Los 36 hombre justos

Sam Bourne · Capítulo 28 de 80

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Los 36 hombre justos

Dos Menos. Más por Llegar.

desesperada por el estado de la cocina que compartían pero demasiado tímida para acusarla directamente, anunció:

«Los platos no se han lavado».)

Aquel pensamiento despertó un recuerdo en el que Will no había pensado en años: la gramática alternativa que TC y él habían inventado para reflejar cómo se utilizaba realmente el lenguaje y de qué modo funcionaban las emociones. Naturalmente, estaba el «pasivo-agresivo» y uno de los favoritos de Will, el «pretérito demasiado perfecto» que desplegaban los consumidos por la nostalgia.

La presión que causaba el hecho de regalar, especialmente pronunciada en Navidad, era inevitablemente «presente-insistente». «¡Qué perversos éramos!», se dijo Will mientras revisaba en su mente las agudas chanzas que él y TC

compartieron mientras vivían juntos.

–Bueno, pues entonces es aún más intrigante -repuso TC

haciendo caso omiso del desliz de Will-. Esto no es ninguna contestación, sino un segundo mensaje enviado voluntariamente; e indica que Yosef Yitzhok tiene cierta urgencia: dos mensajes en una misma mañana.

–El primero podría ser de ayer por la noche, pero, vale,

¿por qué iba a ser este urgente?

–No lo sé. – La voz de TC sonaba apagada. Estaba distraída: había cogido el móvil de Will y lo examinaba mientras daba ocasionales sorbos a su batido de chocolate sin apartar la mirada. Cuando por fin salió de su ensimismamiento murmuró-: Él tenía prisa.

Empezó a teclear, después escribió y volvió a teclear.

Una leve sonrisa de satisfacción apareció en su rostro seguida de un fruncimiento del entrecejo. Ya estaba. Le pasó la hoja a Will.

DOS MENOS. MÁS POR LLEGAR.

Ambos se miraron en silencio mientras el placer de haber descodificado el mensaje cedía ante el desengaño de su perplejidad.

–Está jugando con nosotros -dijo Will-. Es como si dijera:

«Has resuelto dos mensajes, te voy a enviar más» mientras lo sigamos haciendo… ¿Y qué?

–Necesitamos hacerle saber que lo entendemos, pero nos hace falta más información. No nos interesa ofenderlo. Si está intentando ayudarnos será mejor que esté contento.

Envíale una respuesta.

Will cogió el móvil y miró a TC con ojos en los que se leía:

«Espero que estés en lo cierto».Tecleó:

Gracias, no voy a dejarlo. Quiero saber más. ¿Puedes decirme algo?

Todo lo que podían hacer era aguardar. TC parecía convencida de que un McDonalds era un lugar lo bastante anónimo para servir de escondite, pero Will sospechaba que tenía otro motivo: no lo quería en su casa.

Pero en algún sitio debían esperar. Si los hasidim no iban a contestar hasta después de la puesta de sol, hasta que tres estrellas aparecieran en el cielo o hasta que ocurriera quién sabe qué, a ellos solo les quedaba confiar en que Yosef Yitzhok les enviara otro de sus fascinantes mensajes.

Llegó casi una hora después, y a primera vista tenía tan poco sentido como los precedentes.

WET NOSE DEBUGS ROOM.

Esa vez, fue Will quien tecleó y escribió enseguida el resultado en su cuaderno de notas. Cuando hubo anotado la tercera palabra, notó que se le hacía un nudo en el estómago. TC estiró el cuello para leer y dio un respingo.

PRONTO HABRÁ MÁS MUERTES.

Capítulo 25

Sábado, 13.53 h, Manhattan

Los presentes los miraban abiertamente o fingían no hacerlo mientras TC intentaba apaciguar a Will, que acababa de dar un puñetazo en la mesa y de estrellar una taza de café contra la pared. Una camarera apareció con una fregona.

–Hemos de mantener la cabeza fría -dijo TC.

–¿Cómo quieres que mantenga la cabeza fría? ¡Esto es una jodida amenaza de muerte!

–Puede que esté intentando prevenirnos.

–¿Prevenirnos? ¡Lo que nos está diciendo es que se disponen a matar a Beth! – Will levantó la vista; tenía los ojos enrojecidos.

El móvil volvió a vibrar. TC lo cogió primero, antes de que Will tuviera la oportunidad de hacerlo. Por primera vez recibían una frase con sentido:

AQUEL QUE VACILA ESTA PERDIDO.

TC lo examinó durante un segundo, antes de intentar encontrarle un significado alternativo. No tenía sentido. No, esta vez llegó a la conclusión de que se trataba de un tipo distinto de pista. Cabía incluso que no fuera una pista. Quizá se trataba simplemente de una advertencia en el sentido de que no podían perder tiempo. Mostró la pantalla a Will para que la examinara, y él pareció tranquilizarse un poco. Allí no había ninguna amenaza directa. Más bien sonaba como una llamada a la acción.

TC observó el mensaje un momento y después lo anotó en la primera página de su cuaderno, bajo los tres primeros.

Will vio que había escrito pulcramente la primera y codificada versión a la izquierda y su equivalente descifrado a la derecha. Por un instante, Will se la imaginó en el colegio: la clase de chica que siempre tenía el plumier ordenado.

Mientras TC mordisqueaba el bolígrafo y se esforzaba por encontrar sentido al último acertijo, Will hizo lo posible por matar el rato: picoteó la comida, se mordió las uñas, tamborileó con los dedos en la mesa e intentó leer el periódico, pero no pudo concentrarse. Oyó que una pareja discutía: «No te creo», le decía la mujer al hombre. En el instante en que Will oyó aquellas palabras, se enderezó de golpe recordando la noche en el Carnegie Deli. Allí, Beth le