Los 36 hombre justos

Sam Bourne · Capítulo 21 de 80

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Los 36 hombre justos

Capítulo 21

Sábado, 6. 36 h, Manhattan

Se hallaban en un país muy caluroso, en una gran cama con un dosel de donde colgaba una enorme mosquitera. Era la suite de un viejo hotel colonial. Llegaban sonidos de la calle: bocinazos y las voces de los mercaderes. Un mosquito zumbaba perezosamente. Era por la tarde, y él y Beth estaban haciendo el amor apasionadamente, con los cuerpos bañados en sudor.

El corazón de Will dio un brinco al despertar bruscamente del sueño. Miró a su alrededor y lo único que vio fue una cama estrecha y vacía; solo que no era una cama propiamente dicha. Se había quedado dormido en el estudio de TC, en su sofá de terciopelo rojo. Había otra cama plegable en un rincón, tras una separación, que según le había dicho era para cuando se quedaba trabajando hasta tarde.

Instintivamente, Will buscó la Blackberry. No tenía más noticias de los secuestradores. Había dos mensajes de Harden rogándole que se pusiera en contacto con él y diciéndole lo preocupado que estaba. Su teléfono no funcionaba. Seguramente se había quedado sin batería mientras estaba en casa de Tom.

Fue sigilosamente hasta la mesa de trabajo de TC y comprobó con alivio que ella tenía el mismo modelo de móvil que él.

En alguna parte tenía que haber un cargador. Mientras lo buscaba, vio el cuaderno de la noche anterior; le dio la vuelta y vio que TC no había anotado nada en él, sino que había hecho un complicado garabato que formaba una figura geométrica: diversos círculos unidos por líneas rectas, como uno de esos diagramas moleculares. ¿Acaso TC

también era experta en química? A Will no le habría sorprendido.

La visión de aquellas figuras lo devolvió de golpe a la principal y más sorprendente revelación de la noche anterior: ¡el Rebbe estaba muerto! A pesar de las fotos que aparecían por todas las paredes de Crown Heights, de las páginas web con su imagen, de las constantes referencias a su persona hechas en presente y del fervor manifestado ante su trono, TC había sido tajante al asegurar que el gran rabino de la secta hasídica, el Rebbe, se hallaba a dos metros bajo tierra.

Había fallecido hacía dos años, mientras dormía, y sumió a toda su comunidad y a los miles de seguidores que tenía repartidos por todo el mundo en la más completa desdicha.

En los últimos años de su vida, se había extendido la creencia de que el Rebbe no solo era un líder extraordinario, sino algo más.

–El judaísmo sostiene que en cada generación habita una persona que puede ser candidata a convertirse en el Mesías

-le había explicado TC-. Eso no significa que lo sea, pero si Dios hubiera decidido que había llegado el momento, entonces, esa persona, ese candidato, sería el elegido y revelado como el Moshiach.

–¿Y así fue como empezaron a creer que el Rebbe era el candidato?

–Exactamente. Así empezó. Al principio era candidato por su edad, pero luego las cosas se complicaron. La gente empezó a decir que no se trataba de una posibilidad remota o abstracta, sino que los días del mesianismo eran inminentes, que el momento se acercaba. Si quieres que te diga la verdad, creo que el Rebbe alentó todo eso y que atizó el fervor de sus seguidores.

–¿Qué pasó? ¿Le dio por ponerse egocéntrico?

–No sé si fue eso. Era un hombre esencialmente humilde, vivía con discreción en unas espartanas habitaciones de Crown Heights. Después de la muerte de su esposa se confinó y se dedicó al estudio. Dormía allí, pero poco, solo un par de horas; el resto del tiempo lo pasaba con la luz

encendida, trabajando. Principalmente dictaba cartas y ofrecía consejo a sus seguidores, que tenía repartidos por todo el mundo. Debes comprender que hablamos de una organización que mueve millones de dólares. Tiene centros en todas las ciudades del mundo, incluso en los lugares más remotos, donde no hay casi judíos, solo por si algún viajero judío siente la necesidad de tomar una comida de Sabbat.

Aquel hombre decía a sus emisarios: «Se os necesita en Groenlandia», y ellos se iban a Groenlandia. El Rebbe era como una especie de cruce entre el presidente ejecutivo de una multinacional y el comandante de un ejército revolucionario. – TC sonrió-. Era Bill Gates y el Che Guevara en uno solo, y eso que tenía noventa y tantos años.

Will imaginó a un arrugado anciano de barba blanca. Un improbable revolucionario.

–El caso es que entonces murió, y la mayoría de la gente asumió que su desaparición era el final de todo aquello. Al fin y al cabo, si había muerto no podía ser el Mesías, ¿no?

–Supongo que no.

–Pues te equivocas. Sus más devotos seguidores empezaron a acampar frente a su tumba, y cuando la gente les preguntaba qué hacían, ellos contestaban que esperaban. Querían estar listos para dar la bienvenida al Rebbe en el momento en que se levantara de entre los muertos.

–¿Estás segura de que esos tipos no eran cristianos?

–Lo sé. Suena raro, ¿verdad? Lo cierto es que hay un gran debate en torno a todo esto. Hay muchos judíos que dicen que Crown Heights se está apartando del judaísmo y se está convirtiendo en otro tipo de fe. Argumentan que el cristianismo fue en sus inicios una forma de judaísmo que creía que el Mesías había llegado. En estos momentos, la comunidad de Crown Heights está recorriendo exactamente el mismo camino.

–La diferencia es que ellos siguen esperando. De todas maneras, los cristianos también siguen esperando la

segunda venida. Todos esperan.

–En el caso del grupo que nos ocupa, desde luego.

Esperan que su líder se revele a sí mismo, que se levante de entre los muertos y les diga que todo va a ir bien.

–Te lo tomas un poco a broma, ¿no?

–Más o menos. Verás, hablando desde un punto de vista teológico, puede que tengan razón. Es cierto que el judaísmo dice que en la era mesiánica los muertos volverán a la vida, y en ninguna parte está escrito que el Mesías no pueda ser uno de ellos, ya sabes, uno de los muertos. Por lo tanto, puede que estén en lo cierto. Yo no lo sé, lo que sí sé es que me produce cierta tristeza. Es como si esa gente fuera un grupo de chiquillos que se han quedado sin padre o algo parecido. Como diría un terapeuta: «Duelen».

Will intentó resumir el relato de TC: un culto de gentes traumatizadas por la pérdida de su líder, que se agitaban en un furioso frenesí todos los viernes por la noche -junto con la panda de sicarios que había estado a punto de matarlo hacía unas horas- para invocarlo y que regresara de entre los difuntos. Le costó sentir simpatía por ellos.

–¿Cómo es que sabes tanto de esa gente?

–Leo los periódicos -repuso ella rápidamente en tono de reprimenda-. Todo esto ha salido en The Times.

Will se maldijo. Con tantas prisas por marcharse de casa de Tom había olvidado buscar en Google el asunto que le habría revelado todo lo que necesitaba saber, entre otras cosas, que el Rebbe había muerto. Peor aún era pensar que, tal como le había dicho TC, la historia había aparecido en la prensa, y él la había pasado por alto porque las noticias sobre chiflados religiosos le parecían irrelevantes.

Todo eso había ocurrido la noche anterior. Lo positivo de aquella mañana se produjo cuando por fin encontró el cargador del móvil cerca de la cafetera. Lo conectó y su teléfono cobró vida silenciosamente. (Siempre lo tenía en modo silencioso porque no sabía en qué momento podía importunarlo un desagradable aviso electrónico.) Los

mensajes de voz aparecieron primero: cuatro de su padre; tres, cada vez más sarcásticos, de Harden. En el último le decía: «Será mejor que andes detrás de una historia tan buena que me haga ganar el Pulitzer por publicarla». Y

añadía que Will regresaría a Oxford en el primer barco si no se ponía en contacto de inmediato con la redacción del periódico. Will se saltó los dos siguientes por irrelevantes.

A continuación, aparecieron los mensajes de texto: uno de Tom, que le deseaba buena suerte.

Y entonces:

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