Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 22 de 43

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Lo último que me dijo

Yo también puedo jugar a ese juego

Yo también puedo jugar a ese juego Espero hasta la mañana siguiente para llamarle. Espero hasta que me siento calmada y segura de que soy capaz de hacer lo que tengo que hacer.

Reúno todas mis notas y me pongo un vestido de verano sin mangas. Cierro la puerta del hotel sigilosamente, con cuidado de no despertar a Bailey.

Después me dirijo a la planta baja, atravieso el bullicioso vestíbulo y voy afuera, donde puedo caminar por la calle, donde puedo controlar mejor los ruidos de fondo.

Todavía se está bastante tranquilo, el lago inmóvil y plácido, incluso en pleno trajín matinal; los trabajadores que vienen de fuera cruzando el puente de Congress Avenue, de camino a la oficina, al colegio de sus hijos, dispuestos a empezar uno de sus benditos días normales.

Introduzco la mano en el bolsillo y saco la servilleta de Fred’s, con el número de móvil de Grady doblemente subrayado.

Enciendo mi móvil y tecleo un código especial antes de su número, con la esperanza de que eso ayude a bloquear mi llamada un poco más de tiempo, por si tiene muchas ganas de desbloquearlo, por si le interesa mucho intentar averiguar dónde estoy.

—Grady al habla —dice al descolgar.

Me preparo para mentir. Después de todo, eso es lo único que me queda.

—Soy Hannah —digo—. Owen me llamó.

Digo eso en lugar de «hola».

—¿Cuándo? —dice Grady.

—Ayer por la noche, hacia las dos de la madrugada. Me dijo que no podía hablar por si alguien estaba escuchando la llamada. Rastreándole. Llamó desde un teléfono público o algo así. En la pantalla decía «número privado»

y él hablaba muy rápido. Quería saber si estaba bien, si Bailey estaba bien, y afirmó categóricamente que no tenía nada que ver con lo que está pasando en The Shop. Dijo que había tenido la intuición de que Avett estaba planeando algo, pero desconocía su alcance.

Puedo oír a Grady al otro extremo de la línea, haciendo ruidos como si buscara algo. Tal vez un cuaderno de notas, algo donde escribir las pistas que parece creer que voy a facilitarle.

—Dime qué te contó exactamente… —pregunta.

—Dijo que no era seguro seguir hablando y que te llamara —miento—.

Que me dirías la verdad.

El ruido producido por sus movimientos cesa.

—¿La verdad? ¿Sobre qué?

—No lo sé, Grady. Cuando Owen lo dijo sonaba como si tú supieras la respuesta.

Grady guarda silencio.

—Es muy pronto en California —comenta—. ¿Qué haces despierta tan temprano?

—¿Podrías volver a dormir si tu marido te llama a las dos de la madrugada y te dice que está en un lío?

—Soy bastante dormilón, así que…

—Necesito saber qué está pasando, Grady. Qué está pasando realmente —

prosigo—. ¿Por qué un agente federal con base en Austin, Texas, viene hasta San Francisco buscando a alguien que ni siquiera es todavía sospechoso?

—Y yo necesito saber por qué me estás mintiendo, diciéndome que Owen te llamó cuando resulta obvio que no lo hizo.

—¿Por qué no hay ningún registro de Owen Michaels antes de llegar a Sausalito? —pregunto.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Un amigo.

—¿Un amigo? Pues ese amigo te está facilitando información incorrecta —

dice.

—No lo creo —le rebato.

—Vale, bueno, ¿le recordaste a tu amigo que una de las principales funciones del nuevo software de The Shop es modificar el historial visible online? ¿Que ayuda a eliminar cualquier rastro que no se desee dejar? ¿O

me equivoco? Ningún rastro sobre tu identidad en Internet. Eso incluye las bases de datos de universidades, registros sobre viviendas…

—Sé cómo funciona el software.

—Entonces, ¿por qué no se te ha ocurrido que, si alguien borró los datos de Owen, podría ser justo la única persona con la capacidad de hacerlo?

Owen. Está diciendo que Owen eliminó cualquier rastro sobre su pasado.

—¿Por qué haría eso? —pregunto.

—Quizás estaba probando su software —responde—. No lo sé. Solo digo que estás creando un relato bastante elaborado, cuando en realidad hay una amplia variedad de explicaciones sobre lo que tu amigo pudo o no descubrir sobre el pasado de Owen.

Está intentando desestabilizarme. No voy a permitirlo. No le permitiré intentar controlar esa narrativa para favorecer sus propios planes, lo cual es lo que sospecho cada vez más.

—¿Qué hizo, Grady? ¿Antes de todo esto? Antes de The Shop? ¿Por qué se cambió de identidad? ¿Por qué se cambió el nombre?

—No sé a qué te refieres.

—Yo creo que sí —replico—. Creo que eso explica por qué viniste hasta San Francisco para realizar una investigación sobre la que no tienes jurisdicción.

Se ríe.

—Mi jurisdicción me pone sin duda a cargo de esta investigación —dice—.

Creo que seguramente no deberías preocuparte tanto de eso y tal vez sí un poco más de otras cosas.

—¿Como por ejemplo?

—Como el hecho de que tu amiga, la agente especial Naomi Wu ,del FBI, está amenazando con denominar a Owen como sospechoso oficial.

Hago una pausa. No le había dicho su nombre. Él sabía su nombre. Parece saberlo todo.

—No tenemos demasiado tiempo antes de que su equipo se presente en tu casa con una orden de registro. Estoy esforzándome por impedírselo de momento, pero no puedo garantizar que eso no suceda.

Pienso en Bailey al volver a casa cuando vea su habitación patas arriba, todo su mundo hecho polvo.

—¿Por qué, Grady?

—¿Perdona?

—¿Por qué te esfuerzas tanto por impedir que eso ocurra?

—Ese es mi trabajo.

Lo dice con seguridad, pero no estoy convencida. Porque algo se ha activado en mi mente. A Grady le interesa tan poco como a mí que algo así suceda. Grady quiere ayudar a Owen a evitar ese destino. Pero ¿por qué? Si Grady solo estuviera investigando a Owen, si solamente intentara arrestarlo, si nada más quisiera acabar con todo esto, no le importaría tanto. Pero hay algo más, algo mucho más nefasto que la implicación de Owen en un simple fraude. Y de pronto me aterroriza que ese algo sea aún peor que todo lo que he imaginado hasta ahora.

«Protégela.»

—Owen nos dejó una bolsa con dinero —digo de repente.

—¿Qué acabas de decir?

—De veras, se la dejó a Bailey. Es mucho dinero y, si alguien se presenta con una de esas órdenes de registro con las que me estás amenazando, no quiero que la encuentre. No quiero que la usen contra mí, o como excusa para quitarme a Bailey.

—No funciona así.

—Todavía soy una novata en cuanto a cómo funciona todo esto, pero mientras aprendo, te explico lo del dinero. Está debajo del fregadero. No quiero tener nada que ver con él.

Se queda callado un momento.

—Bueno, es un gesto que aprecio, es mejor que lo coja yo a que lo encuentren —dice—. Puedo enviar a alguien de la oficina de San Francisco para que lo recoja.

Miro más allá del lago Lady Bird, hacia el centro de Austin, con sus bonitos edificios, la luz de la mañana abriéndose camino a través de los árboles.

Grady ya está seguramente en uno de esos edificios, empezando su día.

Grady está más cerca de lo que de pronto me apetece que esté.

—Ahora no es un buen momento.

—¿Por qué no?

Todo mi cuerpo me dice que le cuente la verdad. Que estamos en Austin.

Pero todavía no estoy segura de si es un amigo o un enemigo. O ambas cosas. Quizá todo el mundo es un poco las dos a la vez, incluido Owen.

—Necesito terminar algo antes de que Bailey se levante —miento—. Y he estado pensando… que tal vez debería llevarla a otro sitio hasta que todo esto se calme.

—¿Como por ejemplo?

Pienso en el ofrecimiento de Jake. En Nueva York.

—No estoy segura. Pero no tenemos que quedarnos en Sausalito, ¿no? Me refiero a que no tenemos obligación de quedarnos allí por razones legales,

¿verdad?

—No oficialmente, pero daría que pensar —responde. Luego se queda callado. Como si estuviera escuchando algo con atención—. Un momento.

¿Por qué has dicho «allí»?

—¿Qué?

—Has dicho «no tenemos obligación de quedarnos allí». Cuando hablabas de tu casa, de Sausalito. Si estuvieras en casa, habrías dicho «aquí». «No tenemos obligación de quedarnos aquí.»

No contesto a eso.

—Hannah, voy a enviar a un compañero a tu casa —dice.

—Iré preparando un café —contesto.

—No es broma —asegura.

—No me lo ha parecido.

—Pues dime dónde estás —insiste Grady.

Sé que si Grady quiere rastrear la llamada, puede hacerlo. Obviamente, ya está intentando localizarme. Intento abarcar con la vista la ciudad natal de Grady, preguntándome qué habrá sido esta misma ciudad para mi marido.

—¿Cuál es el lugar donde te preocupa tanto que pudiera estar, Grady?

Entonces, antes de que pueda responder, le cuelgo.

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