Los 36 hombre justos

Sam Bourne · Capítulo 79 de 80

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Los 36 hombre justos

T.

escritorio, quizá un giroscopio. Tuvo que desenvolverlo por completo para comprender lo que Walton le había regalado.

Era una figura de Atlas, la escultura del Rockefeller Center, el hombre que cargaba el universo sobre sus hombros. También había una nota:

Un antiguo dicho judío dice que salvar una vida es salvar el mundo entero. Sé que hiciste lo uno. Puede que de paso también lograras lo otro. Buena suerte.

T.

Will la dejó en su mesa, al lado de la bola de nieve de Sadam Husein que había pispado de la mesa de Walton y que nunca había devuelto. Todavía no había alcanzado el nivel de Amy Woodstein, pero Will empezaba a desarrollar su rincón personalizado. El puesto de honor correspondía a una foto de Beth en la que aparecía mostrando la incipiente curva de su embarazo. Al lado había otra de él con su madre. Y a continuación quedaba un espacio reservado para la foto del chico a quien ya quería.

Agradecimientos

Por lo que he llegado a descubrir, todo libro supone un esfuerzo colectivo, y este no es una excepción. Por lo tanto, debo dar las gracias a toda la gente que me guió en lo que fue un proceso nuevo y complejo.

Mi primer agradecimiento es para la comunidad hasídica de Crown Heights. El difunto Gershon Jacobson y su esposa Sylvia me abrieron las puertas de su casa con ocasión de un reportaje que me encargaron en 1991 y volvieron a hacerlo quince años después. Sus orientaciones, junto con la amabilidad y sabiduría de sus hijos, los rabinos Simon y Yosef Yitzhok, resultaron decisivas. Ellos y el rabino Gershon Overlander, de Londres, me introdujeron en un mundo por completo nuevo para mí y que sigo admirando profundamente. También estoy en deuda con el doctor Tali Loewenthal, que ejerció de tutor en los aspectos más decisivos de las doctrinas judía y hasídica. No hace falta

decir que cualquier error en ese terreno se debe exclusivamente a mi intervención.

También estoy en deuda con el personal de The New York Times, que me enseñó cómo funciona un gran periódico.

Warren Hoge se mostró particularmente generoso al ofrecerme la esencial ayuda de Bill Keller y CraigWhitney, así como de los jefes de las secciones de Internacional y Nacional. Aunque solo sea para aclarar confusiones, debo decir que el The New York Times de los hombres justos es fruto de mi imaginación.

Alex Bellos y Hilary Cottam me ilustraron acerca de las situaciones de pobreza en Sudamérica; Peter Wilson, sobre Australia, y Stephen Bates sobre la Iglesia. El yiddish aparece por gentileza de la formidable Anna Tzelniker. Lee de-Beer se pateó literalmente las calles de Nueva York por mí mientras rehacía el camino de Will Monroe y sus perseguidores. Eleanor Yadin y su equipo de la Biblioteca Pública de Nueva York no podrían haber sido de más ayuda.

Sharyn Stein aportó datos cruciales sobre los procedimientos legales y policiales de la ciudad.

Tom Cordiner y Steven Thurgood permitieron que me sumergiera en su inacabable saber en materia de informática y ordenadores. Monique El-Faizy merece un agradecimiento especial por asesorarme en cuestiones relacionadas con Nueva York y por fijarse en detalles grandes y pequeños. Kate Cooper y Curtis Brown se demostraron celosos partidarios del libro y atentos lectores.

Chris Maslanka demostró por qué es el rey de los crucigramas y propuso ingeniosos acertijos para confundir a Will y TC. Admiro su talento.

Mis padres leyeron los borradores iniciales y rae aportaron sus sabios consejos, así como su apoyo moral. Su influencia es evidente en varios pasajes. Mis cuñados, Jo y Michael, me permitieron que nuevamente convirtiera su casa de Suffolk en un refugio de escritor, donde Michael demostró su buen ojo como lector. Debo especial mención a