento me doy cuenta de que hay algo más. Lo descubro gracias a lo que Nicholas no está dispuesto a admitir, por lo menos todavía no.
—Nunca le cayó bien Ethan, ¿verdad? —pregunto.
—¿Perdone?
—Incluso antes de que pasara todo aquello, cuando le conoció por primera vez, no habría sido su elección. Para su hija. Ese niño pobre del sur de Texas, que quería casarse con su única hija. No podía ser lo que usted deseaba para ella. Él podía haber sido usted. Creció en una ciudad similar a aquella de la que usted procedía. Era demasiado parecido a lo que usted mismo había evitado ser, organizando su vida para que fuera mejor.
—¿Es usted terapeuta?
—No, para nada. Solo presto atención.
Me lanza una mirada divertida. Aparentemente, le gusta la conversación. Le gusta que le responda con sus propias palabras.
—Entonces, ¿qué me está pidiendo?
—Todo lo que usted hizo lo hizo para que sus hijos tuvieran más opciones que usted. Kate. Charlie. Opciones más fáciles. Y por eso tuvieron una infancia prometedora. Las mejores escuelas, las más ambiciosas posibilidades. Para que no tuvieran que luchar tanto. Y, sin embargo, uno de sus hijos deja la Facultad de Arquitectura y decide hacerse cargo del bar de la familia de su mujer. Se divorcia.
—No se propase.
—Y su hija elige a alguien que sería la última persona que usted querría para ella.
—Como mi mujer solía decir, no podemos elegir a quién aman nuestros hijos. Acepté que eligiera a Ethan. Solo quería que fuera feliz.
—Pero usted tenía una corazonada, ¿no es cierto? No era lo mejor para Kate, no iba a hacerla feliz.
Nicholas se inclina hacia delante, su sonrisa se ha esfumado.
—¿Sabía que cuando Kate y Ethan empezaron a salir juntos mi hija dejó de hablarme durante un año?
—Ni siquiera sabía nada de la existencia de Kate ayer, así que los detalles sobre cómo se desarrolló su relación no me resultan familiares.
—Ella era una estudiante de primer año y decidió que no quería tener nada que ver con nosotros. Más bien conmigo… Nunca dejó de hablar con su madre. Era la influencia de Ethan. Pero lo superamos. Kate volvió a casa para hacer las paces. Es lo que hacen las hijas. Querer a sus padres. Y Ethan y yo…
—¿Llegó a confiar en él?
—Sí. Obviamente no debía haberlo hecho. Pero lo hice. Podría contarle una anécdota de su marido que haría que usted nunca pudiera volver a verlo como antes.
Guardo silencio. Porque Nicholas está diciendo la verdad, por lo menos su versión de ella. Owen, a sus ojos, es una mala persona. Ha llevado a cabo acciones malas contra Nicholas. Traicionó su confianza. Le robó a su nieta.
Desapareció.
Nicholas no se equivoca al respecto. Quizá también tiene razón en lo que piensa de mí. Si elijo sumergirme en el abismo de la duda que Nicholas pretende crear en relación con Owen, no sería demasiado difícil dejarme arrastrar hasta allí. Owen no es quien yo creía que era, por lo menos no en cuanto a los detalles de su vida pasada. Hay episodios que desearía que no existieran, que ahora no puedo ignorar. De un modo u otro, este es el contrato que se firma al amar a alguien. Para bien o para mal. Es el contrato que se debe firmar una y otra vez para mantener ese amor. No obviamos los aspectos de alguien que no queremos ver. Por mucho tiempo que tardemos en verlos. Los aceptamos si somos lo suficientemente fuertes. O los aceptamos en la medida suficiente como para no permitir que los aspectos negativos acaparen toda la historia.
Porque eso también importa. Los detalles no son toda la historia. Toda la historia, aun con todo, incluye esto: le amo. Le amo, y Nicholas no va a persuadirme de que no debería hacerlo. No va a convencerme de que he sido engañada. A pesar de todo, a pesar de todas las evidencias que demuestran lo contrario, creo que no me han engañado. Creo que conozco a mi marido, los aspectos que más importan. Esa es la razón de que esté aquí sentada. Por eso digo lo siguiente:
—Independientemente de lo que pueda decirme —empiezo a hablar—, creo que sé cuánto quiere mi marido a su nieta.
—¿A qué se refiere? —pregunta.
—Quiero proponerle un trato.
Empieza a reír.
—¿Volvemos al principio? Querida mía, no sabe qué está diciendo. No está usted en disposición de hacer ningún trato.
—Yo creo que sí.
—¿Y cómo se lo imagina?
Hago una inspiración profunda, consciente de que este es el momento de la verdad en toda mi conversación con Nicholas. Todo se reduce a cómo voy a venderle esto. Ahora me escuchará o se negará a hacerlo. Y lo único que está en juego es el futuro de mi familia. Mi identidad. La identidad de Bailey. La vida de Owen.
—Creo que mi marido preferiría morirse antes de permitir que usted se acercase a su nieta. Eso es lo que creo. Lo demostró al romper con todo y mudarse tan lejos de aquí. Por muy disgustado que esté por ello, usted le respeta por ser esa clase de padre. Usted no creía que Owen fuera capaz de eso.
Nicholas no dice nada, pero tampoco aparta la vista. Me sostiene la mirada.
Percibo cómo la ira va creciendo en su interior, un poco demasiado, pero continúo.
—Y supongo que a usted le gustaría tener una relación con su nieta. Creo que desea una relación con ella casi más que cualquier otra cosa. Que estaría dispuesto a llegar a acuerdos con sus antiguos socios para conseguir que eso sucediera. Por lo que ha dicho, entiendo que puede pedirles que nos dejen tranquilas, que nos dejen seguir con nuestras vidas. Si desea conocer a su nieta, creo que esta es la única carta que puede jugar. Eso o permitir que vuelva a desaparecer. Porque esa es la otra opción, esa es la opción que se me dice que debo tener en consideración. WITSEC, empezar de cero. No se le permitirá a su nieta seguir siendo quien es ahora. Empezará de cero otra vez.
Y ya está. De pronto sucede. Como si se hubiera accionado un interruptor, los ojos de Nicholas se oscurecen y se vacían de expresión. Su cara enrojece de ira.
—¿Por qué está diciéndome todo esto? —pregunta.
Se pone en pie. Empujo hacia atrás la silla casi antes de darme cuenta de que lo hago. La empujo para acercarme a la puerta como si fuera posible
que arremetiera contra mí. Parece posible. De repente todo parece posible a menos que salga de su despacho. A menos que pueda alejarme de él.
—No me gustan las amenazas —dice Nicholas.
—No le estoy amenazando —replico, intentando mantener un tono calmado
—. No era esa mi intención.
—Entonces, ¿cuál es su intención?
—Le estoy pidiendo que me ayude a mantener a salvo a su nieta —
respondo—. Le estoy pidiendo que me ofrezca una posición desde la cual ella pueda conocer a su familia. A usted.
No vuelve a sentarse. Me mira fijamente. Durante mucho tiempo. Durante lo que se me antoja muchísimo tiempo.
—Esos otros caballeros —empieza a decir—, mis antiguos clientes…
Existe la posibilidad de que pudiera acordar alguna solución con ellos. Me costaría una parte importante de mi capital. Y a buen seguro se preguntarían en qué me estoy convirtiendo, a mi edad. Pero… creo que podríamos garantizar que nadie la molestara, ni a usted ni a mi nieta.
Asiento con la cabeza. Me atraganto cuando empiezo a formular la pregunta, la siguiente pregunta que tengo que hacerle.
—¿Y qué hay de Ethan?
—A Ethan, no.
Lo dice sin dar pie a un posible error. Lo dice con carácter definitivo.
—Si Ethan regresara, no podría garantizar su seguridad. Su deuda es demasiado importante. Como ya le he dicho, no puedo proteger a Ethan, ni siquiera aunque quisiera hacerlo. Lo cual, para ser honestos, no es el caso.
Estaba preparada para esto, para su posición inamovible. Estaba todo lo preparada que se puede estar, aunque una pequeña parte de mí creía que no iba a tener que doblegarme ante su posición. Hacer lo que he venido a hacer. Una pequeña parte de mí todavía se muestra incrédula incluso cuando inicio mi próximo movimiento.
—¿Y su nieta? ¿Podría garantizar su seguridad? ¿Es eso lo que está diciendo?
—Sí, potencialmente sí.
Guardo silencio durante un instante. No digo nada hasta que confío de nuevo en mi capacidad para hablar.
—De acuerdo entonces —digo.
—¿De acuerdo? —pregunta—. ¿En qué estamos de acuerdo?
—Me gustaría que hablara con sus antiguos socios para que eso se convirtiera en una realidad.
Ni siquiera intenta disimular su confusión. Está confundido porque él creía saber para qué había ido a verle. Él creía que iba a suplicar por la vida de Owen, por su seguridad. No comprende que eso es exactamente lo que estoy haciendo, aunque no lo parezca.
—¿Se da cuenta de lo que me está proponiendo?
Estoy asumiendo una vida sin Owen. Eso es lo que propongo. Una vida que no se parece en absoluto a lo que había imaginado para mí misma, pero una vida donde Bailey puede seguir siendo Bailey. Puede seguir siendo la jovencita en la que se ha convertido bajo la mirada protectora de Owen, la joven de la que él se siente tan orgulloso. Seguirá viviendo su vida, para ir a la universidad dentro de dos años, para construir la vida que desea, no como otra persona, no como alguien que tiene que fingir quién es, sino como ella misma.
Bailey y yo seguiremos adelante, pero sin Owen, sin Ethan. Owen, Ethan: ambos empiezan a fundirse en mi mente. El marido que creía conocer, el marido al que no conozco. El marido que no tengo. Estas son mis consideraciones.
Y este es el trato que pretendo hacer si Nicholas está de acuerdo. Y
entonces le explico el porqué.
—Es la voluntad de Ethan.
—¿Vivir su vida sin ella? —pregunta—. No. No me lo creo.
Me encojo de hombros.
—No por ello es menos cierto.
Nicholas cierra los ojos. De pronto parece cansado. Y sé que eso se debe en parte al hecho de estar pensando en sí mismo, al hecho de haberse visto obligado a vivir su vida sin su hija y su nieta. Pero también porque siente compasión por Owen, una compasión que no desea sentir, aunque no puede evitarlo.
Y entonces aparece aquello que Nicholas menos esperaba mostrarme. Su humanidad.
Por eso decido contarle la verdad, decir en voz alta lo que llevo pensando toda la semana, pero no he compartido todavía con nadie.
—Nunca tuve realmente a mi madre —explico—. Se fue cuando yo era pequeña, no mucho mayor que Bailey cuando usted la vio por última vez. Y
nunca se ha involucrado en mi vida de forma significativa. A veces me envía una postal o me llama por teléfono.
—¿Y por qué me cuenta todo esto? —pregunta—. ¿Para obtener mi compasión?
—No, no lo hago por eso —respondo—. Tenía a mi abuelo, que era una persona absolutamente increíble. Inspiradora. Y cariñosa. Tuve más que la mayoría de la gente.
—Entonces, ¿por qué?
—Espero que eso le ayude a comprender que, incluso aunque tenga que enfrentarme a otras pérdidas por venir aquí, mi prioridad es su nieta. Hacer lo que está bien para ella, al precio que sea, vale la pena. Usted lo sabe mejor que yo.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Que usted estaba antes.
No dice nada. No tiene por qué hacerlo. Porque comprende lo que le digo.
Mi madre nunca intentó luchar por su familia, nunca intentó luchar por mí.
Eso la define. Aparentemente estoy dispuesta a dejarlo todo para hacer lo contrario que mi madre en relación con Bailey. De un modo u otro eso definirá mi persona.
Y si Nicholas está de acuerdo en aceptar mi petición, eso le definirá también. Tendremos eso en común. Tendremos a Bailey en común. Seremos las dos personas que haremos por ella todo lo necesario.
Nicholas cruza los brazos sobre el pecho, casi como si se estuviera dando un abrazo, casi como si se estuviera abrazando para protegerse de aquello que no sabe si debe hacer.
—Si alguna parte de usted cree que eso cambiará algún día —empieza a hablar—, que un día todo esto pasará y entonces Ethan podrá volver con usted, volver a integrarse en sus vidas, y que ellos lo dejarán correr… Eso
no va a suceder. Eso es incuestionable. Esos hombres no olvidan. Eso nunca podrá suceder.
Hago acopio de fuerzas para decir lo que sinceramente creo.
—No es el caso.
Me mira, está observándome. Creo que le tengo donde quería. O por lo menos estamos acercando nuestras posiciones. Para bien o para mal.
Pero se oyen unos golpes en la puerta. Y aparece Charlie. Charlie, que aparentemente se ha quedado en la casa, a pesar de las instrucciones de Nicholas. Nicholas no parece alegrarse por ello. Pero está a punto de estar aún menos contento.
—Grady Bradford está en la entrada —anuncia—. Acompañado por una decena de agentes federales.
—Ha tardado bastante —comenta Nicholas.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta Charlie.
—Dile que pase —responde.
Entonces Nicholas se gira hacia mí y me mira a los ojos, aquel momento entre nosotros parece haberse esfumado.
—Si Ethan vuelve a casa, ellos lo sabrán —insiste—. Ellos siempre le estarán buscando.
—Lo comprendo.
—Puede que den con él incluso aunque no vuelva a casa.
—Bueno —respondo—, todavía no le han encontrado.
Ladea la cabeza mirándome intrigado.
—Creo que se está equivocando —dice—. Creo que lo último que Ethan querría es alejarse de la vida de su hija.
—No creo que sea lo último —digo—. No.
—¿Y qué sería entonces?
«Que algo le pasara a Bailey —quiero decirle—. Que le pasara algo debido a los vínculos de Owen con todo esto, que acabara sufriendo algún daño.
Que al final fuera asesinada.»
—Algo distinto —me limito a decir.
«Protégela.»
Charlie posa la mano sobre mi hombro.
—Han venido a buscarte —dice—. Tienes que irte.
Me pongo en pie para marcharme. Nicholas parece haberme escuchado, pero ahora parece no querer escuchar nada en absoluto. Se acabó.
No hay nada más que hacer. De modo que me dispongo a seguir a Charlie.
Avanzo hacia la puerta.
En ese momento oímos la voz de Nicholas detrás de nosotros, llamándonos.
—Kristin… —dice—. ¿Cree que se mostrara abierta a conocerme?
Doy media vuelta y le miro a los ojos.
—Creo que sí —contesto—. Sí.
—¿Y cómo piensa organizarlo?
—Ella será quien decida la frecuencia y la duración de los encuentros. Pero yo me aseguraré de que el pozo no está envenenado. Me aseguraré de que comprenda que gran parte de lo que ha sucedido no tiene nada que ver con sus sentimientos hacia ella. Y que debería conocerle.
—¿Y la escuchará?
Una semana antes la respuesta habría sido negativa. ¿Acaso esta mañana temprano no lo era también? Se fue de la habitación del hotel a sabiendas de que yo le había pedido que se quedara esperándome. Sin embargo, necesito creer que puedo decirle que sí, necesito que crea que así será, tanto como yo necesito creerlo, con el fin de que mi plan salga adelante. Sé que todo se reduce a mi respuesta.
Asiento con la cabeza.
—Sí que me escuchará.
Nicholas hace una breve pausa.
—Volved a casa —dice al fin—. Estaréis a salvo. Las dos. Tiene mi palabra.
Hago una inspiración profunda. Empiezo a llorar delante de él, me llevo rápidamente las manos a los ojos.
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—Gracias.
Camina hasta donde estoy y me ofrece un pañuelo.
—No me dé las gracias —responde—. No lo hago por usted.
Le creo. Acepto el pañuelo de todos modos. Luego salgo de allí con la mayor rapidez posible.
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