Los 36 hombre justos
Capítulo 50
–Usted perdone, pero solo quiero saber una cosa: ¿tiene usted la lista completa o no?
–Creemos que sí.
–Y de los que figuran en ella, ¿cuántos han muerto?
–Creemos que, al menos, unos treinta y tres.
–¡Santo cielo! – exclamó Will.
–¿Quiere decir que solo deben asesinar a tres personas más? – TC, por lo general tranquila, parecía verdaderamente aterrorizada-. ¡Pero si solo faltan diecinueve horas para que acabe el Yom Kippur! ¡Es casi medianoche!
–Rabino -dijo Will-, sea quien sea el que esté haciendo esto parece muy versado en las tradiciones religiosas judías,
¿no le parece? Me refiero a que ¿quiénes sino los religiosos judíos saben algo acerca de los hombres justos y los Días del Temor? Lo están siguiendo al pie de la letra, y usted afirma que nadie, fuera de este grupo, sabe nada de los descubrimientos de Yosef Yitzhok.
–¿Qué está sugiriendo, señor Monroe?
–Lo que estoy diciendo, rabino, es que puede que usted no sea quien está detrás de todo esto, a pesar de que me consta que es un secuestrador confeso; quizá se trate de alguien de esta organización o de esta comunidad. Es lo que la policía llamaría un «trabajo desde dentro». Si me hallara en su lugar, empezaría a mirar con lupa a todos los que están aquí.
–Señor Monroe, se hace tarde y se nos acaba el tiempo.
No tengo ganas ni puedo discutir con usted. Lo que Tova Chaya ha dicho hace un momento es cierto: debemos trabajar juntos. Por lo tanto, confié en usted a pesar de que usted no confía en mí. Voy a hacer algo que demostrará que nosotros no estamos detrás de tan malvada conspiración.
–Adelante.
–Voy a enviarlo a usted con la próxima víctima.
Capítulo 50
Lunes, 00.10 h, Manhattan
Will había estado unas cuantas veces en el Lower East Side para visitar a algunos amigos ricos que habían comprado y rehabilitado propiedades de la zona del noroeste de Broadway, que se había vuelto elegante. Había visto las antiguas charcuterías y toma-do café en las cafeterías de estilo retro de Orchard Street, pero no se había aventurado más allá de las seguras zonas de moda. Los viejos bloques de pisos habían pasado ante sus ojos como una imagen de fondo; nunca les había prestado demasiada atención.
En esos momentos se hallaba entre ellos, tiritando de agotamiento y de frío. Hecho una bola en su mano y a salvo en el interior del bolsillo estaba el trozo de papel con la dirección que se suponía que debía encontrar.
El rabino Freilich los había llevado nuevamente, a él y a TC, hasta el especialista en ordenadores que les había hecho la demostración, y este les explicó el procedimiento: primero se introducía en el ordenador la frase en hebreo, el versículo 16 del capítulo 30 de Isaías; segundo se le pedía que se detuviera en los intervalos adecuados y diera una cifra; tercero se introducía la cifra en la página web del GPS
y así se conseguían las coordenadas del lugar. En ese caso, la dirección correspondía a una calle del Lower East Side de Manhattan.
–Espere un momento -había dicho Will-. ¿No le parece bastante inverosímil? Hay treinta y seis hombres justos entre seis mil millones de habitantes en todo el planeta ¿y resulta que dos de ellos están en Nueva York? Howard Macrae y ahora este tipo. No sé, pero me parece demasiada casualidad. – El escepticismo de Will se estaba convirtiendo en sospecha.
El rabino le explicó que ellos también se habían extrañado ante aquella coincidencia. Habían decidido investigar más a fondo la tradición de los hasidim y había resultado que los tzaddik verdaderamente importantes irradiaban un aura -la misma palabra que había utilizado el
rabino Mandelbaum- que podía atraer a otros. La conclusión a la que llegaron fue que la bondad del Rebbe era tan poderosa que había atraído a un par de tzaddikim.
«Imagínelos, señor Monroe, como si de satélites se tratara», le había dicho Freilich.
Sin embargo, había un problema: la dirección que en esos momentos era una bola en el puño de Will era la de un edificio de apartamentos baratos; allí vivían un montón de personas. ¿Cuál de ellas sería el tzaddik? Los hasidim habían ido a comprobarlo en cuanto Yosef descifró el código del Rebbe, pero no habían conseguido identificarlo. El hombre que vivía en aquel edificio seguía siendo uno de los más discretos de los hombres justos.
–Usted tendrá más posibilidades de encontrarlo que nosotros -le había dicho Freilich.
–¿Por qué?
–Mírenos, señor Monroe. No podemos ir donde va usted ni podemos hacer las preguntas que usted haría. Llamamos demasiado la atención. Usted es reportero de The New York Times: puede ir donde le plazca y hablar con quien quiera.
Usted encontró a Howard Macrae, zechuso yogen aleinu, y al señor Baxter, zechuso yogen aleinu, que su bondad nos proteja. Encuentre a ese hombre, encuentre a nuestro tzaddik.
Así, poco después de la medianoche, Will se quitó la kipá y regresó al mundo exterior. Cuando partió, TC decidió hacer lo mismo.
–Voy a llamar a la policía -le dijo-. No puedo ocultarme eternamente. Hemos hecho lo que temamos que hacer.
–¿Qué les dirás?
–Que he tenido el móvil desconectado todo el día y que acabo de enterarme de lo que ha pasado. Deséame suerte o, al menos, ven a visitarme a la cárcel.
–Escucha, TC, esto no es ninguna broma.
–Lo sé, pero ya ves cuál es la situación: un hombre muerto en mi apartamento y yo desaparecida y sin dar
señales de vida. Podrían acusarme de asesinato antes de mañana por la mañana.
–Todo esto es por mi culpa. He sido yo quien te ha metido en este lío.
–No. Tú me pediste ayuda. Yo podría haber dicho que no.
Sabía dónde me estaba metiendo.
–¿Lo sabías?
–Bueno, en realidad no.
Dicho lo cual, Will se inclinó para besar a TC en la mejilla, pero ella se apartó nada más acercarse él, como si alrededor de su rostro hubiera un campo de rechazo magnético. «Pues claro», se dijo Will: estando en el corazón de Crown Heights no la podía tocar ningún hombre y menos aún besarla. Al final se contentó con decirle simplemente adiós.
En ese momento, mientras observaba cómo su aliento formaba nubecillas de vapor ante él, Will dobló la esquina y se situó en el cruce de las calles Montgomery y Henry. A sus espaldas había un pequeño parque de forma triangular, y ante él se alzaba el edificio que andaba buscando. Se detuvo para observarlo y vio varias luces que seguían encendidas.
¿Qué iba a hacer? Apenas había podido pensar en un plan. No podía dedicarse a llamar a cada puerta diciendo que estaba haciendo una encuesta para The New York Times. ¿Qué podía hacer?
Lo primero era entrar en el edificio. Eso sería una forma de empezar. Luego podía mirar los buzones, conseguir algunos nombres y buscarlos en Google con su Blackberry.
Ya se le ocurriría algo.
Vio que alguien salía. Eso le daría la oportunidad de deslizarse en el interior. Sin embargo, aquel individuo se movía demasiado deprisa, casi corría. Resultaba difícil identificar si era un hombre o una mujer. Estaba demasiado oscuro, y la luz de la entrada era poco potente; pero cuando