Lo último que me dijo
Dieciocho meses antes
—¿Hay algo que deba saber? —pregunté—. ¿Antes de despegar?
—¿Estamos hablando en un plano metafórico o real? ¿Te refieres a la mecánica real del avión? Porque cuando llegué a Seattle tuve una breve experiencia laboral en Boeing.
Era un vuelo de Nueva York a San Francisco, un billete solo de ida para mí.
The Shop había pagado por nuestros asientos en primera clase porque Owen había estado en Nueva York por trabajo, para los preparativos de la salida a bolsa de The Shop. Owen se había quedado un poco más para llevar a cabo el motivo inicial por el que había planificado aquella semana en Nueva York: para ayudarme con la mudanza.
Los últimos días los pasamos haciendo cajas en mi apartamento, empaquetando las cosas de mi estudio. Cuando aterrizáramos, iría a vivir a su casa. La que era suya y también de Bailey. Y pronto se convertiría en la mía. Y en breve me convertiría además en su mujer.
—Te pregunto por las cosas que todavía no me has contado sobre ti.
—¿Ahora que todavía puedes salir del avión? Todavía no hemos empezado a rodar por la pista. Seguro que te daría tiempo…
Me apretó la mano, intentando quitarle hierro al asunto. Pero yo seguía estando nerviosa. De pronto me sentía demasiado nerviosa.
—¿Qué quieres saber? —preguntó.
—Háblame de Olivia —dije.
—Te he hablado mucho de ella —respondió.
—En realidad no. Tengo la sensación de que únicamente sé los datos básicos. Amor de la universidad, profesora. Nacida y criada en Georgia.
No comenté el resto… Que la había perdido en un accidente de tráfico. Que no había tenido ninguna relación seria con nadie desde entonces.
—Ahora que voy a formar parte de la vida de Bailey más seriamente, quiero saber más cosas de su madre.
Ladeó la cabeza, como si estuviera pensando en por dónde empezar.
Á
—¿Cuando Bailey era un bebé? Fuimos de viaje a Los Ángeles. Justo el fin de semana en que un tigre se escapó del zoo. Un tigre joven, que solo llevaba en el zoo algo así como un año. No se escapó únicamente de la jaula, sino del recinto. Y apareció en el patio de una familia en Los Feliz.
Una vez allí, no hizo daño a nadie. Se hizo un ovillo debajo de un árbol y se quedó dormido. Olivia no podía dejar de pensar en esa historia, razón por la cual seguramente averiguó la segunda parte.
Sonreí.
—¿Y cuál es?
—La familia en cuyo patio el tigre se había acurrucado había ido al zoo apenas unas semanas antes y uno de sus hijos pequeños se había obsesionado con el tigre. El chico había llorado al tener que irse y separarse de la jaula del felino, no entendía por qué no podía llevárselo a casa. ¿Cómo se explica que el tigre acabara en la casa de aquel chico? ¿Una coincidencia? Eso es lo que dijeron los zoólogos. La familia vivía cerca del zoo. Pero Olivia pensó que era una metáfora. Que a veces encontramos el camino al lugar que más desea tenernos.
—Me encanta esa historia.
—Te habría encantado Olivia —dijo. Luego sonrió y miró por la ventanilla
—. No había forma de… evitar quererla.
Le apreté cariñosamente el hombro.
—Gracias.
Se volvió hacia mí.
—¿Te sientes mejor?
—La verdad es que no —dije.
Se rio.
—¿Qué más quieres saber?
Intenté pensar en lo que realmente quería saber; no se trataba de Olivia. Ni siquiera de Bailey. Por lo menos no exactamente.
—Creo… Creo que necesito que lo digas en voz alta —dije al fin.
—¿Decir qué?
—Que estamos haciendo lo correcto.
Fue lo más cerca que llegué, lo más cerca que llegué a expresar lo que realmente me preocupaba. No estaba acostumbrada a formar parte de una familia, no desde que perdí a mi abuelo. Y tampoco me parecía que fuera exactamente una familia. Era más bien un dúo, abriéndonos camino juntos por el mundo, solos él y yo. Su funeral fue la última ocasión en que vi a mi madre. Su llamada por mi cumpleaños (o algún día cercano) era ya por aquel entonces la única forma de comunicación entre nosotras.
Esto era distinto. Sería la primera vez que formaría parte de una familia de verdad. Me sentía absolutamente insegura de cómo podría integrarme adecuadamente, cómo contar con Owen, cómo demostrar a Bailey que podía contar conmigo.
—Estamos haciendo lo correcto —dijo Owen—. Estamos haciendo la única cosa que podíamos hacer. Te juro que, por lo que a mí respecta, así es como me siento.
Asentí, más calmada. Porque le creía. Y porque no estaba realmente nerviosa, por lo menos no por él. Sabía cuánto le quería, cuánto deseaba estar con él. Aunque todavía no lo supiera todo de él, sabía que era un buen hombre. Estaba nerviosa por todo lo demás.
Se inclinó hacia mí y apoyó sus labios en mi frente.
—No voy a ser ese cretino que te dice que algún día tendrás que confiar en alguien.
—¿Vas a ser el cretino que me lo va a decir sin palabras?
El avión empezó a retroceder, dando una sacudida, antes de empezar a girar y dirigirse lentamente hacia la pista de despegue.
—Eso parece —respondió.
—Sé que puedo confiar en ti. Lo sé. Confío en ti más que en cualquier otra persona.
Entrelazó sus dedos con los míos.
—¿En sentido metafórico o real? —preguntó.
Bajé la vista hacia nuestras manos, entrelazadas, justo cuando íbamos a despegar. Me quedé mirándolas fijamente y encontré consuelo al hacerlo.
—Espero que en ambos sentidos.
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