Los 36 hombre justos

Sam Bourne · Capítulo 35 de 80

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Los 36 hombre justos

Capítulo 28

Y también el trigésimo: «El justo no vacilará jamás, pero los malvados no habitarán la tierra».

Se repetía incluso en el último de los proverbios: «Los labios del justo destilan benevolencia; la boca de los malvados, perversidad».

El mendigo tenía en esos momentos los ojos cerrados y recitaba de memoria, pero Will ya tenía suficiente. Se levantó y se inclinó sobre el oído de TC.

–Oye, debo marcharme.

Sabía que entre los dos podrían haber pasado horas discutiendo aquello, revisando cada proverbio en busca de significados ocultos como si fueran dos estudiosos del Talmud, pero a veces era necesario seguir el instinto. Así funcionaba el periodismo. Uno iba a una conferencia de prensa, le entregaban un voluminoso dossier y de algún modo tenía que leerlo en cinco minutos, decidir qué era importante, hacer las preguntas pertinentes y marcharse.

La verdad era que un dossier así no se leía en menos de cuatro o cinco horas, pero a los periodistas les gustaba pensar que semejantes exigencias quedaban reservadas a los simples mortales.

Así, Will hizo caso de su instinto. Además, estaba cansado de tanto hablar, descifrar e interpretar. Deseaba ponerse en marcha, ir a alguna parte. Llevaba horas allí dentro, respirando el aire caliente y dulzón de la comida basura.

Había oído lo que deseaba oír. Sabía exactamente adonde debía dirigirse, y sabía que debía ir solo.

Capítulo 28

Sábado, 21.50 h, Manhattan

Había una larga hilera de ascensores, puede que diez, y ni una sola alma que quisiera subir. Seguramente todas las grandes oficinas se parecían a aquella durante los fines de semana; seguían funcionando, seguían teniendo sus

guardias de seguridad en la entrada, pero no eran más que versiones reducidas de sí mismas en días laborables.

El vestíbulo de The New York Times estaba particularmente desierto. Cualquier lunes a las diez de la mañana habría estado abarrotado, mientras los directores de distribución se mezclaban con los diseñadores gráficos en los ascensores, la mitad de ellos llevando su taza de café. Pero en esos momentos el lugar estaba desierto y en silencio, y solo un esporádico «ping» avisaba de que un ascensor había subido algunos pisos y vuelto a bajar hasta la planta baja.

Will saludó con un gesto de cabeza al vigilante que estaba de guardia, que se limitó a devolverle la mirada. El hombre miraba un partido en un monitor que Will supuso que debería estar sintonizado con el circuito cerrado de cámaras de seguridad. Will se guardó su tarjeta y se dirigió hacia la sala de redacción.

Se alegraba de estar allí. Hacía poco que trabajaba para el periódico, pero ya se sentía a gusto en su mesa de trabajo. Además, no podía ni pensar en regresar a casa. El solo hecho de imaginarse cerrando la puerta y topándose con el silencio hacía que se estremeciera. Las fotos de las paredes, la ropa de Beth en los armarios, su perfume en el cuarto de baño… Le daba miedo solo pensar en ello.

Por otra parte, ¿no era eso lo que Yosef Yitzhok le había dicho que hiciera antes de que empezara a comunicarse mediante mensajes de texto? «Fíjese en su trabajo.» Y

mediante Proverbios 10 había sido aún más concreto.

Will aceleró el paso cuando entró en la sala de redacción evitando deliberadamente cruzar la mirada con cualquiera que lo estuviera observando. A esas horas de la noche, principalmente era personal del departamento de producción, ninguno de los cuales era amigo suyo. Will desconectó su visión periférica y se concentró en alcanzar su mesa.