Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 7 de 43

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Lo último que me dijo

Veinticuatro horas antes

Owen y yo estábamos sentados en el muelle, comiendo unos platos tailandeses directamente del envase del restaurante de comida para llevar.

Bebiendo unas cervezas frías.

Él llevaba pantalones vaqueros y un jersey, e iba con los pies descalzos.

Apenas había una delgada luna, la noche del Norte de California era fresca y húmeda, pero Owen no tenía frío. Yo en cambio estaba envuelta en una manta, con dos pares de calcetines y unas botas mullidas.

Estábamos compartiendo una ensalada de papaya y curri con lima picante.

Owen estaba lagrimeando, el picor de los chiles iba directo a sus ojos.

Reprimí una risa.

—Si no puedes aguantarlo —dije—, la próxima vez podemos pedir el curri suave.

—Oh, sí que puedo —dijo—. Si tú aguantas, yo también…

Se llenó la boca con otro bocado y se le puso la cara roja mientras se esforzaba por tragar. Alargó la mano para coger su cerveza y se la bebió de un trago.

—¿Lo ves? —dijo.

—Lo veo —contesté.

Luego me incliné hacia él para besarle.

Cuando me aparté, me sonrió y me rozó la mejilla.

—¿Qué te parecería si…? ¿Puedo meterme bajo la manta contigo? —

preguntó.

—Siempre.

Me acerqué a él, le pasé la manta por encima de los hombros y sentí el calor de su cuerpo. Aunque iba descalzo, su piel debía de estar como mínimo diez grados de temperatura más caliente que la mía.

—Cuéntame —dijo—. ¿Qué ha sido lo que más te ha gustado de hoy?

Era algo que hacíamos a veces, cuando llegábamos tarde a casa, los días que estábamos demasiado cansados como para profundizar en temas serios.

Cada uno elegía algo del día que contarle al otro. Algo bueno de nuestras vidas separadas.

—Creo que he tenido una idea bastante guay para hacerle un detalle a Bailey —dije—. Voy a recrear la pasta con mantequilla marrón para cenar mañana. Ya sabes, la que comió en su cumpleaños en Poggio. ¿No crees que le encantará?

Él me rodeó con más fuerza la cintura y siguió hablando en voz baja.

—¿Me preguntas si a ella le gustaría? ¿O si eso hará que te quiera?

—Eh. Eso no es muy agradable.

—Intento ser agradable —dijo—. Bailey tiene suerte de tenerte. Y se va a dar cuenta de ello algún día. Con o sin el experimento de la pasta.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros.

—Sé algunas cosas.

No dije nada, no le creía del todo. Quería que se esforzara más por salvar el abismo entre Bailey y yo, aunque no sabía cómo podría hacerlo. Si no estaba dispuesto a esforzarse, por lo menos quería que me dijera que yo sí estaba haciendo todo lo posible.

Como si estuviera oyendo mis pensamientos, me retiró el pelo de la cara.

Me besó en un lado del cuello.

—Es cierto que le encantó la pasta —dijo—. Es un bonito detalle.

—¡Eso digo yo!

Sonrió.

—Mañana debería poder escaparme del trabajo más temprano. ¿Estás buscando un asistente de chef?

—Claro —contesté.

—Cuenta conmigo —dijo—. Soy todo tuyo.

Luego apoyé la cabeza en su hombro.

—Gracias —dije—. Ahora te toca a ti.

—¿El momento favorito de mi día? —preguntó.

—Sí —confirmé—. Y no te escaquees y digas que es ahora.

Se rio.

—Eso demuestra lo bien que me conoces —replicó—. No iba a decir ahora mismo.

—¿Seguro que no?

—Seguro —dijo.

—¿Qué ibas a decir?

—Hace sesenta segundos —contestó—. Hacía frío sin la manta.

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