Lo último que me dijo
El buen abogado
Cuando regresamos a nuestra habitación de hotel, cierro con el cerrojo de seguridad.
Comienzo a mirar a mi alrededor, nuestras pertenencias esparcidas por el suelo, las maletas abiertas.
—Empieza a recoger tus cosas —ordeno a Bailey—. Simplemente mételo todo en la maleta lo más rápido que puedas, salimos dentro de cinco minutos.
—¿Adónde vamos?
—A alquilar un coche para volver a casa.
—¿Por qué vamos a conducir? —pregunta.
No quiero decir el resto de lo que pienso. Que ni siquiera quiero ir al aeropuerto. Que tengo miedo de que nos busquen allí. Quien sea. Que no sé qué hizo su padre, pero que sé quién es. Y que no podemos confiar en quienquiera que reaccione como Charlie al ver su foto. Tenemos que alejarnos de esa persona.
—¿Y por qué nos vamos ahora? Estamos avanzando… —Hace una pausa
—. No quiero irme hasta que averigüemos algo más.
—Lo haremos, te lo prometo, pero no aquí —contesto—. No en este lugar, podrías estar en peligro.
Empieza a discutir, pero alzo una mano para impedirlo. Rara vez le digo lo que tiene que hacer, así que soy consciente de que empezar a hacerlo ahora quizá no funcione. Sin embargo, lo hago. Tiene que hacerme caso, porque tenemos que irnos. Tendríamos que estar saliendo ya, en este momento.
—Bailey —digo—. No hay opción. Esto nos supera.
Bailey me mira estupefacta. Quizá le sorprende que le diga la verdad, que no la adorne. Tal vez solo quiera acabar de intentar convencerme de que me equivoco al querer volver a casa. No puedo leer su expresión. Pero acepta haciendo un gesto con la cabeza y deja de oponerse, por lo que decido tomármelo como una victoria.
—Vale —dice—. Voy a hacer la maleta.
—Gracias.
—Sí…
Empieza a recoger su ropa y mientras tanto voy al baño, cerrando la puerta tras de mí. Contemplo en el espejo mi cara cansada. Tengo los ojos enrojecidos y sombras de ojeras, la piel pálida.
Me lavo la cara con agua abundante y me obligo a hacer unas cuantas respiraciones profundas, intentando apaciguar mi ritmo cardíaco, intentando ralentizar los pensamientos absurdos que se abren camino a través de mi mente, aunque uno de ellos consigue abrirse paso de todos modos. ¿Cómo he hecho para meternos en este lío?
¿Qué es lo que sé realmente? ¿Qué necesito saber?
Busco en el bolsillo el móvil. Paso el dedo por la pantalla rota, los pequeños trocitos de cristal se me incrustan en la piel. Selecciono el número de contacto de Jake y le envío un mensaje.
Por favor, dame información sobre esto lo antes posible. Katherine, Kate, Smith. Es su nombre de soltera. Su hermano es Charlie Smith. Austin, Texas. Añade a la búsqueda el nacimiento de una hija, de la edad de Bailey.
Nombre «Kristin». Austin, Texas. Comprueba también certificado de matrimonio y de defunción. No estaré localizable en este móvil.
Coloco el móvil debajo de un pie disponiéndome a destrozarlo. Aunque sea la única opción de que Owen pueda encontrarnos. También es la única que tiene cualquier otra persona de hacerlo. Y si mis sospechas se confirman, eso es justo lo que intento evitar. Quiero salir de Austin sin que eso suceda.
Quiero alejarme de Charlie Smith y de cualquier otra persona relacionada con él.
Pero algo me reconcome, algo que quiero recordar antes de desconectarnos del mundo.
¿Qué es lo que me está perturbando? ¿Qué es eso que siento que debería buscar? No es Kate Smith, ni Charlie Smith. Es algo distinto.
Recojo el móvil y hago otra búsqueda con el nombre de Katherine Smith, y Google me ofrece miles de resultados para ese nombre tan común. Algunos parece que podrían llevarme a la Katherine adecuada, pero no es así: una profesora de Historia del Arte que se licenció en la Universidad de Texas en Austin; una chef nacida y criada a orillas del lago Austin; una actriz, que se parece bastante a la Kate que vi en las fotos del bar. Hago clic sobre el
enlace que habla de esa actriz y sale una fotografía suya con un vestido de noche.
Y entonces vuelve a mí como un destello: es eso lo que estoy intentando recordar, lo que me llamó la atención en el Never Dry.
Había un recorte de periódico en el que me fijé al entrar en el bar. En él aparecía una fotografía de Kate ataviada con un vestido de noche. Kate con vestido de noche, Charlie con esmoquin, la pareja más mayor enmarcándolos. Meredith Smith. Nicholas Bell. El titular decía:
«NICHOLAS BELL RECIBE EL PREMIO TEXAS STAR». Su nombre también salía en el pie de foto.
Nicholas Bell. Marido de Meredith Smith. Ella salía en otras fotos, pero él no. ¿Por qué solo aparecía en el recorte? ¿Por qué me sonaba su nombre tan familiar?
Busco por su nombre y entonces lo sé.
Así comenzó esta historia.
Un joven y atractivo estudiante de El Paso, Texas, ganador de una beca del programa presidencial, fue uno de los primeros de su instituto en asistir a la universidad, por no decir a una facultad de la Universidad de Texas en Austin. Por no decir a la Facultad de Derecho.
De procedencia humilde, el dinero no era su motivación para convertirse en abogado. Incluso tras una infancia en la que a menudo no sabía de dónde vendría la siguiente comida, rechazó toda suerte de ofertas de trabajo de bufetes de Nueva York y de San Francisco para ser abogado de oficio de la ciudad de Austin. Tenía veintiséis años. Era joven, idealista y se acababa de casar con su novia del instituto, trabajadora social que aspiraba a tener preciosos bebés, pero carecía de pretensiones (por lo menos en esa época) de tener una casa elegante.
Su nombre era Nicholas, pero pronto se ganó el apodo de «el buen abogado», aceptando los casos que nadie quería, ayudando a acusados que no habrían recibido un trato justo de tener a otro abogado que no se hubiera preocupado como él.
No se sabe con certeza cómo Nicholas se convirtió en el abogado malvado.
No se sabe con certeza cómo se convirtió en el asesor de mayor confianza de una de las más importantes organizaciones criminales de América del Norte.
La organización tenía su base en Nueva York y Florida del Sur, donde sus principales líderes vivían en lugares como Fisher Island y la costa de South Beach. Jugaban al golf y llevaban trajes de Brioni, y decían a sus vecinos que trabajaban en finanzas. El nuevo sistema funcionaba así: con discreción, eficiencia, brutalidad. Sus lugartenientes preservaban su bastión en varios negocios principales: extorsión, préstamos usureros, narcóticos, mientras ampliaban sus actividades hacia fuentes de ingresos más sofisticadas, como el juego online internacional y el fraude en la bolsa de Wall Street.
Pero lo más remarcable fue el crecimiento del negocio con la oxicodona mucho antes de que la competencia se diera cuenta de ese nicho de mercado. Y mientras sus competidores seguían traficando principalmente con las drogas ilegales tradicionales (heroína, cocaína), esa organización pasó a controlar la mayor parte del tráfico de oxicodona de América del Norte.
¿Cómo llegó Nicholas a quedar atrapado en su órbita? Un joven socio de la organización se metió en un lío en Austin mientras distribuía oxicodona en la universidad. Nicholas consiguió sacarle de la cárcel.
Nicholas pasó la mayor parte de las siguientes tres décadas dedicando sus esfuerzos a favorecer esa organización, y consiguió la absolución o la anulación de los juicios en dieciocho cargos de asesinato, veintiocho acusaciones de tráfico de drogas y sesenta y una imputaciones por extorsión y fraude.
Demostró ser imprescindible y se enriqueció en el proceso. Pero puesto que el FBI y la DEA (la agencia de control de drogas) perdían caso tras caso continuamente, debido a su intervención, él también se convirtió en un objetivo. Aunque no temía que pudieran encontrar nada que se le pudiera achacar, aparte de ser un abogado comprometido con sus clientes.
Hasta que algo salió mal. Su hija mayor iba caminando por la calle de regreso a casa desde el trabajo, un trabajo que le encantaba. Trabajaba en el Tribunal Supremo de Texas, hacía poco más de un año que había acabado la Facultad de Derecho y acababa de ser madre. Caminaba hacia su casa, tras una larga semana, cuando un coche la atropelló.
Podría haber pasado por un accidente como otro cualquiera, otro conductor que se daba a la fuga, si no hubiera sido porque la atropellaron en una calle de poco tráfico cerca de su casa en Austin, y porque era un día claro, además de viernes por la tarde. Y los viernes por la tarde era el día en que Nicholas iba a casa de su hija, para visitar a su nieta. Los dos solos. Era su momento favorito de toda la semana: recogía a su nieta de clase de música y la llevaba al parque con los mejores columpios, el parque que estaba a tan
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solo una manzana del lugar en el que asesinaron a su hija. Para que fuera él quien la encontrara. Para que fuera él quien lo viera todo.
Sus clientes dijeron que no tenían nada que ver con el accidente, aunque acabara de perder un caso importante para ellos. Y parecía ser cierto. Tenían un código ético. No molestaban a las familias. Pero alguien lo había hecho.
Era una venganza. Un aviso. Se especuló con la posibilidad de que fueran miembros de otra organización cuya intención era reservarse sus servicios para ellos mismos.
Pero ninguno de esos detalles pareció importarle al marido de su hija, que se limitó a culpar a su suegro. El hecho de que ocurriera un viernes por la tarde le hacía estar seguro de que los clientes de su suegro estaban involucrados, de una forma u otra. Y, sin tener en cuenta nada más, lo culpó debido a su profunda implicación con esa clase de gente tan cuestionable, que podían ser responsables de causar una tragedia semejante a una familia.
En ningún caso el buen abogado habría querido que su hija resultara herida.
Siempre había sido un buen padre, y estaba destrozado por su muerte, pero su yerno estaba demasiado furioso como para que eso le importara. Y el yerno sabía cosas. Sabía cosas que el buen abogado le había confiado advirtiéndole de que no las compartiera con nadie más.
Así fue como el yerno pudo presentar pruebas contra su suegro y se convirtió en el principal testigo de cargo en un caso que llevaría a aquel a prisión, al tiempo que daba un fuerte golpe a la organización: dieciocho de sus miembros quedaron implicados. El buen abogado arrastró a todos ellos con él.
El yerno y su hijita, que apenas debía de tener un par de recuerdos de su madre y de su abuelo, desaparecieron tras el juicio, y nunca más se supo de ellos.
El nombre completo del abogado era Daniel Nicholas Bell, alias D.
Nicholas Bell.
Su yerno se llamaba Ethan Young.
La hija de Ethan se llamaba Kristin.
Tiro el móvil al suelo y lo rompo. Lo rompo con un solo movimiento rápido, con un golpe seco de mi pie, con más fuerza de la que he usado nunca para dar una patada.
Y entonces abro la puerta del baño. Abro la puerta del baño para ir con Bailey, recoger nuestras cosas y salir pitando de Austin. No dentro de cinco
minutos. Ni dentro de cinco segundos. Ahora.
—Bailey, tenemos que irnos ahora mismo —digo—. Coge solo lo que ya has metido en la maleta. Nos vamos.
Pero la habitación del hotel está vacía. Bailey ya no está allí.
Se ha ido.
—¿Bailey?
Mi corazón se acelera mientras cojo el móvil para llamarla, para escribirle un mensaje. Y entonces me acuerdo de que lo acabo de destrozar. No tengo móvil.
Así que me precipito hacia el pasillo, que está vacío, con excepción de un carro de limpieza. Paso al lado del carro hacia los ascensores, la escalera.
No está allí. No hay nadie. Cojo el ascensor hasta el vestíbulo del hotel, con la esperanza de que haya bajado al bar del hotel para pedir algo de comer.
Corro hacia los restaurantes del hotel, los reviso todos, voy al Starbucks.
Bailey tampoco está allí. Bailey no está en ninguna parte.
Tomamos continuamente cientos de decisiones. Tomamos decisiones todo el tiempo. Y la única que no te planteas dos veces no debería ser la que determina lo que va a pasar: vas a tu habitación de hotel, cierras la puerta con cerrojo. Crees que estás a salvo. Pero entonces vas al baño. Vas al baño y confías en que una adolescente de dieciséis años se quede en la cama, se quede en la habitación, porque ¿dónde podría ir si no?
Solo que esa adolescente está aterrorizada. Y también algo más. Que te dijo que no quería irse de Austin.
Entonces, ¿cómo es posible que pensaras que iba a aceptar sin oponer resistencia?
¿Por qué pensaste que te haría caso?
Vuelvo a precipitarme hacia el ascensor, hacia el vestíbulo. Estoy rabiosa conmigo misma por haber roto el móvil contra el suelo del baño, por no tenerlo ahora para enviarle un mensaje. Por no tenerlo para activar la ubicación y poder localizarla.
—¡Bailey, por favor, vuelve!
Regreso a la habitación y la registro de nuevo, como si pudiera estar escondida en esos cincuenta metros cuadrados. Busco en el armario, debajo de la cama, con la esperanza de encontrarla hecha un ovillo, llorando.
Porque necesita estar sola. Sintiéndose desgraciada, pero a salvo. ¡Lo aceptaría sin dudarlo! Desgraciada, a salvo.
Se abre la puerta de golpe. Siento un alivio temporal. Es una clase de alivio que nunca antes había sentido, al pensar que Bailey está de vuelta, al pensar que tal vez me había cruzado con ella cuando registré frenéticamente el hotel: que, después de todo, simplemente había bajado al vestíbulo para ir a buscar un cubo con hielo o un refresco; que había bajado a llamar a Bobby; que había encontrado unos cigarrillos y había salido afuera a fumar.
Cualquiera de esas opciones, todas.
Pero no es Bailey quien está ahí, de pie.
Es Grady Bradford.
Grady está ahí de pie, con sus pantalones vaqueros descoloridos y una gorra de béisbol puesta al revés. Y su estúpido paravientos.
Me atraviesa con una mirada furibunda, los brazos cruzados sobre el pecho.
—Así que al final te fuiste de casa y decidiste liarlo todo —dice.
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