Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 30 de 43

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Lo último que me dijo

Cuidado con lo que deseas

Cuidado con lo que deseas Caminamos a buen ritmo por Congress Avenue.

Intentamos regresar a nuestra habitación de hotel al otro lado del puente.

Necesito un poco de privacidad para recoger nuestras cosas y pensar en la forma más rápida de salir de la ciudad.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —dice Bailey—. ¿Iba a hacerte daño?

—No lo sé —digo—. No creo.

La guío colocando mi mano en la parte baja de su espalda, sorteando la multitud que se agolpa después del trabajo, parejas, grupos de estudiantes universitarios, un paseador de perros que se encarga de una decena a la vez… Me muevo de una acera a otra, con la esperanza de hacer más difícil que Charlie nos siga, si es que ese hombre, que al ver una fotografía de Owen casi explota, está intentando seguirnos.

—Más rápido, Bailey.

—Voy lo más rápido que puedo. ¿Qué más quieres que haga? Es un caos.

Tiene razón. La multitud no disminuye a medida que nos acercamos al puente, al contrario, cada vez hay más gente, todos ellos reclamando su derecho de llegar a la estrecha pasarela del puente.

Me giro para asegurarme de que Charlie no nos está siguiendo. Y entonces lo veo, unas cuantas manzanas detrás de nosotras. Charlie. Se mueve a toda pastilla, pero todavía no nos ha localizado. Va mirando a izquierda y derecha.

El puente de Congress Avenue está frente a nosotras. Cogo a Bailey por el codo y nos dirigimos hacia la pasarela. Pero el tráfico peatonal se mueve despacio, apenas avanzamos, toda la pasarela está atestada de gente. Tiene su parte positiva porque es más fácil camuflarse, pero todo el mundo parece haberse detenido.

Casi todas las personas que ocupan la pasarela del puente están paradas, muchas de ellas mirando hacia abajo, hacia el lago.

—¿Se ha olvidado de caminar toda esta gente? —dice Bailey.

Un tipo con una camisa hawaiana que carga con una cámara enorme, un turista, supongo, se da media vuelta y nos sonríe. Parece haber entendido

que la pregunta de Bailey iba dirigida a él.

—Estamos esperando a los murciélagos —dice.

—¿Los murciélagos? —pregunta Bailey.

—Sí. Los murciélagos. Vienen a cenar aquí cada noche a esta hora más o menos.

Entonces escuchamos: «¡AHÍ VIENEN!».

Y entonces, como una ola brillante, cientos y cientos de murciélagos empiezan a alzar el vuelo desde debajo del puente hacia el cielo. La multitud exclama entusiasmada mientras los murciélagos evolucionan en formación, casi como una cinta, una enorme, orquestada y bella bandada.

No puedo ver a Charlie, si es que se encuentra tras nosotras. Se ha esfumado. O nosotras nos hemos fundido con los demás, dos juerguistas observando cómo se elevan los murciélagos en una hermosa noche en Austin.

Alzo la vista hacia el cielo, plagado de murciélagos, que se mueven como si estuvieran bailando todos juntos. Todo el mundo aplaude cuando desaparecen en mitad de la noche.

El tipo de la camisa hawaiana apunta con la cámara hacia el cielo para hacer fotos mientras se elevan.

Me deslizo a su lado para avanzar y hago señas a Bailey para que me siga el ritmo.

—Tenemos que avanzar —digo—. Antes de que nos quedemos atascadas aquí.

Bailey recupera el ritmo. Y conseguimos atravesar el puente, ambas casi rompiendo a correr. No nos detenemos hasta que nos desviamos hacia el largo camino de entrada de nuestro hotel. No nos detenemos hasta que estamos frente al hotel, y los porteros mantienen la puerta abierta.

—Espera —dice Bailey—. Tenemos que parar un momento.

Se lleva las manos a las rodillas, intentando recuperar el aliento. No quiero discutir. Estamos tan cerca de la seguridad del interior del hotel, tan cerca de la privacidad de nuestra pequeña habitación…

—¿Qué pasa si te digo que me acuerdo de él? —dice.

Miro hacia los porteros, que están charlando. Intento mirarlos a los ojos, para que se fijen en nosotras, como si pudieran mantenernos a salvo.

—¿Qué pensarías si te digo que conozco a ese Charlie Smith?

—¿En serio?

—Me acuerdo de que me llamaban por ese nombre —dice—. Kristin. Al oírlo, de repente me acordé. ¿Cómo se puede olvidar algo así? ¿Cómo es posible?

—Olvidamos un montón de cosas que nadie nos ayuda a recordar —

contesto.

Bailey se queda callada. En silencio. Y luego lo dice, dice las palabras que ambas hemos evitado decir en voz alta.

—Crees que esa mujer, Kate, es mi madre, ¿verdad?

Hace una breve pausa al pronunciar la palabra «madre», como si quemara.

—Sí. Podría equivocarme, pero sí, es lo que pienso.

—¿Por qué me mentiría mi padre sobre la identidad de mi madre?

Me mira a los ojos. Ni siquiera intento responder. No tengo ninguna respuesta adecuada.

—Ya no estoy segura de en quién puedo confiar —dice.

—En mí —digo—. Solo en mí.

Se muerde el labio, como si me creyera, o por lo menos como si empezara a creerme, lo cual es mucho más de lo cabría esperar en este momento.

Porque no puedes decirle a nadie que confíe en ti, tienes que demostrarles que pueden hacerlo. Y todavía no he contado con el tiempo suficiente.

Los porteros nos miran. No estoy segura de que nos hayan oído, pero están mirándonos. Y lo noto. Noto la imperiosa necesidad de sacar a Bailey de aquí. De Austin. Inmediatamente.

—Ven conmigo —digo.

No se opone. Pasamos al lado de los porteros y entramos en el vestíbulo del hotel, nos dirigimos a la zona de los ascensores.

Pero un hombre entra tras nosotras en el ascensor, un joven que me parece que mira a Bailey de forma extraña. Lleva un chaleco de punto gris y piercings en las orejas. Sé que pensar que nos está siguiendo es una paranoia. Lo sé. Si mira a Bailey es probablemente solo porque es guapa.

Pero no voy a arriesgarme, así que salimos del ascensor y vamos hacia la escalera de servicio, con el corazón latiendo a toda velocidad.

Abro la puerta que da a la escalera y señalo en esa dirección.

—Por aquí —indico a Bailey.

—¿Adónde vamos? —dice—. Estamos en el octavo piso.

—Alégrate de que no sean veinte.

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