Los 36 hombre justos

Sam Bourne · Capítulo 31 de 80

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Los 36 hombre justos

A un Hombre se Le Conoce por sus Compañías.

Él no podía culparla por sentirse exasperada. Sabía que se estaba comportando de un modo insufrible, descargaba en ella su rabia, su desdicha y su cansancio. TC no tenía por qué cargar con todo eso. Podía marcharse cuando le diera la gana, y él se quedaría colgado.

Quería pedir perdón, pero era demasiado tarde: sabiamente, TC le había dado la espalda para evitar que la situación empeorara. Lástima que ninguno de los dos hubiera mostrado tanta tenacidad cuando eran amantes.

Apenas habían pasado dos minutos cuando llegó otro mensaje:

A UN HOMBRE SE LE CONOCE POR

SUS COMPAÑÍAS.

¿Era una forma de apremiarlo para que pensara en los individuos que lo habían interrogado la noche anterior y que acompañaban al rabino? «Olvídate de él y piensa en sus verdugos.» ¿Era eso lo que intentaba decirle?

Apenas medio minuto después:

LOS GRANDES ROBLES SURGEN DE PEQUEÑAS

BELLOTAS.

¡Por Dios, qué irritante era aquel tipo! ¿Era alguna referencia indirecta a padres e hijos? Fuera quien fuese, estaba malgastando un gran esfuerzo al teclear aquellos largos textos cuando lo único que tenía que hacer era enviar unas pocas y sencillas palabras: la dirección donde retenían a Beth. La ira empezó a hervir en su interior y a subir por las venas del cuello.

Todavía no había enseñado a TC el último mensaje cuando empezó a escribir la respuesta:

Ya basta de juegos estúpidos. Ya sabes qué necesito.

Se arrepintió nada más mandarlo. ¿Y si asustaba a Yosef Yitzhok? Ella estaba en lo cierto: era lo único que tenían.

Peor aún, ¿y si su mensaje era interceptado por alguno de los tipos duros de Crown Heights y este descubría lo que

Yosef estaba haciendo y se lo cargaba? Will se imaginó a Yitzhok en un callejón, justo en las afueras de Crown Heights, encorvado sobre su móvil, puede que utilizando su chal de rezar para ocultarse, y a dos hombres surgiendo tras él, agarrándolo, arrebatándole el aparato y llevándoselo a rastras para un inesperado encuentro con el rabino.

A pesar de todo, Will notó que una descarga de catártica energía recorría sus venas. No podía seguir soportando la pasividad de aquella situación, allí sentado, con las manos entrelazadas, esperando que las distintas pistas encajaran como migajas salidas de la mesa de los hasidim. Replicar sentaba bien.

Poco a poco, el cielo se fue oscureciendo. Will empezó a caminar arriba y abajo con la Blackberry en las manos y dejándola pegajosa. Exactamente a las 19.42, TC le hizo un gesto de asentimiento para indicarle que el sabbat había llegado a su fin. Will miró el aparato, esperando ver parpadear una luz roja en cualquier momento; pero TC le indicó que no, que debía dejar que transcurrieran treinta minutos como mínimo antes de esperar recibir una respuesta. Había cosas que hacer tras el sabbat, incluida la ceremonia del Havdalah, en la que con vino, especias y una vela se decía un último adiós a ese día. Luego estaba el paseo desde la sinagoga para hacer el Havdalah en casa; y después de eso la mayoría de los hombres querrían probablemente refrescarse.

De modo que, aunque los hasidim leyeran el mensaje de Will en algún ordenador de su casa o despacho, no responderían desde allí, porque se podía rastrear con demasiada facilidad. No Will, desde luego, sino la policía en ulteriores investigaciones. Por lo tanto tendrían que acudir al Internet Hot Spot, y podían tardar una hora. Aun así, TC le advirtió que eso sería en el mejor de los casos. Will sabía que les había enviado un correo, pero ellos no. Y si no esperaban ninguno, ¿qué prisa iban a tener en ir a comprobarlo?