Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 11 de 43

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Lo último que me dijo

No uses eso en mi contra

Cuando estoy segura de que los agentes del FBI se han ido, salgo del taller.

Vuelvo caminando al muelle, apretando el ordenador de Owen fuertemente contra el pecho. Paso por el colegio de primaria justo cuando están saliendo los niños.

Alzo la vista, sintiendo que alguien me mira. Muchas madres (y padres) observan fijamente en mi dirección. No son exactamente miradas airadas, no como las de Carl y Patty, más bien son miradas que demuestran preocupación, pena. Esas personas querían a Owen, después de todo.

Siempre le han querido. Le han acogido. Va a ser necesario algo más que ver el nombre de su empresa en las noticias para que duden de él. Es lo que tienen las ciudades pequeñas, las personas se protegen unas a otras. Les cuesta mucho volverse en contra de alguien a quien quieren.

También les cuesta mucho aceptar a alguien nuevo. Como yo. Todavía no están seguros de si quieren aceptarme. Y al principio, cuando me mudé a Sausalito, era mucho peor. Todos esos ojos curiosos que me escudriñaban, pero por otras razones. Hacían comentarios en un tono lo suficientemente alto como para que Bailey se enterara y nos los transmitiera cuando volvía a casa. Querían saber quién era esa forastera con la que Owen había decidido casarse. No entendían cómo el soltero más codiciado de Sausalito había dejado de estar en el mercado por una tornera de madera, aunque ellos no me llamaban así. Decían que era una carpintera, una carpintera que no llevaba maquillaje ni zapatos de moda. Decían que era raro que Owen hubiera elegido a una mujer así, con cara de niña y casi cuarenta años, que probablemente no iba a poder darle más hijos. Una mujer que aparentemente no había podido parar de jugar con madera el tiempo suficiente como para tener una familia propia.

Parecían no comprender lo que Owen entendió desde el principio. Que no tengo ningún problema en estar sola. Mi abuelo me había educado para depender únicamente de mí misma. Los problemas surgían cuando intentaba encajar en la vida de otra persona, especialmente cuando eso significaba renunciar a una parte de mí misma en el proceso. Por eso había tenido que esperar hasta que no tuviera que hacerlo, hasta que tuve la sensación de que alguien encajaba sin esfuerzo. Quizás es una excusa fácil.

Quizás es más acertado decir que lo que tuve que hacer para estar con Owen no lo sentí como un esfuerzo. Eran más bien detalles.

Ya en la casa, cierro con llave la puerta y saco el móvil para buscar un nombre en mis contactos. Jake. Es la última llamada que deseo hacer en ese

momento, pero la hago de todos modos. Llamo al otro abogado que conozco.

—Anderson al habla… —dice cuando coge el teléfono.

El sonido de su voz me devuelve a Greene Street, a la sopa de cebolla y bloody marys en The Mercer Kitchen los domingos, a otra vida. Me devuelve a esa época porque así es como mi exprometido siempre ha respondido al teléfono. Jake Bradley Anderson, doctor en Leyes y máster en Administración de Empresas por la Universidad de Míchigan, triatleta, excelente cocinero.

En los dos años transcurridos desde que hablamos por última vez, no ha cambiado su forma de saludar, aunque suene petulante. Le gusta que suene así. Por eso lo hace. Cree que la pedantería y la intimidación son algo bueno, teniendo en cuenta lo que hace para ganarse la vida. Es un abogado litigante en un bufete de alta categoría en Wall Street, de camino a ser uno de sus más jóvenes socios principales. No es un abogado criminalista, pero es un buen abogado, como él mismo sería el primero en decir. Espero que esa arrogancia de Jake me sirva ahora de ayuda.

—Eh, hola —digo.

No pregunta quién es. Sabe quién soy, aun después de tanto tiempo.

También sabe que tiene que pasar algo terrible para que le llame.

—¿Dónde estás? —pregunta—. ¿Estás en Nueva York?

Cuando le llamé para decirle que me iba a casar, me dijo que algún día regresaría de repente a casa, preparada para que volviésemos a estar juntos.

Lo creía de veras. Aparentemente, piensa que ha llegado ese día.

—Sausalito. —Hago una pausa, siento pavor de las palabras que no quiero decir—. Podría necesitar tu ayuda, Jake. Creo que necesito un abogado…

—Entonces…, ¿te vas a divorciar?

Intento reprimirme para no colgar el teléfono. Jake no puede evitarlo.

Aunque se sintió aliviado cuando cancelé la boda, aunque se casara con otra persona cuatro meses después (de la que se divorció al poco), le gustaba jugar el papel de víctima en nuestra relación. Jake se aferraba a la narrativa de que, debido a mi historia personal, tenía demasiado miedo de dejarle entrar realmente, que creía que me abandonaría como hicieron mis padres.

Nunca comprendió que no tuviera miedo de que alguien me abandonara.

Tenía miedo de que la persona equivocada pudiera quedarse.

—Jake, te llamo por mi marido —explico—. Está metido en un lío.

—¿Qué ha hecho? —pregunta.

Es la mejor respuesta que puedo esperar de él, así que le cuento toda la historia, empezando por ponerle al corriente del trabajo de Owen, la investigación en The Shop y la insólita desaparición de mi marido, hasta llegar a las respectivas visitas de Grady Bradford y el FBI, y que el FBI no sabía nada de Grady. Le explico que nadie parece conocer el paradero de Owen, ni cuál será su próximo paso, ni siquiera Bailey, ni yo.

—Y su hija… ¿está contigo? —pregunta.

—Bailey, sí. Está conmigo. Y eso es seguramente lo último que desea.

—¿También la ha abandonado a ella? —No contesto—. ¿Cuál es su nombre completo? —prosigue.

Le oigo teclear en su ordenador, tomar notas, hacer uno de los gráficos que solía extender sobre el suelo de nuestro salón. Owen, ahora, en la diana.

—Para empezar, no te preocupes por que los del FBI no supieran nada del tipo de los federales que fue a hablar contigo. Podrían estar mintiendo.

Además, a menudo hay conflictos territoriales entre las distintas agencias de las fuerzas de la ley, especialmente cuando la jurisdicción está en entredicho. ¿Has tenido alguna noticia de la SEC?

—No.

—Las tendrás. Debes derivar a cualquier agente de la ley a mí, al menos hasta que sepamos qué está pasando. No digas nada, solo que me llamen a mí directamente.

—Te lo agradezco de veras. Gracias.

—De nada —dice—. Pero tengo que preguntarte algo… ¿Hasta qué punto estás metida en esto?

—Bueno, es mi marido, de modo que yo diría que de forma íntima.

—Van a venir con órdenes de registro —me informa—. Me sorprende que todavía no lo hayan hecho. De modo que, si hay algo que pueda implicarte, tendrás que sacarlo de casa.

—No puedo estar implicada —digo—. No tengo nada que ver con esto.

Siento que me pongo a la defensiva. Y también un repunte de ansiedad al pensar que alguien podría aparecer en casa con una orden de registro; al pensar en la bolsa de lona que podrían encontrar, todavía intacta, oculta bajo el fregadero de la cocina.

—Jake, estoy intentando descubrir dónde está Owen. Y por qué pensó que la única salida era huir.

—Para empezar, seguramente porque no quiere ir a la cárcel.

—No, no puede ser eso. No ha huido por esa razón.

—Entonces, ¿cuál es tu teoría?

—Está intentando proteger a su hija —digo.

—¿De qué?

—No lo sé. Quizá cree que va a arruinarle la vida si acusan a su padre injustamente. Tal vez se ha marchado a algún lugar para intentar demostrar que es inocente.

—No me parece probable. Pero… existe la posibilidad de que haya algo más —añade.

—¿Como qué?

—Otras cosas peores de las que sea culpable —responde.

—Eso me ayuda mucho, Jake.

—Mira, no voy a dorar la píldora. Si Owen no huye por culpa de The Shop, probablemente huye de lo que The Shop pudiera revelar sobre él. La cuestión es de qué podría tratarse… —Hace una pausa—. Cuento con un investigador privado muy bueno. Le pediré que haga algunas pesquisas.

Pero necesito que me envíes por email todo el historial de Owen. Todo lo que sepas. Dónde fue a la escuela, dónde creció. Y las fechas. Todo. Dónde y cuándo nació su hija.

Escucho cómo Jake empieza a morder el bolígrafo. Nadie en el mundo podría dilucidar qué está haciendo, su hábito secreto. La única cosa que demuestra poca confianza en sí mismo. Pero yo puedo imaginármelo como si estuviera sentado delante de mí, mirando fijamente el maltratado capuchón del boli. Es algo terrible, saberlo todo de alguien incluso mucho después de querer saberlo.

—Y hazme un favor. Ten el móvil a mano en caso de que necesite contactar contigo. Pero no contestes a números que no reconozcas.

Pienso en Grady cuando dijo que Owen se había deshecho de su móvil, que ha tirado el teléfono cuyo número es el único que puedo reconocer.

—¿Y si es Owen?

—Owen no va a llamarte ahora —dice—. Y lo sabes.

—No lo sé.

—Yo creo que sí.

No añado nada más. Aunque sospecho que tiene razón, no voy a decírselo.

No voy a traicionar a Owen de esa forma. Ni a Bailey.

—Y necesitas descubrir por qué ha huido, algo más específico que un intento de proteger a su hija —prosigue—. Cuanto antes mejor. El FBI no va a tardar en dejar de ser amable en sus interrogatorios.

Me da vueltas la cabeza al pensar en lo poco amables que ya han sido los agentes del FBI.

—¿Sigues ahí? —pregunta.

—Estoy aquí.

—Simplemente… intenta mantener la calma. Sabes más de lo que crees. Y

sabes cómo salir de esta. —Eso basta para hacerme llorar, por cómo lo dice, con seguridad, con dulzura; es la versión profundamente amable de Jake—.

Pero en el futuro —prosigue— no digas que alguien es inocente, ¿de acuerdo? Di que no es culpable, si tienes que decir algo. Pero decir que alguien es inocente te hace quedar como una idiota. Especialmente cuando la mayoría de la gente no puede ser más culpable.

Y encima sé que tiene razón. Solo me faltaba eso.

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