Lo último que me dijo

Laura Dave · Capítulo 3 de 43

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Lo último que me dijo

Parte 1

Tengo poca paciencia con científicos que toman un tablero de madera, buscan su parte más delgada y taladran un gran número de agujeros donde taladrar resulta más fácil.

ALBERT EINSTEIN

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Si abres la puerta a un extraño…

Sale todo el tiempo en televisión. Alguien llama a la puerta. Y al otro lado alguien espera para darte una noticia que lo cambiará todo. En la televisión suele tratarse de un agente de policía o un bombero, o tal vez un oficial uniformado de las fuerzas armadas. Pero cuando abro la puerta, cuando me entero de que todo está a punto de cambiar en mi vida, el mensajero no es un policía ni un investigador federal con pantalones almidonados. Es una niña de doce años, que lleva un uniforme de fútbol. Con espinilleras y todo.

—¿La señora Michaels? —pregunta.

Tengo un momento de vacilación antes de contestar, como suele pasarme cuando alguien me pregunta si ese es mi nombre. Lo es y no lo es. No me lo he cambiado. Durante los treinta y ocho años antes de conocer a Owen era Hannah Hall, y no veía ninguna razón para convertirme en otra persona después. Pero Owen y yo nos casamos hace poco más de un año. Y durante todo ese tiempo he aprendido a no corregir a cualquiera que me llame de un modo o de otro. Porque lo que realmente quieren saber es si soy la mujer de Owen.

Seguramente es eso lo que quiere saber la niña de doce años, lo cual me lleva a explicar cómo puedo estar tan segura de que tiene doce años, tras haber pasado casi toda mi vida clasificando a las personas en dos amplias categorías: niños y adultos. Esta es una de las consecuencias del último año y medio, el resultado de haber conocido a la hija de mi marido, Bailey, a la sorprendentemente poco apetecible edad de dieciséis años. También es el resultado de mi equivocación, cuando conocí por primera vez a la recelosa Bailey, al decirle que parecía más joven de lo que era. Fue lo peor que podía haber hecho.

O tal vez fue la segunda cosa peor. Probablemente lo peor fue mi intento de arreglarlo haciendo un chiste sobre cuánto desearía que alguien me quitara años. Desde entonces Bailey apenas me soporta, aunque ahora sé de sobra que no se debe intentar hacer ningún chiste de ninguna clase con una adolescente de dieciséis años. En realidad, no se debe intentar hablar demasiado de nada.

Pero volvamos a mi amiguita de doce años de pie en la entrada, pasando el peso del cuerpo de una zapatilla de tacos a otra.

—El señor Michaels quiere que le dé esto —me dice.

Entonces alarga la mano, con un pliego de papel oficial amarillo doblado en la palma de su mano. «HANNAH», pone en el doblez delantero, donde reconozco la letra de Owen.

Cojo el papel doblado y la miro a los ojos.

—Perdona —digo—. Me parece que se me escapa algo. ¿Eres una amiga de Bailey?

—¿Quién es Bailey?

No esperaba que la respuesta fuera afirmativa. Hay un abismo entre los doce y los dieciséis años. Pero no consigo atar cabos. ¿Por qué no me llama Owen, simplemente? ¿Por qué está haciendo esta niña de intermediaria? Lo primero que se me ocurre es que le ha pasado algo a Bailey, y Owen no podía escaparse del trabajo. Pero Bailey está en casa, evitándome como siempre, con la música a todo volumen (la selección de hoy: Beautiful, The Carole King Musical) que desciende vibrando las escaleras, como un recordatorio en bucle de que no soy bien recibida en su cuarto.

—Perdona. Estoy un poco confusa… ¿Dónde le has visto?

—Pasó a mi lado por el vestíbulo —responde.

Por un minuto creo que se refiere a nuestro vestíbulo, el espacio justo detrás de mí. Pero eso no tiene sentido. Vivimos en una «casa flotante» en la bahía, una «casa barco», como suelen llamar a este tipo de viviendas en algunos lugares, con excepción de Sausalito, donde hay toda una comunidad. Cuatrocientas. Aquí son casas flotantes: todo cristal y vistas. La acera es el embarcadero, nuestro vestíbulo es una sala de estar.

—O sea, ¿que viste al señor Michaels en el colegio?

—Se lo acabo de decir. —Me mira como pensando: «¿Dónde si no?»—. Mi amiga Claire y yo íbamos de camino al entrenamiento. Nos pidió que le diéramos esto. Le dije que no podríamos hasta después del entrenamiento y dijo que le parecía bien. Nos dio la dirección.

Me enseña otro papel como si fuera la prueba.

—También nos dio veinte pavos —añade.

El dinero no me lo enseña. Igual piensa que se lo voy a quitar.

—Su móvil no funcionaba o algo así, y no podía llamarla. No lo sé, apenas se detuvo un momento.

—Entonces…, ¿dijo que no le iba bien el móvil?

—¿Cómo lo iba a saber si no? —contesta.

Luego suena su móvil, o eso es lo que me parece hasta que se lleva la mano a la cintura y saca lo que recuerda más bien a un busca de última tecnología. ¿Han vuelto los buscas?

Las melodías de Carole King. Buscas de última tecnología. Otra razón por la que probablemente Bailey no tiene paciencia conmigo. Hay todo un mundo de cosas de adolescentes de las que no tengo la menor idea.

La chica da unos toquecitos en la pantalla, dando por terminada la misión de los veinte dólares de Owen. Me resisto a dejar que se vaya, todavía con la incerteza de qué está pasando. Quizá se trata de una broma extraña. Tal vez a Owen le parece gracioso. A mí no. Por lo menos aún no.

—Hasta luego —dice.

Empieza a alejarse por el embarcadero. La observo mientras se va haciendo cada vez más pequeña, la puesta de sol sobre la bahía, y las primeras estrellas iluminando su camino.

Luego salgo afuera. Casi espero que Owen (mi Owen encantador y tontorrón) aparezca de un salto desde el otro lado del muelle, junto con el resto del equipo femenino de fútbol tras él, riéndose, dejándome participar en la broma que aparentemente no pillo. Pero no está allí. No hay nadie.

De modo que cierro la puerta de la entrada. Miro el papel oficial amarillo todavía doblado entre mis manos. Aún no lo he desdoblado.

Se me ocurre, en medio del silencio, que no tengo ninguna gana de hacerlo.

No quiero saber lo que pone en la nota. Parte de mí sigue queriendo aferrarse a ese último momento, en el que sigo creyendo que se trata de una broma, un error, un montón de nada; el momento antes de saber con toda certeza que se ha desencadenado algo que ya no se puede detener.

Desdoblo el papel.

La nota de Owen es breve. Una línea, su propio puzle.

«Protégela.»

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