Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 21 de 43

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Lo último que me dijo

Lo siento, estamos abiertos

Lo siento, estamos abiertos Las palabras de Jake siguen rondando por mi cabeza. Owen Michaels no existe. Owen no es Owen. Me ha engañado en cuanto a las informaciones más importantes de su vida. Ha engañado a su hija en relación con algunos de los detalles principales de su propia vida. ¿Cómo es posible? Parece absolutamente imposible si pienso en el hombre al que creía conocer. Sí que le conozco. Sigo creyendo que le conozco, a pesar de la evidencia de lo contrario. Y creer en él (en nosotros) me enseñará a ser una compañera fiel o una perfecta idiota. Espero que no resulte ser lo mismo.

Después de todo, esto es lo que creía saber. Hace veintiocho meses un hombre entró en mi taller en Nueva York vestido con una chaqueta deportiva y zapatillas Converse. De camino al teatro esa noche me llevó a cenar a un pequeño restaurante de tapas en la Décima Avenida y empezó a contarme la historia de su vida. Comenzaba en Newton, Massachusetts, y comprendía cuatro años en el instituto Newton High, seguidos de cuatro años en la Universidad de Princeton, traslado a Seattle, Washington, con su amor de la universidad, y luego a Sausalito, California, con su hija. Antes de mí hubo tres empleos distintos, dos carreras y una mujer, que había perdido en un accidente de coche. Apenas podía hablar de ese accidente más de una década después, su rostro se volvía sombrío y turbio. Y luego estaba su hija. El punto culminante de su historia y de su vida, su obstinada e inimitable hija. Se mudaron a una pequeña ciudad del norte de California porque ella la había señalado con el dedo en un mapa. Y había dicho:

«Probemos aquí». Y eso era algo que podía darle.

Eso era también lo que su hija creía saber. Había pasado la mayor parte de su vida en Sausalito, California, en una casa flotante con un padre que nunca se perdía una representación de la escuela ni uno de sus partidos de fútbol. Había cenas los domingos por la noche en el restaurante de su elección y un día a la semana iban al cine. Muchas excursiones a museos de San Francisco y cenas con los vecinos, además de la barbacoa anual. No recordaba su vida antes de Sausalito, salvo vagas instantáneas: una fiesta de cumpleaños con un gran mago; una visita al circo, en la que lloró al ver al payaso; una boda en algún lugar de Austin, Texas. Bailey rellenaba los huecos con lo que su padre le había contado. ¿Por qué no debería hacerlo?

Así es como todos rellenamos los huecos, con historias y recuerdos de la gente que te quiere.

Si te mienten, como ha hecho él, ¿quién eres entonces? ¿Quién es él? La persona que creías conocer, tu persona favorita, empieza a diluirse, como un espejismo, a menos que te convenzas a ti misma de que los aspectos que importan siguen siendo ciertos. El amor era cierto. Su amor es verdadero.

Porque, si no lo fuera, la otra opción es que todo era mentira, ¿y qué hacemos entonces con eso? ¿Qué se supone que debemos hacer con todo eso? ¿Cómo se consigue hacer encajar las piezas para que él no desaparezca por completo?

¿Para que su hija no tenga la sensación de que ella también va a desaparecer por completo?

Bailey se despierta poco después de medianoche.

Se restriega los ojos. Luego se endereza para encontrarme sentada en la silla de escritorio cutre del hotel, observándola.

—¿Me he quedado dormida? —dice.

—Sí.

—¿Qué hora es? —pregunta.

—Tarde. Deberías volver a la cama.

Se incorpora.

—Resulta un poco difícil contigo mirándome —comenta.

—Bailey, ¿fuiste de visita alguna vez a la casa de tu padre cuando era niño en Boston? —pregunto—. ¿Te llevó alguna vez a ver su casa?

Me mira confundida.

—¿Quieres decir donde creció?

Digo que sí con un movimiento de cabeza.

—No. Nunca me llevó a Boston. Apenas había vuelto alguna vez él solo.

—¿Conociste a tus abuelos? ¿Nunca pasaste tiempo con ellos?

—Se murieron antes de que naciera yo. Ya lo sabes. ¿Qué está pasando?

¿Quién va a rellenar este hueco para ella? ¿Esta especie de aguajero? No sé por dónde empezar.

—¿Tienes hambre? —le pregunto—. Debes de estar hambrienta. Apenas has probado la cena. Yo estoy famélica.

—¿Cómo puede ser? Te has comido mi cena y la tuya.

—Vístete, ¿sí? —digo—. ¿Te importaría vestirte?

Mira la pantalla fluorescente del reloj despertador del hotel.

—Es medianoche —replica.

Me pongo un suéter y le lanzo una sudadera. Se la queda mirando, extendida sobre las piernas, las zapatillas Converse asomando por debajo de la capucha.

Se pone la sudadera, recolocándose la capucha hasta que sobresale su pelo de color morado.

—¿Puedo tomar por lo menos una cerveza? —pregunta.

—Por supuesto que no.

—Tengo un carné falso que dice lo contrario.

—Vístete, por favor —digo.

El Magnolia Cafe es toda una institución en Austin, famoso por ofrecer comidas durante toda la noche, lo cual podría explicar por qué sigue abarrotado, hay música sonando y todos los reservados están ocupados a la una menos cuarto de la madrugada.

Pedimos dos cafés grandes y una ración de tortitas de pan de jengibre.

Parece que a Bailey le encantan las tortitas dulces, rellenas de jengibre picante empapadas de mantequilla y azúcar de coco. Con plátano a un lado.

Y al ver cómo las devora, aunque solo sea eso, me siento como si estuviera haciendo algo por ella.

Nos sentamos cerca de la entrada, donde un rótulo luminoso de neón dice

«LO SIENTO, ESTAMOS ABIERTOS» sobre nuestras cabezas. Parpadeo al mirarlo mientras intento encontrar las palabras para contarle lo que me ha explicado Jake.

—Parece ser que tu padre no siempre se ha llamado Owen Michaels —

empiezo a decir.

Alza la vista hacia mí.

—¿A qué te refieres?

Hablo en voz baja pero sin complejos, para ponerla al corriente. Le hago saber que el nombre de su padre no es lo único que decidió cambiar.

Aparentemente ha modificado también algunos otros detalles de su vida, la

historia de su vida. No creció en Massachusetts, no se graduó en la Universidad de Princeton y no se mudó a Seattle con veintidós años. Por lo menos, no es posible comprobar la veracidad de todo eso.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Un amigo de Nueva York. Trabaja con un investigador especializado en esta clase de cosas. El investigador cree que tu padre cambió su identidad poco antes de mudaros a Sausalito. Está seguro de ello.

Baja la vista hacia el plato, confundida, como si hubiera oído mal, como si todo aquello fuera imposible procesarlo.

—¿Por qué haría eso? —pregunta, sin mirarme a los ojos.

—Supongo que estaba intentando protegerte de algo, Bailey.

—¿Como qué? ¿Algo que había hecho? Porque mi padre sería el primero en decir que, cuando alguien huye de algo, suele ser de sí mismo.

—No podemos saberlo con seguridad.

—Es verdad. Lo único que sabemos con seguridad es que me ha mentido —

dice.

Y veo cómo crece en su interior. La ira, una ira justificada al verse excluida de los datos más básicos de su vida. Aunque Owen lo hiciera por su propio bien. Aunque lo hiciera porque no tenía elección. De una u otra forma, va a tener que decidir si puede perdonárselo. Ambas tendremos que hacerlo.

—También me ha mentido a mí —digo.

Alza la vista.

—Solamente estoy diciendo que también me ha mentido a mí.

Ladea la cabeza, como si estuviera intentando decidir si se lo cree o no, si puede tomárselo al pie de la letra. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Por qué debería creerme llegados a este punto? Pero tengo la sensación de que es de vital importancia que intente garantizarle que puede confiar en mí, que yo no la he engañado. Tengo la sensación de que todo depende de que pueda creer en mí.

Me mira con tanta vulnerabilidad que me resulta difícil hablar. Me cuesta incluso sostenerle la mirada sin derrumbarme.

Y entonces es cuando comprendo, como un repentino destello, qué es lo que he hecho mal con ella, lo que he hecho mal al plantearme cómo conectar con ella. Pensaba que, si era lo bastante amable y dulce, entendería que podía contar conmigo. Pero no es así como se sabe que puedes contar con alguien. Se sabe en aquellos momentos en los que todo el mundo está cansado de ser amable, demasiado cansado de intentarlo con ahínco. Se sabe por lo que en esos momentos hacen por ti.

Y lo que voy a hacer ahora por ella es lo que mi abuelo hizo por mí, lo que sea para que ella sienta que está a salvo.

—Entonces… no se trata solo de él, ¿verdad? —dice—. Si él cambió su identidad, yo tampoco soy quien él decía, ¿no? Mi nombre y todo lo demás… en algún momento tuvo que cambiarlo.

—Sí —le confirmo—. Si Jake está en lo cierto, entonces sí, tú debías de tener otro nombre.

—Y los demás datos también serán distintos, ¿no es así? —Hace una pausa

—. Como, por ejemplo…, mi cumpleaños. —Eso me paraliza. El desconsuelo en su voz cuando me hace esa pregunta—. O sea, ¿que mi cumpleaños no es realmente el mismo día? —insiste.

—No, probablemente no.

Baja la mirada. Aparta la vista de mí.

—Esa es una de las cosas que una persona debería saber de sí misma —

prosigue.

Lucho por reprimir las lágrimas, aferrándome a la mesa, la mesita de este alegre restaurante de Austin, con pinturas en la pared, colores brillantes, todo ello la perfecta antítesis de cómo me siento. Me esfuerzo por detener el llanto, parpadeo para contener las lágrimas. Una chica de dieciséis años, que aparentemente no tiene a nadie más que a mí, necesita ver que no lloro.

Necesita que esté ahí para ella. De forma que me recompongo y le ofrezco el espacio para venirse abajo, permitiendo que sea ella quien lo haga.

Cruza las manos sobre la mesa, las lágrimas anegando sus ojos. Y me siento casi arrasada al verla sufrir de esa manera.

—Bailey, sé que todo esto parece imposible —digo—. Pero tú eres tú. Los detalles, lo que sea que tu padre no te contó, eso no cambia quién eres tú.

No en tu interior.

—Pero ¿cómo es posible que no recuerde que me hayan llamado con otro nombre? ¿O dónde vivíamos? Debería acordarme, ¿no crees?

—Lo dijiste tú misma, eras muy pequeña. Dos años, como mucho tres.

Acababas de empezar a ser consciente cuando te convertiste en Bailey Michaels. Nada de eso es un reflejo de ti, nada de nada.

—¿Solo de él? —pregunta.

Vuelvo a pensar en el tipo del mercadillo de Berkeley, el que llamó a Owen

«rey del baile de graduación». La reacción calmada de Owen frente a aquel tipo. Parecía completamente impertérrito. ¿Cómo es posible que fingiera tan bien? ¿Y qué decía eso de él?

—No recuerdas si alguien llamó a tu padre con otro nombre, ¿no? ¿Antes de Sausalito?

—¿Algo así como un mote? —dice.

—No, más bien… con otro nombre completamente distinto.

—No lo creo. No lo sé… —Hace que su taza de café se deslice sobre la mesa—. No puedo creer que esto esté sucediendo.

—Lo sé.

Empieza a retorcerse el pelo con las manos; el violeta se mezcla con el negro del esmalte de uñas; los ojos parpadean sin parar mientras intenta pensar.

—No tengo ni idea de cómo le llamaba la gente —dice—. Nunca presté atención, ¿para qué?

Se reclina en su asiento, agotada de hacer suposiciones sobre su padre, sobre su pasado, y completamente exhausta de sentir que debe hacerlo.

¿Quién puede culparla? ¿Quién quiere estar sentada en un restaurante extraño, en Austin, intentando descubrir quién fingía ser la persona más importante de tu mundo? ¿Y cómo es posible no haberse dado cuenta de quién era realmente?

—¿Sabes qué? Vámonos —digo—. Es tarde. Volvamos al hotel e intentemos dormir un poco.

Empiezo a ponerme en pie, pero Bailey me detiene.

—Espera… —dice.

Vuelvo a sentarme.

—Bobby me dijo algo hace un par de meses —empieza a explicar—.

Estaba solicitando la admisión en la universidad y quería pedirle a mi padre una recomendación de exalumno para Princeton. Pero me dijo que, cuando le buscó en la lista de antiguos alumnos, no pudo encontrar a ningún Owen Michaels. Ni como licenciado en la Facultad de Ingeniería, ni como estudiante en general en esa universidad. Le dije que obviamente no había buscado en el sitio correcto, y después se interesó por la Universidad de Chicago y lo dejó estar. Ni siquiera me acordé de preguntarle a papá, pero simplemente supuse que era Bobby el que no sabía cómo usar la base de datos de exalumnos, algo así. —Hace una pausa—. Quizá debería haberle preguntado al respecto.

—Bailey, ¿por qué ibas a hacerlo? ¿Por qué ibas a suponer que te mentía?

—¿Crees que iba a contármelo algún día? —me pregunta—. ¿Había planeado llevarme un día a dar un paseo y contarme quién soy realmente?

¿De verdad crees que iba a revelarme que básicamente todo lo que sabía de mi vida era mentira?

La miro bajo la tenue luz. Me acuerdo de la conversación que mantuve con Owen, la conversación sobre tomarnos unas vacaciones en Nuevo México.

¿Estaría contemplando realmente la posibilidad de confesarme algo de esto?

Si le hubiera presionado un poco, ¿lo habría hecho?

—No lo sé —respondo.

Espero que diga qué injusto es todo esto. Espero que vuelva a enfadarse.

Pero mantiene la calma.

—¿De qué tiene tanto miedo? —pregunta.

Eso me deja estupefacta. Porque de eso se trata. Creo que es la clave de todo esto. Owen está huyendo de algo que le aterra. Se ha pasado la vida entera huyendo de ello. Y, aún más importante, lleva toda su vida intentando mantener a Bailey al margen.

—Creo que cuando lo descubramos podremos saber dónde está ahora —

digo.

—Ah, bueno, parece chupado —comenta.

Luego se ríe. Pero la risa se transforma rápidamente en llanto, las lágrimas llenan sus ojos. Pero justo cuando pienso que va a decir que quiere irse de

aquí, que quiere volver al hotel, volver a Sausalito, entonces parece encontrar su centro. Parece encontrar algo similar a la determinación.

—Vale, ¿qué hacemos ahora? —pregunta.

Nosotras. Qué hacemos ahora. Por lo visto estamos juntas en esto, y eso me calienta el corazón, aunque para eso nos haya hecho falta llegar hasta esta cafetería nocturna en el sur de Austin, lejos de nuestro hogar. Aunque nos haya llevado a un territorio que nunca nos habría gustado hallar. Aunque lo daría todo porque Bailey no tuviera que participar en esto. Estamos juntas y ambas queremos seguir adelante. Ambas queremos encontrar a Owen, sea lo que sea que ha estado escondiendo, independientemente de dónde se encuentre ahora mismo.

—Ahora vamos a solucionar todo esto.

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